Hasta el 2001, año en que se estrenó la versión de Peter Jackson de El señor de los anillos en la pantalla grande, había pocas imágenes que mostraran tan vívidamente al maligno ojo que todo lo ve, creado por J. R. R. Tolkien.

Flamígero y sin párpados, el ojo de Sauron en esta trilogía se levanta sobre una torre desde la que mira a la tierra media, buscando incansablemente a sus enemigos, ordenando sus fuerzas y, sobre todo, tratando de apoderarse de su contraparte más esencial, concentrada por él mismo como un fetiche de la maldad y el poder: el anillo único, arrebatado de su dominio en la última batalla que elfos y hombres libraron en contra suya. –Mi precioso…– repite constantemente Gollum, víctima de la influencia de semejante objeto.

Esta alegoría del mal, sin embargo, tiene su origen antes de la existencia de una torre y un ojo en la obra de Tolkien. En los libros precedentes a El señor de los anillos, Sauron ya aparece como un personaje que toma distintas apariencias, con la capacidad de transformarse en lobo, en hechicero o en guerrero, y con el poder de dominar a los elementos de la naturaleza, a las mentes débiles, a las bestias e incluso a los espíritus.

Que se volviera un ojo en su última transformación y fuera ubicado en las alturas, envuelto en llamas, conlleva una simbología importante.

La figura del gran ojo que vigila por encima de todos ya se encuentra presente en la cultura del Antiguo Egipto, en Horus, “el halcón”, que simbólicamente compelía a las personas a conducirse de manera moral, pues ofrecía protección y observaba el comportamiento a un mismo tiempo.

Es sabido que Tolkien fue un renombrado profesor británico de lenguas y filología, conocedor de la simbología egipcia, latina y anglosajona, que fue capaz de desarrollar una amplia mitología para el Reino Unido, que incluye poemas, descripciones geográficas, variaciones idiomáticas, guerras, épocas, etc.

Por otra parte, también se tiene registro de que este autor era bastante conservador y un devoto de la Iglesia católica romana, cuya simbología religiosa presenta la imagen fundamental de un ojo dentro de un triángulo elevado, en ocasiones entre nubes y rayos, conocido como el “ojo de la providencia” u “ojo de Dios”: figura del catolicismo que puede ser apreciada en las antiguas catedrales o, en su variación masónica posterior, en la cima de la pirámide ilustrada en los dólares estadounidenses.

De tal modo, el ojo que observa desde lo alto aparece cumpliendo una función aceptada socialmente y considerada como positiva al interior de las culturas; la moralidad egipcia se sostenía en Horus de una manera similar al cristianismo, que se sostiene en un dios omnipresente y a la vez benévolo.

El elemento del mal que agrega Tolkien a la torre y al ojo, es el fuego. Sauron se escurre hasta lo más alto y se apodera del sitio destinado a una divinidad, esparciendo oscuridad, llamas y muerte. Esto refleja una postura específica del autor en cuanto al bien y al mal, ya que para el británico la vida de los pueblos y los bosques debía preservarse, anteponiéndose a la industrialización y a la guerra.

Otra perspectiva que expone de manera negativa al gran “ojo que siempre vigila”, es el “Big Brother” o “Hermano Mayor”: figura creada por George Orwell para su novela: 1984. En el sentido en que lo plantea esta obra, el ojo del Estado te puede ver desde las cámaras de las calles, las miradas de los policías, los medios de comunicación, etc. Esto conduce a pensar que si Orwell viviera hoy, encontraría en la web a un ojo multiforme y muy poderoso.

Volviendo a El señor de los anillos, cabe recordar que el ojo de Sauron puede focalizar a su objetivo completamente, sólo cuando alguien porta el anillo dorado, símbolo y fetiche del mal. Imaginar a todos los que en la actualidad acariciamos con el dedo la pantalla de algún teléfono, una tableta u otro dispositivo, siendo observados por Sauron en el preciso momento en que el wi-fi capta una señal de internet, es una tentadora proyección que casi empuja a imaginarnos también diciendo: mi precioso…

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