“La palabra crea mundos”, leí alguna vez, ¿pero podremos decir que el lenguaje, ese mar de aguas inquietas, es en verdad poderoso? para dilucidar esta interrogante es necesario, en primera instancia, realizar la acción más inmediata cuando se trata de esclarecer una duda: definir un concepto, en este caso, el concepto de “poder”. Sin embargo, para ello tendríamos que preguntarnos cuál es la definición de la palabra “concepto”, para después definir el término “palabra”, y así de manera serial en una cadena que parecería no tener fin. En ello reside el verdadero problema del lenguaje, pues estar en el lenguaje implica ya encontrarse inmerso en un juego retórico y ambiguo, en una lucha de poderes en la cual alguien define y alguien acepta definiciones.

Como diría Barthes, enunciar algo implica ya ser amo y esclavo, estar sujeto a ciertas determinaciones lingüísticas, y a su vez, tomar el lenguaje y transgredirlo, es decir, rebasar los límites de su propia institución. De alguna manera, todo discurso tiene una carga política; sea cual sea el ámbito, el discurso es ya una narrativa de imposición. Y es que llevamos el lenguaje en las venas, en los ojos, en las manos. Prueba de ello es que, al escribir, el escritor se vuelve presa, o tal vez esclavo, de la lengua. Mientras escribo soy esclavo de mí, de mis propias construcciones lingüísticas. Pero el que escribe no se conforma con repetir lo que se ha dicho, sino que confirma, afirma y reforma el lenguaje, en una relación de carácter simbiótico; somos del lenguaje y el lenguaje es nuestro, me tiene y lo tengo: somos.

Entonces, ¿cómo saber cuáles son los límites de la lengua?, ¿cómo saber hasta dónde trascienden las palabras, las letras, si los hombres somos ya lenguaje, tropos que suben y bajan, que se deslizan y se desvanecen en el abismo de lo incierto? Lo que es un hecho es que, de alguna manera, mi discurso no sólo tiene una intencionalidad, sino una enorme carga de antecedentes políticos e históricos. ¿Podemos decir que el lenguaje es poder? Sí, si definimos al poder como la posibilidad; si algo es el lenguaje, es infinita posibilidad.

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