Resumen: La tauromaquia es un tema controversial debido a todas sus implicaciones, sociales, culturales y políticas.

Palabras clave: deporte, toros, fiesta, cultura, arte, violencia, crueldad, política

En los últimos años el tema de la tauromaquia se ha convertido en un punto controversial para los humanistas, los bioéticos y los defensores de los animales… lo mismo que para los políticos –obligados a crear leyes al respecto– y los aficionados a la fiesta brava, quienes intentan defender el espectáculo. La gran controversia radica en el dilema provocado a partir de una moral que permite defender, en mayor o menor medida ambas posturas.

La cuestión más fuerte bajo la que se observa esta problemática es: ¿realmente es justificable la tortura animal?, más aún, ¿es justificable algún tipo de tortura? En un primer plano se puede afirmar casi certeramente que no, que no es justificable ningún tipo de tortura, crueldad o violencia; sin embargo, también es cierto que el hombre parece contener un alto grado de maldad en potencia y que es cruel por naturaleza, además de que ejercer un acto cruel puede tener significaciones mucho más profundas, para cierto sector social, del que la mayoría de las personas podemos entender.

Por otra parte, debemos considerar los orígenes y significados de la “fiesta brava”. La tauromaquia que es por definición la práctica de lidiar con toros, se ha venido realizando desde hace miles de años. Se tienen registros de que dichos ejercicios datan de la Edad de Bronce, también se sabe que los emperadores romanos ofrecían espectáculos taurinos, además de otros que implicaban a diferentes tipos de bestias como el león. De igual manera los toros eran utilizados en rituales y sacrificios antiguos de civilizaciones como la babilónica, la escandinava, la hebrea y la iraní. A excepción de la cultura romana, el hábito de matar toros representaba para las diferentes sociedades antiguas un rito sagrado o de maduración, en el que el toro representaba la nueva vida. Este rumiante era considerado símbolo de fertilidad, virilidad, fuerza y fecundidad, ya que en ese entonces, para algunas culturas el toro era una divinidad primigenia, deidad de la agricultura; para otros era la imagen de la procreación de la naturaleza y la capacidad para engendrar. Del mismo modo en que para las civilizaciones mesoamericanas los sacrificios humanos representaban nuevos nacimientos y la permanencia de la vida, para estas civilizaciones del oriente medio y lejano significaban la continuidad del mundo.

Los ritos sagrados llevados a cabo a partir de los toros tenían una razón necesaria para ser efectuados: sostenían el mundo de aquellos pueblos antiguos, por lo que políticamente tenían gran importancia para una sociedad que no había separado aún el Estado de la religión o, mejor dicho, su organización social de sus creencias.

En la Antigua Roma estas prácticas eran totalmente políticas, pues tenían por objetivo entretener al pueblo y distraerlo de las carencias sociales, lo que es conocido como el circo romano, y hacer ver al emperador como un hombre fuerte, valiente y poderoso, ya que este gobernante se enfrentaba al toro para matarlo –esto después de haber debilitado y colocado al animal en un estado casi moribundo (cosa que el pueblo evidentemente desconocía)–.

Durante la época medieval la tauromaquia evoluciona, se convierte en una fiesta que se organiza para celebrar casi cualquier acontecimiento y en un pasatiempo de la nobleza, que a caballo se acerca al toro para matarlo. En este período aparecen también los lanceros que, a pie, avientan sus armas contra el animal con el fin de debilitarlo, aunque el “privilegio” de matarlo correspondía a sus amos de la nobleza, ya que representaba poder y superioridad. Sin embargo, los nobles sí podían delegar esa tarea a sus peones o lanceros, que más tarde se sustituyen por los picadores. Esta “moda” entre la nobleza dura hasta que Felipe V la condena como una práctica de mal gusto, bárbara y cruel, siendo así que deja de ser una actividad noble para quedarse sólo en el ámbito de la plebe.

Durante el S.XVI en España reaparece la tauromaquia a través de los ganaderos que se dedican al encierro y sacrificio en los mataderos urbanos, ya que comenzaron a realizar actos de “valentía” en su labor de acarrear al ganado vacuno, es decir al toro bravo, pues desarrollaron lúdicamente formas creativas, estéticas y virtuosas para conducirlo, al grado que la gente comienza a interesarse y reunirse en torno a estos ganaderos que poco a poco ganan más espectadores. Así, un matadero de  Sevilla se convierte por primera vez en algo parecido a lo que hoy sería una plaza de toros. También, en este siglo en que las corridas comienzan a adquirir fama por Europa, el Papa Pío V y la Iglesia condenan el acto por considerarlo diabólico, ya que durante el evento mueren muchos espectadores y “toreros”, además de ubicar al toro como la bestia a la que se soltaba  durante la época en que los cristianos eran perseguidos, con el fin de matarlos. No obstante, tiempo después por presión política, la Iglesia admite nuevamente estas celebraciones, ya que la fiesta taurina se convierte en una actividad económica importante.

Hoy en día la tauromaquia se practica en Caracas, México, Francia, Ecuador, Nicaragua, el sur de Francia y España; y en este último país es reconocida como un arte y un deporte por su Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, así como parte de la cultura, por su Ministerio de Cultura. Es un medio de empleo y una fuente económica considerable; sin embargo, eso no justifica el maltrato hacia los toros.

Esta práctica se convierte en controversial desde el momento en que no tiene ninguna relación con los actos sacros de las antiguas civilizaciones ni con los mitos fundacionales; desde el instante en que una muerte no significa resurrección ni es parte fundamental de una sociedad. Sin embargo, esto no nos obliga a suprimir el deseo de violencia y crueldad tan presentes en el hombre, no sólo en la fiesta brava, sino en los actos que realiza día a día, en las guerras, en el descuido ambiental que afecta a millones de vidas a nivel mundial, etc.

Finalmente, ¿qué es lo correcto? Decir no a la fiesta brava y con ella negar todo maltrato animal, o de cualquier expresión de vida; o dejar que ocurra en ciertos lugares específicos, respetando tanto al que la considera una barbarie como dejando espacios para satisfacer nuestros instintos más salvajes y tan naturales como la vida misma.

Escena de tauromaquia. Pablo Picasso Escena de tauromaquia. Pablo Picasso

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