Hasta hace no mucho se hablaba de la exclusión de la locura y de la figura del loco como representante y mentor de lo reprobable. Siempre se ha recurrido a una figura extraña, llámese loco, delincuente, indigente, drogadicto, etcétera, para nominar aquello que pone en peligro la integridad de un Estado o de un orden político, y parece que siempre hay nuevas versiones de designación. Quizás sea cuestionable la relación que tiene la locura con la delincuencia, con la drogadicción, o con otros ejemplos parecidos; diremos entonces que todo aquello que no entre en la razón de un orden político determinado, es designado como loco. Hace falta una gran obra –como la Historia de la locura en la época clásica de Michel Foucault– para darnos cuenta de la exclusión sistematizada de la locura, de la neutralización de la misma, de su introducción y apropiación con fines médicos y la relación que tiene con otras estructuras sociales de exclusión. En efecto, con todo lo anterior queremos decir que hay claramente una relación innegable entre locura y política.

A la locura se le encierra y se le delimita su territorio cuando se le apropia en una sociedad, cuando se le trata mediante aparatos de control e instituciones de readaptación social. A la locura se le racionaliza, se le piensa como curable para que forme parte del ingenuo proyecto metafísico de la idealización del Estado y sus propósitos, v. g. «valió la pena», dice un spot federal de la llamada lucha contra el narcotráfico, justificando así la sangrienta guerra comprendida como cura. Ya lo decía Foucault: si la locura es curable, seguro ha de tener algo de razonable. Pero, en toda esta exclusión de la locura, sin importar caer en faltas éticas o morales sobre el tema, existe una demarcación de la propiedad que no deja de ser interesante.

Se dice entonces que poco tiene que ver la locura con la propiedad pública, es decir, con la llamada res publica: al loco se le prohibe llegar al terreno público, puesto que no hay dominio público ahí donde el loco tenga la palabra. Recordemos a Friedrich Nietzsche y el famosísimo fragmento §125 de la Gaya Ciencia titulado “El hombre loco”, donde se muestra a un hombre formulando públicamente preguntas sobre la existencia de Dios, obteniendo sólo risas y burlas como respuestas.

Con res publica me estoy refiriendo al derecho romano y a Marco Tulio Cicerón, filósofo que nunca será el responsable de que en la actualidad no le interese al Estado el verdadero bien común, es decir, de que la forma de gobierno actual no procure la res publica, la cual literalmente significa «cosa pública» y que es el origen de la palabra república. En efecto, Grecia y Roma nos muestran tal posibilidad con la forma de sus casas, donde se podía apreciar la relación directa entre lo público y lo privado: dentro de ellas se encontraba un patio central intermediario entre la calle y las habitaciones, dando lugar al diálogo y a la actividad pública. Por el contrario, en la actualidad el Estado ha promovido en todas sus formas la propiedad privada, aminorando los espacios públicos, acentuando cada vez más la dicotomía entre lo público y lo privado. Desde Cicerón, se sabe que la filosofía no sólo tiene que ver con la actividad política, como lo llegaron a pensar Platón y Aristóteles, sino que también está destinada al ser público. Si el hombre es un ser social y político, ¿cómo pensar actualmente la locura como constitutiva del hombre?, ¿cómo pensar a un loco como ciudadano en su plena actividad social y política?

Así pues, a sabiendas del imposible diálogo, del silencio eterno o del diálogo entre sordos, el loco tiene que tomar las calles, apropiarse y hacer uso de los espacios públicos, disolver esa diferencia entre la propiedad privada y la propiedad pública; pienso en fiestas, carnavales, rituales, saturnales, teatro. Se trata entonces de crear territorios, espacios, topografías, es decir, hacer pública la locura. Con lo anterior, quizás nos demos cuenta que los problemas que acaecen a un Estado son efectos de una estúpida decisión proveniente de un pesimismo lacerante que ya no confía en el poder de la palabra y el poder de lo público.

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