Política y muerte, dos palabras difíciles de unir para referirse a algo amable. ¿Por qué habrá tal dificultad? La política, situados en la racionalidad, puede definirse como el arte de evitar la guerra y, en los hechos, es una guerra de declaraciones, apariciones mediáticas e jugosas inversiones monetarias. La política es evitar y hacer la guerra al mismo tiempo. Por su parte, la muerte puede verse como el fin y como el principio motor de la vida. Fin y principio a la vez. Muerte y política son dos palabras y dos hechos desplazándose en la superficie paradojal.

Tanto política como muerte se mueven en el reino de los cuerpos y en el de las ideas. La política es cuerpo cuando se hace y es idea cuando se piensa. Hacer política no es pensar la política. Sin embargo, las ideas inmateriales están impregnadas de materialidad, de hechos, de cuerpos y de palabras. Llegamos a un punto similar: la política es cuerpo- idea.

La muerte es el cese de las funciones vitales del cuerpo: respiración, latidos, actividad cerebral. Simultáneamente, la muerte es una idea provocadora de pensamientos, experiencias religiosas, artísticas, etcétera. La muerte es idea-cuerpo.

Evitar-hacer, fin-principio, cuerpo-idea, muerte-política. Destrucción y finitud, construcción y nacimiento están presentes en estas realidades.

¿Son posibles ideas políticas que se funden en la muerte? Hay actores políticos que fundan su plataforma ideológica en la contradicción y en buscar dar la muerte (política) a su adversario. Las campañas mediáticas que difaman al otro son ejemplos de ello.

¿Hay muertes políticas que se sustenten en ideas? Seguro. Un muerto político puede llegar a serlo porque se atrevió a pensar más allá de lo establecido por el canon, y pertenecer a un instituto político o a una corriente ideológica implica no salir del discurso hegemónico. Eres libre de pensar dentro de límites preestablecidos. En este sentido, la muerte política depende de las formas de relacionarse en un grupo social y en un ambiente concreto.

Hasta ahora se ha analizado desde el quehacer político de quienes poseen el poder temporal de las instituciones. Mas, ¿qué tiene que ver la muerte y la política con el verdadero quehacer político, es decir, el de los ciudadanos? Muchas de las más fuertes manifestaciones ciudadanas surgen de la amenaza a la vida en algún modo. Los mineros se organizan buscando tener condiciones propicias para no perder la vida en su trabajo; los campesinos se alzaron en armas en 1910 con el fin de tener una tierra para trabajar y así saciar una necesidad vital: el alimento; los consanguíneos se manifiestan por la muerte violenta de aquella mujer que regresaba a su casa después de una ardua jornada en la maquiladora.

La muerte lleva a la acción política ciudadana. Esa es una relación importantísima entre política y muerte y, además, hacen referencia a un porvenir más amable, siempre y cuando haya ciudadanos interesados por su entorno.

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