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Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación.

Octavio Paz

¡Lo que es eso de saber leer y escribir!…

Mariano Azuela

¿Será que Octavio Paz sigue teniendo razón y la ontología[1] del mexicano es un ser siendo de lo absurdo y de la tan mal llamada indiosincrasia? Espero que no, pero si me equivoco y Octavio tiene razón, entonces vivimos más allá de lo absurdo… vivimos en la pendeja total. El preámbulo de este texto puede ser entendido, quizá, como una rabieta o incluso como un remedo simplón de lo que el señor Paz nos ha planteado en el Laberinto de la soledad.

Sin embargo, considero valioso rescatar dicha lectura y con ello el orden de las cosas propuesto en la misma, para ligarlo con la reflexión sobre el significado que presume la metáfora de la Revolución mexicana. Así, en este breve ensayo se tratan dos ideas fundamentales que, a su vez, se ligan con la novela Los de debajo de Mariano Azuela: la máscara y la pendejeidad (categoría cuya formulación es producto de mi reflexión). Por consiguiente, el pretexto de estas ideas es la Revolución mexicana y su relación profunda con los avatares del México moderno[2]. Primero, expongo la idea de la máscara como una forma de disimular y desdibujar la realidad social y política, tomando como ejemplo la novela de Azuela. Segundo, pienso que la constante ridiculez que caracteriza a nuestras instituciones políticas y sociales encuentra su germen en la condición psicosocial que está más allá de lo absurdo; por eso, aunque Paz nunca habló de la pendejeidad[3], considero que dicha categoría (cuya base significativa es, netamente, popular) puede explicar la pasividad e inercia política de la mayoría de nosotros.

Mucho se dice sobre la manera de ser del mexicano, de sus costumbres, de su cultura, incluso de la forma en que le canta y seduce lúdicamente a la muerte. En fin, el ingenio característico, y por demás famoso, de nuestra cultura se convierte en rasgo distintivo de nuestra identidad colectiva. Pero también es bien sabido por todos que nuestra sociedad comporta la más mezquina quietud porque somos un pueblo lleno de cabrones. El discurso popular se sostiene en múltiples imaginarios colectivos con los cuales creamos y desplazamos las adversidades ínsitas de la mala suerte, pues, la chingada[4] vida del Godínez, la del estudiante, la de la madre soltera, la gente fea y bonita, la del educador, y hasta la jodida vida que le espera, en algún lugar, al político corrupto, etc, refleja las particularidades psíquicas de nuestra cultura.

Ahora bien, ¿para qué estudiar la Revolución mexicana? Como la pregunta es la forma más directa de iniciar un camino que, en más de un sentido, el entendimiento tratará de transitar, preguntar por la utilidad de la revolución en México podría abrir diferentes senderos que pueden explicar las particularidades de nuestra sociedad[5]. Claro es que no podemos cifrar la lucha revolucionara del país como el origen y causa unívoca de nuestra realidad actual. No obstante, una reflexión cuidadosa puede delinear rasgos y puentes entre el proceso armado revolucionario y algunas características del México moderno.

Para abordar la relación entre la Revolución mexicana y el México actual tomaré como punto de partida algunos elementos de la novela Los de abajo. Mariano Azuela[6], como hijo del proceso revolucionario[7] recrea en su novela una imagen vívida que más que un testimonio, se convierte en un punto de referencia para entender la situación de las clases más desprotegidas durante este proceso. La calidad y simpleza de los personajes principales otorga al lector de Los de abajo la sensación de presenciar “en vivo” el orden de las cosas narradas.

Básicamente, la novela Los de abajo cuenta las peripecias del revolucionario Demetrio y sus compinches (casi todos campesinos, a veces ladrones y, en un caso atípico, el de un federal convertido a la causa revolucionaria), y de cómo estos poco a poco comienzan a utilizar a la revolución como una máscara, ya que en el fondo no entienden de qué va la lucha.

Destaca el personaje de Luis Cervantes, cuyo papel consiste en ser la mano derecha del general Demetrio. El caso de Luis Cervantes, médico de profesión y revolucionario idealista, es notorio, ya que es un federal que se enrola con el ejército opositor de manera accidental. Sin embargo, sus convicciones le conducen hasta Demetrio y sus valientes hombres, pero conforme vive la revolución de cerca, Cervantes, poco a poco pierde la fe en ésta. El desencanto de Luis Cervantes “el curro” es un evidente paralelo entre él y Mariano Azuela, ya que la experiencia vital del autor se calca durante toda la narración. Así, la novela de Azuela puede ser entendida como un puente entre la tragedia personal y la vivencia histórica, es decir, la novela Los de abajo aparece como un registro de la experiencia, una suerte de anecdotario sobre la Revolución mexicana.

Como retrato de la lucha mexicana y las anécdotas de la misma, sobresale la experiencia vital de Azuela con respecto a la transfiguración de los ideales de lucha, sí: la Revolución mexicana es una máscara. La máscara sirve para disimular, esto es, mostrar y ocultar al mismo tiempo una cosa, hecho o persona. Es curioso que los revolucionarios hayan hecho de su causa[8] un espectro sin pies ni cabeza.

Por otro lado, el México moderno no se distanció en su totalidad del espectro creado en la Revolución, ya que las condiciones políticas contra las que se alzó dicho movimiento prácticamente se heredaron al orden del nuevo Estado. Por ejemplo, Alan Knight[9] pone en entredicho y analiza qué clase de revolución tuvo lugar en México. Al parecer una consecuencia directa de ésta fue el formalismo imperante que adoptó y apadrinó el Estado durante los años siguientes a dicha lucha. Entiendo por formalismo una estructura orgánica definida en donde el contenido y sentido de algo pueden cambiar a conveniencia, e incluso transmutar del significado originalmente planteado. El problema con el formalismo no es que cambie el sentido y los significados en torno a la realidad, sino que al mantener una estructura rígida se sostiene un orden, que con el tiempo ya no responde a las condiciones sociales del presente.

Un ejemplo claro del formalismo es la configuración del PRI y el modelo de política que surge de este proceso histórico en nuestro país. Un análisis sobre la historia de dicho partido[10], pone de manifiesto que el proceder en cuanto a sus formas de hacer y entender la política recae en el mero formalismo. Recordemos que las facciones conservadoras al final de la Revolución mexicana asimilan el discurso revolucionario, puesto que las clases sociales de los “nuevos políticos revolucionarios” se mezclan en distintos niveles sociales con los círculos conservadores: matrimonios, compadrazgos empresariales y, sobre todo, la articulación de un partido político revolucionario (PNR). Por esas razones, la Revolución mexicana hereda rasgos constitutivos del antiguo régimen político “reformulados” por el tamiz de un nuevo discurso: la Revolución, la cual conforma una “nueva clase política en México”. Así, desde el origen, el ejercicio político en nuestro país está ligado a una especie de teatralidad en donde la estructura orgánica de los partidos políticos respalda a la política misma e impregna la vida social cotidiana. En sentido estricto, nuestra política carece de un contenido teórico sólido, pero sobre todo de acciones concretas y sólo muestra el ejercicio del poder sin una ideología definida aunque evidentemente encaminada a sostener los intereses de la clase dominante. En ese sentido la política mexicana es una máscara.

No obstante, el formalismo desplegado por el Estado durante y después de la Revolución envuelve en la base, al entero social. Las comidas, reconocimientos y condecoraciones de grado mencionadas en Los de abajo muestran a una sociedad que se recrea en la formalidad de los hechos y que pierde de vista, paradójicamente, la relevancia y el sentido crítico sobre el hecho mismo. Lo anterior evidencia el desencanto de Azuela por la revolución de mentiritas (expresión que puede entenderse como una máscara).

La máscara de la formalidad y la simulación es una constante que heredamos de la Revolución mexicana; baste pensar y observar los ritos, comportamientos e ideas que imperan actualmente en nuestro país, y que desde luego forman parte de una modernidad enteramente mexicana. Por ejemplo, la simulación ejecutada desde los puestos burocráticos, la de los escolares y docentes de cualquier nivel educativo o, las juntas, convivios y celebraciones en torno a los trabajos de oficina, sin olvidar las representaciones ultra formalizadas de la mayoría de los actos políticos, que quizá son, por mucho, la cumbre de un orden figurativo en donde prima la teatralidad de la clase política en México.[11]

Todo lo anterior es una muestra de cómo ha penetrado en nuestras instituciones el formalismo y con ello la herencia del modelo revolucionario, es decir, “la política a la mexicana”. Un ejemplo es la transfiguración del Sindicalismo estructura que, originalmente, respondía a la justicia social, pero que actualmente sólo sostiene la reproducción de la corrupción.

De este modo, nuestra manera de entender la política se desliga de la reflexión y la autocrítica. El proceso de construcción política en nuestro país mienta imbricaciones complejas, pero el resultado es evidente: un Estado atravesado por la corrupción, sostenido, a su vez, por una sociedad cuya cultura es, la mayoría de las veces, proclive a la corrupción.

Por consiguiente, la política institucionalizada en nuestro país se encuentra desligada de cualquier base teórica y se trata, en la mayoría de los casos, de una forma de reproducción del ejercicio del poder proveniente de la ideologización de las clases dominantes con respecto a las clases dominadas. Sin embargo, sería un gran error no reconocer las formas políticas provenientes de la organización civil cuya variedad, eficacia y compromiso son muestras del acto político más básico y sencillo: resolver los problemas de la comunidad desde la comunidad misma.

Por eso, se puede suponer, con cierta seguridad, que todo el tiempo utilizamos una máscara. En ese sentido, el precio de la máscara recae sobre nuestra integridad individual pero también social. Por consiguiente, el formalismo de nuestra sociedad sólo disimula nuestras fallas y enarbola un sujeto social cuyos correlatos se encuentran en la representación formal del hacer social, esto es, parece que la conciencia con respecto a los procesos políticos y sociales se diluye fácilmente entre las mascaras que utilizamos.

¿Cuál es el precio de utilizar la máscara? Ya Azuela y Paz adelantaban la respuesta, a su modo. El primero, en Los de abajo, al mostrar un final en donde parece que todo está perdido, pero aún queda como respuesta la mirada desparramada de Demetrio. Así, en el fondo perdura el purismo de la revolución revestido por la tragedia. Por otro lado, Paz, en El laberinto de la soledad analiza las condiciones ontológicas del mexicano, y la tragedia de antaño transmuta para alzarse fuerte y bronca bajo el as de las posibles formas que la chingada comporta.

El orden de las cosas es dinámico y por ende cambiante, pero no debemos olvidar que aún cuando todo tiende al cambio también existe la permanencia. Las cosas que permanecen, casi siempre, tienen la cualidad de transfigurarse para poder resistir el embate del cambio, y con ello facilitarse su perpetuidad. En ese sentido, la categoría que puede describir cómo funciona nuestra sociedad en las arborescencias del nuevo siglo es la pendejeidad. En dicha categoría se muestra el significado que puede asir las condiciones esenciales con respecto a la reproducción del orden político y social hasta ahora establecidos.

Por principio metodológico, primero debo preguntarme ¿qué es un pendejo? El lenguaje popular nos dice que un pendejo es aquella persona incapaz de dar cuenta sobre lo que hace o dice. No obstante, un pendejo no sólo es aquel que de hecho lo es (alguien incapaz), también uno puede hacerse pendejo, esto es, disimular a conveniencia sobre una situación determinada. Así, tanto el pendejo como el hacerse pendejo son formas que absuelven de la responsabilidad frente al orden de las cosas, ya sea por incapacidad para responder o por la acción deliberada para no hacer frente a una responsabilidad. En ese sentido, la categoría de pendejeidad puede ser un elemento de análisis que explique de manera más sentida nuestra realidad actual en México.

Entiendo por pendejeidad una estructura que articula, conforma y caracteriza el comportamiento psicosocial del mexicano común (el individuo social que todos podemos ser), con respecto a temas importantes de su realidad. Puede entenderse como desinterés, mediocridad o simple ignorancia. No obstante, cualquier otro adjetivo parece haber perdido significación frente a los hechos, por lo que el lenguaje popular, repleto de significados más asequibles y llenos de vitalidad[12], resulta pertinente para explicar una realidad que ha rebasado la comprehensión lingüística de cualquier otro concepto teórico que pretenda explicar el fenómeno que padece nuestra sociedad mexicana. Por tanto, la pendejeidad es la incapacidad del mexicano promedio (común) para responder y actuar de forma razonable ante los problemas fundamentales que le afectan socialmente. En ese sentido, la pendejeidad es una clara muestra de la disolución del individuo, de su correlato social. Así, apelando a términos teóricos más decantados, la pendejeidad puede entenderse como una suerte de sujeto sin subjetividad que a su vez genera una subjetividad sin sujeto[13], mediante un proceso recursivo.

No obstante, aunque podríamos sostener que nuestra cultura es por antonomasia: pendeja, la realidad nos muestra la diversidad de formas subjetivas e intersubjetivas que conforman un sujeto social peculiar en nuestro país. En ese sentido, la pendejeidad es una forma de subjetividad social que a veces impera en ciertos escenarios de nuestra realidad. Como parte constitutiva de nuestro ser psicosocial: la pendejeidad es un signo más que puede explicar un aspecto de la realidad mexicana. No obstante, la máscara, la chingada o la pendejeidad no tienen la última palabra.

Por otro lado, un correlato metafórico de la máscara puede encontrarse en la paradoja bartiana[14], la cual dicta la siguiente proposición: malo si lo haces, malo si no lo haces. Una interpretación de la paradoja es que no importa la acción en sí misma pues el resultado no tendrá el efecto esperado, ya que siempre será negativo: esto significa que el drama y la tragedia se asoman como elementos constitutivos de la realidad. La lógica de la mencionada paradoja bien puede implicar la noción de tragedia de Azuela y la concepción de la chingada articula por Paz. Pero también refleja el espíritu contenido en la pendejeidad de la cultura mexicana.

Un ejemplo actual es el regreso del PRI. Las reformas que pretende establecer como partido, las desapariciones, los feminicidios y la evidente intención de privatizar las instituciones públicas del país, son muestra de que para la mayoría no importa lo que pase; el drama y la tragedia nacional persisten. Empero, lo más preocupante es la figura que toma el ya mencionado partido, pues Enrique Peña Nieto no es un hombre de política[15] ni mucho menos un títere apto, y eso dice mucho sobre la sociedad que permite una condición de este tipo en su gobierno. Por esa razón, pienso que nuestra sociedad se encuentra en el umbral de la pendeja total. Las condiciones sociales actúales evidencian el alto precio de la máscara en nuestro país, ya que la ignominia, la reproducción del clasismo, la exclusión de nuestras comunidades originarias, los miles de desaparecidos, la pobreza, el narcotráfico y los feminicidios son algunos ejemplos de las distintas formas en que la violencia se ejerce pero también se oculta. En ese sentido, la mejor máscara parece ser la violencia.

Como he expuesto a lo largo de este breve ensayo, la Revolución mexicana puede ser la piedra de toque con la cual se perpetue la transfiguración de la máscara nacional o puede ser, bien entendida, el cimiento de un cambio sustancial del cual nos beneficiemos. Ahora bien, ¿para qué estudiar la Revolución mexicana? Parece que la respuesta a dicha pregunta nos abrirá un camino diferente, si y sólo si somos capaces de trascender nuestras condiciones actuales.

Considero que debemos comenzar por trascender las ideas, prácticas y modos de ser inservibles producidos desde el imaginario social, para quedarnos sólo con aquello que comporte una utilidad basada en rasgos positivos de nuestra cultura mexicana, lo cual supondría un ejercicio verdaderamente crítico basado en la pregunta: ¿qué es y qué no es política? Superar nuestra pendejeidad colectiva supone de-construir y re-articular ideas populares como: “¡Ya no seas reaccionario hazte robolucionario!, y que te bendiga Dios[16]” para comenzar a reflexionar sobre el ejercicio político en relación con nuestra realidad actual. Para finalizar baste decir que: mientras nuestra sociedad continúa promoviendo el prejuicio, la desigualdad, la hipocresía, la desinformación y el desinterés por el otro, los poderosos promueven las bases para cerrar el círculo vicioso que hoy corrompe a nuestro México. Felices aquellos a los que su miopía les impide ver sus desiertos; desdichados aquellos que ven el desierto y se sienten solos. Pero afortunados aquellos que miran el desierto y se atreven a fecundarlo. Tomemos la verdadera acción política en nuestras manos, la historia y las generaciones futuras lo exigen, pensemos y critiquemos aquello que es y que no es política, gestionemos la realidad política del país.

Bibliografía

Azuela, Mariano. Los de abajo. México, FCE, 2012.

Katz, Friedrich. La servidumbre agraria en México en la época porfiriana. Trad. Antonieta Sánchez. México, Era, 1980.

Knight, Alan. “La revolución mexicana: ¿burguesa, nacionalista, o simplemente una ‘gran rebelión’?” en Cuadernos políticos. No. 48, pp. 5-33 (octubre-diciembre 1986)

Lakoff y Johnson. Metáforas de la vida cotidiana. Trad. Carmen González Marín. España, Cátedra, 2007.

Meyer, Lorenzo. Liberalismo autoritario. Las contradicciones del sistema político mexicano. México, Océano, 1995.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México, FCE, 1983.

Perrés José, “La categoría de subjetividad, sus aporías y encrucijadas. Apuntes para una reflexión teórico-epistemológicas” en Tras la huellas de la subjetividad Isabel Jáidar Matalobos compiladora. México. Universidad Autónoma Metropolitana, 2003.

 Notas

[1] Entiendo por ontología el estudio del ser que comporta la existencia humana.

[2] El México moderno puede entenderse como la amalgama de una realidad inicialmente industrial y actualmente tecnológica, que no llega a todos los sectores sociales del país, pero que sí conduce a las consecuencias fácticas de un modelo de producción y consumo basado en ideales políticos ejecutados “a la mexicana”, es decir, la adopción y adaptación de proyectos sociopolíticos revestidos por la mexicaneidad, como el programa capitalista y neoliberal.

[3] Más adelante explico este término que, evidentemente, proviene de una reflexión personal.

[4] Cf. El laberinto de la soledad en especial el capítulo: “Los hijos de la Malinche.

[5] Frase evidentemente influenciada por la exposición heideggeriana en “La pregunta por la técnica”.

[6] Mariano Azuela González nace en Lagos de Moreno, Jalisco, el 1 de enero de 1873 y fallece en la Ciudad de México en marzo de 1952. Fue médico (estudió medicina en Guadalajara), pero se destacó como crítico literario y escritor. Recibió notoriedad por sus narraciones ambientadas en la época de la Revolución mexicana de 1910. Se inició en la escritura en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz. A lo largo de su carrera literaria incursionó en el teatro, el cuento y el ensayo crítico, además de la novela, género donde obtuvo mayor reconocimiento.

Tras la caída de Francisco I Madero, Azuela se incorporó a las fuerzas revolucionarias de Julián Medina como médico militar. Cuando las fuerzas carrancistas vencieron a Villa y Zapata, Mariano Azuela se exilió en El Paso, Texas. Fue entonces cuando escribió Los de abajo, novela revolucionaria que le dio popularidad, publicada en fascículos en 1915 en el periódico ‘El Paso del Norte’ y en forma de libro en 1916 cuando regresó a México. No obstante, el éxito literario de esta obra fue logrado hasta 1925, cuando se publico a modo de folletín en el periódico ‘El Universal Ilustrado.’

[7] Para una revisión más completa sobre el contexto del autor en relación a su obra Los de abajo véase la edición conmemorativa del 60 aniversario de la misma, especialmente el prólogo de Víctor Díaz Arciniega.

[8] No debemos olvidar que la Revolución mexicana se caracterizó por ser un movimiento sui géneris que contenía diversos intereses e ideales. Asimismo, el contexto social pre-revolucionario; el Porfiriato es un factor importante para dar cuenta sobre los resultados de la lucha de 1910. Para una revisión más a fondo sobre las condiciones de vida durante el porfiriato véase Katz, Friedrich. La servidumbre agraria en México en la época porfiriana.

[9] Cf. La revolución mexicana: ¿burguesa, nacionalista, o simplemente una ‘gran rebelión’?, passim.

[10] Las bases ideológicas de este partido se gestan en la asimilación de la acción revolucionaria en México. En consecuencia, el imaginario que funda el devenir histórico del PNR, PRM y PRI sobre el significado de la lucha revolucionaria terminan por contribuir a erigir el autoritarismo político basado en el formalismo con el que nace la política en nuestro país. Para un mapeo más profundo sobre este proceso histórico véase de Pablo González Casanova La democracia en México, El estado y los partidos políticos en México; de Tzvi Medin Ideología y praxis política de Lázaro Cárdenas; de Luis Mediana Peña Hacia el nuevo Estado, México 1920-1994 y de Roger Hansen La política del Desarrollo Mexicano. A partir de estas lecturas es que conformo el espectro histórico y la interpretación sobre el origen de la política en nuestro país.

[11] Véase de Lorenzo Meyer, Liberalismo autoritario. Las contradicciones del sistema político mexicano, especialmente el apartado “La clase política”.

[12] Entender el lenguaje en sentido metafórico produce desplazamientos de un campo semántico a otro, y con ello la re-significación opera todo el tiempo en nuestras vidas cotidianas. Para un estudio más completo sobre la metáfora véase Lakoff y Johnson, Metáforas de la vida cotidiana, especialmente la Introducción y el capítulo I.

[13] Cf. Perrés José, “La categoría de subjetividad, sus aporías y encrucijadas. Apuntes para una reflexión teórico-epistemológica”.

[14] Sin dejar de lado la seriedad del presente ensayo, la paradoja bartiana es obra del Bart Simpson. Para un contexto sobre el origen de esta paradoja véase el capítulo de la serie The Simpsons, “Bart es un genio”, disponible en http://www.simpsonizados.com/simpsons-online-temporada-1/capitulo-2/bart-es-un-genio. En este capítulo se muestra la idea de la máscara en términos de la simulación.

[15] Podemos considerar a Enrique Peña Nieto como un producto de la imagen, al no ser un hombre de política como podría entenderse en el discurso clásico de la antigua Grecia o, en un sentido más moderno, como una persona capacitada para tomar decisiones políticas, esto es, desde los intereses sociales y económicos de una nación. Hay que decirlo tal y como aparece: Enrique Peña Nieto es la figura de un aparato político consolidado: tan sólo el producto de una red compleja que supone la participación de algunos medios masivos de comunicación, la clase política y empresarial así como el pacto o nexos con el crimen organizado.

[16] Verso de la canción popular La casita.

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