La lucha por el poder va a existir mientras exista la raza humana. Las relaciones entre hombres como las conocemos tienen implícito el teje y maneje que implica mostrar quién es mejor que el otro, quién está sobre quién, quién manda a quién, o a quién debe rendírsele cuentas.

Si vamos a la realidad, podemos observar que en las organizaciones humanas esa lucha está presente por medio de escalafones. Por ejemplo, en una empresa la estructura es clara: por un lado, el dueño del dinero que lo invierte en capital humano y bienes materiales para lograr su objetivo de hacer cada vez más dinero; por el otro lado, los empleados que rentan sus habilidades para que el adinerado siga amasando ganancias. En este ejemplo es claro quién tiene el poder y quién no. Sin embargo, en este tipo de estructuras no todo es tan sencillo como poner un dueño y un empleado en una diléctica, pues dentro de ese escenario hay matices en el juego de poder, sobre todo entre empleados. Hay sujetos en la organización que se sienten con mayor ascendencia sobre los demás, en su mundo interno tienen más poder que los demás y se sienten con el derecho y la obligación de ordenarle a los otros, incluso exigen que les rindan pleitesía.

Como otro ejemplo tenemos el mundillo del gobierno de un país, un estado o lo que sea relacionado con la cosa pública; el escenario aquí es más ambiguo, pues resulta evidente que aunque hay alguien que preside la estructura, no necesariamente es él quien toma las decisiones, sino que responde a otros intereses y compromisos previamente adquiridos o a los intereses propios. La infinidad de matices de lucha por el poder que de aquí se desprenden son tan diversos e incontables como la misma creatividad humana.

Ya sea en el mundo organizacional de administración pública o en el ámbito privado de negocios, en ambos casos hay un elemento presente: quien detenta poder, aunque sea limitado, es alguien cercano al dueño/presidente (según el caso). Esa “cercanía” se puede dar por parentesco, amistad de años, favores a pagar, por mencionar las más comunes. Pocas veces las cualidades individuales influyen en la adquisición del poder, a menos que ésas sean en el ámbito de las relaciones públicas. El sueño platónico del rey filósofo (léase rey sabio) es una quimera.

Quienes detentan el poder no son necesariamente los más aptos o inteligentes, son más bien los que conocen a la persona correcta, están en el lugar oportuno y se rodean de personas capaces que le resuelven todo. El poder económico y la afortunada posición social en la que se nace pueden comprar todo eso.

¿Se podrá lograr una estructura social en donde uno no esté por encima del otro? La democracia griega intentó llegar a ese punto, buscando promover una estructura horizontal, en donde todos tienen voz sin necesidad de sujetos que se autoproclamen voceros de la mayoría. Pero el sueño griego, esencialmente ateniense, duró poco, y la tiranía regresó.

Elegir un gobernante/representante a través de una papeleta no es necesariamente una estructura horizontal, pues como en estadística, una muestra representativa tiene un margen de error, y un organismo viviente y pensante no puede ser depositario ni representar a otros organismos vivientes. Los humanos no son números fríos que representan algo, son más cambiantes y complejos de lo que imaginamos.

Retomando la premisa inicial: la lucha por el poder va a existir mientras exista la raza humana, se puede concluir que no existe la democracia idealizada, horizontal, donde todos tienen voz y voto para decidir el rumbo común (al menos en este mundillo conocido como México), pues pensar en horizontalidad colectiva de decisiones implica que el poder no lo detente un sujeto individual (presidente, rey, emperador, dueño…) ni colectivo (partido, Estado, empresa…), sino todos los integrantes de la sociedad, ni siquiera la mayoría, sino todos. Mientras haya humanos, habrá lucha por el poder, entonces, mientras haya humanos, no existirán decisiones horizontales colectivas, al menos en algo tan complejo como una colectividad de millones de personas. En pequeñas células puede ser posible un camino de discusión y de decisión común, pero en un organismo complejo como un país, estado o municipio, ni pensarlo. La democracia existe en pequeño, es decir, hay microdemocracias. Lo demás es mera utopía.

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