Y así como me conmueve el dolor de mi país que por momentos parece en ruinas, me conmueven todas las acciones que dan la esperanza de un México diferente. Tal vez peco de idealista, pero por algún lado se debe comenzar. La conciencia y una nueva visión es el inicio de cualquier cambio.                                                                                                                           Sara Atziri Ávila García

Acabo de terminar de escuchar el noticiero de MVS con Carmen Aristegui y me es inevitable reconocer la intensa sensación que tengo: una especie de mezcla entre enojo, indignación y ganas de llorar. He de aceptar que me llama la atención que, a pesar de lo “acostumbrada” que crea estar ante la situación que se vive en México, no lo estoy del todo. Especialmente, este momento lo vivo con un agudo dolor y con tristeza. Lo recientemente ocurrido con los 6 muertos y 43 desaparecidos en Ayotzinapa, y lo que se viene suscitando a raíz de ello, me parece una infortunada pero maravillosa oportunidad para que algo en mi país suceda; una oportunidad para todos de manifestarnos dentro de los límites de nuestra realidad; una clara posibilidad de cambio.

La desaparición forzada en Iguala fue un ataque de policías municipales a estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos”, periodistas y civiles, que ocurrió la noche del 26 de septiembre de 2014, en el municipio Iguala de la Independencia, en el Estado de Guerrero. Los hechos dejaron un saldo de seis personas fallecidas, veintisiete heridos y 43 estudiantes desaparecidos. A partir de este evento, la sociedad ha señalado al Estado como responsable de tal desaparición forzada y ha exigido la aparición con vida de los estudiantes. Vivos se los llevaron, vivos los queremos. La Escuela Normal de Ayotzinapa ha sido objeto constante de represión por parte de los gobiernos local y federal, ya que presenta una fuerte tendencia de izquierda; esta escuela también es conocida como semillero de luchadores sociales y disidentes.

Para iniciar este ensayo, deseo compartir una experiencia personal. En la marcha del 5 de noviembre de 2014 en apoyo a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, entre 70 y 100 mil manifestantes llenamos las calles de la Ciudad de México para exigir su aparición con vida. Yo caminaba al lado de las madres, padres y familiares de los 43 estudiantes desaparecidos. Me resultó impresionante ver sus rostros firmes y la fuerza de sus pasos aún tras la incertidumbre de lo ocurrido con sus hijos. Igualmente impactante fue que no era suficiente una sola hilera de ellos caminando con las fotos de sus hijos al frente; hicieron falta hilera tras hilera al momento de la marcha. ¡Fue entonces cuando pude asimilar lo que representan 43 personas! Cuarenta y tres puede parecernos un número trivial, pero humanamente representa un vacío inmenso.

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La protesta es por la participación de la policía y el Estado en este delito. Por la impunidad y los nexos de las diferentes estructuras de gobierno con la delincuencia organizada. Se exige que los 43 normalistas sean encontrados con vida y que se de castigo a todos los responsables, sin importar en qué nivel del gobierno se encuentren.

De este modo, me resulta fundamental plantear el siguiente cuestionamiento: ¿Qué elementos desde la psicología social y política hablan de una posibilidad de cambio en México a partir de lo ocurrido en Ayotzinapa? En palabras más claras, ¿puede el mito en la política generar un cambio en la sociedad?

Comenzaré entonces por mencionar las posibilidades que el mito podría dar a un movimiento como el que trato en este escrito. Entendiendo el mito como: una narración en la que la sociedad refleja su propia imagen del cosmos. Base del patrón de identidad social e individual. El mito es un elemento de la cultura, entendida ésta como la mediación del hombre con el hombre y con la naturaleza; su cualidad es, entonces, esencialmente (Arias, 2001: 27).

Por otro lado, el mito político es planteado en los comienzos del siglo XX, por Georges Sorel (1847-1922). Sorel define como mito al instrumento de lucha de la clase obrera, es decir, a la huelga general proletaria. Habla de que nunca se provocará el menor movimiento revolucionario a menos que haya mitos aceptados por las masas, de modo que el mito en este caso no estaría tanto en función de la estabilidad, sino de la acción. Según Sorel, el mito impulsa a los individuos a actuar al verse partícipes de una sucesión de eventos que los tiene como protagonistas. “La constitución dramática, en el sentido de acción del mito, inspira en los individuos el compromiso emocional con la estructura narrativa, aquello que se dice. Lo específicamente político de los mitos no está dado solo por el contenido de la narración, sino porque permite dotar de significancia a las condiciones políticas y a la acción” (G. Sorel, 2005: 187).

Es así como la construcción de un mito político es especialmente idónea para sostener una acción política de masas. Su necesidad siempre se relaciona con períodos de crisis en la vida y en el pensamiento de las sociedades. Por más que se intente silenciarlos, los mitos siempre vuelven, convocados por las crisis y las situaciones límite que afrontan los seres humanos. El mito expresa un sentimiento de límite y de pasaje de una situación a otra. Sociológicamente, es un fenómeno vinculado a procesos de cambio social. La consideración del mito político permite acceder al imaginario social[1] y detectar, no sólo la situación vivida, sino también cómo es vívida la situación, es decir, las expectativas y temores que suscita. El mito es un elemento integrante y normal, de toda situación social y política.

Freud nos dice que el mito puede representar la sustitución de satisfacciones que la realidad no nos brinda, y que este principio está ligado al principio del placer, que es contrario a la tensión del principio de la realidad (Arias, 2001: 29). Es con estos dos ejemplos como se puede hablar de la posible construcción de un mito en un caso como el de Ayotzinapa. El Estado, los estudiantes y la sociedad civil representan un papel que se presentaría como un posibilitador de la acción colectiva para una ruptura del actual sistema político y social en México.

Al hablar de acción colectiva, citaré a María Luisa Murga, quien, al exponer las ideas de Castoriadis, habla de una diversidad de sentidos que ponen en juego las formas que adquiere la acción colectiva. Esta autora menciona una suerte de complejidad donde estas múltiples creaciones son discontinuas y dan lugar a creaciones que no son paralelas ni sobrepuestas; creaciones múltiples que varían las diversas significaciones que conllevan los actos que sujetos y colectivos realizan. Es decir, en la creación de los movimientos sociales y los efectos que generan, se encuentran singularidades que hacen de cada movimiento una propuesta con un planteamiento nuevo, que coloca al movimiento fuera del espectro de las regulaciones sociales. Por consiguiente, los individuos no sólo buscan hacer significativa la experiencia para sí, sino que de amanera más relevante, buscan la forma de hacerla significativa para sí en el vínculo con los otros (Murga, 2010: 155).

Por otra parte, me apoyaré también en Ignacio Martín Baró. Él, en Acción e ideología habla de tres periodos en la evolución de la psicología social. En un primer momento, se cuestiona qué es lo que nos mantiene unidos al orden establecido. La respuesta contempla el tema de la “mente de grupo” en la que de una u otra forma todos los miembros de una misma sociedad participan de algo común, algo que no es material sino espiritual, y que los mantiene unidos más allá de las diferencias e intereses individuales. En un segundo periodo, se pregunta qué nos integra al orden establecido. Aquí se habla de la incuestionabilidad del orden social bajo el que el todo ser social se encuentra. Esto responde a los intereses imperantes de los grupos dominantes para integrar a muchos y muy diversos grupos de forma lo suficientemente unitaria como para que, la división no impida el “progreso social”. Se da así el condicionamiento social de la persona humana así como el influjo de las personas en el sistema social (Martín-Baró, 1985: 39).

Llegamos al tercer periodo y el que más me interesa exponer. ¿Qué nos libera del orden establecido?, se pregunta Martín- Baró. Es importante decir que el liberarse de este orden da la posibilidad a las personas de librarse de sus exigencias e imposiciones y construir un orden social diferente, más justo y humano, es decir, la posibilidad de un sujeto des-sujetado. El cuestionamiento en este tercer periodo no acepta como inmutable la realidad social, el problema central ya no es la relación entre individuo y sociedad, su adaptación o inadaptación, sino la oposición de grupos que genera un orden social concreto en cuyo interior los individuos actualizan intereses, perspectivas y situaciones sociales distintas y conflictivas. Cuanto mejor es el conocimiento, con más claridad se abre al sujeto el ámbito para su decisión y acción consciente, es decir, más campo se presenta a su verdadera libertad social (Martín-Baró, 1985: 48).

En el fondo late el desencanto ideológico[2] frente a la incapacidad por cambiar la realidad social mediante la acción social y de ahí la tendencia a cambiar al individuo y su propia visión de la realidad. Al tomar en cuanta todo lo anterior, comprendo que el sujeto[3], pese a los contenidos y posibles límites de la subjetividad[4] en la que se encuentra inmerso, siempre tendrá la posibilidad abierta, desde la mirada de la Psicología Social, ya sea a través del mito, de acciones colectivas, o de la idea de libertad que rompe con la sujeción y la obediencia… de también romper con las cadenas de las formas instituidas y des- sujetarse.

El hartazgo de nuestra sociedad mexicana ante los niveles de corrupción e impunidad en general y también con lo ocurrido alrededor de Ayotzinapa, además de todas las acciones de apoyo y solidaridad que se vienen generando, construyen una condensación de elementos que nos abre la puerta, ante la posibilidad de una colectividad con un interés común, una acción de masas dispuesta a concederse la oportunidad de liberarse del sistema, una oportunidad de inicio a un verdadero proceso de cambio.

En conclusión, creo fervientemente que México hoy tiene la posibilidad de un giro. Ayotzinapa es un parteaguas en la historia de México. Un evento que ha consternado a la sociedad y habilitado con fuerza a un movimiento social y estudiantil que hoy, a más de dos meses de la desaparición de estos 43 estudiantes, sigue vivo. Celebro a los estudiantes y a la figura universitaria en general, que con su energía y su visión crítica hacia el sistema, dan fuerza a este movimiento. También a la sociedad civil en general que ha participado. Para finalizar quisiera traer a cuenta unas palabras de Luis Racionero:

Revolución psicológica y praxis política se entrelazan dialécticamente en todo proceso de cambio social. Una revolución personal sin un cambio político que permita exteriorizarla no tiene sentido, pero tampoco es verdadera una revolución política sin un cambio en las estructuras mentales, emocionales y culturales del individuo (Racionero, 2002: 17)

Y así como me conmueve el dolor de mi país que por momentos parece en ruinas, me conmueven todas las acciones que dan la esperanza de un México diferente. Tal vez peco de idealista, pero por algún lado se debe comenzar. La conciencia y una nueva visión es el inicio de cualquier cambio.

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Bibliografía y notas

Arias, Juan Jesús. (2001). “Alma y psique: del mito al método” en Isabel Jáidar (comp.) Mito, sentido y significado de la vida, México: Universidad Autónoma Metropolitana.

Castoriadis, Cornelius (2013). La institución imaginaria de la sociedad, México: Tusquets Editores.

Martín-Baró, Ignacio (1985). Acción e ideología. Psicología Social desde Centroamérica, El Salvador: UCA Editores.

Murga, María Luisa (2010). Imaginario social: creación de sentido, México: Universidad Pedagógica Nacional.

Racionero, Luis (2002). Filosofías del underground, España: Editorial Anagrama.

Sorel, Georges (2005). Reflexiones sobre la violencia, México: Editorial Alianza.

[1] El imaginario social es un concepto creado por  Cornelius Castoriadis, usado habitualmente en ciencias sociales para designar las representaciones sociales encarnadas en sus instituciones (Castoriadis, 2013: 183).

[2] La concepción marxista entiende la ideología como una falsa conciencia en la que se presenta una imagen que no corresponde a la realidad, a la que encubre y justifica a partir de los intereses de la clase social dominante. Así encuentra que la sociedad se configura por el conflicto entre grupos con intereses contrapuestos, y que el individuo es fundamentalmente un representante de su clase social. Este sistema concibe a la ideología como una estructura que se impone y actúa a través de los individuos, pero sin que los individuos configuren a su vez esa ideología, es decir, una totalidad actuante pero sin sujeto (Martín-Baró, 1985: 17).

[3] Entiéndase éste como una abstracción dentro de un proceso de socialización, que construye un para sí en razón de sus posibilidades, apegado a las instituciones, pero con posibilidad instituyente.

[4] Proceso a través del cual el individuo se hace sujeto, es decir, por medio de símbolos colectivos, se construyen nuevos sujetos.

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