¿La forma en que se narra un pueblo tiene alguna relación con su Historia? ¿Puede el mito en la Historia inducir un modo de ser en la cultura? Estas preguntas son un esfuerzo por poner en perspectiva el delicado contorno que, a veces, separa a la Historia del mito. Si atendemos al sentido común, los cuestionamientos iniciales resultan sencillos de responder para cualquier mexicano que haya cursado los niveles básicos de educación en nuestro país.

En ese sentido, casi nadie duda que ser mexicano tiene que ver con la Independencia, la Revolución, la Virgen de Guadalupe, Benito Juárez, las Leyes de Reforma; incluso el Porfiriato y un gobierno como el PRI ocupan un lugar que conforma, eso que solemos llamar, nuestra identidad. Por consiguiente, podemos afirmar que el estudio de nuestra historia implica, en cierto modo, una forma más de conocernos y asumir: la mexicaneidad.

No obstante, como suele suceder con muchas cosas, el estudio de la Historia no es tarea sencilla. El mito y la Historia tejen una red que, a veces, envuelve verdades, mentiras o distorsiones deliberadas sobre los hechos suscitados en el pasado. Debemos reconocer que la forma en cómo nos narramos a través del tiempo supone construcciones complejas y llenas de significados.

Lo anterior, no significa que el mito sea ya de sí una mentira; por el contrario, es una explicación sobre la realidad. Como toda explicación, el mito, es susceptible de sustraer, adicionar, multiplicar y dividir los hechos en relación con los significados sobre lo real. Es decir, la Historia hecha mito o el mito hecho Historia manifiesta la poderosa capacidad del lenguaje y muestra que, la intención de quien(es) narra(n) presume un elemento determinante respecto del orden mundano que se establece mediante el mito. Y es que dicho poder, el del lenguaje, reside en nada más y nada menos que en la posibilidad de brindar el cimiento de la identidad tanto personal como colectiva. Narrar es un acto de significar (Lakoff y Johnson, 1980: 11-25) y tanto el mito como la Historia tienen esa capacidad.

Por eso, el mito debe entenderse no como una narración falsa, cuento o habladuría. Antes bien, el papel del mito es justo ordenar y dotar de sentido una realidad que contada de otro modo resultaría incompresible para una colectividad (Arias, 2000: 27-33); esto no quiere decir que el mito invalide otras formas de explicar y conocer la realidad. En ese sentido, una de las funciones del mito es, precisamente, consolidar la autoimagen individual y colectiva. Así, el mito funda el modo de ser y estar en el mundo de una persona o grupo determinado.

La Historia de un país puede envolver mitos fundacionales, sobre todo, cuando el dato o hecho histórico es insuficiente para solidificar el espíritu de un pueblo. Es decir, a veces el orden de lo histórico requiere de una narración que sea entienda como mito (Zunzunegui, 2010: 19). Por ende, mito e Historia se entremezclan como figuras narrativas, esto es, como metáforas que comportan aspectos de la vida tan ciertos como que las experiencias encierran aprendizajes. Empero, Historia y mito son susceptibles de modelarse según convenga o según se pueda. De antemano es bien conocido el adagio: “la historia es contada por los vencedores”. Por ende, las imbricaciones del mito y la Historia pueden, mediante su capacidad significativa, aglutinar la identidad de un pueblo. Narrarse es un modo de existir.

Uno de los mitos más importantes para los mexicanos es la Revolución mexicana. El estudio sobre la Historia oficial de la Revolución mexicana ha sido un tema muy desmenuzado por nuestros intelectuales más destacados. Las vetas ensayísticas sobre dicho tópico mientan autores como Octavio Paz, Samuel Ramos, Santiago Ramírez, Francisco Gonzalez Pineda y Miguel Zunzunegui. Todos ellos coinciden y divergen en el estudio sobre el mito revolucionario, y el lugar que éste ocupa en el modo de ser del mexicano. Así, podemos sostener que dichos autores toman a la Revolución como un hecho crítico que puede articular la psicología del mexicano. Hoy día, la actualidad de dicho enfoque mienta su pertinencia. En la actualidad debemos cuestionar si un recurso como la Revolución mexicana, que pretende ser esencialmente significativo para nuestra sociedad, responde ante los hechos recientes de violencia y el desmoronamiento del Estado Nación. ¿Qué clase de significados podemos encontrar en la Revolución?

Según Miguel Zunzunegui, la Historia oficial de nuestro país implica una serie de mitos que repercuten directamente sobre nuestra percepción e identidad colectiva: estamos como estamos, porque somos como somos. Hay, pues, que desmitificar nuestra historia aunque duela (Zunzunegui, 2010: 19-28). La tesis básica que Zunzunegui ofrece en México: la historia de un país construido sobre mitos implica analizar y estudiar un proceso de mitificación sobre los sucesos relevantes en la historia de nuestro país, y con ello dilucidar el modo en que somos a partir de una determinada manera de narrarnos.

Elementos como el lenguaje tienen un papel importante en la construcción de la identidad. Por eso, la Historia, que es un modo de narrarse, interviene en la construcción de los sujetos. Asimismo, el mito toma su parte en dicho proceso. Lo anterior quiere decir que tanto el sujeto como la subjetividad están en función de la cultura. Por ende, Historia y mito son elementos constitutivos, aunque no suficientes, para el proceso de identidad, es decir, la conformación del sujeto y de la subjetividad.

El papel que tienen la Historia y el mito, ocupa un sitio importante en la conformación de la identidad mexicana. El modo en que se cuenta y aparece un modo particular de narrarnos como mexicanos, pone en perspectiva una serie de elementos a través de los cuales nuestra identidad personal y colectiva se forma.

La identidad nacional emana de la mitificación de sucesos históricos variados. Tal particularidad discursiva ha dejado una huella significativa en todos nosotros. El problema de una Historia mitificada, que evidentemente origina una versión sobre el modo de ser, es que al institucionalizarse también institucionaliza a los sujetos que forman parte de esa narración.

Por ese motivo, la intención de tejer una narrativa que explique y re-direccione la crisis de identidad posterior a la revolución es un tema importante que se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XX. Samuel Ramos, Vasconcelos y Octavio Paz aparecen con respuestas particulares que pretenden rellenar esa Historia mitificada que se nos cuenta. Y es que la mitificación de la Historia pretende validar no sólo una identidad mexicana, también pretende sostener el orden de las cosas. Esta Historia mitificada tiene por objeto explicar y legitimar la conformación de un proyecto político que opera en un Estado Nación cuyas diferencias sociales en términos de injusticia y corrupción pueden notarse en el análisis crítico de la misma, pero sobre todo en la realidad cotidiana.

En ese sentido, la Historia y el mito de la Revolución mexicana se convierten en la panacea de la realidad social en México. La revolución es sinónimo de justicia social, libertad y heroísmo. Tales significados han creado una identidad que celebra la representación teatral, al mismo tiempo que la reproduce. No es que el mito y su relación con la Historia sean perjudiciales. El problema reside en el desconocimiento de nuestra historia sin el mito, pues hacemos de este último elemento un recurso clave para seguir ocultando la realidad histórica y con ello, paradójicamente, diluimos nuestra identidad social.

La historia mitificada de la Revolución mexicana oculta un proceso armado carente de ideales y de proyecto político. Por eso, los años posteriores a la revolución encerraron una realidad mexicana caótica y compleja desde la raíz. El mito en la Historia pretendió ocultar las carencias sociales, políticas y económicas en la narración de una historia motivacional enmarcada desde los intereses revolucionarios de un partido que utilizó tal suceso como bandera. En ese sentido, el México moderno se conforma desde un imaginario en donde a través del tiempo la autoimagen de nuestro pueblo se recrea en los avatares posrevolucionarios, es decir, la desigualdad, la falta de educación, la pobreza, el surgimiento de la clase media. Todo lo anterior articuló la forma de ser mexicano, la cual se encuentra atravesada por la Historia mitificada, y la Revolución ocupa un lugar importante en ésta.

La Historia oficial induce en nosotros una identidad que pretende institucionalizar un modo de ser mexicano. Se nos inculcan valores nacionalistas, moral nacionalista, trabajo nacionalista, lealtad nacionalista… a partir de una serie de símbolos surgidos en la revolución que carecen de un correlato real sólido, puesto que la justicia social nunca se ha dejado sentir en nuestro país. Esta historia que se enseña en niveles básicos produce sujetos estandarizados, ya que inculca una memoria histórica partidaria del clasismo.

Para finalizar, podría parecer que ante tal escenario la anatomía del mexicano no puede escapar de estas narrativas en busca de un sentido psicológico desde el cual reconocerse. Desde el sentimiento de inferioridad en el “pelado”, enunciado por Ramos; los hijos de la Malinche y la significación de la chingada, para Octavio; las motivaciones y sus desavenencias, para Santiago Ramírez; las relaciones erráticas de nuestro yo nacional con el poder, desde el planteamiento de Francisco González; y la desmitificación de la historia, aunque duela, propuesta por Miguel Zunzunegui, podemos observar que el ser mexicano mienta un abanico de narraciones diversas. Tales narraciones son ya una forma de superar nuestra condición actual, es decir, nuestra crisis de identidad. Una posible solución de los problemas fundamentales en nuestro país apelaría a una Historia en donde el mito no cobre un papel esencial.

Por ello, la posibilidad de superar la institucionalización de la Historia oficial se encuentra, como diría Martín-Baró, en el momento de la desujetación[1]. Ser sujetos de la acción, tal y como sostiene este pensador, significa pensar nuestra realidad desde nuestras categorías propias. Ante tal afirmación cabe preguntarse, ¿pensar desde nuestras categorías propias no es en el fondo una preocupación por narrarse de manera diferente?

 

Notas

[1] Vease de Martí- Baró Ignacio “Entre el individuo y la sociedad” en Acción e ideología, especialmente las páginas 41-45.

 

Bibliografía

Arias Juan Jesus (2000) “Mito, sentido y significado de la vida” en Jadair compilador Alma y psique. México: UAM-X, pp. 27-61.

Bartra Roger (2007) Anatomía del mexicano. México: De bolsillo, pp. 63-73.

Gonzalez Pineda Francisco (1961) El mexicano su dinámica psicosocial. México: Editorial Pax- México, pp. 11-57.

Lakof y Jhonson (1980) “Introducción” en Metáforas de la vida cotidiana. España: Cátedra, pp. 11-25.

Paz Octavio (1983) El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica.

Ramírez Santiago (2005) El mexicano, psicología de sus motivaciones. México: De bolsillo, pp. 25-113.

Ramos Samuel (1976) El perfil del hombre y la cultura en México. México: Espasa-Calpe mexicana, pp. 19-66.

ZunZunegui Miguel Juan (2010) México: La historia de un país construido sobre mitos. México: Editores mexicanos unidos.

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