La Castañeda, imágenes de la locura.
Hasta el 14 de noviembre de 2010
De las 10:00 – 17:00 hrs.
Museo Archivo de la Fotografía de la Ciudad de Méx.
República de Guatemala # 34, Centro Histórico,
Del. Cuauhtémoc
Teléfono: 2616–7057

Fachada del manicomio La Castañeda

Fachada del manicomio La Castañeda. Archivo de la fotografía.

 

Hace varias semanas que me enteré de la exposición: ‘La Castañeda, imágenes de la locura’. Desde que vi el cartel, un reconocimiento en la imagen del “silencio” me invitó a ir; sin embargo, el olvido, las ansias de correr o discutir, e incluso de pensar en el ritmo del reloj, me habían detenido. Finalmente, muy decidida, me dirigí al museo de la fotografía. Desde el comienzo de la aventura observé imágenes extrañas que reflejaban ciertamente la demencia. Pasé por el pabellón de violentos y violentas ubicado en la estación del metro hidalgo, ahí tuve que luchar contra ellos para poder decender de los vagones que trasladaban aquella multitud. Entonces anduve por la explanada, en la que me encontré con uno de los alcohólicos que se recostaba bajo una pequeña sombra; y al pasar frente a la catedral estuve a punto de chocar con una interna distinguida. Ya casi al llegar al edificio que alberga la exposición me fue preciso atravesar el pabellón de las tranquilas, donde me sorprendió toparme con una mujer que se teñía el pelo, esperando intoxicar su cuero cabelludo para así poder deshacerse de aquel “estorboso animal que se le había posado en la cabeza desde tiempos que ya no recordaba”. Finalmente llegué a mi objetivo: la exposición. Al entrar en el recinto nos recibió una fotografía de gran tamaño que mostraba a un hombre tirado, tapando sus oídos –para qué escuchar si a fin de cuentas todos dicen lo mismo–.

Al leer la información me di cuenta de que el proyecto estaba a cargo de un grupo de profesionales e investigadores, entre los que se encontraba Carlos Andrés Ríos Molina, colaborador especial de éste número, con el artículo: La Castañeda y la locura en los centenarios. Me sentí contenta de por fin haber llegado al museo y comencé mi recorrido por la locura a través de imágenes. Recordé que a la mayoría de los filósofos se nos ha llamado locos –yo no he sido la excepción–, pero ¿quiénes son los locos?, ¿quiénes eran los locos de hace 100 años?, ¿los locos de la Castañeda?

Tras la idea porfiriana de “orden y progreso”, loco fue todo aquél que ‘afeara’ el paisaje de las calles de la gran ciudad; era el pobre o la prostituta, el hijo deforme o enfermo, el desobediente o rebelde; locos eran los borrachos y los que tuvieran gustos que salieran de los regímenes sociales. Diferente, en ese entonces y en casi todas las épocas, ha sido sinónimo de locura.

En el recorrido pueden encontrarse algunas historias clínicas que narran un fragmento de vida, de hombres privados de su libertad por el simple hecho de haber sido como eran, por sentir deseo sexual y masturbarse, o por haber elegido como pareja a alguien del mismo sexo.

De la exposición. La Castañeda, imágenes de la locura.

De repente en mi caminar, me tope con una mirada que se asomaba por una rejilla: era la celda de los peligrosos, la mirada reflejaba desolación y abandono. Quise ayudar al hombre de la celda, sacarle de ahí (pues al parecer los únicos peligrosos eran los encargados de “curarle”). Pero no pude hacer nada por él, así que triste continúe mi andar entre la galería. Al voltear me absorbió una imagen: la de una loca, una conocida que reflejaba una inmensa lejanía y distancia con el mundo, un olvido. Estaba ahí sola, encerrada en ese cuarto, en ese reflejo en el que se quedó para siempre oculta y melancólica al verme salir y alejarme de la sala, de aquel espejo, de aquella oscura y sombría mirada. Nostálgica yo también, por alguna razón que no comprendí bien, seguí mirando las fotos y me encontré la misma imagen del cartel que me había invitado al museo de la fotografía. Un hombre haciendo una señal de ‘silencio’ a una chica que le observaba con curiosidad y quizá con algo de risa. ‘Silencio’ –le decía–, y le expresaba que nada podía existir entre ellos; ni una palabra llegarían a comprenderse, nada de él podría decirle de su locura, de su abandono y su sentir, nada de sus ganas; pues cualquier cosa que de ellos –los locos– se dijera, sería negada por los que “sí saben interpretar”, por los que “sanan a los enfermos”, por los que se preocupaban por acabar con aquellos terribles sufrimientos causados por no ser como todos. Y un abismo se abrió pronto desde la imagen, llevándome al absoluto silencio, al pasillo del museo que me conduciría a la salida, y así me fui, sin decir nada, sin mirar ya ni de reojo hacia atrás, hacia mi locura. Me alejé con la esperanza de que quizá algún otro pueda descubrir en ese silencio, también, una nueva imagen de la insensatez.

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