Resumen: La polémica vigente en torno al tema de la inmigración en la Unión Europea, así como las políticas públicas adoptadas por los gobiernos de la zona durante los últimos tiempos, dan cuenta de un cambio importante en la tendencia política del viejo continente, que parece abandonar al multiculturalismo poco a poco, tanto económica como socialmente, para volverse de nuevo a modelos de corte nacionalista.

Este llamado “fin del multiculturalismo”, opinan algunos, ya se gestaba en los países de Europa desde hace más de una década. El tiempo de la gran tolerancia cultural del viejo continente parece alcanzar su ocaso con el fin del siglo XX, y el nuevo milenio presenta una Unión Europea que se declara cada vez menos abierta a la inmigración, especialmente proveniente de los países musulmanes. “(…) Nos hemos engañado a nosotros mismos [afirmó la canciller alemana Angela Merkel el 16 de octubre del 2010, ante los jóvenes del partido de la Unión Cristiano Demócrata] Dijimos: ‘No se van a quedar, en algún momento se irán’. Pero esto no ocurrió así”.

Lo que sucedió fue que tras la devastación provocada por el racismo y la segunda guerra mundial, alrededor de los años sesenta, muchos países como Alemania requirieron y promovieron la inmigración de trabajadores de otros lugares, incluyendo ex-colonias europeas, para obtener la mano de obra que necesitaban en aquellos momentos. De tal manera: argelinos, marroquíes, libios, árabes, turcos…, entre otros muchos habitantes de naciones practicantes del Islam, comenzaron un determinado movimiento migratorio hacia Europa, que se ha extendido hasta nuestros días y que presenta la imagen de una cultura expandiéndose extracontinentalmente, acomodándose siempre como el estrato social más rezagado del resto, sin embargo, en el mosaico multicultural de los países que han recibido su arribo.

El día de hoy la inmigración ilegal en las naciones europeas devuelve cifras importantes; los barrios de inmigrantes crecen ante la mirada suspicaz de quienes sienten que esto representa una amenaza, al tiempo que una crisis económica de proporciones globales asedia a la estabilidad de la zona. Si a lo anterior se suma el hecho de que parece estar creciendo también un fuerte resentimiento social contra los extranjeros por parte de una fracción considerable de la población europea, que les encuentra como ‘gastos gubernamentales innecesarios’ antes que como incentivos: entonces se tienen dispuestos los elementos para que corrientes políticas de extrema derecha (aquellas que realicen las críticas más vivaces al modelo multicultural) atraigan y capten la fuerza del voto popular en tiempos electorales.

Ocurre “una horrible paradoja”, dice Slavoj Zizek, cuando plantea con tono fatal que: “la única fuerza política seria en Europa hoy, que aún puede apelar a la gente común y trabajadora, es la derecha anti-inmigracionista”. Esto resultaría así porque durante aproximadamente cuarenta años las políticas públicas en la Unión Europea han sido desarrolladas de manera análoga a modelos liberales de inclinación multicultural, [1] antes que como modelos conservadores, de tendencias nacionalistas. La paradoja de Zizek consistiría en que para rebelarse y buscar una reivindicación con toda fuerza hoy en día, en cualquier país de Europa, lo más efectivo es la fricción que genera un partido ultra conservador de derecha.

El repunte de corrientes como la del xenofóbico político holandés Geert Wilders y la deportación masiva de migrantes en Italia; al igual que el éxito de ventas del libro Alemania se descompone, del ex directivo del Bundesbank y anti-musulmán Thilo Sarrazin; además de las históricas declaraciones de Angela Merkel frente a los jóvenes cristiano demócratas: estarían todos hablando de la presión popular ejercida en los distintos gobiernos europeos ante la necesidad de un cambio político que le permita a estos países sortear la crisis que vive la economía. La prolongación del efecto anti-inmigrantes en la voz del Primer Ministro Inglés, David Cameron, llegaría el 6 de febrero del presente año: [2]

El argumento expuesto por el mandatario británico trata especialmente a la tolerancia y el extremismo. Al haber sido tan tolerantes con los inmigrantes en el pasado, señala Cameron, los ingleses permitieron e incluso auspiciaron la proliferación de una cultura extremista anexa a la suya, a la que nunca se le exigió practicar los llamados valores europeos (citando a la democracia, la igualdad entre los sexos y la integración). “Francamente necesitamos mucho menos de la tolerancia pasiva de los últimos años y mucho más liberalismo activo y muscular”, afirmó el Primer Ministro. Siguiendo lo planteado cabe preguntarse: ¿los ingleses tendrían que ser menos tolerantes con la cultura musulmana para ser más tolerantes como sociedad europea? El aún Presidente del Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero, parece no estar de acuerdo con ello. Otros muchos ciudadanos y líderes de la región, sin embargo, se inclinan por posturas como la del Presidente de la República Francesa, Nicolas Zarkozy, quien cinco meses después de que lo hiciera Angela Merkel y un mes después de David Cameron, salió a las cámaras a multiplicar el mensaje europeo: “Multikulti ist tot”, “Multiculturalism has failed”, “Le multiculturalisme est un échec”…

La declaración completa de Sarkozy fue realizada en un programa de TFI News en el que se le preguntó cuál era su postura respecto a las recientes afirmaciones sobre el fracaso del multiculturalismo y su implicación con diversas problemáticas sociales; a lo que respondió estar completamente de acuerdo con lo dicho por los otros mandatarios. “Lo cierto es que en nuestras democracias nos hemos preocupado demasiado por la identidad de aquellos que llegan, y no suficientemente por la identidad del país que les recibe”, dice, y agrega: “Claro que todos deben ser respetados por sus diferencias, eso no se cuestiona. Pero, lo que no queremos y no es el proyecto francés, es una sociedad en la cual una comunidad coexista al lado de la otra”. Únicamente ha de haber judíos, cristianos y musulmanes juntos en Francia, señala, si los desplantes de su fe son privados, no violentos, y sobre todo si son primero que nada franceses los que les llevan a cabo, es decir: personas con la nacionalidad francesa, practicantes de los valores franceses, fieles a la República francesa, plenos parlantes del idioma francés.

Entre muchos otros argumentos, apelar a una cultura dominante es un recurso frecuente entre los mandatarios que se han pronunciado en favor de la integración de comunidades con una misma identidad nacional, en lugar de las comunidades en que coexisten diferentes identidades. Exigir ciertas características iguales en todos los estratos del mosaico cultural de un país como Alemania, por ejemplo, ha conducido en primera instancia al necesario dominio del idioma oficial, como fuente de originalidad. Un aspecto terrible que puede contraer la búsqueda de la originalidad de un modo extremo, sin embargo, ya lo muestra el mayor ataque contra civiles que haya sufrido Noruega precisamente desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. La serie de acontecimientos en torno al tema de la inmigración y los Estados europeos, tal como se ha expuesto, es sólo una pequeña muestra de un fenómeno que ofrece muchas más coyunturas desde Dinamarca, Suecia, Bélgica, España, Grecia, Rumania, etc.

¿Puede decirse realmente que el multiculturalismo ha fracasado en Europa, como si se le pudiese abandonar con un borrón o una tachadura en la política estatal del siglo pasado? ¿Qué panorama plantearía este giro político del viejo mundo, de cara al multiculturalismo en América Latina?

Notas

[1] Tómese por ejemplo la Ley Multicultural Canadiense, que históricamente ha servido de parámetro para el desarrollo de modelos semejantes en otros países.

[2] Cuatro meses después de que la canciller alemana comenzara este tipo de ‘pronunciamientos de Estado’ rechazando el multiculturalismo.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.