La subjetividad es un proceso que o bien deviene moral o inmoral. El caudal del sí mismo se confirma o se reniega en la relación con el otro. Podemos decir que psíquicamente el peso del “ya lo sé pero aun así” envuelve una humanidad peculiar, pero vamos- ¡El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra! Ante tal escena, no nos queda más que re-conocernos en los proverbios del pensamiento errante.

En estas breves líneas me propongo reflexionar sobre la psicopatía y la representación cotidiana que la sociedad ha forjado sobre el sujeto antisocial. Para lograr esto acudiré a dos ejemplos expuestos desde la cultura popular; es pues el caso de los filmes, We need to talk about Kevin[1] y The Last King of Scotland[2]. Considero que en ambos ejemplos se puede ver cómo opera el imaginario social sobre esta patología.

1. Tejiendo la parodia de lo real

La puesta escena de la mente humana y su consecuente análisis a través de la elucidación del inconsciente nos han llevado en el último siglo -y principios de éste- a interpretar la psicología de casi cualquier forma subjetiva emergente, y es que si una de esas formas o estructuras, que muestran la diversidad psíquica, no se enuncia entonces puede pasar desapercibida o puede constituirse desde un error de base en donde lo patológico es sinónimo de anormalidad. El riesgo para nuestras sociedades es evidente, ya que construimos nociones erradas y errantes sobre un proceso psíquico que puede ser estigmatizado.

Si catalogamos la personalidad antisocial como un pretexto para estigmatizar sin tratar de hacer un intento por comprender cómo se organiza y constituye, sólo estaremos sentando la base para una sociedad más desigual. En ese sentido, puesto que la historia de la locura no es un tema inocuo debemos preguntarnos, ¿quién es nombrado como psicópata o antisocial?

El término antisocial se ha edificado entre un sustrato que implica a la parodia y a lo real como elementos en continúa dialectización. La personalidad antisocial no es sólo un tema que se pone en perspectiva desde la erudición académica, también se presenta al gran público a través del ámbito mimético que las historias de la literatura, el cine y la TV nos cuentan. Por eso, es importante saber cómo llamar a la persona que suponemos es antisocial[3].

Ahora bien, Consuegra (2010: 272) define el trastorno antisocial de la personalidad como: “caracterizado por un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás”; mientras que en un página web de consulta común como MedlinePlus, se lee que: “El trastorno de personalidad antisocial es una afección mental por la cual una persona tiene un patrón prolongado de manipulación, explotación o violación de los derechos de otros. A menudo este comportamiento es delictivo”.

De ambas definiciones se puede ver que comparten la noción de un patrón de violación hacia los derechos del otro. Por otro lado, Mcwilliams (2011: 2)[4] nos propone que “la psicopatía evidencia no sólo un superyó defectuoso, sino también una falta de apego muy primario hacia otras personas. Para las personas antisociales, el valor de los demás se reduce a una cuestión utilitaria, de esta manera, la relación les permite demostrar su poder”.

Es evidente que la discusión no es de mera nomenclatura ya que al catalogar como trastorno de personalidad, o personalidad antisocial, la visión sobre este término nos indica si es posible entenderla como una patología o una condición anómala. Mientras que Consuegra y Medlineplus la catalogan como “enfermedad” al tildar esta condición de trastorno, Mcwilliams la planea como “personalidades psicopáticas” hecho que considero más afortunado puesto que la carga del concepto nos aleja del significante trastorno con que el uso cotidiano y médico la ha impregnado.

Así al hablar de “personalidades psicopáticas” podemos dar cuenta de la existencia de un conjunto de formas que se delinean entorno a esta estructura de lo antisocial, cuya característica principal es un desapego hacia el resto de las personas, lo que se traduce en una suerte de un superyó frágil tendiente a establecer relaciones utilitarias y de poder, es pues, la consolidación de un Yo encumbrado por mí propia magnificencia. En ese sentido, la personalidad de un sujeto antisocial no contempla al otro como un fin sino como un medio de su deseo trasfigurando la otredad en términos de utilidad, domino y poder.

El sentido común sitúa la historia del sujeto perverso y afirma que “todos los perversos son antisociales y viceversa”. La obviedad de la reducción se presenta constantemente en la TV, el cine y la literatura, pero, ¿será cierto que este tipo representaciones concentran algún sentido de la verdad?

La relación entre la personalidad antisocial y la estructura perversa puede suponer la una a la otra. No obstante, considero arriesgado tildar a todo perverso de antisocial. Si bien es cierto que un componente esencial de la estructura perversa es el proceso de renegación, el cual indudablemente se traduce en la consigna “ya lo sé pero aun así” y tiene, pues, consecuencias fácticas en el sentido de la moralidad de un sujeto perverso, lo anterior no necesariamente implica el carácter antisocial de un perverso.

¿Qué distingue pues a un sujeto perverso de un sujeto antisocial o psicopático? Principalmente podemos aducir que un sujeto perverso tenderá a ejercer el control y el dominio a partir de un fetiche, y con ello pone en juego un elemento erótico mediante el cual manipula e instaura su ley (Clavreul, 1999 y Freud 1927). Existe, para la estructura perversa, una cuestión de narcisismo en donde la figura materna (cómplice) y paterna (nulificada por la madre) son fundamentales. Así, el proceso de la perversión se cifra fundamentalmente en la renegación y en la no consolidación de un yo normado, por eso el perverso impone su ley.

En cambio, el sujeto psicopático presenta un proceso estructural que sugiere una madre débil y deprimida y un padre maltratador de la madre, lo cual proporciona al hijo la condición de ejercer una identificación primero con la madre y luego con el padre (McWilliams, 2011). La identificación con el padre proviene del miedo, pero toma un papel fundamental, pues es a partir de ésta que el sujeto psicopático adquiere poder y ejercer su ley. En consecuencia, la diferencia entre una estructura perversa y una psicopática radica justo en el proceso relacional con sus objetos primarios de amor. El perverso se vuelve el falo de la madre, mientras que el psicopático ve a una madre y a un padre débiles. No obstante, hay que señalar que una estructura perversa puede precipitarse psicopática o antisocial, ya que la perversión funge como una especie de pre-condición. Lo anterior nos lleva a la pregunta, ¿cómo surge un sujeto antisocial?

Debemos preguntarnos si aquel que se nombra como psicopático o antisocial surge en un contexto social o tiene una predisposición biológica. Según McWilliams (2011) el origen de una personalidad psicopática puede ser genético, pero importa más el contexto social. En la conformación de esta patología influye en gran medida el papel de los cuidadores del niño, ya que si no se establecen relaciones adecuadas la persona psicopática termina por consolidar una dificultad para encontrar un correlato entre sus emociones y el lenguaje, es decir, el sujeto psicopático es incapaz de vincular un referente significativo entre el lenguaje y las emociones. Por eso, las emociones se le presentan como vulnerabilidad y debilidad, en general podemos sostener que para una persona antisocial las emociones no valen más que para satisfacer sus propios deseos e instaurar sus propios fines.

En el filme We need to talk about Kevin podemos observar la caracterización del sujeto psicopático en una especie de función mimética. Y es que esta gran película retrata a Kevin como una persona psicópata “natural”, lo cual puede ser cierto, pero dicho retrato se esgrime en algunas imprecisiones. Aunque en el filme la madre de Kevin se presenta como débil, falta la figura del padre maltratador de la madre y en su lugar aparece un padre dadivoso, lo cual también podría tener algún correlato verdadero, ya que el padre de Kevin no fija límites y la satisfacción inmediata del niño se ve propiciada por un cuidador deficiente.

Por otro lado, el filme sugiere una ontologización de la personalidad psicopática, pues Kevin nos resulta “malo por naturaleza”, y de paso crea un ambiente propicio para ser[5]. Ante tal panorama, según lo antes descrito, podemos sostener que We need to talk about Kevin es una exposición mimética, antes bien imprecisa, sobre el fenómeno de la personalidad psicopática.

Otro ejemplo emblemático es The Last King of Scotland cuya trama ofrece la posibilidad de pensar el proceso antisocial de manera contextual, aludiendo a una adaptación biográfica de Idi Amin[6]. Así, conocemos entre la ficción y la realidad la historia del dictador de Uganda. En la película se muestra cómo una actitud perversa, situada desde los juegos de poder y dominio hacia los otros, termina por escindir la realidad de manera cruel y perpetrar un genocidio hacia el pueblo de Uganda. En este filme podemos dar cuenta sobre el contexto que rodea a una persona con poder configurada desde una estructura perversa y el consecuente paso hacia una configuración psicopática con tendencias a establecer transacciones psicóticas, pues por momentos la historia captura a un Idi Amin viviendo en el delirio por el poder[7].

En ese sentido, en el sujeto antisocial existe un carácter de perversidad, ya que este transfigura la realidad y rebasa los límites de la ley, cosificando al resto de las personas en nombre de su deseo. Por eso, podemos sostener que en el sujeto antisocial existe un deseo de aniquilación y evasión de la responsabilidad (es posible para el sujeto antisocial evadir la responsabilidad de sus actos porque ha disociado al otro), hecho que muestra a cabalidad el relato fílmico de Amin. Así, el sujeto antisocial no es capaz de reconocer el conjunto de emociones que impiden aniquilar al otro. “Las personas antisociales, simplemente nunca pudieron apegarse psicológicamente (en un grado normal), ni incorporar objetos buenos, o identificaciones con sus cuidadores” (Mcwilliams, 2011: 5).

El sujeto antisocial ejerce el poder y aniquila aquello que más desea como una manera simbólica de poseerlo (Mcwilliams, 2011). En ese sentido, el ejemplo del dictador Idi Amin establece una concordancia entre la representación y la realidad, pues en este personaje antisocial se observa cómo la construcción de un “sí mismo” pone en perspectiva el self del psicópata, como aquel súper perverso que sólo puede realizar su deseo desde la aniquilación del otro. En este punto, hay que señalar a la envidia primitiva como ese deseo de aniquilar lo que más se desea.

Al tomar en cuenta este panorama que va desde las concordancias y disonancias entre la mimesis y la realidad sobre la personalidad antisocial sólo resta ofrecer una breve caracterología del sujeto psicopático.

La estructura psicopática puede cifrarse como un posicionamiento del sujeto en donde él mismo es el modelo perfecto, es decir, se establece un juego de grandiosidad que tiende a sintonizar al resto de las personas al entorno (cosificación), al mismo tiempo que la responsabilidad, de los actos del sujeto antisocial, está marcada por la disociación, la ausencia de conciencia sobre el otro y una constante amnésica relacionada íntimamente con la disociación en el tema de la responsabilidad. Además, no se puede ignorar el hecho de que la perversión y la psicosis pueden integrar un aspecto o rasgo de la psicopatía según su grado de afección en el sujeto, como el caso de Idi Amin y Kevin.

En conclusión, por la razones antes expuestas, no debemos olvidar que aún cuando las representaciones que marcan la imaginación popular se pueden mimetizar con la verdad, es necesario leer dichas representaciones en clave psicológica y a partir de ello, podemos decir que nombramos como psicópata o antisocial sólo a aquel sujeto que, debido a su Yo encumbrado por mí propia magnificencia, percibe la sensación de tener la vida de las personas en su mano.

Referencias bibliográficas

Cangulhem, G. (1986) Lo normal y lo patológico, México: Siglo XXI.

Clavreul, J. (1999). “La pareja perversa” en El deseo y la perversión, Buenos Aires: Nueva Visión.

Flores, Leticia (2009). “Neurosis, psicosis y perversión. Introducción a la clínica freudiana” en El sujeto y campo de la salud mental, México: UAM-X.

Freud, S. (1927). “El fetichismo” en Obras completas, Buenos Aires: Amorrotu.

McWilliams, Nancy. (2011) “Personalidades psicopáticas” en Psychoanalytic diadnosis (traducción para fines internos).

Notas

[1] Es una película británico-americana, de 2011, adaptada y dirigida por Lynne Ramsay sobre la novela que lleva el mismo nombre de la autora estadounidense Lionel Shriver.

[2] Es una película británica, de 2006, dirigida por Kevin Macdonald y basada en la novela homónima de Giles Foden.

[3] Antisocial y psicópata o psicopático los utilizo como sinónimos de una misma estructura psíquica.

[4] La cita del capítulo 7 “Personalidades psicopáticas (antisociales)” responde a traducción para fines internos en el curso Conflicto psíquico, salud mental y sociedad impartido en la UAM-X por el profesor Jorge Pérez Alarcón, por ello se carece de la numeración original y se acude a la numeración del documento señalado.

[5] Esta situación es sugerente puesto que McWilliams de algún modo propone que el sujeto psicopático es producido por su contexto social y cultural. Dicha tesis resulta muy atractiva, sobre todo, si se piensa en el fenómeno de la psicología de masas el cual parece confirmar que existen actitudes psicopáticas en determinados contextos culturales.

[6] Ese personaje se hacía llamar “Su Excelencia el presidente vitalicio, mariscal de campo Alhaji Dr. Idi Amin Dada, VC, DSO, MC, CBE”, en referencia a sus “logros ejemplares” como militar y político. Es curioso notar como se pone en perspectiva un Yo encumbrado por mí propia magnificencia, muestra de un rasgo esencialmente psicopático.

[7] Hay que señalar que las estructuras psíquicas no aparecen en estado puro y en consecuencia al estar entrecruzadas, como en el caso del dictador ugandés, se apela al término borderline para describir este fenómeno psíquico.

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