Con mi familia paterna llegué a la ciudad de México a mediados de la década de los sesentas, procedente de un pueblo (Tacámbaro) enclavado en las puertas de la tierra caliente michoacana. A mi padre, como a tantos otros de su generación, el llamado desarrollo estabilizador impulsado por el gobierno priísta de aquellos años lo había expulsado en busca de empleo, para mantener a su numerosa familia. Ya para entonces habíamos sufrido en nuestro pueblo natal el adoctrinamiento anticomunista, mezclado con ayuda humanitaria, que realizaba el gobierno norteamericano a través de la llamada “Alianza para el Progreso” en complicidad con el gobierno federal, el panismo y la parte más reaccionaria de la Iglesia Católica.

En el ambiente juvenil de aquellos años, la radio local se había encargado de enterarnos de la presencia creciente de la música anglosajona −el Rock− como un agregado extraño, atractivo e inevitable. Los emigrantes temporales, “los braseros”, que regresaban en invierno, daban fe de que el mundo no terminaba en la mocha quietud de la capital michoacana. La minifalda había irrumpido en el ambiente pueblerino inquietando a las buenas conciencias que, refugiadas en la falsa devoción y la gazmoñería, promovían una “moral” adaptada a sus intereses.

Instalados en la capital fuimos a engrosar el cinturón de miseria en formación de las colonias del ex vaso de Texcoco, hoy conocida como Ciudad Netzahualcóyotl, y a mis dieciséis años fui a dar con mis huesos a la fabrica más cercana en calidad de “aprendiz”, eufemismo utilizado por la empresa y sindicato charro cetemista para escamotear el salario mínimo a los obreros menores de edad. En la capital se respiraba un ambiente de mayor inquietud entre los jóvenes; el pelo largo se había puesto de moda, la ropa se trasformaba radicalmente y aparecían los pantalones acampanados, los cuellos grandes, las camisas coloreadas, la cerveza, la mota y la libertad en el faje y cachondeo entre las parejas.

La policía, en las llamadas “julias”, se encargaba de quitarnos el salario a las afueras de las tiendas donde nos vendían cerveza, elíxir inevitable después de las jornadas agotadoras y humillantes, debido a las groserías discriminatorias de los ingenieros alemanes de la fábrica “Vartra” del Peñón Viejo. La Universidad Nacional, a través de la Casa del Lago, promovía la difusión cultural en el Bosque de Chapultepec, lugar de visita obligada donde los domingos hacían presencia los militantes comunistas, quienes promovían la lectura de folletos gratuitos, impresos en la URSS, entre el público asistente.

La revolución cubana y sus líderes eran motivo de admiración entre los jóvenes de mi generación, al igual que los Beatles y los grupos rockeros. En el ambiente febril, la política ideológica sindical-patronal consistía en la promoción de peregrinaciones y misas, acompañadas de un almuerzo con abundante alcohol, en honor a la virgen de Guadalupe. En lugar de darnos el reparto de utilidades y aguinaldo sustantivo, todo iba adocenado de patrioterismo ramplón, consistente en la identificación de la patria con lo sagrado, los colores de la bandera con el PRI y el gobierno, las cursis películas y canciones de Pedro Infante (la aceptación de la postración económica y social como destino), y la obediencia a las instituciones y al patrón.

En este escenario se inicia una desmedida represión policíaca contra un grupo de jóvenes estudiantes preparatorianos en la ciudadela −lugar cercano a la línea de camiones Juárez-Loreto-Chapultepec, que utilizaba a mi regreso de la fábrica− y que por casualidad me tocó presenciar. En respuesta se dan una serie de movilizaciones, mayor represión, y poco a poco me fui involucrando, al igual que parte creciente de la sociedad. Todo ello ocasionó un ambiente de pánico y linchamiento moral de líderes de opinión, dirigentes sindicales, clérigos y funcionarios del gobierno en contra del movimiento, creando la atmósfera que justificó la intervención del ejército en la masacre del dos de octubre.

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Mi cercanía con los paisanos que radicaban en la capital, en la Casa del Estudiante Michoacano de la calle Violeta y Héroes de la colonia Guerrero, y que asistían a las diferentes escuelas del IPN, NSM y la UNAM, me permitió vivir la experiencia que dieron las marchas y las movilizaciones: el sentimiento de pertenencia a una generación que hacia tabla rasa de los distingos sociales y de clase, el gozoso agasajo que representó participar en las brigadas de información al público con chavas de la prepa, la Normal o la Escuela de Antropología, al igual que con mis compañeros obreros de las fabricas, y sentir en carne propia la intolerancia y el autoritarismo llevado al extremo del crimen por los que encabezaban el gobierno en turno.

Por esos años los obreros adultos y las familias clase medieras eran (o lo son aún) conservadores, racistas y reaccionarios al extremo. Mi padre rechazó, por consejos de sus paisanos, que yo hiciera el intento de ingresar a la preparatoria de la UNAM, porque afirmaban que ahí su hijo se iba a desorientar; además, el costo de la inscripción era inalcanzable para un obrero habitante de Ciudad Neza. Pero asistir a las manifestaciones y a las marchas me dio a conocer que el gobierno del hocicón Presidente de la República no se iba a permitir ningún desacato, lo pude confirmar en carne propia en el mitin del monumento a la Revolución, donde unos garrotazos en mi humanidad y la gloriosa presencia de los enormes tubos de concreto de la línea 2 del metro en construcción, me permitieron esconderme y escapar.

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Poco apoco fuimos tomando conciencia de la magnitud del problema. Primero, que ser obrero me ponía en mayor desventaja social; segundo, que estudiar era posible, no importaba cómo ni cuándo. El dos de octubre un compañero y yo rogamos a nuestros superiores de la fábrica de ventiladores “MAN”, propiedad de negreros judíos, que ese día nos permitieran salir temprano, sin conseguirlo. Salimos a la carrera dos horas más tarde de lo acostumbrado. A las siete de la tarde nos encaminamos a comprar unas camisas de dudosa calidad a la tienda de los libaneses “Zaga”, ubicada en Puente de Alvarado, pero la encontramos cerrada, dizque por inventario. A esa hora un helicóptero ya sobrevolaba desde la alameda hasta la plaza de Tlatelolco. Corrimos a ver qué pasaba; el aullar de las patrullas y ambulancias me hizo sentir miedo, viendo más negra la nublada tarde de ese sábado.

Cuando llegamos al mercado de la colonia Guerrero escuchamos los disparos. El cordón de soldados nos amenazó y nos impidió pasar. Nosotros, asustados, regresamos a la calle de Violeta a refugiarnos en la Casa del Estudiante Michoacano; el crimen se había consumado. La represión del dos de octubre enlutó para siempre mi persona y me dio la desconfianza en el poder político, económico y clerical, pero al mismo tiempo me alentó a una lucha sin tregua para salir del atolladero, ayudar con mi grano de arena a hacer conciencia en mi entorno y conseguir que, en alguna medida, las cosas cambiaran un poco en este injusto país.

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Sobre El Autor

Antropólogo Social por la ENAH y Biólogo por la ENSM; Maestro en Antropología por la UAG y Doctor por el Centro de investigaciones en Docencia y Humanidades del Estado de Morelos. Actualmente funge como investigador de la cultura purépecha y tarasca.

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