Pensar en muertos, apariciones o fantasmas puede causar terror; pensar en que éstos puedan compartir la misma casa, el mismo cuarto, el mismo espacio que está a un lado del que tú ocupas; pensar en que mientras duermes cobijado por la negra noche, un muerto merodea errante por tu casa, tu habitación o simplemente está al lado de tu cama viéndote dormir tranquilamente causa más terror.

¿Acaso ésta es una causa de miedo?, no lo es, por lo menos en dos días del año en México. La ofrenda que se pone el primero y dos de noviembre es una invitación a los muertos, a que ronden nuestra casa, se alimenten de la ofrenda que se les deja, y después regresen a su lugar de descanso. Con la flor de cempazuchitl se forma un camino para guiar al difunto hacia su ofrenda, la cual contiene alimentos que disfrutó durante su época en vida.

Una de las costumbres más comunes en estas fechas es visitar las tumbas de los familiares, como gesto de que no han sido olvidados y se les mantiene en el recuerdo. Se acostumbra rezar por ellos, lavar la tumba, cambiar las flores, sacar la comida y empezar a degustar los alimentos al lado de la cripta.

Hablar de la muerte es también algo que no suena muy agradable, pensar la forma, el tiempo y el lugar en el que podríamos morir es algo que nos puede causar terror, peor aún el pensar la muerte de otra persona, más si es una persona cercana a nosotros o un ser querido. Sin embargo, al igual que las ofrendas que rompen con el miedo cotidiano de convivir con los muertos, las calaveritas literarias no provocan terror alguno, sino que provocan alegría, risa, mofa sobre la muerte, como lo muestra la siguiente:

Mujeres juntas, ni difuntas

dijo la catrina llevándose a su galán,

es más fácil que lloremos juntas

que éste se pase de patán.

Es paradójico, aunque sea por dos días de noviembre, que se tenga por festivo el que los muertos visiten nuestra casa, y que se compongan rimas para mofarse de la muerte, aspectos que causan terror a cualquier persona de otro país, como bien lo señala Octavio Paz:

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. [1]

Según Octavio Paz, la indiferencia hacia la muerte proviene de la indiferencia hacia la vida, ante una vida miserable. Por su parte, Paul Westheim en su libro la calavera expresa lo siguiente:

La carga psíquica del mexicano que da un tinte trágico a su existencia, hoy como hace dos y tres mil años, no es el temor a la muerte, sino la angustia ante la vida, la conciencia de estar expuesto, y con insuficientes medios de defensa, a una vida llena de peligros

¿Qué tanto de cierto tienen estas dos posturas?, Sin embargo, las fechas en que se celebra el día de muertos tienen mucho de coloridas, expresiones artísticas muy bellas, hermosos altares con la ofrenda para los muertos. Un espíritu artístico emerge y llena nuestros sentidos de gozo, de festividad y de alegría. Basta con visitar las ofrendas en distintas universidades o el zócalo de la ciudad de México para darnos cuenta del colorido artístico que surge en estas fechas.

[1] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad., p.22

Sobre El Autor

Lic. en Filosofía, UNAM. Estudiante de Letras Clásicas.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.