San Juan Teotihuacán, Sábado 20 de Marzo del 2010.

El día era bastante soleado. No era una buena señal para todos los que somos algo alérgicos al sol, sobre todo teniendo en cuenta que Teotihuacán es un verdadero asadero. Tomamos el autobús a eso de las 9:00am con la idea de llegar aproximadamente a las 11:00, hora estimada del equinoccio. Pero como era de esperarse, había muchísima gente tratando de abordar los camiones, además del tráfico que caracteriza a la ciudad de México, por lo que terminamos llegando a las 11:30 aprox.

Lo primero que vi al poner un pie en el piso fue a un grupo de gringos bastante rojos por el calor y hablando algo que parecía ser inglés, y si digo “parecía” es porque a veces usan tantos modismos y abreviaturas que pareciera que hablan en arameo. Unos pasos más adelante se percibía una estructura cilíndrica de gran tamaño que justo en la punta tenía a cuatro hombres listos para lanzarse al vacío. La gente miraba sorprendida a los voladores de Papántla, sin embargo, aún no alcanzaba a juntarse la concurrencia necesaria para llevar a cabo la hazaña, por lo que repentinamente y de manera temporal, se pospuso el espectáculo. Entonces decidimos entrar a la zona arqueológica; $45 pesos la cuota, niños y credencial de estudiante entrada libre. Lo primero que te encuentras al pasar por la caseta de entrada es un montón de puestos con suvenires: playeras, tazas, calendarios aztecas, amuletos de la buena suerte. Más adelante se encuentran los baños, y pasando, por fin el primer vestigio de la cultura teotihuacana: la “calzada de los muertos”, una explanada repleta de pequeñas edificaciones que parecen pirámides miniatura con pasajes ocultos.

Ya en la calzada de los muertos basta levantar un poco la vista para percibir dos grandes edificaciones abarcándolo todo: En primer plano la pirámide del sol, una estructura enorme repleta de “hormiguitas” que la trepan, y en segundo plano la pirámide de la luna, una edificación más pequeña y repleta de hormiguitas por igual, las cuales van tomando cada vez más la forma de pequeñas personitas subiendo.

Al llegar al pie de la pirámide del sol me sorprendió el color blanco predominante. Ya que esta vez instalaron cordones que indicaban a la gente por donde subir y bajar, el blanco de la vestimenta de las personas parecía una mascada colgando del cuello del dios del sol. Un poco antes de subir escuché el sonido del caracol retumbar en mis oídos, y entonces descubrí a un grupo de personas extendiendo los brazos hacia el cielo, como si buscaran alcanzar a los dioses con sus manos. Y sin darme cuenta los extendí también, al unísono de los caracoles, tan sólo sin pensar. Cerré los ojos un instante y al abrirlos me descubrí siendo parte del rito, inmerso en la uniformidad, en el orden del mundo. No tarde mucho en sentir que debía seguir mi camino, así que comenzamos a ascender. Por alguna extraña razón no pude evitar sentir la misma sensación mientras subí; mirar a la gente subir al mismo tiempo, de la misma manera, con el mismo objetivo. Parecíamos parte de una misma cosa, una larga serpiente blanca trepando por las rocas, por los peldaños ancestrales, mientras el sol estaba tendido justo en medio del cielo: Había encontrado a Apolo. Entonces llegamos a la cumbre. Y mientras descansábamos sentados, mire la totalidad desde arriba con un extraño vértigo, como un niño que se asombra ante la pendiente de una inclinada calle; y contemplando también como un niño, olvidé la sensación por un momento.

Entonces decidimos continuar el recorrido. Después de un descenso bastante vertiginoso y cansado, nos dispusimos a subir la siguiente pirámide. Al llegar a las faldas de la pirámide de la luna nos dimos cuenta de que por alguna razón no estaba permitido el acceso hasta la parte más alta de la misma, lo que nos desalentó un poco. No obstante, decidimos subir. El ascenso fue mucho más rápido aunque no menos cansado, por lo que decidimos descansar otro poco recostados boca arriba, mirando el cielo. Pero de pronto comencé a sentir de nuevo aquella sensación, una sensación incomoda, extraña, que me forzó a erguirme. Y entonces ocurrió. Grande fue mi sorpresa cuando encontré reposando en las piedras a Dioniso: Un hombre obeso, sin camisa, distendido sobre la pirámide, exhibiendo su torso sudoroso mientras la gente lo miraba raro, mientras transgredía la realidad. Y la sensación cambio de pronto. Sentí ganas de correr, de gritar, ¡de liberarme de todo!, pero por alguna razón no lo hice, Apolo tocaba mi hombro. Y lo comprendí: Los dos dioses estaban jugando en la cima del mundo, como siempre lo hacen; uno al otro se miraban, se tocaban desde lejos, el sol y la luna jugando a ser uno mismo sin dejar de serlo, orden y caos devorando el universo, mostrando el sentido de las cosas, mostrándolo todo. Y fue entonces que entendí. Y permanecí sentado viendo el espectáculo, mirando jugar a Apolo y Dioniso frente a mí en el tablero de los dioses teotihuacanos, mientras la tarde me arrebataba, perdiéndome en la fugacidad de la existencia.

***

El valle de Teotihuacán está situado a 45 km. hacia el noroeste de la ciudad de México y a 119 km. de la ciudad de Toluca. Dentro del contexto regional, Teotihuacán pertenece a la Región Económica de Zumpango, la cual tiene bajo su jurisdicción a 31 municipios de la entidad. Cuenta con una superficie de 82.65 kilómetros cuadrados; representa el 0.37% del total del territorio del Estado. Hoy día es Patrimonio de la Humanidad.

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