Bien dicen por ahí que la narrativa es, en su mayoría, un acto que recurre a la memoria. Los escritores recuerdan esto y aquello, y entre recuerdo y recuerdo hacen de la literatura una catarsis. Pues bueno, aludiendo al método de los grandes y casi a modo de terapia personal, voy a relatarles mi reciente experiencia en el Centro de Sanciones Administrativas, mejor conocido como el “Torito”.

Transcurría la tarde del 25 de octubre, una fecha muy esperada por algunos, completamente irrelevante para otros, y seguramente para aquellos que nunca toman postura de nada, ni lo uno ni lo otro. Había llegado el momento. Yo, un metalero por convicción nada purista, dispuesto a experimentar los placeres del sincretismo entre géneros y subgéneros musicales (popero de closet a conveniencia y trip-hopero declarado), transpiraba al calor del día, excitado y listo para uno de los eventos más esperados del año: El Corona Hell and Heaven Metal Fest, el primer festival de metal de la talla, realizado en ni más ni menos que las estupendas instalaciones de las curvas 3 y 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez.

A pesar de la poca expectativa que generó el festival tras su cancelación en el Rodeo Texcoco meses antes, varios metaleros se dieron cita en las instalaciones ya mencionadas para poder deleitar el oído –y la pupila, por qué no– con innumerables bandas del calibre de Kiss, Rob Zombie, Limp Bizkit, Korn, Venom, Samael, Overkill, Angra, entre muchas otras. Si bien el chasco fue enorme cuando el Gobernador del Estado de México, el Lic. Eruviel Ávila Villegas, hiciera oficial la cancelación del concierto en Texcoco, muchos seguidores de las bandas estaban dispuestos a destrozar sus cervicales con más de 12 horas de metal en sus múltiples formas.

Lo curioso es que yo no era uno de ésos. Estaba dispuesto a perderme algunas de mis bandas favoritas bajo el pretexto de andar bien “bruja”, pero resulta que, cuando menos me di cuenta, ya tenía dos boletos para el festival, los cuales adquirí en una promoción 2×1 anunciada por los organizadores del evento. Es así que empezó mi odisea.

Justo esa mañana me llamó uno de mis mejores amigos para darme la desafortunada y azarosa noticia de que no podría asistir. Sin mayor preocupación que su problema personal y con la ingenuidad que me caracteriza (…), fue  que decidí intentar vender su boleto  para recuperar un poco de la inversión.

Me dirigí a las instalaciones del concierto a eso de las 2:00 pm con la idea en mente de sacar un dinerito, si es que era posible, para la chela de ocasión en el esperado toquín. Caminé por las afueras del lugar viendo playeras cuando una doñita regordeta pregonó el ya bien conocido proverbio de todos los conciertos: “¿Le sobra o le falta boleto?”. Maldito el momento en que decidí responder: “Sí, me sobra uno”. Justo cuando lo hice la susodicha me pidió ver la evidencia. Al sacar el boleto, en menos de lo que canta un gallo, un tipo se acercó mostrando el mismo interés. Me preguntó cuánto pedía por el sobrante y le indiqué que sólo buscaba reponer lo que me costó. El individuo (nunca supe su nombre, ni me lo quiso dar) prácticamente me arrebató el ticket haciendo mención de que tenía otros iguales. En ese instante, cuando pensé que iba a sacar un puñado de boletos, mostró una placa de policía o algo parecido, al mero estilo de una serie gringa. Consecuentemente me indicó estar bajo arresto por reventa; así de simple. La doñita, que por cierto sí tenía muchos boletos en la mano, simplemente se esfumó. Lo demás, ya se lo imaginan.

Tras unos minutos de defender mi postura, haciendo conocimiento de mis derechos y apelando a mi inocencia por no estar cometiendo ningún delito, a diferencia de las al menos 5 personas más que estaban haciendo reventa oficial con el menor recato, se acercó a mí el Comandante X (tampoco supe su nombre) para, prácticamente, amenazarme con usar la fuerza de no seguir sus instrucciones. Cual delincuente, sometido por las muñecas, me condujeron hacía un camión de policías dentro de las instalaciones de la también llamada Ciudad Deportiva, no sin antes decomisar mis boletos.

Dentro se encontraban otros jóvenes aprehendidos de la misma manera (o peor). En ese momento realicé un par de llamadas ejerciendo el derecho de conservar mis pertenencias bajo el arresto “administrativo”. Por medio de mi teléfono avisé a familiares y amigos sobre mi situación, hablé a un conocido abogado, e incluso tuve la oportunidad recibir asesoría jurídica vía telefónica llamando a Locatel. En todos los casos se me develó la misma situación: El arresto era ineludible, aunque existía la posibilidad del pago de una multa. ¿Lo consecuente? Ser trasladado al Juzgado Cívico (o delegación) más cercano al ser acusado de reventa. Así es, ni Hell and Heaven, ni chela, ni metaleras en pantalones ajustados.

Una hora después fui trasladado al Juzgado Cívico Iztacalco 2, en el cual tuve que esperar aproximadamente 5 horas y media para ser “procesado”. A eso de las 7 pm, cuando al médico en curso y al juez en turno se les dio la gana, procedió mi juicio, si así se le puede llamar. Cuando esta última persona me llamó a audiencia prácticamente lo hizo para informarme la situación: No fianza, sí Torito. ¿El tiempo? 24 horas de arresto sin posibilidad de fianza. Cabe mencionar que el juez nunca quiso dar su nombre, ni a mí ni a mis familiares.

Después de revisar la Constitución y tras repasar mi caso mentalmente horas antes, mi argumento ante esta persona fue sencillo: El concepto de reventa alude, estrictamente, a una venta posterior a la adquisición de algo, pero a un precio superior. Además, yo nunca ofrecí el boleto, sin mencionar que sólo adquirí dos, dando muestra al juez una prueba física e irrefutable, mi ticket de compra. Pero todas mis pruebas valieron para una sola cosa: poner un sellito y dar paso al caso consecuente. Tras más de 5 horas de espera, con hambre y un coraje de los mil demonios porque justo a esa hora ya estaba tocando Rob Zombie, yo me iba al Torito sin chupe de por medio, sin alcoholímetro ni faltas a la moral, sino por la más ridícula y absurda situación.

La hora de dictamen fue a las 7:30 pm, y por si no lo saben, esa es la hora que da pauta al conteo del arresto. El camión de traslado salió a eso de las 22:00 hrs. Para entonces había hecho un par de amigos en la misma situación. Pero lo verdaderamente terrible fue darme cuenta de que mi situación no era la peor. Tras algunos relatos descubrí que a muchos los habían agarrado por traer su boleto en la mano mientras esperaban a su novia, o que hasta había franeleros a los que les “sembraron” el boleto sin deberla ni temerla.

Llegamos al matadero a las 23:00 aprox. El lugar mostraba el mismo rostro que todo mundo dice que tiene, un lugar mal pintado y frío que, como cuenta la leyenda, algún día fue un rastro. Tras pasar báscula, los polis te hacen quitarte agujetas, cinturones y toda pertenencia, incluyendo el celular. La verdad es que no es tan malo como parece si dejamos de lado el olor a orines ya que te meten a la celda, además de las non gratas compañías, las cuales, debo admitirlo, son las menos; lo que todos quieren en el Torito es sólo largarse de ahí.

Fue así como descubrí que el Torito es una pequeña cárcel, tan corrupta como cualquier otra, con oficiales prepotentes, tiendita y comedor, en donde hasta te fían una lana que tienes que pagar cuando salgas. Es curioso cómo transcurre el tiempo cuando estás encerrado; charlas, risas, cigarrillos, y hasta uno que otro porro de mota, son cosas que amenizan el rato. Dormir es para valientes, pues entre el frío, la expectativa de que llegue alguien a invadir tu colchoneta montada en una raquítica litera, o sepa qué otra cosa, los ojos pelones pueden más.

La mañana en el Torito sí es mañana. Te despiertan a las 6, se desayuna a las 7, y de ahí hasta las 9 pasas frío en el patio para después chutarte el conteo de ingresados. Pero todo lo demás en verdad es digno de telenovela: Pláticas de alcohólicos anónimos, documentales aburridos sobre la policía, películas, sesiones de música rara y uno que otro libro de Trotski; así es, en el Torito hay biblioteca.

En fin, así transcurrió mi Hell and Heaven, escuchando música cristiana en vez de a Korn, platicando con borrachos de ocasión pero sin cabelleras largas, y contemplando la inmortalidad del cangrejo. Y mientras, nuestro bien amado gobierno soltando a los malos, pidiendo mordida a los ladrones y asesinos, liberando violadores, desapareciendo estudiantes y acreditando a otros con licencias y altos mandos para robar con permiso. Así las cosas, así México y así el Torito, tan triste y solitario, y a la vez tan lleno de vida, causando suspiros como de novia enamorada y provocando retortijones como el mole de olla.

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