En la actualidad la violencia de género implica un andamiaje de formas que van desde sutiles agresiones verbales hasta actos radicales como la agresión física, y en algunos casos el asesinato de mujeres basado en razones de género: feminicidio. En este breve artículo me dispongo a reflexionar sobre la agresión radical que padecen las mujeres. Por tal razón, es importante preguntarse ¿qué es un feminicidio?

 Antes de responder a la pregunta central, es necesario contextualizar de manera general el tópico “violencia de género”, ya que a partir de un mapa más amplio podemos acceder a una mejor comprensión del problema planteado.

Las diferencias entre hombres y mujeres con relación al rol que cada uno juega en la sociedad, se convierten en un problema cuando a partir de éstas erigimos una lógica de domino que repercute sobre los derechos de un sector definido. Es un hecho que a lo largo de la historia las mujeres han padecido desventajas con respecto a los derechos y el lugar que ocupan en la jerarquía social, en diferentes culturas. Si bien, no es posible sostener, al menos en principio, que todas las culturas responden a una estructura vertical en donde las figuras de poder recaen en el papel de los hombres, sí debemos aceptar que las culturas tanto occidentales como orientales perciben el papel de las mujeres subordinado al de las figuras masculinas (Véase García, 2010: 26).

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La opresión sobre las mujeres, en términos de domino, se basa principalmente en nuestras diferencias biológicas; dichas diferencias se extrapolan hacia construcciones culturales más elaboradas que, casi siempre, dictan el papel de las mujeres con relación al de los hombres y viceversa. Por consiguiente, el género es resultado de la construcción e implantación de estructuras sociales que tienden a institucionalizarse de manera política (Rachels, 2004: 247).

Un aspecto destacado de la violencia de género es el carácter simbólico[1] de la misma: “tal violencia se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador y que hace que la relación parezca normal, incluso natural y espontanea” (Mendoza, 2010:18). Por consiguiente, la normalización de las diferencias culturales sobre el carácter simbólico de los géneros, se sustenta en el dualismo de sus diferencias y constituye un modelo opresivo con una marcada tendencia a la discriminación de un elemento en particular: el género femenino.

En ese sentido, dada la disparidad inserta en los sistemas culturales con respecto a la equidad de género es comprensible, de acuerdo con Michael Foucault (2002: 139 y ss), que las formas de ejercer el poder-dominio, como forma de control, no escapen a entidades como el cuerpo. Es interesante observar cómo el debate sobre los derechos reproductivos, el problema del aborto selectivo (en la cultura china y esquimal, por ejemplo) son actualmente motivos de violencia contra las mujeres. A la base de estas problemáticas está la noción de cuerpo en relación con el binomio sexualidad-poder.

De este modo, Segato (2006: 6) sostiene que “la significación territorial de la corporalidad femenina –equivalencia y continuidad semántica entre cuerpo de mujer y territorio– son el fundamento de una cantidad de normas que se presentan como pertenecientes al orden moral […] para que la colectividad presente al mundo su imagen y poder a través de su capacidad de control de un territorio el cuerpo de las mujeres”. La noción del cuerpo es importante ya que de ella dependen las formas morales, la sexualidad y en general el rol que tienen hombres y mujeres. Al poseer un cuerpo se posee también un andamiaje de significados que, indudablemente, ocupan un lugar en el orden cultural.

De hecho, los niveles en que se ejerce el poder-dominio sobre las mujeres, dada su diferencia de corporalidad (que no encaja con la concepción tradicional, patriarcal), cobran representaciones que van desde sutilezas en el lenguaje hasta actos más radicales como golpes, agresión sexual y de manera extrema pueden implicar el asesinato. Como he señalado a lo largo de este trabajo, una de las formas más graves que cobra la violencia de género es el feminicidio, es decir, el asesinato de una mujer basado en la creencia de dominio o superioridad del género masculino ante el femenino. Así, fundamentalmente el problema proviene del orden preexistente en las sociedades que reflejan una estructura patriarcal. ¿Cómo entender la estructura patriarcal?

La estructura patriarcal se sostiene en el binomio violencia-poder, a tal punto que es casi indistinguible una del otro. Por ende, para que tal binomio se perpetúe es necesario que exista un desequilibrio de poderes, ya sea fáctico o simbólico que, las más de las veces, adopta la forma de roles duales. Por ejemplo, hombre-mujer, padre-hijo, activo-pasivo, etcétera (Véase Tepichin, 2010: 66).

Por otro lado, la teoría de género y el feminismo se han convertido en el asidero teórico que se opone ante el poder fáctico estructural de las formas culturales que tienden a ejercer violencia sobres las mujeres. Debemos destacar, la relación cuerpo-poder como elementos constitutivos del problema. A pesar de las múltiples variantes y enfoques del feminismo se puede sostener con razonable certeza, amén de no formular una generalización arriesgada, que el problema sustancial reside en el dominio-control sobre el cuerpo femenino, lo cual es una constante preocupación para las discusiones feministas. De igual manera, para la teoría de género el binomio antes señalado supone un problema.

Foucault nos comenta que el aparato ideológico y coercitivo que la sociedad implementa para perpetuar una lógica de dominio tiene cabida en las técnicas disciplinarias. Noción que de hecho es parecida a la de Karen Warren y su propuesta del eco-feminismo[2], pues ambos autores coinciden en la conformación de una lógica de poder institucionalizada a nivel discursivo y político. En palabras de Foucault la situación puede describirse de la siguiente manera:

La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos “dóciles”. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una “aptitud”, una “capacidad” que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta (Foucault, 2002: 142).

Las formas en que se violenta el cuerpo son variadas, y desde una perspectiva de género existen elementos suficientes para reconocer elementos comunes con respecto a la violencia de género. La principal razón y por la cual teóricamente destaca el cuerpo femenino o feminizado como depositario de la violencia (sin pretender victimizarlo y con ello erigir un discurso revestido por una auto-discriminación pasiva) se vuelve necesario discutir, pero sobre todo, reconocer el problema del domino sobre los cuerpos. El razonamiento es el siguiente: si se niega el control sobre la posesión más inmediata, sobre la corporalidad; entonces la dominación hacia otras esferas de la vida individual y social parece implicar una tránsito más sutil que, poco a poco, cobra fuerza hasta institucionalizarse de manera social, es decir, en el ámbito político, religioso, moral, etcétera.

Como podemos notar, la violencia de género se constituye por la agresión hacia lo femenino, es decir, un hombre puede ser agredido por no ajustarse al papel masculino que exige la sociedad. Por ello, la arquitectura de la violencia de género se sostiene en la relación simétrica entre hombres y la asimetría de estos hacia las mujeres (Cf. Segato, 2006: 5). Por otro lado, Raquel Osborne en su libro Apuntes sobre violencia de género (2009:18) indica que la violencia de género se caracteriza por abarcar cuatro elementos constitutivos: a) como fenómeno estructural, b) como mecanismo de control, c) como un continuo y d) como tolerancia o interiorización de las formas de violencia.

La violencia de género, según lo planteado por Osborne, es un fenómeno estructural que se sostiene en el patriarcado, es decir, en las formas sociales que ponderan y justifican el lugar jerárquico de los hombres frente a las mujeres; por ejemplo, cierto nivel de violencia sexual suele normalizarse debido a las relaciones establecidas entre los géneros[3]. En ese sentido, la condición estructural del patriarcado produce mecanismos de control hacia las mujeres que de forma sistemática se implantan en la vida social, es decir, el continuo de la violencia de género se percibe al interior de la sociedad; por consiguiente, se genera un nivel de tolerancia hacia las conductas que violentan a las mujeres[4]. Por estas razones, podemos sostener que la violencia de género se basa en la interiorización de un alfabeto violento que se condensa no sólo como canal de comunicación, sino como un lenguaje cotidiano. Por otro lado, como he señalado, la violencia de género puede cobrar dimensiones radicales como feminicidio. Es justo por esa razón que debemos preguntarnos cómo entender el concepto de feminicidio.

Ahora bien, la complejidad para definir el término feminicidio se encuentra en distinciones sutiles, como la inclusión del carácter sexista y las razones de violencia de género. Jacquelyn Campbell y Carol Runyan definen feminicidio como “todos los asesinatos de mujeres sin importar el motivo o la situación del perpetrador” (Russell y Harmes, 2001: 78). Dado que este concepto es muy general, pues no incluye distinciones como el carácter sexista y razones de violencia de género, que son elementos fundamentales para caracterizar conceptualmente un feminicidio, es necesaria la especificidad para determinar qué es y qué no es un feminicidio. Si legalmente definimos feminicidio en los términos que propone Runyan y Campbell corremos el riesgo de clasificar y hacer pasar por feminicidio una situación que no corresponda con la violencia extrema hacia el género femenino. Por ejemplo, un accidente automovilístico en el que muere atropellada una mujer, no implica necesariamente una actitud de discriminación misógina.

Debemos notar que la violencia de género y el carácter sexista son una constante en los feminicidios, de este modo, Diana Russell en su libro Feminicidio: una perspectiva global (2001: 76) define el feminicidio como: “El asesinato de mujeres por hombres por ser mujeres”. Como evidentemente señala la autora, lo importante es destacar la intencionalidad con la que se realiza el asesinato, esto es, la discriminación exacerbada hacia lo femenino, al mismo tiempo que se supone la superioridad de lo masculino.

Por otro lado, la definición de feminicidio no puede estar sujeta a estándares universales, puesto que cada región responde a un diferente contexto sociocultural. Por consiguiente, las variaciones culturales muestran la imposibilidad de homogeneizar un hecho como el feminicidio.

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Ellis y Dekeseredy […] reportan que feministas hindúes del sureste asiático usan el término feminicidio para referirse a “el asesinato intencional de mujeres por hombres y de mujeres por otras mujeres por intereses de hombres […]” (Russell, y Harmes, 2001: 80). Por ende, el contexto influye en la forma de conceptualizar el feminicidio. Por ejemplo, si pensamos en el caso de los feminicidios que ocurren en México (Estado de México y Ciudad Juárez, sólo por mencionar las regiones con más difusión respecto a este tema) encontramos que  los feminicidios parecen estar relacionados con factores propios de nuestra cultura y sociedad[5].

Por las razones anteriormente expuestas, aun cuando el concepto de Russell funciona como una base que se puede diseminar a otros contextos, es importante señalar que la construcción conceptual de feminicidio debe atender a las diferencias culturales, sobre todo, para su articulación jurídica; contar con un concepto sólido, tanto teórico como jurídico, nos ayudará a responder ante tal fenómeno de mejor manera.

Por último, cabe señalar que aún cuando la violencia contra las mujeres (por el hecho de ser mujeres) no debería ocurrir, si ocurre entonces no debería quedar impune. No olvidemos que la violencia que se presenta en los asesinatos de mujeres representa actitudes misóginas contenidas, y muchas veces solapadas, por un sistema político-social machista, patriarcal, con el que se justifica la agresión radical contra las mujeres. El hecho de que los asesinatos de mujeres por razones de género queden impunes es un síntoma de un problema mucho mayor que afecta a una sociedad entera.

Notas: 


*El presente artículo se basa en una investigación conjunta titulada Factores del feminicidio en Ciudad Juárez y el Estado de México: una aproximación analítica.  Agradezco la colaboración de Ana Vázquez y Sara Cortés en dicha investigación.

[1] Para una información más detallada sobre la violencia simbólica puede consultarse La dominación masculina de Pierre Bourdie.

[2] Talia Morales ofrece una explicación más detalla al respecto en su artículo “Ecofeminismo un pensamiento de la diferencia” disponible en http://www.aion.mx/ecofeminismo-un-pensamiento-de-la-diferencia.html

[3] En el Distrito Federal, por ejemplo, resulta curioso que una medida implementada para evitar el acoso y las agresiones sexuales en el transporte público, principalmente en el metro, consista en asignar vagones para uso exclusivo de las mujeres. Lo anterior muestra una mala estrategia que no resuelve el problema de fondo.

[4] Muestra de la aceptación social de ciertos niveles de violencia hacia la mujer son la violencia doméstica, el acoso laboral, la disparidad en la paga cuando se realizan los mismos trabajos o incluso en el ámbito legal cuando por razones de género existe discriminación hacia las mujeres.

[5] El narcotráfico y la migración en Ciudad Juárez son elementos particulares que parecen incidir de manera frecuente en los asesinatos de mujeres por razones de género.

Bibliografía

Foucault, Michel (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, trad. Aurelio Garzón del Camino, México: Siglo veintiuno Editores.

García Silva, Jorge (2010). “El largo peregrinar hacia la humanización”, Revista ConSciencia de la Escuela de Psicología, núm 12 (julio-diciembre 2010), pp. 23-31.

Mendoza Bautista, Katherine (2010). Delitos cometidos por condiciones de género ¿Feminicidio?, México: Editorial Ubijus, Colección Investigación y Ciencias Penales.

Osborne, Raquel (2009). Apuntes sobre violencia de género, Barcelona: edicions bellaterra.

Rachels, James (2006). “El feminismo y la ética del cuidado”, trad. Gustavo Ortiz Millán, en Introducción a la filosofía moral, México: FCE, pp. 245-264.

Russell, Diana E. H. y Harmes, Roberta A. (Edits) (2001). Feminicidio: una perspectiva global, trad. Guillermo Vega Zaragoza, México: UNAM.

Segato, Rita Laura (2006). “Qué es un feminicidio. Notas para un debate emergente”, en Revista Mora, Buenos Aires: Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género/ Universidad de Buenos Aires, núm. 12, pp. 2-11.

Tepichin, Ana maría et al  (coords.) (2010). Relaciones de género, México: Colegio de México, Colección los grandes problemas de México.

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