Todos, sin excepción, hemos sentido alguna vez el pasar del tiempo. Justo ahora, en el momento en que redacto estas letras, me es completamente imposible dejar de lado su transitar. Cada que agrego una nueva palabra, que presiono una tecla más de la computadora, Cronos me arrebata el aliento. Pensar acaso en una posible disolución, en una transfiguración o una fuga que impida el paso temporal, es casi imposible. En este fluir etéreo, metafísico, me descubro atrapado en una sucesión algebraica en la cual, al parecer, estoy inmerso sin promesa de tregua. A su vez, me comprendo como siempre distinto a mí mismo conforme avanzan los segundos, y deviene en mí la figura perpetua de la fugacidad.

Pocos son los afortunados que han logrado desprenderse de las cadenas ineludibles del tiempo. Muchos lo han intentado y en ello se les ha ido la propia vida; incluso, hay quienes han buscado la fuente inagotable de la eternidad. Pero aunque la fuente de la juventud −al menos hasta ahora− sigue siendo un mito, algunos han podido desprenderse de los zapatos de plomo que nos atan al tiempo. Bachelard, filósofo, poeta y alquimista de palabras, es uno de ellos.

En su texto La intuición del instante, Bachelard plantea la posibilidad de una ruptura del tiempo a través de la poesía. Esta ruptura del tiempo común, aquel que transcurre horizontalmente, es posible mediante el «instante poético», es decir, la creación de un tiempo ascendente que transcurre verticalmente y acontece en dicha práctica literaria. El instante poético es, en este sentido, la rasgadura vertical que rompe con la temporalidad lineal y deviene en nuevas constelaciones temporales. Esta rasgadura del tiempo horizontal ocurre mediante una relación armónica de dos opuestos, es decir, gira en torno a la ambivalencia.

El instante poético es resultado de la antinomia. Sólo aquel que puede afirmar todos sus demonios de una sola vez, hacer que coexistan entre las llamas de lo incierto, puede hacer del mundo un instante. El ordenamiento de las ambivalencias en la poesía es, para Bachelard, un tiempo en el cual el poeta se desprende del tiempo de los otros, del tiempo de la vida y del propio mundo: el tiempo no corre, brota. De tal manera, la poesía es el arte de la atemporalidad:

En todo poema verdadero se pueden encontrar los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que no sigue el compás, de un tiempo al que llamaremos vertical para distinguirlo de un tiempo común que corre horizontalmente con el agua del río y con el viento que pasa […] En esencia, el instante poético es una relación armónica de dos opuestos; es, cuando menos, conciencia de una ambivalencia. Pero es más, porque es una ambivalencia excitada, activa, dinámica.[1]

Existe un punto muerto durante el día en el cual convergen la luz y la obscuridad. Basta mirar los tonos rojizos y morados que, como acuarela de Monet, matizan el cielo al atardecer, para darse una idea de la bella ambivalencia que acontece en el mundo. Ese inefable fenómeno de la naturaleza, ese justo interludio en donde no es de día ni de noche, resguarda un maravilloso secreto, el misterio del instante poético:

…lo que tienen de ‘vasto’ la noche y la claridad no debe sugerirnos una visión espacial. La noche y la luz no se evocan por su extensión, por su infinito, sino por su unidad. La noche no es un espacio, es una amenaza de eternidad. Noche y luz son instantes inmóviles, instantes oscuros o luminosos, alegres o tristes, oscuros y luminosos, alegres y tristes”.[2]

El instante poético es el dinamismo que surge de la antítesis del pasado y el porvenir, dando paso no a una nueva ramificación temporal, sino dando cuenta de la realidad propia del instante. El instante es, en este sentido, inextenso, y carece de toda horizontalidad. Pero la verticalidad no tiene que ser entendida meramente como una indicación de alguna ausencia, sino como un orden sin el cual la filiación de las imágenes poéticas no podría acontecer en el espíritu; tampoco ha de entenderse en el sentido ascensional de la idea platónica, sino como una fogata que abrasa al espíritu, que lo cobija de las tinieblas, en el mar de lo aparentemente insondable.

Y que es en lo insondable donde reside la verdadera esencia del instante poético, ese que se cristaliza como pequeños copos de nieve, creando un imperio en el silencio. El instante poético es una voz silenciosa, ese espacio estético inextenso que nos permite ser y dejar de ser, ascender sin dejar de caminar, a través del acontecimiento estético: poesía es el arte de volar. Sólo aquellos que estén dispuestos a lanzarse a la nada sin paracaídas, aquellos que se atrevan a crear abismos con el trazo de sus propias alas, y no volar porque ya existe el abismo, encontrarán el misterio alquímico del instante, del que tanto hablaba Gastón Bachelard.

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[1] Gastón Bachelard. La intuición del instante, FCE, p. 94

[2]  Ibíd. p. 100

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