Durante muchos años, incluso siglos, diferentes intelectuales han pretendido dar respuesta a la pregunta: ¿quiénes somos los mexicanos?, y es que ésta es una interrogante fundamental para nuestra sociedad. Uno de los pensadores que se propuso trabajar tal enigma fue el escritor mexicano, Octavio Paz (ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990), mediante su ensayo: El laberinto de la soledad. Este libro fue publicado por primera vez en 1950, siendo leído únicamente por la élite de intelectuales de la época; no obstante, hoy en día, resulta un texto obligado en la vida de cualquier pensador que desee comprender, de una mejor manera, la esencia o identidad del mexicano.

A lo largo de sus capítulos, Paz analiza la psicología, las expresiones y actitudes comunes de la sociedad mexicana, tratando de desenterrar en la historia de nuestro país, el origen de las mismas. En este libro, el autor realiza una profunda reflexión sobre los efectos de la conquista en el pueblo mexicano, misma que ha quedado impregnada en el pensamiento colectivo como una violación que ha degenerado en varios síntomas como el malinchismo, que forman parte de nuestra esencia actual.

También analiza las diferentes máscaras que el mexicano utiliza para no mostrarse al mundo tal cual es, puesto que, por una parte, no tiene permitido simplemente ser, sino que existe un deber ser del mexicano, hacia el cual le conduce la sociedad; de allí que el hombre mexicano sea muy “macho”, mientras que la mujer es “resignada” a la vida que le ha tocado. Ambos son silenciosos, discretos, no se muestran a sí mismos, sólo máscaras que cubren su falta de identidad.

Considero que lo plasmado por Octavio Paz en esas escasas páginas, no puede representar la totalidad ontológica del mexicano y, además, que se trata de un texto que ha perdido fuerza, en tanto que está comenzando a dejar de tener vigencia en varios aspectos (no hay que olvidar que tiene más de 60 años de haber sido publicado); sin embargo, resulta un trabajo valioso y fecundo, puesto que incita a la reflexión, a la discusión y a la crítica, obligando al lector a pensarse a sí mismo y a buscar su identidad como parte de un pueblo, es decir, a dejar de estar “lejos de sí mismo” e intentar mostrar un rostro verdadero.

“Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación […] El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo”.  (Octavio Paz, fragmento de El laberinto de la soledad).

 

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