Campanas a lo lejos, gaviotas. Un llamado que se eleva en la distancia y me envuelve de recuerdos, de pasajes inciertos.

El asfalto es un mar que me devora, un abismo insondable; lo múltiple en lo uno, lo compuesto en simple. Oigo las olas. Los perros ladran al vaivén maquínico, casi bestial, de lo cotidiano.

A lo lejos, en la superficie, puedo ver dos pescadores recoger los despojos del mundo: botellas con mensajes secretos, hombres-palmera borrachos después de la juerga.

El sol se alza, los perros dejan de ladrar. Un tono rojizo, como de ladrillo, barniza las calles con una sutil melancolía.

Las campanas suenan de nuevo, los seres nocturnos se ocultan, y con una antesala de bostezos, la ciudad vuelve a callar.

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