Aulo Gelio es un personaje interesantísimo e importantísimo para los humanistas y estudiosos de la antigüedad clásica, especialmente para los filólogos, pues sus escritos son, además de un bello y valioso registro de las costumbres, leyes y preocupaciones helénicas, un intento por rescatar y preservar las letras griegas, mismas que, durante su época, comenzaban a perderse y tornarse oscuras.

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“En el lenguaje latino, igual que en el griego, unos pensaron que debía usarse la αναλογία (analogía); otros, la ανωμαλία (anomalía). Άναλογία es la flexión similar de las palabras similares, a la cual en latín llaman algunos proporción. Άνωμαλία es la desigualdad de las flexiones, que sigue al uso. Dos ilustres gramáticos, Aristarco y Crates, defendieron con sumo vigor, aquél la αναλογία; éste la ανωμαλία”.[1]

 

De la vida de Gelio se sabe muy poco; sin embargo, se calcula que nació cerca del año 121 y que muy probablemente fue romano, quizá emparentado con destacados Gellii, como el cónsul Gelio Publícola o el historiador Cneo Gelio. Algunos estudiosos opinan que era africano, debido a que sus principales maestros, amigos y compañeros de estudio fueron de dicho continente, como Cornelio Frontón[2] y Sulpicio Apolinar. También es cierto que en sus textos se aprecia cierta preocupación por problemas de África y que muchos pensadores de esa tierra citan sus libros. No obstante, no existen pruebas fehacientes para afirmar que fue nativo de uno u otro lugar.

Lo que sabemos con seguridad sobre este ilustre personaje es que vivió en Roma y que desde muy temprana edad mostró gran interés sobre el conocimiento, especialmente de la gramática y letras griegas y latinas, en las cuales se hizo erudito. Debido a su avidez por cultivarse, se acercó a doctísimos maestros en retórica, oratoria y letras. Realizó al menos un par de viajes a Atenas, capital cultural de la antigüedad, para ampliar sus estudios, tal como hacían todos los notables romanos de su tiempo. En Atenas conoció al gran sofista y filántropo, Herodes Ático y cultivó con él, como con casi todos sus maestros, una gran amistad basada en el respeto y la admiración.

Al regresar de su primer viaje por Grecia fue designado juez, cuando tenía alrededor de 25 años, por lo que tuvo que separarse de sus amados estudios para concentrarse en los deberes legales. Debido a su juventud e inexperiencia, durante el periodo que duró su cargo, siempre procuró el consejo de sus maestros, hombres más sabios y experimentados que él, como Favorino, destacado orador y reconocido maestro de grandes personajes como el mismo Herodes Ático, Cornelio Frontón y más tarde de Gelio.

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Escribió una magna obra a la que tituló, Noches áticas, dedicada a sus hijos. A lo largo de los veinte volúmenes que redactó, cuenta anécdotas, leyendas y curiosidades del mundo antiguo, además de exponer breves estudios y reflexiones en torno a vocablos latinos o griegos, ya sea analizando su etimología, gramática o significado, por lo que es posible apreciarlo como uno de los primeros filólogos. A pesar de que Gelio no contaba con ningún método riguroso de estudio filológico, se le puede atribuir ese título porque sus libros reflejan un genuino interés por comprender y preservar los vocablos empleados por los antiguos griegos e incluso por sus contemporáneos latinos.

 

Durante toda su vida, Aulo Gelio se mostró como un amante del conocimiento, las letras y los libros, por los cuales demostraba gran fascinación. En sus textos narra el gran placer que sentía al comprar libros o al acudir a librerías y bibliotecas.

 

“Al punto corro yo ávidamente hacia los libros, pero todos ellos eran libros griegos plenos de milagros y fábulas; sus asuntos, inauditos, increíbles; sus escritores antiguos, de no pequeña autoridad… atraído por su sorprendente e inesperada baratura, compro muchos libros por poco dinero y durante las dos noches siguientes los recorro todos rápidamente; y al leer, entresaqué de allí y anoté algunas cosas admirables y en general no tocadas por nuestros escritores…”.[3]

 

Sobre la muerte de este personaje tampoco tenemos noticias claras, algunos estudiosos sitúan su muerte hacía el año 160, mientras otros calculan que Gelio pudo haber alcanzado los 60 años de vida. Aunque ninguna de las fechas al respecto de este pensador son precisas, sabemos con seguridad que fue hombre de gran honor y erudición, padre devoto y esposo responsable. Consagrado y apasionado de las palabras, citado y estudiado por algunos importantes pensadores posteriores a él, como San Agustín; sin embargo, no deja de ser un estudioso poco abordado en nuestro tiempo, por lo que a mi parecer es menester dar a conocer su obra más allá de los círculos especializados, pues su riqueza, lejos de estar agotada, apenas ha sido aprovechada.

 

“Mas yo, teniendo en la mente el dicho de aquél conocido varón de Éfeso [Heráclito], que ciertamente es así: la erudición no enseña a la mente, en todos los intervalos de los negocios en los cuales he podido sustraer ocio siempre me he afanado y fatigado desenrollando y repasando muchísimos volúmenes, pero de ellos tomé pocas cosas, y sólo esas que, mediante un rápido y fácil compendio, a los ingenios prontos y expeditos los condujeran al deseo de una honesta erudición y a la contemplación de las artes útiles o que a los hombres ya ocupados en otros negocios de la vida los liberaran de un desconocimiento de cosas y de palabras en verdad vergonzoso y agreste”.[4]

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Notas

[1] Aulo Gelio. Noches áticas II, xxv, 1-4.

[2] Marco Cornelio Frontón fue, además de cónsul, tutor en retórica de Marco Aurelio y Lucio Vero, ambos personajes que más tarde se convertirían en emperadores.

[3] Aulo Gelio. Noches áticas IX, iv, 2-5.

[4] Aulo Gelio. Noches áticas, prefacio, p.3. Trad. Amparo Gaos Schmidt. México, UNAM, 2000.

Bibliografía

Aulo Gelio, Noches áticas. Trad. Amparo Gaos Schmidt. México, UNAM, 2000.

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