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Resumen

La Guerra fría fue un conflicto internacional ocurrido entre 1947 y 1991, sostenido por Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (hoy Rusia). Esta guerra provocó la muerte de aproximadamente 60 millones de personas alrededor del planeta; tuvo lugar tanto en Europa como en Asia, África, Oceanía y América latina. Durante ella, el mundo experimentó una polarización ideológica, entre el sistema capitalista, representado por Estados Unidos y sus aliados, y el sistema socialista, representado por la URSS y los suyos. Tal polarización fue expresada en lo bélico y además en una incesante competición tecnológica, deportiva, económica, artística y hasta propagandística, pues cada bando pretendía mostrarse superior al otro, en todo lo posible. En el siguiente artículo realizo un repaso de las causas principales de este importante conflicto.

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Pogromos en la Rusia zarista

Aunque existe una sucesión directa entre el fin de la segunda guerra mundial y el inicio de la Guerra fría, se considera que las causas de la última se remontan al tiempo antes de la Primera guerra mundial; cuando el imperio zarista aún reinaba en Rusia, y las 13 colonias de Norteamérica llevaban aproximadamente un siglo independizadas.

Al comenzar el siglo XX, Estados Unidos era un país joven, autoproclamado bastión de los ideales ilustrados, nacido de una revolución contra el dominio de Reino Unido. El imperio ruso, por su parte, llegado el año 1900, cumplía casi tres siglos de un gobierno autocrático liderado por la dinastía Romanov, y no miraba con buenos ojos a la tendencia liberal, republicana, que por entonces definía el curso de las naciones occidentales.

Además de lo mencionado, la Rusia zarista proyectaba valores feudales antes que de igualdad, libertad y fraternidad, pues su gobierno aún basaba la economía en la agricultura, avalando la existencia de latifundios en los cuales una familia de la aristocracia se encontraba a cargo de miles de campesinos que trabajaban sus tierras prácticamente en calidad de esclavos.

Pero el primer conflicto registrado entre rusos y norteamericanos ocurrió, no por causa de las diferencias entre sus sistemas sociales, sino como efecto de la intolerancia religiosa de los Romanov, quienes secundaban que los rusos católicos organizaran y llevaran a cabo pogromos[1] contra las comunidades de judíos en ese país.

 

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Litografía realizada en 1903 como respuesta al pogromo de Kishinev, donde cientos de judíos fueron atacados y, docenas de ellos, asesinados. En la imagen, el presidente estadounidense, Theodor Roosevelt, dice al zar: “Detenga su cruel opresión sobre los judíos”.

La opinión internacional sobre el creciente problema de los pogromos en el imperio ruso, se materializó en una carta dirigida a Theodor Roosevelt, en la cual, la comunidad judía en Estados Unidos instaba al presidente a tomar partido y adoptar una postura clara contra la manera en que el gobierno zarista lidiaba con ello. La intensión era poner en evidencia las condiciones de intolerancia religiosa e injusticia social que se vivían al interior de Rusia, así conviniendo al zar Nicolás II a ocuparse positivamente del asunto. La comunidad judía en Estados Unidos presionó a Roosevelt a través del congreso para que firmara la carta; Roosevelt firmó, y además abrogó un viejo tratado comercial ruso-norteamericano, generando un nuevo esquema en el cual, por primera ocasión, Estados Unidos y Rusia ocuparon posiciones polarizadas y no simplemente distantes.

 

Expansionismo: el caso de China

Además de la situación de los pogromos, otro roce entre la Rusia zarista y Estados Unidos, ocurrió en China, en el paso del siglo XIX al XX.

En 1895, la última dinastía china[2] llegaba a su fin; su debacle se debió a que el creciente imperio japonés quería dominar la península de Corea, y con este propósito sostuvo un conflicto armado con los chinos, quienes ya controlaban el territorio coreano. El resultado de tal conflicto, conocido como Primera guerra sino-japonesa, fue la derrota y caída de la dinastía china, tras sólo seis meses de combates.

 

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Grabado realizado con la técnica Ukiyo-e, que describe la batalla de 1894 en Pyongyang, Corea, donde el ejército chino fue abatido por los japoneses.

El estado de indefensión de China después del conflicto de 1895, provocó que otras naciones expansionistas, como Rusia y Estados Unidos, ambicionaran incursionar en ese país para extender hacia oriente su esfera de influencia.

Siendo sus vecinos del norte, los rusos actuaron primero e impusieron su dominio en las regiones manchurianas de China, causando una gran preocupación en el entonces Secretario de Estado norteamericano, John Hay. Para el diplomático estadounidense, la invasión rusa en China contravenía los intereses de su país, pues Estados Unidos también pretendía obtener beneficios de la dinastía caída, además de que a los norteamericanos les causaba temor el veloz crecimiento de Rusia. De hecho, al comenzar el siglo XX, las dos naciones que se expandían con mayor rapidez en el mundo eran Rusia y Estados Unidos, y esto se vio reflejado en la depredación que hicieron en China.

En 1899, John Hay envió una propuesta a Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón y Rusia, para aplicar una “política de puertas abiertas” en China. Ésta era una invitación a explotar, entre todos, las riquezas de aquel país oriental, para que no fuera sólo una nación la que se viera beneficiada del infortunio de los chinos. Sin embargo, los únicos que respondieron con evasivas a la invitación de Hay, fueron los rusos.

Los británicos, por su parte, tuvieron un acercamiento diplomático a los norteamericanos, y esto marcó el distanciamiento definitivo entre ellos y el zar, pues este último y los estadounidenses habían mantenido una cierta empatía, hasta entonces, a causa del desprecio mutuo que sentían por los británicos; pero cuando Reino Unido y Estados Unidos se aliaron, la Rusia zarista vio en ello la mayor amenaza contra sus ambiciones de dominio en Asia.

En 1902, el presidente estadounidense, Theodor Roosevelt, firmó una alianza con los japoneses y les brindó apoyo táctico para liberar a China de la invasión rusa en la región manchuriana. Con ese apoyo, los japoneses lograron varias victorias importantes sobre el ejército y la marina de los rusos, cuyo avance finalmente fue detenido, en 1905, con la firma del tratado de Portsmouth.

Habiendo ocurrido estos acontecimientos, no es de extrañar que el gobierno ruso quedara molesto con los norteamericanos por su apoyo táctico a los japoneses, y resulta bastante irónico que más tarde, entre 1909 y 1913, durante el mandato del siguiente presidente estadounidense, William Howard Taft, fueran los rusos quienes se aliaran con las fuerzas armadas de Japón para oponer resistencia al plan de inversiones que los estadounidenses querían imponer en Manchuria.

De tal modo, en la víspera del estallido de la primera guerra mundial, ya había desaparecido casi todo lazo de amistad que pudiera haber existido entre Rusia y Estados Unidos.

 

Salida de Rusia de la primera guerra mundial

El 28 de junio de 1914, un grupo de siete nacionalistas bosnio-serbios, inconformes con la situación de opresión que se vivía en su país por causa del gobierno austro-húngaro, asesinaron al archiduque Francisco Fernando, heredero de la casa de Habsburgo. En consecuencia, el imperio austro-húngaro declaró la guerra a Serbia, uniéndose los alemanes a los austro-húngaros, con quienes formarían el bloque de las Potencias centrales, mientras que a los serbios se unieron Francia, Reino Unido y Rusia, con quienes formaron el bloque conocido como Triple entente o bloque de los Aliados.

 

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Caricatura publicada tras el comienzo de la primera guerra mundial.

Estados Unidos, por su parte, al estallar la Primera guerra mundial, era una nación que se encontraba poco interesada en participar en un conflicto internacional, y prefería conservar la conveniente distancia que la separaba de Europa, concentrándose en la organización de su gran territorio, por entonces ya expandido hasta la costa oeste del continente americano.

Pero en 1917, después de tres años de enfrentamientos, la inteligencia británica interceptó un telegrama del ministro alemán de relaciones exteriores, Arthur Zimmermann, dirigido al presidente de México, Venustiano Carranza. En él, se invitaba al gobierno mexicano a tomar las armas del lado de las potencias centrales, si Estados Unidos le declaraba la guerra a Alemania; de hacerlo, la recompensa prometida para los mexicanos era la restitución de los territorios de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, que originalmente pertenecieron a México y que fueron adheridos a Estados Unidos tras la guerra mexicano-estadounidense de 1848.

Carranza, sin embargo, rechazó la propuesta de los alemanes porque en 1917 aún se sostenía la Revolución mexicana, además de que el mandatario coahuilense no veía conveniente iniciar una nueva guerra con los vecinos del norte. Por lo tanto, el único efecto provocado por la acción del ministro Zimmermann fue que Estados Unidos declarase la guerra a las potencias centrales, porque los mexicanos no dieron su apoyo a los alemanes y, más bien, al hacerse público el famoso telegrama, despertó un vivo sentimiento anti-alemán en la población estadounidense.

Fue entonces cuando Estados Unidos se interesó en tratar con Rusia, porque era preciso que el zar cubriera con sus tropas el flanco oriental, mientras los ejércitos de Reino Unido, Francia y Estados Unidos, marchaban contra el Káiser en el flanco occidental.

Pero, sumados al exterminio masivo que les costó a los rusos tomar parte en la guerra, problemas como la hambruna y la revolución social en las calles de Moscú, hacían que Nicolás II quisiera retirarse del conflicto y atender los asuntos que demandaban su atención en casa. No obstante, el zar estuvo indeciso demasiado tiempo. En marzo de 1917 estalló la Revolución bolchevique en Rusia; el régimen zarista fue derrocado y un nuevo gobierno tomó el poder sobre el antiguo imperio, abandonando inmediatamente la Gran guerra. Esto, evidentemente, generó un fuerte descontento en el gobierno de Estados Unidos.

 

La Revolución bolchevique

A pesar de las medidas que tomaron para prevenirlo, a inicios de 1918 los estadounidenses se enteraron de que el nuevo gobierno de Rusia abandonaba el flanco oriental porque los alemanes lo habían persuadido a ello y además lo instaban a facilitarles un paso libre, acaso apoyo, en la contienda contra las fuerzas de los aliados.

Lo ocurrido fue que el gobierno de Alemania había dado resguardo al intelectual y revolucionario de corte marxista, Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin​. Éste prometió a los alemanes que, de triunfar la Revolución bolchevique, abandonaría la guerra a la brevedad, pues no figuraba en sus intereses continuar luchando en una contienda cuyos motivos consideraba ajenos a Rusia.

Los bolcheviques eran trabajadores organizados en cuadros o soviets, pertenecientes a la creciente clase obrera rusa, efecto de la revolución industrial que multiplicaba las fábricas a lo largo y ancho de Europa a inicios del siglo XX. Las condiciones de explotación e inseguridad que vivían los obreros, unidas a las ideas de Carlos Marx acerca de la lucha de clases y el empoderamiento del proletariado, hicieron de Lenin el líder de una revolución contundente, que había de conducir a la ejecución, en un oscuro sótano, de los últimos miembros de la resplandeciente dinastía Romanov.

 

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Propaganda de la revolución rusa.

A diferencia de los zares, Lenin se había acercado al pueblo y sabía lo que los rusos querían; los campesinos y obreros estaban hambrientos de igualdad, mejores condiciones laborales y, en suma, de un esquema económico y social, diferente. Por estos motivos fue posible para él y otros como Iósif Stalin y León Trotski, reunir a sus compatriotas alrededor de la teoría marxista, y así llevar a cabo una revolución antimonárquica.

En marzo de 1917, a raíz de una protesta de las mujeres maquiladoras de Petrogrado, Nicolás II mandó a sus fuerzas a reinstaurar el orden, generando un altercado público que terminaría ocho meses después, el 7 de noviembre, con el derrocamiento del zar y el triunfo de la revolución.

Tras el conflicto, sin embargo, el gobierno que sustituyó al zarismo no fue uno de izquierda, de ánimo comunista, sino uno moderado, centralista, que pretendía satisfacer las necesidades de igualdad y justicia por las que clamaba el pueblo, pero que también prometió a los aliados (condenándose al hacerlo) que los rusos permanecerían peleando en la guerra.

Entusiasmado por la posibilidad de evitar que Lenin y los revolucionarios radicales ocuparan el poder, entre marzo y noviembre de 1917, el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, aprobó el préstamo de 450 millones de dólares al gobierno provisional ruso, así favoreciéndolo para convertirse en el gobierno definitivo de la nueva nación.

El problema fue que los rusos no toleraron al gobierno provisional, el cual fue derrocado y reemplazado por el gobierno de los bolcheviques. El dinero que Estados Unidos invirtió intentando posicionar un gobierno centralista después de la Revolución rusa, por lo tanto, se perdió para siempre, y desde entonces esa pérdida sería reiteradamente recordada por los norteamericanos como una deuda jamás pagada.

 

La dictadura de Stalin

A diferencia de Lenin, que era un ideólogo teórico basado en el marxismo, Stalin se caracterizó por ser un hombre pragmático, no muy hecho para la filosofía pero sí dueño de una voluntad férrea, que le permitió gobernar Rusia ininterrumpidamente, desde 1927 hasta el día de su muerte, el 5 de marzo de 1953.

Durante el mandato de Stalin, Rusia se transformó en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; el alcance de su influencia política se extendió a todo el mundo y la infraestructura de su país mejoró considerablemente. Al transcurrir su gobierno, Rusia pasó definitivamente del feudalismo zarista al fragor técnico del siglo XX, y de esto quedan “Los rascacielos de Stalin” como recuerdos silenciosos, no obstante, elocuentes, de su época.

Aquella tenacidad devino en autoritarismo y crueldad, como lo señala el hecho de que, al perpetuarse en el poder durante 26 años, Stalin fuera responsable de la muerte de aproximadamente 15 millones de rusos, entre quienes se encontraban sus detractores políticos así como otros de los que sólo llegó a sentir desconfianza. En diferentes ocasiones ordenó hacer “limpias” al interior del ejército, que consistían en el arresto y la ejecución de todos los oficiales y sus familias por sospecha de espionaje. Aún los más cercanos a él fueron objeto de una poderosa suspicacia que causaría su distanciamiento, como fue el caso de Trótskiy, quien se refugió en la casa de los artistas mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera, en 1936, sin saber que cuatro años más tarde, sentado en su escritorio de trabajo, le daría alcance un mortal golpe de martillo.

 

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Propaganda del gobierno dirigida a la población rusa durante el mandato de Stalin.

A Stalin se le recrimina una pobre, si no errada, interpretación de la teoría socialista, manifiesta en un régimen burdamente pragmático que no parecía dirigirse hacia la utopía socialista que plantearan pensadores como Platón, Tomás Moro o Carlos Marx, sino hacia un socialismo más bien despótico, diseñado para sostener a uno en el poder.

En alusión a Stalin y a causa del creciente y muchas veces infundado temor entre las naciones occidentales por una “amenaza roja”, a mediados de siglo XX, múltiples expresiones culturales generaron la imagen de un dictador desalmado e implacable, con ojos en todas partes y adornado con motivos rojos, líder de un Estado militarizado; como ejemplo, la novela 1984, de George Orwell.

 

La segunda guerra mundial

Cuando Hitler invadió Polonia, el 1 de septiembre de 1939, comenzó la Segunda guerra mundial. El trabajo de cámara realizado por Winston Churchill, convencido de que una amenaza se cernía sobre las potencias occidentales, fue fundamental para que la alianza entre Estados Unidos, Rusia y Reino Unido, cobrara efecto de nuevo, conformándose así el grupo de países aliados que combatirían contra las fuerzas de Hitler.

Al transcurrir la Segunda guerra mundial, desde 1939 hasta su conclusión, en 1945, Estados Unidos pasó de un estado distante a uno semi participativo y, finalmente, a uno completamente participativo, gracias a las reiteradas invitaciones del tenaz Churchill, pero principalmente por causa del ataque de la habilidosa fuerza aérea de Japón, aliado de Alemania, contra el puerto estadounidense, Pearl Harbor, en diciembre de 1941. Al terminar la Segunda guerra, Estados Unidos había enviado 12 millones de hombres a pelear, cuando al inicio sólo envió viejos buques, asistencia médica o simplemente dinero. El bombardeo de Pearl Harbor determinó la entrada de Estados Unidos al combate, generando un gran aumento de fuerza en el bando aliado.

Rusia, por su parte, hasta antes de la guerra, llevaba años buscando rehacerse económica y administrativamente, de manera que, al estallar el conflicto, Stalin fue renuente a participar de lleno, aunque Hitler avanzara proclamando su odio no sólo contra los judíos, sino también contra los socialistas. Y a pesar de que Churchill instaba a Stalin a unirse a la causa contra las fuerzas invasoras, ya con Francia ocupada por el nazismo y sin gobierno autónomo, el líder soviético no se sumaría mientras no fuera directamente afectado, tal como había procedido Estados Unidos. El 22 de junio de 1941, Hitler ordenó el avance alemán sobre la URSS, y Stalin declaró la guerra a las Potencias del eje, uniéndose a la causa de Churchill y Roosevelt, con quienes realizaría algunas de las cumbres más importantes entre líderes occidentales durante el siglo XX.

 

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Propaganda de Reino Unido, Estados Unidos y Rusia, para enrolarse en el ejército y participar en la segunda guerra mundial.

La primera derrota importante sufrida por el ejército nazi ocurrió en la batalla de Stalingrado, el 23 de agosto de 1942, donde, por orden de Hitler, los bombarderos alemanes habían reducido la ciudad a ruinas, haciendo de los edificios caídos el terreno perfecto para francotiradores y combatientes cuerpo a cuerpo. En este punto, parecía que los nazis llevaban ventaja, aunque esa perspectiva había de cambiar; Stalin ordenó a las tropas rusas ubicadas cerca de Stalingrado, que invadieran su propia ciudad, asaltándola por los costados con una pinza de cientos de miles, atrapando a los soldados alemanes en ella. Por su lado, el Führer quiso responder con sus famosas divisiones panzer[3], pero aquéllas fracasaron en siquiera llegar al lugar de la batalla, por las condiciones inclementes del norte de Rusia y por la falta de provisiones. En total, desde que Hitler bombardeara la ciudad hasta que los soldados rusos celebraron la victoria, seis meses después, la pelea por Stalingrado cobraría la vida de dos millones de personas; 1 200 000 rusos y 800 000 alemanes.

Cuatro meses más tarde, el 6 de junio de 1944, los aliados desembarcaron en las playas de Normandía, en la costa norte de Francia, desencadenando la batalla que pondría fin al dominio alemán sobre esta importante nación de la región occidental, en el que pasaría a la posteridad como “día D”.

Finalmente, el 27 de abril de 1945, uno de los principales socios de Hitler, líder del estado fascista italiano, Benito Mussolini, sería interceptado en Lombardía, en la provincia Como, en un convoy en el cual pretendían cruzar la frontera norte de Italia, disfrazados de soldados, él y otros altos mandos de su fallido gobierno. Todos fueron fusilados, y, sus restos, desfigurados y colgados cabeza abajo en una gasolinera de la plaza Loreto.

Enterado de la horrible muerte de Mussolini y rodeado por quienes le eran más cercanos, en el búnker de la Cancillería del Reich, el 30 de abril de 1945, Adolph Hitler se pegó un tiro en la cabeza, dejando como última instrucción la incineración de sus remanencias, para no ser menoscabo por el enemigo.

Después de las muertes de Mussolini y Hitler, al líder del imperio japonés, quien fuera el otro gran socio del Führer durante la Segunda guerra mundial, no le quedó más que rendirse cuando su país fue atacado con sendas bombas nucleares, arrojadas por la fuerza aérea de Estados Unidos sobre las poblaciones civiles, Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945.

Vista de manera general, los factores determinantes de la Segunda guerra mundial, parecen haber sido las participaciones de Rusia y Estados Unidos en el conflicto, y precisamente así es como lo percibieron los líderes de estas naciones, quienes no llegarían a ningún acuerdo en la posguerra, al intentar conciliar sus ambiciones en torno a la ocupación de los países derrotados. Esta discordia, aunada a las doctrinas Truman y Zhdánov, se convertiría en el precedente más inmediato de la Guerra fría, deviniendo en la división de Alemania y en el posterior levantamiento del muro de Berlín.

 

Conclusión

La Guerra fría ha sido uno de los conflictos armados más prolongados de la historia de la humanidad. Los antecedentes principales que causaron la tensión entre Estados Unidos y Rusia durante la segunda mitad del siglo XX, pueden ser rastreados hasta el inicio del mismo siglo, en hechos como, el antisemitismo ruso, el anhelo expansionista de ambas naciones, la revolución bolchevique, la continuidad del expansionismo por parte de Stalin y los mencionados presidentes estadounidenses, y la Segunda guerra mundial.

 

Notas

[1] Los pogromos en Rusia fueron ataques perpetrados en nombre del catolicismo, religión del imperio, contra comunidades judías que después del pogromo se veían reducidas a cenizas, habiendo sido asaltados y asesinados sus habitantes.

[2] La dinastía Qing, existente en China desde 1644.

[3] Brigadas de tanques especiales que avanzaban con el apoyo de unidades de artillería, motocicletas y hasta vehículos cargados con mecánicos y refacciones que pudieran necesitar durante el combate.

 

Bibliografía

Lozano, Álvaro. La guerra fría. Melusina, Tenerife, 2007.

Powaski, Ronald. La guerra fría. Crítica, Barcelona, 2000.

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