Resumen: En el siguiente artículo son analizadas algunas características del racionalismo cartesiano, presentes en obras clásicas de la literatura y el cine de ciencia ficción.

Exaltación de la razón en la modernidad

El racionalismo es una teoría filosófica o corriente de pensamiento que plantea que el uso de la razón es el mejor medio para adquirir conocimientos verdaderos. Se considera que el padre del racionalismo es René Descartes, autor de El discurso del método (1637), aunque realmente hubo diversos enfoques racionalistas anteriores al suyo, comenzando con la epistemología platónica.

La relevancia del racionalismo es enorme en el desarrollo de la cultura occidental, porque, junto con la lógica y la causalidad aristotélicas, conforma una de las bases del pensamiento científico moderno. De hecho, los historiadores consideran que la modernidad comenzó al ser publicado El discurso del método, cuando aún no eran diferentes los filósofos y los que hoy consideramos científicos.

Así que, modernidad y racionalismo llegaron juntos, y el racionalismo era equivalente a la actual ciencia. Uno de los aportes de la filosofía cartesiana a la ciencia moderna es la confianza plena en la razón; propuesta tan poderosa como arriesgada, porque conduce a rechazar los sentidos en favor del puro razonamiento, aunque siempre contemos con la capacidad de dudar, hasta del intelecto. En este sentido, el racionalismo cartesiano puede tomar una veta deconstructiva, entre otras posibilidades, al interior de la filosofía; ello significaría que la duda metódica planteada en El discurso del método, continúa y continuará afectando el saber humano, igual a un agente crítico perenne, invencible, capaz de extenderse incluso más allá de la filosofía. Y ese es el rastro que seguiré a continuación: los efectos culturales del racionalismo, que no permaneció dentro de los límites del discurso con pretensión de verdad, sino que se desplazó, de la literatura científica a la literatura de ficción.

Desde que el concepto cartesiano de razón fue puesto sobre la mesa, ha sido tomado y recreado por muchos artistas, los cuales lo han llevado en múltiples direcciones, en obras que muestran más o menos la influencia de Descartes. Hablo de piezas como Frankenstein (1818) y Avatar (2009); libros y películas que presentan visiones sensacionales de la razón, generalmente dentro del subgénero: ciencia ficción. Pero ahora reparemos en esta última.

De la ciencia a la ficción

Evidentemente, la ciencia ficción es un subgénero de la ficción basado en el saber científico. La ciencia, por su parte, representa una búsqueda de la verdad mediante un método o teoría, mientras que la ficción, una búsqueda de las sensaciones, por medio de obras de arte. De esta manera, el concepto «ciencia ficción», que bien traducido del término anglosajón «science fiction», sería «ficción de la ciencia» o en todo caso «ficción científica», puede ser entendido de dos maneras:

Como verdad sensacional

La ciencia ficción es aquello que presenta una “verdad sensacional”, es decir, un método o teoría científica, llevado más allá de lo conocido, hasta el punto de lo sorprendente.

Ejemplos de lo comentado son las obras principales de H. G. Wells, quien es uno de los fundadores de este subgénero. La máquina del tiempo (1895), aunque es un relato de ciencia ficción «soft»[1] cuyo fin es exponer un concepto social, comienza con la presentación de teorías científicas acerca del tiempo y el espacio, para enseguida llevarlas más allá de sus límites, de manera que finalmente provoca un efecto estético de sorpresa o asombro, ante tan abrumadoras posibilidades. En La isla del doctor Moreau (1896), la cuestión exhibida por Wells es la experimentación con animales, cosa muy real, pero llevada a un exceso que provoca monstruosidades y horror. En El hombre invisible (1897) el punto de partida nuevamente es la experimentación y una interesante teoría física acerca de la luz, aunque el resultado es un producto químico cuyas consecuencias superan todo lo visto. Finalmente, en La guerra de los mundos (1898), H. G. Wells observa las estrellas e imagina visitantes de otros planetas, bélicos y amenazantes, con afanes de conquista. La base del relato consiste en que hay vida en el universo, además de guerras e invasiones; lo que lo vuelve ciencia ficción, es el hecho de que concibe vida más allá de los límites que conocemos, pues imagina extraterrestres, adimentados con elementos de los más terribles imperios, tan bien conocidos por el hombre. En conclusión, Wells presenta verdades sensacionales, y precisamente por ese motivo y por “morboso” fue criticado cuando publicó La isla del doctor Moreau, dado el debate de la época en torno a la práctica de vivisexiones. Resulta claro que este autor se valía de la ciencia ficción para conmocionar una parte de la sociedad y poner al público a debatir en torno a un tema político. Sin embargo, no todos los creadores de ciencia ficción han tenido por objetivo hacer planteamientos sociales.

Como sensación de lo verdadero

Además de lo mencionado, la ciencia ficción también puede ser definida, como: ficción cuyo fin es generar una sensación de verdad.

Cuando alguien escribe buscando persuadir a los lectores acerca de algo, lo que le conviene es partir de lugares comunes, familiares, para elaborar un discurso que resulte comprensible y convincente. Ahora, imagina a un escritor de ficción que quiere convencer a las personas de que, lo vivido diariamente es un sueño programado por una monstruosa máquina, mientras sus verdaderos cuerpos duermen en un campo interminable de humanos incubados. Bueno, para convencerlos de lo último, probablemente aquel escritor se valdría de elementos de la ciencia, la cual usa métodos, fundamentos, leyes, hipótesis y demás elementos, para elaborar una retórica de la verdad. Pero, ¿por qué intentaría un autor de ciencia ficción convencerme sobre lo que fuera con sus presupuestos? Porque su ámbito es la estética de la verdad y, su fin, la sensación de la verdad, mas no la verdad en sí.

Racionalismo en la ciencia ficción

Volviendo al racionalismo y sus efectos culturales, mucho de ello se desborda del discurso científico y acontece en el ámbito de la fantasía, en obras tan remotas como Somnium (1634) de Johannes Kepler, la cual es considerada por algunos, el precedente más antiguo de la ciencia ficción, pues en ella es narrado un onírico viaje a la luna, poniendo de manifiesto la creencia de la época en el poder de la razón.  

La duda metódica

René Descartes afirmó, «pienso, luego existo» («Je pense, donc je suis»), fundamentando así uno de los más importantes sistemas de la razón individual, determinada por un yo que se encuentra en ella, el cual, por ser consciente de sí mismo, tiene existencia. Ejemplificando esto, Descartes se introduce cual personaje principal en El discurso del método, contando la historia de cómo se la pasó pensando junto a un fogón, un gélido invierno, cansado de los engaños provocados por los sentidos. Con la determinación de abstraerse de la mentira y seguir un camino de conocimiento seguro y verdadero, Descartes decide comenzar de cero, por decirlo de algún modo, al poner en duda absolutamente toda la información proporcionada por sus sentidos. En este punto, cabe mencionar que la duda constituye el método de investigación cartesiano, mismo que no deja de hacer vacilar hasta a los más seguros de la realidad. Y la duda metódica generó este conocimiento: todo puede ser puesto en duda, excepto el hecho de que soy capaz de dudar; por tanto, estoy seguro de poseer una conciencia. Si pienso, entonces existo, de algún modo, ¡aun si todo cuanto me rodea es el engaño de un dios maligno!

El momento en que Descartes pone en duda la realidad que le presentan sus sentidos, aislando a su razón y considerándola por sí sola, es tan impactante, que ha sido retomado repetidamente en el ámbito de la ficción, donde la razón es representada como un lugar oscuro, puramente virtual, cuya superficie es una retícula o plano cartesiano que se extiende hasta el infinito. ¿Te suena familiar? Tal vez lo has leído o visto replicado en alguno de los muchos libros, series y películas de ciencia ficción que se valieron de esta idea cartesiana, para alcanzar posibilidades sensacionales.

Un ejemplo de lo anterior es el cuento titulado, Los hombres de la tierra, de las Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury. En ese relato, se plantea la capacidad de los marcianos, de proyectar sus ensoñaciones hacia el exterior de sus cuerpos, de modo que, cuando están locos, se proyectan con las figuras más exóticas, hacia los otros. La idea de una razón que engaña a los demás mediante ensueños, en un escenario donde ya no es distinguible lo real de lo falso, está claramente presente en las meditaciones cartesianas y en este breve cuento espacial de Bradbury.

Otro caso similar es el de la película, La isla (2005), que presenta un grupo de gente aislada y enajenada, sometida mediante un sueño de libertad y placer, al control de una élite científica que induce este simple ideal en sus vidas: ganar un viaje a “la isla”, un lugar tan bueno que, nadie regresa de allí. La sospecha de que la realidad percibida es un engaño (inducido con forma de dulce remedio contra un supuesto mal), se encuentra sugerida en las reflexiones de Descartes y en esta realización fílmica de 2005, así como en su antecedente más popular: la película Matrix (1999), dirigida por los hermanos Wachowski y protagonizada por Keanu Reeves.

Si las cosas fueran como plantea Matrix, entonces Descartes habría sido el más capaz de hacerles frente debidamente, pues su método parece estar configurado precisamente para desenmascarar un genio maligno y sustraernos de su engaño. El método cartesiano comienza dudando de todo, y dudar de todo es lo que Neo tiene que hacer para escapar de la ilusión que lo aprisiona; dudar hasta de lo más lógico, conocido o creído, es el único camino para salir. Nótese que la Matrix puede ser equiparada con el intelecto o pensamiento humano, es decir, con la virtualidad que gobierna nuestros actos, la cual cuenta con muchísima información que además está conectada con otras grandes fuentes de datos, en donde el lenguaje y las ideas que determinan al individuo, fueron creados antes que ella o él, como en la programación informática.

¿Cómo asegurar que el simple y llano conocimiento de lo habitual, no representa una programación unidereccional de la cual habría que buscar salir para llegar a percibir y decir cosas legítimas, alguna vez en la vida? No tenemos esa certeza, y entonces Descartes duda de todo, y los hermanos Wachowski han escenificado su drama, volviendo verdad los peores temores de un racionalista.

La disolución del yo

Ahora abordemos otras obras de ciencia ficción enfocadas especialmente en “disolver el yo”, que también es un tema bastante cartesiano.

¿Si dudamos de la realidad, por qué no dudar de la cordura? Además de afrontar un entorno engañoso, en películas de ciencia ficción como 12 monos (1995), la razón misma se ha visto amenazada por la posibilidad de estar enloquecida, lo cual empuja a los protagonistas a tener que abandonar lo “racional” para, a través de lo “irracional”, abrirse paso hacia una nueva verdad.

Otra manera más directa de cuestionar el “yo” preclaro, racional y ordenado que describió Descartes, es introducir en escena una perturbadora razón meta humana, la cual muestra que razonar no es una facultad únicamente nuestra y que quizá no somos los mejores para ello. Ejemplos de esto, son obras como, Frankenstein (1818) de Mary Shelley, y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick, en las cuales aparece un ser que supera los límites del “yo” como lo conocemos.

La novela de Philip K. Dick, que sería llevada al cine con el título Blade Runner (1982) convirtiéndose en una película clásica de la ciencia ficción, juega con la idea de la inteligencia artificial y su estatuto ontológico, pues, el autor elabora androides que son más fuertes, inteligentes, e incluso más sensibles y capaces de apreciar belleza, que los seres humanos. Los androides de Blade Runner, llamados “replicantes” por su carácter de copias y a la vez contestaciones, son mejores que nosotros. Implican la superación y el paulatino olvido del hombre, y provocan la sensación de que hemos sido desplazados del centro, perdiendo relevancia.

Entre otras piezas de ciencia ficción con androides, Terminator (1984) también presenta monstruos robóticos que vienen a jugar el papel de alteridad para la humanidad, a la cual incluso desean liquidar por imperfecta.

Pero hablemos de Frankenstein y su cuestionamiento del “yo”. Es característico de la individualidad como la conocemos, que posea un cuerpo. A pesar de que el racionalismo otorga más importancia al pensamiento que a los sentidos y las afecciones de la materia, Descartes no negaba que tuviera un cuerpo, al cual describe presa del frío o reconfortado junto al fuego. Y todos sabemos que sus reflexiones pertenecieron a ese cuerpo, y asumimos que ello contuvo el pensamiento de él y nadie más que él: Descartes. Sin embargo, cuando Mary Shelley aporta su famoso monstruo, además de cuestionar la razón humana haciéndole frente con una alteridad más fuerte, inteligente y sensible, también “destroza” la unidad racional del cuerpo, pues Shelley nos cuenta que algo abominable, no humano, fue creado a partir de un montón de pedazos de cadáveres extraídos del cementerio, sin que ninguna de las partes muestre un rasgo que le haga destacar en importancia sobre el conjunto, de manera que este personaje tiene diversos orígenes y a la vez ninguno. Cada parte de su ser conformó otro individuo con otra historia de vida, pero cuando aquéllas lo conforman a él, no hay nada allí; su multiplicidad anula la posibilidad de una identidad; Víctor, el creador, no le otorga siquiera nombre, como si este monstruo no tuviera ni un cuerpo, a pesar de venir de muchos.

Finalmente, hay obras de ciencia ficción que superan al “yo” cuando transforman nuestra idea de racionalidad, pasando de una razón antropomórfica a una figura diferente, como lo hace Isaac Asimov en su cuento, La última pregunta (1956), donde la humanidad entrega su conciencia a un gran ordenador universal. En este tipo de obras, una razón meta humana puede absorber al “yo” de seres más pequeños, como ocurre en el mencionado cuento de Asimov y en el manga de ciencia ficción ciberpunk, Ghost in the Shell (1989), en el cual, algunos sujetos y una gran red virtual, devienen indistintos.

Conclusión

Las ideas del racionalismo son basamento del pensamiento científico, aunque no deja de ser notorio el modo en que se extienden a discursos con otras características, en otros ámbitos de la cultura, como el discurso de ficción. Y la especulación racionalista nunca se detiene. Algo muy interesante del discurso especulativo ocurre cuando, después de fantasear un tiempo, regresa de la ficción a la ciencia, el día en que la obra de un artista influye en la inventiva de un científico. Tal vez el método cartesiano, que pretendía la seguridad de la razón contra toda amenaza de mentira o engaño, paradójicamente, ha ayudado a desdibujar los límites entre la ciencia y el arte, pues este último se ha valido de la duda metódica e ideas como “razón” y “yo”, para generar una sensación de veracidad, sin duda, provocando que Descartes de vueltas en su tumba. Quizá la filosofía racionalista aún va a conmocionar al pensamiento occidental, y puede hacerlo mediante un futuro ensayo académico, o un novedoso mito.


Notas

[1] A diferencia de la ciencia ficción «hard», las obras de ciencia ficción «soft» se caracterizan por no ser muy rigurosas en las descripciones científicas que realizan; no entran en detalles técnicos ni polemizan teóricamente. Estas ficciones suelen usar la ciencia como tema, con el fin de desplegar conceptos ajenos a ella, pertenecientes a filosofía, sociología, política u otro ámbito.     


Bibliografía

Bachelard, Gastón. El compromiso racionalista. Siglo XXI, México, 2009.

Cameron, James. Historia de la Ciencia Ficción. Minotauro, Barcelona, 2018.

Kepler, Johaness. Somnium (El sueño). Edición Kindle, México, 2013.

Descartes, René. El discurso del método. Alianza, Madrid, 2017.

Shelley, Mary. Frankenstein o el moderno Prometeo. Alianza, Madrid, 2005.

Wells, H. G. Seven Famous Novels of H. G. Wells. Random House, New York, 1934.

Asimov, Isaac. Grandes ideas de la ciencia. Alianza, Madrid, 2011.

Bradbury, Ray. Crónicas marcianas. Gandhi, México, 2016.

Fujisaku, Jun’ichi. Ghost in the Shell. Kodansha Comics, Tokio, 1989.


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