A sangre fría. La dominación del sueño americano
Introducción
La idea de “sueño americano” tiene muchos matices. En primera instancia, uno onírico, de fantasía alcanzable sólo al cerrar los ojos y volar con la imaginación más allá de lo concreto; eso que quizá sintieron los primeros ingleses al navegar en el siglo XVII hacia lo que hoy es Norteamérica, huyendo de la tiranía y la miseria del viejo mundo. Y aquella búsqueda de la felicidad quedaría asentada oficialmente en el siglo XVIII, en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: nación fundada por migrantes que nunca dejaron de soñar en una “tierra prometida” que nadie les prometió y que nunca se materializó como tal bajo sus suelas. Por eso fue necesaria la retórica, como en cualquier región del mundo cuando un país ha querido legitimar su existencia. En dicho caso, la retórica ilustrada: movilidad social sin importar el origen, recompensa justa por el trabajo, comercio libre. Claro que, al abrir los ojos, la realidad siempre ha diferido de los sueños del pueblo estadounidense, y por ello tal discurso ha tenido que evolucionar y prometer —con base en la lógica consumista de un capitalismo exacerbado— cada vez más comodidades que, desde la revolución industrial que estalló en el siglo XIX y creció aún más en el XX, hoy incluyen una gran casa, dos o más autos en el garaje, un amplio jardín con un perro, hijos despreocupados y una devota y bonita esposa (no hay que perder de vista que el sueño americano es recalcitrantemente falocéntrico). De ahí las nuevas expresiones ideológicas de un Estados Unidos posesivo —y a la vez angustiado por ver incumplidas sus fantasías—, como la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto o la política exterior de Donald Trump. La respuesta es la guerra, expandirse y tomar lo que tienen otros, reclamar todo como nuestro; tal es el mensaje que emite el país en cuestión por lo menos desde el inicio del siglo pasado, y de ahí la entrega de tal pueblo a las armas y al ejército y las invasiones; de otra manera, su ideal resulta insostenible. Por supuesto que no hablo aquí del pensamiento de cada persona en aquellas tierras, sino de la estructura del discurso histórico estratificado allí. Tomando en cuenta estas consideraciones, a continuación observaré brevemente los planteamientos desplegados por Truman Capote en su novela, A sangre fría, haciendo enfoque en cómo dicha obra pone de manifiesto el modo en que el sueño americano se vulnera a sí mismo, evidenciando una fragilidad interna que amenaza a cualquier Estado moderno.
¿De qué trata A sangre fría?
A sangre fría (1966) es una novela criminal de Truman Capote, quien es considerado uno de los mejores autores estadounidenses del siglo XX por su elocuente trabajo narrativo, dramatúrgico y periodístico. A su vez, entre la vasta producción literaria de Capote, A sangre fría destaca por ser un libro basado en hechos reales, el cual inauguró el género de las “novelas de no ficción”, convirtiéndose en el arquetipo de las “novelas de crimen verdadero”.
En esta obra es narrada una serie de perturbadores hechos acontecidos a fines de los años 50s en un pueblo de Kansas llamado Holcomb, en torno a la familia Clutter. Al iniciar la lectura, se puede apreciar un panorama de la vida rural, donde los Clutter ocupan un rol central. El padre, “Herb”, es trabajador y ha desarrollado una próspera granja; la madre, Bonnie, es una buena vecina aunque padece una depresión crónica; el hijo de 15 años, Kenyon, es el típico adolescente entusiasta; y la hija de 16 años, Nancy, es tan alegre como dadivosa y querida por todos. No obstante, después de captar el modo en que discurren los días en aquella sosegada comunidad, vemos —o más bien, escuchamos— cómo la paz es destruida por cuatro espeluznantes detonaciones. Y entonces, el horror: primero en Holcomb, luego en el resto de Kansas y finalmente en todo Estados Unidos. Alguien irrumpió en la casa de la adorable, casi ideal familia Clutter, y masacró a sus miembros. Los ataron en distintas habitaciones y les dispararon con una poderosa arma de fuego, y esto para la población general es como si hubiera sido asesinado —sin sentido— el sueño americano. Ni siquiera hay indicios de un robo significativo, pues Herb tenía la mayor parte de su capital en el banco. Así comienza una implacable búsqueda policial, a nivel local, estatal y federal, para encontrar al culpable. Mientras tanto, conforme las autoridades investigan, somos testigos del peregrinar de Richard Hickock y Perry Smith, los asesinos, quienes recorren Estados Unidos e incluso México en pos de un acomodo existencial que, dados sus profundos traumas de infancia, jamás llegan a encontrar.
La aniquilación del sueño, o el sueño aniquilador
Retomando lo anterior, A sangre fría fue publicada en 1966 por el escritor, dramaturgo y periodista estadounidense, Truman Capote, quien también hizo Desayuno en Tiffany’s (1958) y otras obras de narrativa y teatro que le dieron fama internacional como uno de los mejores autores norteamericanos del siglo XX. Pero mientras Desayuno en Tiffany’s es una novela breve, con una trama ficticia narrada por uno de sus personajes, enfocada en temas como el amor y la vacuidad de los tiempos modernos, llena de toques humorísticos y reflexiones sobre la vida…, A sangre fría es todo lo contrario.
Capote se propuso escribir las casi 500 páginas de A sangre fría cuando conoció la noticia del mencionado asesinato cuádruple perpetrado en aquel rincón de Kansas llamado Holcomb. ¡Y vaya que era una fuerte noticia! Recapitulando: la encantadora familia Clutter, piedra angular de esa pacífica comunidad agrícola, fue víctima de un brutal crimen en el que perdieron la vida el respetado “Herb”, su depresiva esposa Bonnie, su vivaz hijo de secundaria, Kenyon, y la chica a la que el pueblo entero amaba por su amistoso carácter: Nancy. Esta última era obediente con sus padres y se llevaba bien con su hermano; también ayudaba a sus compañeras en todo cuanto podía, dadas sus dotes como repostera y costurera, y representaba el mundo entero para su noviecito de la escuela. Por su parte, Herb era un hombre honrado que, con inteligencia y una fuerte voluntad, se sobrepuso a sus humildes orígenes para convertirse en uno de los granjeros más importantes de su región, tanto por la cantidad de productos que generaba como por los numerosos y dignos empleos que daba a la gente de los alrededores. Bonnie, sin ser un problema para nadie, simplemente luchaba en silencio por superar su condición melancólica, mientras que Kenyon, siempre soñador y enérgico, era un adolescente completamente ordinario. Dicho esto, no es difícil imaginar el horror que sintieron los habitantes de Holcomb, de Kansas y el resto de Estados Unidos, luego de que la mejor amiga de Nancy entrara en la casa Clutter, preocupada por ellos, para descubrir que los miembros de aquella familia fueron atados en distintas habitaciones y ejecutados con un arma de grueso calibre. Y fue en tal punto de esa historia real, estando la nación conmocionada y la policía aún buscando al culpable, cuando Truman Capote se sintió impelido a saber más del caso y escribir un libro al respecto. Así, viajó a Holcomb acompañado por su amiga de la infancia —curiosamente, la autora de Matar a un ruiseñor, Harper Lee— y junto con ella entrevistó a múltiples vecinos de los Clutter, a las autoridades locales e incluso a los investigadores federales asignados para resolver aquel misterio. Al cabo de esto, el escritor contaba con una investigación de miles de hojas, y de tal modo llegó el momento en que debió convertir aquello en una obra con estructura novelística, entregándose a esta difícil labor durante los siguientes seis años.
Ahora bien, es evidente que Capote, en su rol de investigador, es quien narra A sangre fría. De hecho, ésta es considerada por muchos expertos en literatura como la primera “novela de no ficción” y como el prototipo de la “novela de crimen verdadero”, dado que eran personas reales tanto sus personajes como su narrador. Consecuentemente, además de lo impactante que resulta la historia del asesinato cuádruple por sí misma y de la elocuente prosa de A sangre fría, la postura de Capote al escribir este libro agrega otra dimensión estética a la experiencia de lectura, pues presenta los hechos con tanta imparcialidad, neutralidad, objetividad periodística, ¡que llega a parecer frío él mismo! A pesar de haber invertido buena parte de su vida en ello y de seguramente experimentar en alguna medida el shock que atravesó a cuantos vieron de cerca lo sucedido a los Clutter, el autor de la novela que nos ocupa no expresó en ella ninguna opinión personal sobre la sociedad, ningún juicio sobre los asesinos, ninguna emoción traicionera, dejando a la postre un relato de hechos que, por su enfoque directo, resulta aún más escalofriante y revelador de las honduras de la psique humana. Octavio Paz planteó que la poesía debe ser seca para arder, y en el caso de A sangre fría aplica lo mismo. Se trata de una novela criminal desplegada con un tono por demás seco, y sin duda levanta llamaradas.
Y lo reitero: mientras Desayuno en Tiffany’s se articula desde la perspectiva de un personaje ficticio que es un narrador testigo, un sujeto emocionalmente involucrado en la historia de la protagonista, A sangre fría es constituida por las palabras del propio Capote, el cual, respaldado por una amplísima investigación y situado en una extraña neutralidad, casi parece un narrador omnisciente aunque no lo sea. Este contraste entre sus dos piezas literarias más prominentes demuestra la gran capacidad técnica, el rango de Truman Capote, quien además supo entrelazar de una manera coherente y rítmica —en una palabra, magistral— las tres líneas narrativas con que estructuró A sangre fría: el desarrollo de los Clutter, el desarrollo de los asesinos y el desarrollo de los habitantes de Holcomb.
Cabe agregar, pasando a la profundidad psicológica contenida en las páginas de esta novela, que A sangre fría exhibe con precisión quirúrgica el perfil mental y el trasfondo social de los asesinos, Richard Hickock y Perry Smith, suscitando importantes cuestionamientos en torno al sistema de justicia, la familia, los valores comunitarios y, en suma, los factores que en Occidente pueden conducir a una persona a convertirse en asesino serial. Vista así, esta obra representa para la psicología y la criminalística del siglo XX, lo que Crimen y castigo para las ciencias sociales decimonónicas. Sin justificar o simplificar los problemas que aborda, A sangre fría expone caminos que están ahí, a la vista de todos, en cada una de nuestras ciudades.
Concluyendo, el sueño americano no es exclusivo de Estados Unidos; quizá exceptuando al Tíbet, todas las naciones modernas propagan discursos chauvinistas, consumistas y antropocéntricos, devastadores para los ecosistemas y, peculiarmente, también para los ciudadanos de aquellas. Alucinar con más dinero, más belleza, más orgullo y poder sobre la realidad, acaba por causar desequilibrios psicológicos que afectan a la sociedad humana, sea en este u otro continente. El sueño domina la mente, la conducta, el cuerpo, pero también es vulnerado y dominado por los cuerpos que entran en crisis por sus efectos, así estropeando las etéreas imágenes que destilan sus fórmulas.









