La ley del más fuerte: expansionismo en el siglo XXI
Introducción
Durante gran parte del siglo XX, se consolidó la idea de que el mundo avanzaba hacia un orden internacional regido por normas, instituciones y acuerdos multilaterales. Organismos como la ONU promovieron principios como la soberanía estatal y la no intervención, bajo la premisa de que todos los países serían iguales ante la ley. Sin embargo, los acontecimientos geopolíticos recientes han puesto en duda esta visión. Lejos de desaparecer, el expansionismo y la dominación han adoptado nuevas formas, revelando una realidad incómoda: en el siglo XXI, el derecho internacional no limita al poder, sino que depende de él.
La promesa del orden jurídico internacional
El sistema internacional contemporáneo se construyó sobre la idea de paz y cooperación. Tras la Segunda Guerra Mundial, se buscó evitar nuevas guerras mediante reglas claras y mecanismos de mediación. En teoría, ningún Estado debería violar la soberanía de otro sin enfrentar consecuencias colectivas. No obstante, este sistema presenta una contradicción estructural: las mismas potencias encargadas de garantizar el orden son aquellas con mayor capacidad para transgredirlo. Esto no solo debilita la credibilidad del derecho internacional, sino que exhibe sus límites reales frente al poder.
En la práctica, países como Estados Unidos, China y Rusia operan bajo una lógica distinta a la del resto del mundo. Su poder militar, económico y político les permite actuar con un margen de impunidad considerable. Esta competencia no es un fenómeno aislado del presente, sino que responde a una dinámica histórica más profunda. Como planteó Tucídides, el ascenso de una potencia emergente y el temor que esto genera en una potencia dominante suelen conducir a tensiones estructurales que incrementan el riesgo de conflicto. En el siglo XXI, esta lógica sigue vigente: el ascenso de China y la reacción de Estados Unidos configuran un escenario donde las normas internacionales resultan insuficientes para contener la rivalidad.
Un ejemplo evidente es la Invasión rusa a Ucrania, que evidenció las limitaciones de las instituciones internacionales para detener una acción militar directa. A pesar de las sanciones y condenas, el conflicto continúa, demostrando que la capacidad de imponer consecuencias es limitada frente a una potencia mundial. Más que una falla aislada, estos hechos evidencian una constante: las normas existen, pero su cumplimiento depende de quién las enfrenta. Cuando una potencia decide actuar, los acuerdos que prohíben la intervención o el uso de la fuerza dejan de operar como límites reales y se convierten en referencias ignorables.
Sin embargo, la dominación en el siglo XXI no se ejerce únicamente mediante la fuerza militar directa. Con China podemos ver cómo el expansionismo adopta una forma menos visible, pero igualmente efectiva. A través de proyectos de infraestructura y financiamiento internacional, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el país ha extendido su influencia en regiones de Asia, África y América Latina. Si bien estas inversiones se presentan como cooperación económica, en muchos casos generan altos niveles de endeudamiento que condicionan las decisiones políticas de los países receptores. Este mecanismo no implica una ocupación territorial directa, pero sí configura una forma de dominación estructural, en la que la soberanía se ve limitada por compromisos financieros y dependencia económica.
El caso de Estados Unidos resulta particularmente relevante. Bajo el liderazgo de Donald Trump, se ha observado una tendencia hacia acuerdos bilaterales (en lugar de tratados multilaterales), además deintervenciones, sanciones económicas y acciones militares que han sido justificadas bajo conceptos como la seguridad nacional, la estabilidad regional o la defensa de la democracia. Sin embargo, estas justificaciones evidencian una aplicación selectiva del derecho internacional. En adición, Estados Unidos ha desarrollado una estrategia dual en su ejercicio del poder. En primera instancia, recurre al derecho internacional, las alianzas y los organismos multilaterales para legitimar sus acciones y proyectar influencia. Sin embargo, cuando estos mecanismos resultan insuficientes o contrarios a sus intereses, no duda en actuar de manera unilateral, incluyendo intervenciones militares directas o indirectas. Esta transición del marco legal al uso de la fuerza pone en evidencia que el derecho internacional no desaparece, pero tampoco actúa como un límite efectivo: su función parece ser legitimar decisiones cuando es útil y ser dejado de lado cuando se vuelve un obstáculo.
Situaciones recientes relacionadas con tensiones en Irán y Venezuela refuerzan esta percepción. Ambos casos, aunque distintos en sus métodos, coinciden en un punto fundamental: el poder no se somete a la ley, sino que la utiliza estratégicamente.
La ausencia de un árbitro global
Uno de los principales problemas del sistema internacional es la falta de una autoridad capaz de hacer cumplir la ley de manera efectiva. La Organización de las Naciones Unidas, aunque fundamental, depende de la voluntad de un grupo reducido de países.
El Consejo de Seguridad —el encargado, en teoría, de mantener la paz— puede ser paralizado por el veto de uno de sus miembros permanentes. Esto convierte al sistema en un espacio donde la política predomina sobre el derecho, y donde las decisiones no responden necesariamente a principios universales, sino a intereses estratégicos. No obstante, sería impreciso afirmar que el derecho internacional carece completamente de relevancia. En múltiples ocasiones, las sanciones económicas, la presión diplomática y la cooperación multilateral han logrado contener conflictos o, al menos, limitar su alcance. Sin embargo, estos mecanismos muestran su mayor debilidad precisamente cuando se enfrentan a los intereses de las grandes potencias, lo que evidencia que su eficacia depende más del equilibrio de poder que de la fuerza normativa de la ley.
Conclusión
En el siglo XXI la dominación no se limita al uso directo de la fuerza, sino que incorpora mecanismos más sutiles, como la dependencia económica y la influencia estratégica. Además, aunque el derecho internacional sigue existiendo como marco normativo, su capacidad para limitar a las grandes potencias es reducida. En este contexto, la ley no desaparece, pero revela su verdadera naturaleza: no es un freno al poder absoluto, sino una herramienta que puede ser utilizada o ignorada según convenga.
Bibliografía
Henry Kissinger (2014). World Order. Nueva York: Penguin Press.
BBC Mundo. (2017, 21 de agosto). Qué es la “trampa de Tucídides” por la que se teme que estalle una guerra entre EE.UU. y China. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-40974871








