Saramago fue un pensador que además sabía escribir[1], pero sus pensamientos no buscaron formular historias fantásticas y memorables, sino construir caminos de letras. Mas no caminos tradicionales, parecidos a los insoportables tramos de recta en las carreteras. Su escritura, alejada de los cánones establecidos, se aventuraba a explorar veredas repletas de follaje que conducían hacia el destino del auto conocimiento. Así lo indica su rechazo a las mayúsculas y ese amor desmesurado por las comas, que más que pausas, parecen respiros en el arduo recorrido del proceso creativo.[2]

Este estilo particular de narrar tenía como máxima la decisión de pugnar por un retorno al sentido. Así en la vida como en la literatura, Saramago criticó el establecimiento de categorías simplificadoras de los seres humanos. Mismas que constreñían al individuo a una labor específica, porque había nacido sólo para hacer una cosa y nada más. Según el autor estas categorías sólo complicaban el entendimiento mutuo y nos alejaban de la reflexión, engañaban al hombre con falsas soluciones a su existencia y limitaban sus acciones en el mundo.

Con la mirada puesta en lo aparentemente imperceptible y haciendo gala de una imaginación prodigiosa, José Saramago convirtió cada una de sus obras en una respuesta contestataria a esta situación, a partir de la premisa de que el humano es capaz de pensar y decidir por sí mismo, luego entonces, no es un ser predeterminado.

Por ejemplo, en Ensayo sobre la ceguera Saramago planteó una situación de crisis en una ciudad desconocida, el autor no especificó cuál, esa ciudad bien podía ser la nuestra. Y el extraño mal que privó de la vista a sus habitantes se puede interpretar como un reflejo del desinterés ciudadano por ver más allá de su sombra. Desinterés que aún hoy existe. No sólo se ignoraban los asuntos de política o economía, sino que había una completa omisión de lo humano y de la vida misma. Así, Saramago creó esa blancura lechosa como una especie de lección que sacó del ensimismamiento a esa pequeña parte del género humano.

Nosotros lectores percibimos el dejo de angustia de los personajes ciegos, personajes anónimos que paradójicamente sólo privados de la vista abrieron los ojos a la realidad humana, dejaron de lado el egoísmo que caracteriza al sano, y juntos participaron de la construcción de un sentido común para esa nueva vida. Sin embargo, hubo una mujer que conservó el maravilloso don de ver, mas no el paisaje cotidiano, sino el caos del ser humano, falto de cordura y sin aparente posibilidad de salvación:

[…] tan lejos estamos del mundo que pronto empezaremos a no saber quiénes somos, ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres, y para qué, ningún perro reconoce a otro perro por el nombre que le pusieron, identifica por el olor y por él se da a identificar, nosotros aquí somos otra raza de perros, nos conocemos por la manera de ladrar, por la manera de hablar, lo demás, rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera, yo veo, todavía veo, pero hasta cuándo.[3]

En la obra este personaje abandonó su rol de mujer casada y adquirió un anonimato privilegiado, libre, y de nuevo sin categorías definidas. Ella, que antes sólo era la esposa de un humilde médico, decidió adoptar múltiples roles: voluntaria por decisión, madre por necesidad, guía por compasión, ladrona por instinto y ciega por convicción. Rompió con la monotonía de su vida para perderse con los demás ciegos en el irrefrenable devenir de un tiempo que transcurría en blanco.

Saramago despegó su pluma del papel y dejó hablar a la imaginación de cada uno de sus personajes creados, todos anónimos, todos cambiantes. Cada uno constituye un ejemplo de la capacidad humana de reflexionar en torno a su quehacer en el mundo y a su poder de decidir frente a las situaciones complejas de la existencia. El autor no sujetó a ninguno a un destino azaroso, así lo demuestran las historias de la chica de las gafas oscuras, el ladrón, el niño estrábico, todos eligieron su propia senda como un tránsito continuo, pero no en soledad, siempre acompañado de otros caminos paralelos que no se debían ignorar.

El trabajo de Saramago constituye una propuesta novedosa para alumbrar esos caminos literarios construidos diariamente por aquellos a quienes nadie presta atención. Esos seres tan poco taquilleros en la literatura también merecían ser historiados, por ejemplo, en El viaje del elefante son el enorme paquidermo Salomón y su cornaca hindú de nombre Subhro, los protagonistas de una travesía fuera de lo común.

Esta obra se puede leer como un diario de viaje, donde el traslado de un elefante se vuelve la ocasión perfecta para discurrir en torno a las peripecias de ser humano. De nueva cuenta Saramago nos propone un ejercicio reflexivo fuera de la prisión del tiempo. Según su interpretación la esencia humana es una variante que permanece sin importar el paso de los siglos, por eso es posible retomar un suceso del siglo XV para señalar inquietudes actuales. En este texto el autor retomó el tópico de la libertad, pero enfocado a la posibilidad de adoptar una creencia religiosa no con una fe ciega, sino con un sentido crítico capaz de interrogar a la propia Divinidad.

El traslado físico de Salomón repercute también en el pensamiento humano, a cada paso correspondía una pregunta, pero desafortunadamente a cada pregunta correspondían muchas respuestas. De nueva cuenta Saramago nos advierte que el ser humano no está determinado mas que por él mismo, él es la medida de todas las cosas, luego entonces sus creaciones intelectuales tampoco son estáticas ni inmutables, son del hombre y por eso se transforman con él.

Es así como Saramago concebía los caminos literarios de su autoría, como un continuo retorno hacia nosotros mismos. Un vaivén de interrogantes que se resuelven sólo volviendo la vista hacia la posibilidad de ser y pensar, como una constante búsqueda del sentido de nuestra existencia:

[Saramago señala] Para mí la pregunta importante y ésa es probablemente la que costará más trabajo encontrar respuesta es ésta: qué es lo que estamos haciendo aquí. Cada uno contestará yo estoy haciendo mi trabajo, tengo una vocación para hacer esto o aquello, pero eso no contesta nada. Ah, bueno, estamos aquí para construir una sociedad justa, magnífico que lo haga, pero sea cual sea la respuesta que podemos dar, y podemos dar muchas y todas magníficas, la pregunta queda intacta: qué es lo que estamos haciendo aquí. [4]

No basta con mirarse al espejo y saber que estamos en el mundo de modo físico, el trabajo de Saramago nos recomienda ir más allá, es más, nos exhorta a cuestionar por nuestra razón de ser y su validez.

En La flor más grande del mundo es un niño, de nueva cuenta anónimo, quien encuentra su razón de ser en una flor. Pero no en la flor en sí misma sino en la posibilidad que ésta le brinda de cumplir una misión, la de hacerla crecer. Es así como este pequeño se propone devolverle la vida a esta flor casi marchita.

Con la máxima de su acción este niño respondió a la pregunta de Saramago, el niño supo qué estaba haciendo ahí, en esa narración, en ese cuento que nos reitera la eterna búsqueda del sentido por parte del autor.

En suma, considero que la obra de José Saramago no es sólo literatura, es lección de pensamiento y una posibilidad de encuentro con nosotros mismos, ya que mediante el rescate del personaje anónimo como protagonista, Saramago nos pone de cara a realidades más próximas a la cotidianidad, que no es siempre monótona, que también tiene a sus héroes y villanos, que nos refleja, nos interroga y nos hace reflexionar.

Y entonces, ¿qué estuvo haciendo aquí Saramago? A partir de la lectura de sus obras puedo decir que estuvo reclamando de sus lectores, en distintas sociedades, un cultivo del juicio recto, basado en el propio pensamiento. Pugnó por un conocimiento personal que promoviera un distanciamiento de filias y fobias en favor de una actitud crítica y honesta. Pero por sobre todo reclamó atención para a esa voz interna que impulsa todas nuestras razones y todas nuestras decisiones, ya que sólo un oído atento es el principio necesario de toda historia digna de ser contada.

Notas

[1] José Saramago nació en 1922 en Azinhaga, Portugal y falleció en 2010 en Lanzarote, España. Fue premio Nobel de Literatura en 1998.

[2] Vid. Intervención de José Saramago el viernes 17 de junio de 2005 en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas en http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2611, consultado 4 noviembre, 2011.

[3] José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, México, Alfaguara, La Jornada, 2008, p. 80.

[4] Intervención de José Saramago el viernes 17 de junio de 2005 en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas en http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2611, consultado 4 noviembre, 2011.

 

Bibliografía

Saramago, José, Ensayo sobre la ceguera, trad. Basilio Lozada, México, Alfaguara, La Jornada, 2008.

Saramago, José, La flor más grande del mundo, Madrid, Alfaguara, 2001.

Saramago, José, El viaje del elefante, trad. Pilar del Río, México, Alfaguara, 2009.

Saramago, José, Intervención de José Saramago el viernes 17 de junio de 2005 en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, en http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2611, consultado 4 noviembre, 2011.

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