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Una lectura del imperialismo contemporáneo desde Platón y Aristóteles

Una lectura del imperialismo contemporáneo desde Platón y Aristóteles

1. Geopolítica y temporalidad

Si le preguntamos a cualquier persona occidental hoy en día sobre el paso del tiempo, seguramente nos dibuje una línea recta. Una flecha que avanza desde un origen (difuso pero necesario) hacia un final que, aunque incierto, se imagina como superación, mejora o culminación. Esta intuición, aparentemente natural, es en realidad el resultado de una larga sedimentación cultural. No siempre pensamos el tiempo así. Hubo un momento en que el tiempo no era flecha, sino círculo.

En el mundo grecorromano, el tiempo se comprendía desde la experiencia directa de la phýsis: el brotar y perecer de todas las cosas. Las estaciones, los ciclos agrícolas, el nacimiento y la muerte, el auge y la decadencia de las ciudades. Todo parecía responder a un ritmo recurrente, a una cadencia que no avanzaba hacia ningún fin último, sino que retornaba sobre sí misma. El cosmos era orden y belleza precisamente porque era regular, porque lo que había sido volvería a ser. En este horizonte, la historia no tenía un sentido progresivo, ni una dirección moral: era más bien un campo de inteligibilidad práctica.

En Tucídides, esta concepción alcanza una forma especialmente interesante. Su relato de la Guerra del Peloponeso no pretende moralizar ni ofrecer redención alguna, sino mostrar patrones de comportamiento humano que, dada la naturaleza constante del hombre, tenderán a repetirse. La historia, así, no enseña un destino, sino una recurrencia. Es útil no porque nos diga hacia dónde vamos, sino porque nos entrena para reconocer lo que vuelve. El pasado no es superado: es reactivado.

Frente a esta circularidad, la irrupción del pensamiento judeocristiano introduce una mutación decisiva: el tiempo se vuelve lineal. Ya no se trata de ciclos naturales, sino de una narración con principio, desarrollo y final. La historia comienza ex nihilo, con la creación, y adquiere densidad con la caída: la expulsión del Edén inaugura la condición histórica del ser humano. A partir de ahí, todo se orienta hacia un acontecimiento central (la venida del Mesías) y hacia una promesa futura: la redención final.

Esta linealidad no es meramente cronológica, sino profundamente moral. El tiempo se carga de sentido porque está inscrito en un plan providencial. El sufrimiento deja de ser simplemente un hecho para convertirse en algo justificable: tiene un lugar dentro de una economía de salvación. La historia ya no es repetición, sino espera. Y esa espera transforma la mirada: los hechos no valen por sí mismos, sino por su posición respecto a ese fin último.

Con la modernidad, esta estructura lineal se seculariza, pero no desaparece. En Georg Wilhelm Friedrich Hegel, la historia se convierte en el proceso racional mediante el cual el Espíritu alcanza progresivamente la conciencia de su libertad. En Karl Marx, esa teleología adopta una forma materialista: la historia avanza a través de contradicciones hasta desembocar en la superación de la alienación y la instauración de una sociedad sin clases. Incluso cuando Dios desaparece, la estructura permanece: hay dirección, hay progreso, hay sentido.

Sin embargo, el siglo XX introduce una grieta difícil de cerrar. Acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial o, de forma paradigmática, el Holocausto, cuestionan radicalmente la idea de progreso. ¿Cómo sostener que la historia avanza hacia lo mejor cuando produce formas de barbarie técnicamente sofisticadas? La confianza ilustrada en la razón como motor de mejora se tambalea. El tiempo lineal ya no garantiza nada.

Es en este contexto donde surge la sospecha postmoderna: tal vez la historia no tenga un sentido intrínseco. Tal vez seamos nosotros quienes, retrospectivamente, proyectamos coherencia sobre una sucesión de acontecimientos contingentes. Como sugiere Leo Strauss, incluso el relato bíblico puede invertirse: ¿la expulsión del Edén es el inicio de un progreso o la caída desde una plenitud perdida? La dirección deja de ser evidente.

Y aquí se abre una posibilidad filosófica crucial para el presente (y, en particular, para el análisis geopolítico): recuperar, al menos parcialmente, la sensibilidad antigua. No para negar la historia, sino para desmitificar su supuesta dirección. Si el tiempo no garantiza progreso, entonces el pasado deja de ser una etapa superada y vuelve a ser un repertorio activo de formas, conflictos y dinámicas.

En el estudio del mundo contemporáneo que haremos a continuación, esto resulta especialmente evidente. Imperios que ascienden y caen, equilibrios de poder que se reconfiguran, tensiones que reaparecen bajo nuevas formas. Lo que cambia son los actores y los contextos; lo que persiste son ciertas lógicas: la lucha por el reconocimiento, el miedo, la ambición, la necesidad de seguridad. En este sentido, la mirada de Tucídides sigue siendo sorprendentemente actual: el futuro se parecerá a lo que ya ha ocurrido, no porque esté predeterminado, sino porque la naturaleza humana mantiene constantes estructurales.

Así, frente a la ingenuidad de una historia concebida como progreso inevitable, y frente al nihilismo de una historia sin sentido alguno, cabe una tercera vía: entender la historia como campo de recurrencias significativas. No avanzamos necesariamente hacia lo mejor, pero tampoco estamos condenados a la pura repetición ciega. Podemos aprender, no para escapar del pasado, sino para habitarlo.

Esta tensión entre linealidad y ciclicidad, entre sentido proyectado y recurrencia observable, constituye el punto de partida imprescindible para cualquier estudio serio de la geopolítica actual. Porque antes de preguntarnos hacia dónde va el mundo, conviene comprender qué formas del pasado siguen operando, silenciosamente, en él. 

Este ensayo pretende hacer un viaje hacia la filosofía clásica para entender mejor qué significa el imperialismo y la dominación, y averiguar qué podemos aprender de los grandes pensadores antiguos para repensar nuestro presente. 

2. Imperialismo, desde la filosofía clásica

La tesis central de este estudio es doble. Primero, que Platón y Aristóteles no ofrecen una teoría moderna del imperialismo, pero sí un vocabulario conceptual extraordinariamente útil para distinguir entre gobierno legítimo, dominio desordenado y poder orientado al bien común. Segundo, que la conducta geopolítica de Estados Unidos respecto de Irán, especialmente desde 1953 hasta el 1 de mayo de 2026, se entiende mejor no como “imperio territorial” en sentido clásico, sino como una forma híbrida de hegemonía coercitiva: una combinación de acción encubierta, sanciones financieras, control de corredores estratégicos, alianzas regionales, diplomacia nuclear intermitente y empleo episódico de la fuerza. Esa combinación oscila entre la provisión de orden y la dominación; cuanto más se desvincula de la legalidad, la reciprocidad y la prudencia, más se aproxima a lo que Platón y Aristóteles considerarían una desviación del gobierno propiamente político.

En Platón, la clave no es “imperialismo” como categoría técnica, sino el problema de si la justicia equivale al interés del más fuerte o, por el contrario, a un orden racional del alma y de la ciudad. La intervención de Trasímaco en la República formula precisamente la reducción de lo justo a la ventaja del fuerte; el Gorgias añade que la retórica produce creencia sin conocimiento y puede convertir el poder en una técnica de persuasión desvinculada de la verdad; el Político distingue el auténtico arte de gobernar de sus imitaciones; y las Leyes sostienen que el fin del legislador no puede ser la guerra permanente, sino la paz y la concordia interna. Platón, por tanto, permite diagnosticar imperialismos sin necesidad de celebrarlos: cuando una potencia presenta como universal lo que de hecho es su conveniencia, la política degenera en doxa armada.

En Aristóteles, el problema aparece con más ambivalencia. Por un lado, la Política afirma que la comunidad política existe en vista del bien, distingue entre poder político y poder despótico, y sostiene que la guerra debe ordenarse a la paz y no a una dominación universal. La Ética a Nicómaco define la justicia como disposición a dar a cada cual lo proporcionado y vincula la justicia universal al bien común; la Retórica muestra que las decisiones sobre guerra y paz pertenecen al ámbito deliberativo. Pero, por otro lado, Aristóteles naturaliza jerarquías (incluida la esclavitud natural y la superioridad de los griegos sobre los “bárbaros”) que históricamente han servido como gramática justificativa de empresas imperiales. Aristóteles, por ello, es simultáneamente un crítico de la expansión sin fin y un proveedor de categorías que pueden ser reactivadas por discursos civilizatorios modernos.

Trasladadas a la teoría moderna, estas intuiciones enlazan con algunas grandes perspectivas. Hobson y Lenin ayudan a leer el componente económico-financiero del imperialismo; Gramsci y Nkrumah iluminan su dimensión ideológica, institucional y neocolonial; la hegemonic stability theory explica por qué una potencia dominante se presenta como productora de “bienes públicos” internacionales; el neorrealismo subraya el equilibrio de poder, la seguridad y la disuasión; y el constructivismo muestra que los intereses no son sólo materiales, sino también identitarios y normativos. Ninguna teoría, por sí sola, agota el caso iraní. El expediente más sólido es ecléctico: la política de Washington frente a Irán combina variables realistas de seguridad, variables hegemónicas de orden marítimo-financiero y variables neocoloniales de disciplinamiento indirecto; todo ello legitimado mediante un repertorio retórico que mezcla: no proliferación, lucha contra el terrorismo, protección de aliados, libertad de navegación y derechos humanos.

Aplicado a la cronología de Estados Unidos e Irán, ese marco muestra varias capas. El golpe de 1953 inaugura una memoria iraní de la dominación externa con respaldo documental oficial estadounidense en la serie FRUS y en archivos desclasificados de la CIA. La revolución de 1979 y la crisis de los rehenes transforman la relación en enemistad estructural. Las sanciones, inauguradas en 1979 y complejizadas durante décadas, se convierten en el instrumento característico de un poder imperial sin anexión territorial. El JCPOA de 2015 representó el punto más nítido de contención recíproca institucionalizada; la salida estadounidense de 2018 revirtió ese proceso y reintrodujo la lógica del castigo. A partir de 2020, con el asesinato de Qasem Soleimani, y de 2024, con la escalada regional ligada a Israel y al Mar Rojo, el expediente coercitivo volvió a primar. En 2025 hubo una breve reapertura diplomática en Omán, pero junio trajo ataques contra instalaciones nucleares iraníes; septiembre asistió al “snapback” de sanciones en la ONU y la UE, y a 1 de mayo de 2026 la situación seguía marcada por una tregua frágil, controversias sobre poderes de guerra en Washington y continuas disrupciones en el estrecho de Ormuz con efectos globales.

El tema está claro: la política estadounidense hacia Irán incurre repetidamente en el peligro de presentar el interés del más fuerte como si fuera razón universal. Desde Aristóteles, su punto crítico consiste en confundir una pretensión de bien común internacional con una práctica asimétrica que rara vez somete su propio poder a reciprocidad institucional equivalente. No toda hegemonía es dominación, pero la hegemonía se convierte en dominación cuando el “orden” se mantiene por medios que excluyen al otro como interlocutor jurídico igual, destruyen incentivos a la verificación mutua y sustituyen la prudencia por la excepcionalidad permanente. La consecuencia práctica no es sólo moral: es estratégica. La dominación produce memoria histórica, resiliencia nacionalista, proliferación de instrumentos asimétricos y deterioro del propio orden que dice proteger.

3. La justicia para Platón y Aristóteles

Quisiera responder a tres preguntas. La primera es textual y filosófica: ¿cómo conciben Platón y Aristóteles la dominación, la justicia, el mando, la guerra y el gobierno legítimo? La segunda es teórica: ¿cómo traducir esos conceptos antiguos a marcos modernos de hegemonía e imperialismo sin cometer anacronismos groseros? La tercera es aplicada: ¿qué revelan esos marcos sobre la conducta de Estados Unidos respecto de Irán y sobre casos conectados o comparables? La hipótesis defendida aquí es que la clave interpretativa no es una equivalencia mecánica entre la polis griega y el sistema internacional contemporáneo, sino una analogía de segundo orden: la pregunta por el fin del poder, por la relación entre conocimiento y persuasión, por la diferencia entre gobierno político y dominación despótica, y por la subordinación de la guerra a la paz.

Ante todo, quisiera evitar dos reduccionismos frecuentes. El primero es convertir a Platón y Aristóteles en tratadistas modernos del imperialismo, cosa que no son. El segundo es leer la política estadounidense frente a Irán como si sólo respondiera a un interés económico simple. Las fuentes muestran algo más complejo: instituciones, ideas, disuasión, memoria del golpe de 1953, no proliferación, influencia de aliados, arquitectura del dólar, seguridad marítima, cálculo doméstico estadounidense y antagonismos identitarios iraníes interactúan de forma acumulativa. El resultado no es un “imperio” de ocupación permanente, sino una forma de supremacía estructural que alterna consenso, coerción e interrupciones diplomáticas.

La bibliografía contemporánea sobre Platón y Aristóteles ha insistido en que la cuestión de la justicia no puede separarse de la forma del régimen, del saber político y del fin de la comunidad. En la República, la justicia se formula como el problema decisivo del libro, y la ciudad justa funciona como ampliación analítica del alma justa. La investigación reciente sobre el Gorgias ha subrayado además que Sócrates no rechaza la política en bloque, sino una “política” degradada a técnica de adulación y victoria argumentativa. En el caso aristotélico, la investigación sobre la Ética a Nicómaco, la Política y la Retórica coincide en que la justicia tiene un doble registro: legalidad orientada al bien común y proporcionalidad distributiva/correctiva, y una deliberación sobre guerra y paz inseparable de la constitución.

4. Teoría política de Platón

El arranque decisivo de Platón está en la provocación de Trasímaco: “lo justo no es otra cosa que la ventaja del más fuerte”. Esa fórmula no es una tesis platónica, sino el adversario conceptual contra el que se organiza buena parte de la República. Si el derecho del más fuerte fuese la definición de justicia, toda política sería, en última instancia, un dispositivo retórico de autolegitimación del poder. El resto del diálogo intenta demostrar lo contrario: que la justicia no se deja reducir al interés de quien manda, porque es una forma de orden racional interno y, por extensión, de orden político no depredador. La ciudad justa no elimina el conflicto por magia; lo absorbe en una estructura donde cada parte cumple su función según razón y medida. Desde esta perspectiva, la dominación aparece como una patología del orden; una hipertrofia de una parte sobre el conjunto.

La República radicaliza ese argumento cuando sostiene que los problemas de las ciudades no cesarán “a menos que los filósofos reinen” o los gobernantes filosofen seriamente. No se trata sólo de una defensa del filósofo-rey, sino de un principio epistemológico-político: el poder es ilegítimo cuando opera sin conocimiento del bien. Las ciudades existentes, al estar dominadas por el deseo de honor, riqueza o mera supervivencia faccional, quedan expuestas a una política de apariencia. En lenguaje contemporáneo, Platón ofrece una crítica prematura de la gobernanza por narrativas interesadas: si la autoridad se emancipa de la verdad y de la medida, el gobierno se acerca al dominio.

El Gorgias hace aún más explícita esta vinculación entre persuasión y dominio. Sócrates obliga a Gorgias a admitir que la retórica produce convicción sin conocimiento y que opera en asambleas y tribunales sobre lo justo y lo injusto. Más adelante, la discusión con Polo y Calicles desmantela la identificación entre poder, placer y felicidad, y sostiene que cometer injusticia es peor que padecerla. La importancia del diálogo para una teoría de la dominación es enorme: la coerción no necesita imponerse sólo por fuerza material; puede instalarse a través de una persuasión sin saber que fabrica obediencia y consentimiento. La crítica platónica de la retórica es así una crítica de la legitimación del poder cuando ésta se separa de la justicia.

El Político corrige, sin anular, el tono más utópico de la República. Allí el verdadero estadista es definido como quien posee un arte de gobierno capaz de “tejer” todas las partes de la ciudad y supervisar leyes e instituciones. Incluso cuando el Extranjero de Elea admite que el auténtico saber político podría gobernar con o sin leyes escritas, el criterio crucial no es la mera posesión de fuerza, sino el beneficio del gobernado y la posesión de ciencia. La metáfora del tejido es decisiva: el gobernante no manda para separar y explotar, sino para articular diferencias en un conjunto político. Esa idea servirá luego como criterio crítico frente a imperios que producen estratificación y enemigos permanentes en lugar de articulación cívica.

Las Leyes introducen un elemento imprescindible para nuestro tema: el legislador no puede organizar la ciudad con el horizonte de la guerra constante. En el libro I, el Ateniense insiste en que el fin correcto de las leyes no es la victoria externa, sino superar antes la guerra interna, la stásis, mediante amistad y paz cívica. Para una lectura de la geopolítica contemporánea, este punto es más importante que el debate sobre si Platón representa “autoritarismo” o “idealismo”: una comunidad ordenada por el conflicto permanente con el exterior termina desordenándose interiormente. Bajo un prisma platónico, la militarización sostenida de la política exterior no es sólo un problema moral; es una amenaza para la salud del propio régimen.

5. Teoría política de Aristóteles

Aristóteles parte de otro lugar. La Política abre afirmando que toda comunidad se constituye en vista de algún bien, y que la polis (la más comprensiva de todas las asociaciones) existe en vista del bien supremo. Esta afirmación teleológica es decisiva. Si la comunidad política se justifica por el bien común y no por la simple superioridad material, entonces el dominio que persigue sólo la ventaja del gobernante deja de ser propiamente político y pasa a ser despótico. Aristóteles lo dirá de manera explícita al distinguir entre formas correctas e incorrectas de constitución según se gobierne para el bien común o para el propio interés.

La Ética a Nicómaco precisa esa matriz al distinguir justicia universal y justicia particular. La primera equivale a legalidad orientada al bien de la comunidad; la segunda, a igualdad proporcional en la distribución y corrección de daños. Cuando Aristóteles define al justo como quien da a cada cual lo proporcionado y no se atribuye un exceso de bienes, ofrece un criterio directo contra la pleonexia, el querer-más. Un orden internacional dominado por una sola potencia podría intentar presentarse como universalmente beneficioso; desde una lente aristotélica, la pregunta sería si distribuye cargas y beneficios proporcionalmente y si corrige realmente los daños que produce a terceros, o si externaliza costes y monopoliza ventajas.

La aportación más ambivalente de Aristóteles está, sin embargo, en su justificación de jerarquías “naturales”. Los pasajes sobre esclavitud natural y la idea de que conviene que los griegos gobiernen a los bárbaros han sido justamente leídos como un repertorio prototípico de racionalización imperial. Junto a esta dimensión jerárquica, Aristóteles reconoce que la esclavización derivada meramente de la victoria en guerra es jurídicamente discutible, y en la Política (libro VII) critica la búsqueda de una “dominación universal” y subordina la guerra a la paz y el ocio libre. Esta doble faz es esencial para nuestro argumento: Aristóteles puede ser utilizado tanto para criticar el expansionismo como para legitimar superioridades civilizatorias. Esa tensión reaparece, secularizada, en discursos modernos que hablan de Estados “responsables”, “revisionistas”, “fallidos” o “canallas”.

La Retórica añade un elemento procedimental. Aristóteles define el discurso deliberativo por su orientación al futuro y por su referencia a decisiones colectivas sobre conveniencia, guerra y paz. No hay política sin persuasión; pero, a diferencia del Gorgias, Aristóteles no equipara persuasión y engaño. Esto permite una lectura más fina: la persuasión geopolítica puede ser legítima si está ordenada a deliberación prudente, e ilegítima si se convierte en instrumento para forzar asentimientos en un contexto de asimetría extrema. La dominación moderna no elimina la retórica; la necesita. La pregunta clásica es si esa retórica sirve a la prudencia o a la fabricación estratégica de consentimiento.

Xenofonte, en los Recuerdos de Sócrates, refuerza un aspecto decisivo para Platón y Aristóteles: quien pretende gobernar debe antes gobernarse a sí mismo, y la obediencia a la ley (incluso frente a órdenes ilegales) es la marca de una autoridad no arbitraria. Esta línea socrática es útil porque impide leer la cuestión de la dominación únicamente como relación entre Estados: también es un problema de autolimitación del gobernante. Un poder que se exime sistemáticamente del marco normativo que exige a los demás, cae en arbitrariedad, aunque invoque bienes superiores.

6. Imperialismo hegemónico: el caso de Estados Unidos e Irán 

La aplicación de los conceptos clásicos en la teoría moderna debe evitar dos errores: el anacronismo directo y la neutralización abstracta. El primer error consistiría en atribuir a Platón o Aristóteles un análisis del capitalismo monopolista o de la arquitectura del dólar; el segundo, en reducirlos a una ética general sin filo político. La mediación correcta pasa por identificar homologías funcionales. La pleonexia platónica y aristotélica no es un concepto idéntico al de “finanzas globales”, pero sí un patrón de apropiación desmedida; la crítica del gobierno para el beneficio del amo no es equiparable a “hegemonía estadounidense”, pero sí un criterio normativo para distinguir liderazgo de dominación; la crítica de la retórica como productora de creencia sin saber, no es comunicación estratégica contemporánea, pero permite analizar su lógica.

Hobson es útil para mostrar que el imperialismo puede ser económicamente funcional para sectores concretos y políticamente costoso para la colectividad. En relación con Irán, esta lente explica bien la centralidad del petróleo, las finanzas y la disciplina de mercados, pero no basta para entender por qué Estados Unidos adopta a veces políticas que cierran incluso oportunidades comerciales para sus propias empresas a cambio de objetivos estratégicos más amplios. Lenin agrega el vínculo entre monopolio, capital financiero, exportación de capital y reparto de áreas de influencia; su utilidad para el caso iraní está en mostrar cómo la coerción económica puede convertirse en instrumento sistémico de competencia interestatal, aunque su esquema sea menos apto para captar la dimensión normativa y securitaria del expediente nuclear.

Gramsci y Nkrumah resultan especialmente productivos. Gramsci enseña que la hegemonía no es mera imposición material, sino dirección intelectual y moral sostenida por instituciones y por un sentido común que naturaliza el orden. Nkrumah, por su parte, subraya que la dominación puede operar sin bandera colonial, mediante deuda, dependencia, inversión, asistencia, técnica y control indirecto. Cuando se traslada esto a la política estadounidense hacia Irán, aparecen con nitidez el papel del sistema financiero dolarizado, de las sanciones secundarias, de las coaliciones diplomáticas, de la narrativa de estabilidad regional y de la función pedagógica de ejemplos punitivos. La hegemonía no necesita ocupar Teherán para disciplinar el entorno iraní.

La hegemonic stability theory captura otra dimensión: una potencia dominante presenta su primacía como condición para suministrar bienes públicos internacionales, desde seguridad marítima hasta reglas del sistema. Esa teoría ayuda a comprender por qué Washington justifica repetidamente sus acciones en torno al Estrecho de Ormuz, el Mar Rojo y la no proliferación nuclear. Sin embargo, sus límites aparecen cuando el bien público alegado se reparte de manera muy desigual o cuando el proveedor se reserva excepciones normativas sistemáticas. Ahí es donde vuelve a ser necesaria la corrección clásica: una hegemonía que no admite medida ni reciprocidad cae fuera del bien común y se acerca a la dominación.

El neorrealismo permite explicar muchas decisiones estadounidenses sin necesidad de moralizar. Irán es una potencia regional con capacidades misilísticas, red de aliados armados, ambición de supervivencia del régimen y potencial de umbral nuclear; Estados Unidos protege aliados, bases, flujos energéticos y su credibilidad regional. Desde este ángulo, el golpe de 1953 fue anti-soviético, las sanciones son herramientas de contención, el JCPOA fue una forma de congelar el riesgo nuclear, y los ataques de 2025–2026 responden a una lógica de disuasión y degradación de capacidades. Todo esto tiene poder explicativo, pero muy poca capacidad crítica. Para saber si esa lógica es prudente o legítima hay que reintroducir a Platón y Aristóteles.

El constructivismo completa el cuadro al recordar que la anarquía no dicta una única conducta. La enemistad entre Washington y Teherán no es mera suma de capacidades; está codificada por la memoria de 1953, la revolución de 1979, la “Gran Satán” iraní, el “axis of evil” estadounidense, el martirio de Soleimani, el expediente nuclear y las batallas regionales por representación. La identidad revolucionaria iraní y la identidad de garante del orden que asume Estados Unidos se coproducen mutuamente. En esa espiral, cada episodio coercitivo confirma el relato del otro. El resultado es una trampa de reconocimiento negativo: ambos actores se estabilizan reproduciendo la amenaza recíproca que dicen gestionar.

7. Recapitulación del conflicto histórico entre Estados Unidos e Irán, con vistazos a las teorías políticas de Platón y Aristóteles

El expediente estadounidense hacia Irán tiene un punto de origen ineludible: 1953. La serie FRUS sobre Irán para 1951–1954 documenta la planificación e implementación de la operación TPAJAX, y los archivos desclasificados de la CIA confirman la ruta hacia la acción encubierta contra el gobierno de Mohammad Mosaddegh. Para la memoria política iraní, este episodio no es un antecedente lejano; es la prueba originaria de que Washington recurre a la soberanía iraní de forma instrumental cuando ésta desafía intereses energéticos, estratégicos y de alineamiento occidental. A nivel teórico, 1953 encaja de modo particularmente claro con una lectura que combina a Hobson, Gramsci y Platón: intereses estratégicos y económicos, legitimación anticomunista y subordinación de la legalidad a la eficacia.

La revolución de 1979 no sólo rompe una alianza; invierte la estructura simbólica de la relación. El propio Office of the Historian resume que Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas el 7 de abril de 1980 tras la toma de la embajada en noviembre de 1979, y que esas relaciones siguen rotas, con Suiza como potencia protectora. Desde entonces, la política estadounidense pasó a combinar hostilidad estratégica, sanciones y episodios de negociación instrumental. El CRS recuerda que las primeras sanciones amplias surgieron precisamente durante la crisis de los rehenes y que el entramado sancionador actual es el producto acumulado de más de cuatro décadas de acción legislativa y ejecutiva.

En 1984 Washington designó a Irán como Estado patrocinador del terrorismo, y durante la “tanker war” de 1987–1988 la rivalidad incorporó ya componentes navales y de libertad de navegación que reaparecerán con fuerza en 2024–2026. Aristóteles es útil aquí: cuando la seguridad marítima se convierte en fin autosuficiente y no en medio para la paz, la lógica de la guerra comienza a devorar la lógica de la política. No es casual que el Estrecho de Ormuz haya sido una y otra vez el nudo donde convergen hegemonía, economía y legitimidad.

El gran laboratorio de contención institucionalizada fue el JCPOA. La resolución 2231 del Consejo de Seguridad respaldó en 2015 el acuerdo entre Irán y el E3/UE+3, y el OIEA confirmó en enero de 2016 que Irán había dado los pasos requeridos para el “Implementation Day”, iniciando el régimen de verificación más robusto aplicado entonces a un programa nuclear nacional. Para el argumento de este estudio, el JCPOA es crucial porque muestra que incluso una relación marcada por décadas de coerción puede reconfigurarse temporalmente mediante reciprocidad verificable. Ese momento se acerca mucho más al ideal aristotélico de una arquitectura institucional orientada al bien de la comunidad internacional que a una pura subordinación despótica.

La salida estadounidense del JCPOA en mayo de 2018 y la plena reimposición de sanciones en noviembre del mismo año revirtieron esa lógica. El Departamento del Tesoro dejó claro que el presidente había cesado la participación de Estados Unidos en el acuerdo y había ordenado reimponer todas las sanciones levantadas o suspendidas en conexión con él. Desde una perspectiva platónica, el problema no es sólo que se haya usado un medio coercitivo, sino que se haya destruido una estructura de conocimiento compartido y verificación que justamente limitaba la persuasión unilateral. Desde el prisma de Gramsci y Nkrumah, además, la sanción no es únicamente castigo: es una forma de gobernanza indirecta que ordena el comportamiento de terceros Estados y empresas a través del sistema financiero y del riesgo regulatorio.

El asesinato de Qasem Soleimani en enero de 2020 marcó el retorno pleno de la lógica de fuerza directa. El Departamento de Defensa lo justificó como “acción defensiva decisiva” para proteger al personal estadounidense y disuadir futuros ataques. Independientemente de su justificación táctica, el episodio revela un patrón: cuando la disuasión se personaliza y dramatiza, la política exterior se mueve desde el control institucional del riesgo hacia una gestión excepcional del enemigo. Platón habría reconocido aquí la tentación caliclea de la eficacia sin medida; Aristóteles, el deslizamiento de una prudencia política hacia un mando que se aproxima a la racionalidad despótica cuando el cálculo del gobernante domina sobre la reciprocidad jurídica.

El año 2024 reordenó de nuevo el expediente. Tras el ataque directo de Irán contra Israel en abril, el Departamento de Estado anunció nuevas sanciones contra el programa de drones iraní y sectores industriales vinculados al CGRI. Paralelamente, CENTCOM encadenó ataques contra infraestructuras hutíes, presentándolos como defensa de la navegación internacional frente a una milicia respaldada por Irán. En términos analíticos, esto desplazó el centro de gravedad desde el expediente nuclear hacia una política de contención regional integrada: Irán aparece no sólo como Estado rival, sino como nodo de una red de actores que amenazan rutas, aliados y bases.

Sin embargo, 2025 abrió una breve ventana diplomática. El CRS de mayo de 2025 informa que la segunda Administración de Trump restableció la “maximum pressure” mientras se abrían conversaciones nucleares con Irán; la Casa Blanca confirmó el 13 de abril que Steve Witkoff y Abbas Araghchi mantuvieron en Muscat conversaciones “muy positivas y constructivas”, y Reuters registró nuevas rondas en abril y mayo. Este doble movimiento (máxima presión y negociación) es característico de la hegemonía coercitiva contemporánea: el hegemón no escoge entre fuerza y diplomacia, sino que intenta calibrarlas simultáneamente para producir un acuerdo desde la asimetría.

La ventana se cerró violentamente en junio de 2025. La cronología del OIEA registra ataques contra instalaciones nucleares iraníes y un fuerte deterioro de la seguridad y la monitorización nuclear. En paralelo, fuentes de Reuters informaron que Estados Unidos golpeó tres instalaciones y que posteriormente surgieron evaluaciones divergentes sobre el alcance del daño: desde afirmaciones de “obliteración” hasta estimaciones de que el programa había sido retrasado sólo unos meses o, en el mejor de los casos, de manera desigual según instalaciones. Esta disputa es decisiva filosóficamente. Platón enseña que la retórica del éxito puede independizarse del conocimiento real; Aristóteles recordaría que la prudencia política exige deliberar con hechos, no con autocelebración.

Los informes y declaraciones del OIEA tras esos hechos muestran un escenario aún más preocupante: interrupción de inspecciones, pérdida de continuidad de conocimiento y persistencia de material altamente enriquecido. Informaciones posteriores recogidas por AP y Reuters indicaron que la Agencia seguía sin poder verificar plenamente el estado del uranio enriquecido y que Irán poseía alrededor de 440,9 kg de uranio enriquecido al 60% antes de los ataques; una cantidad con enorme relevancia estratégica si se enriqueciera más. El caso ilustra una paradoja clásica: la fuerza puede destruir infraestructura, pero difícilmente reemplaza la arquitectura de verificación que hacía inteligible el riesgo.

Septiembre de 2025 reintrodujo además un factor jurídico-institucional de primer orden: el “snapback” de sanciones. La ONU informó que, tras la activación por el E3 del mecanismo previsto en la resolución 2231 y la no aprobación de una resolución para mantener el levantamiento de sanciones, las sanciones previas volvieron a aplicarse el 27 de septiembre de 2025; la UE reimpuso después medidas restrictivas en relación con la proliferación nuclear iraní. El episodio es importante porque muestra que la infraestructura del acuerdo de 2015 no murió simplemente por abandono, sino que fue reabsorbida por un orden de coerción jurídica renovado, aunque controvertido por algunos Estados respecto a su validez procedimental.

A 1 de mayo de 2026, el cuadro es todavía más inestable. Reuters informó que las hostilidades entre Estados Unidos e Irán que comenzaron el 28 de febrero de 2026 habían sido interpretadas por la Administración Trump como “terminadas” a efectos del plazo de la War Powers Resolution debido a una tregua iniciada a comienzos de abril (interpretación discutida en el Congreso). La ONU y UNCTAD describieron en abril un estrecho de Ormuz en gran medida paralizado o “prácticamente cerrado”, con graves efectos sobre energía, fertilizantes, precios y comercio mundial; al mismo tiempo, reportes de AP y Reuters mostraban una reapertura parcial anunciada por Irán a mediados de abril y nuevas propuestas de negociación transmitidas vía Pakistán y Omán a finales de abril y comienzos de mayo. La forma precisa del equilibrio es, por tanto, inestable: tregua sí, cierre pleno no sostenido en todo momento, pero disrupción estructural todavía real y con efectos globales muy visibles.

8. Consideraciones ético-políticas sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán

Dos comparaciones ayudan a precisar el caso. La primera es Chile entre 1969 y 1973. El volumen XXI de FRUS sobre Chile documenta expresamente “Two Tracks: U.S. Intervention in the Confirmation of the Chilean President” y presenta el foco del gobierno estadounidense sobre la elección de Allende y el golpe de 1973. La analogía con Irán 1953 no significa identidad causal, pero sí continuidad en una forma de poder que intenta moldear resultados soberanos adversos sin asumir de entrada una ocupación abierta. En ambos casos, lo que desde Washington aparece como “estabilidad” o “contención” aparece desde el país afectado como negación de autonomía política.

La segunda comparación es Irak en 2003. El Office of the Historian resume la invasión liderada por Estados Unidos y la creación de la Coalition Provisional Authority tras la caída de Bagdad. La diferencia con Irán es instructiva: mientras Irak muestra la forma extrema de intervención y administración directa postbélica, Irán revela la preferencia por una dominación de baja visibilidad institucional y alta intensidad coercitiva. Es decir, menos ocupación territorial, más asfixia financiera, operaciones puntuales y presión regional. Esto confirma que el término “imperialismo” sigue siendo pertinente, pero sólo si se entiende en sentido estructural y no como mera repetición del colonialismo clásico.

Desde Platón, la evaluación moral del expediente estadounidense es severa. La larga serie que va de 1953 a 2026 muestra una constante tentación de traducir el interés del más fuerte en lenguaje de necesidad histórica, seguridad compartida o defensa del orden. A veces ese lenguaje describe riesgos reales; otras veces los amplifica y los reorganiza para convertir una asimetría material en una legitimidad casi automática. El Gorgias es aquí especialmente incisivo: la persuasión sin conocimiento puede movilizar audiencias, aliados y organismos, pero no sustituye al saber prudencial sobre fines y consecuencias. La evidencia del JCPOA ilustra precisamente el coste de abandonar una forma institucionalizada de conocimiento mutuo por una política de presión expansiva.

Desde Aristóteles, la pregunta decisiva es si la política de Estados Unidos hacia Irán ha operado principalmente para un bien común internacional verificable o para la ventaja estratégica del propio hegemón y de su sistema de alianzas. La respuesta más honesta es mixta. Hay bienes públicos reales en juego (no proliferación, seguridad de navegación, contención de ataques contra civiles y buques), pero el patrón de instrumentación revela una profunda asimetría en la definición de reglas, en la distribución de costes y en la capacidad de excepción soberana. Cuando un actor decide unilateralmente cuándo la verificación es suficiente, cuándo la negociación vale, cuándo las sanciones son legítimas y cuándo la fuerza puede suplir a la institucionalidad, su relación con el orden se acerca más al mando despótico que al político.

Conviene, no obstante, evitar una simplificación inversa. El régimen iraní no ha sido mero receptor pasivo de coerción; ha desplegado redes armadas regionales, ha reducido cooperación con el OIEA, ha instrumentalizado corredores estratégicos y ha utilizado la disuasión asimétrica como forma de negociación. Un análisis serio no convierte al dominado en inocente por definición. Lo que distingue dominación e imperialismo no es la santidad del otro, sino la estructura de asimetría, capacidad de fijar agenda y facultad de imponer costes a gran escala con escasa reciprocidad. Estados Unidos no domina porque Irán sea virtuoso; domina en la medida en que puede hacer del desacuerdo iraní un problema sistémico administrado desde su propia posición ventajosa.

Las conclusiones de política pública que se siguen son pragmáticas y no maximalistas. Primero, cualquier estrategia estable exige reconstruir verificación nuclear y continuidad de conocimiento del OIEA; destruir instalaciones no sustituye inspecciones. Segundo, la seguridad marítima en Ormuz debe desacoplarse en lo posible de la lógica de castigo indiscriminado, porque su cierre o bloqueo parcial tiene efectos globales severos sobre precios, fertilizantes y deuda en economías vulnerables. Tercero, las sanciones sólo son estratégicamente racionales si están subordinadas a una vía creíble de levantamiento condicional; de lo contrario, producen adaptación defensiva y refuerzan a los sectores más duros del régimen. Cuarto, la Administración estadounidense debería someter con mayor claridad el uso de la fuerza a control congresual y a reglas multilaterales, no sólo por legalidad sino por prudencia: la excepción permanente erosiona la legitimidad del orden que pretende sostener. Quinto, cualquier arquitectura futura debe incluir una dimensión regional; Irán no es sólo un expediente nuclear, sino un actor inserto en una ecología de seguridad del Golfo, Irak, Siria, Líbano, Yemen e Israel.

9. Finalmente, ¿cómo aplicar las teorías políticas de Platón y Aristóteles a nuestro presente?

La respuesta a la primera pregunta de esta investigación es que Platón y Aristóteles conciben la dominación no como una mera superioridad fáctica, sino como una desviación del gobierno cuando éste deja de orientarse a la verdad, a la justicia y al bien común. Platón es más agudo para identificar la instrumentalización retórica del poder y la reducción de la justicia a interés del más fuerte. Aristóteles es más preciso para distinguir entre mando político y despótico, y para subordinar la guerra a la paz. Ambos, sin embargo, dejan un legado ambivalente: Platón produce una crítica fuerte de la política de apariencia; Aristóteles, a la vez que critica la dominación universal, conserva justificaciones jerárquicas que pueden alimentar gramáticas imperiales posteriores.

La respuesta a la segunda pregunta es que la mejor cartografía conceptual del problema no es monista. Hobson y Lenin explican la dimensión material; Gramsci y Nkrumah la dominación indirecta y la producción de consenso; la hegemonic stability theory la autocomprensión del hegemón como proveedor de orden; el neorrealismo, la lógica dura de seguridad; y el constructivismo, la persistencia de la enemistad y de la memoria. Lo decisivo es que el lenguaje clásico permite evaluar normativamente estas teorías: no basta describir mecanismos; hay que preguntar por el fin del poder y por sus formas de autolimitación.

La respuesta a la tercera pregunta es que la conducta estadounidense en Irán entre 1953 y 2026 se entiende mejor como una hegemonía coercitiva de rasgos neoimperiales que como un imperialismo de anexión. Su instrumento distintivo han sido las sanciones y la arquitectura financiera; su recurso complementario, la acción encubierta y la fuerza episódica; su justificación pública, la no proliferación, el contraterrorismo, la seguridad de aliados y la libertad de navegación; su límite estructural, la dificultad para transformar coerción en orden estable sin reconstruir una base de reciprocidad verificable. Cuando Estados Unidos opera dentro de marcos de verificación y legalidad negociada, su comportamiento se aproxima a una hegemonía regulada. Cuando rompe esos marcos y produce excepciones unilaterales, se acerca a una dominación que los clásicos considerarían políticamente desviada y estratégicamente imprudente.

Persisten, no obstante, tres límites abiertos. El primero es empírico: el daño exacto causado por los ataques de junio de 2025 al programa nuclear iraní sigue siendo objeto de evaluaciones divergentes. El segundo es jurídico: la validez y los efectos del “snapback” de 2025 fueron disputados por varios Estados incluso después de su activación formal. El tercero es coyuntural: a 1 de mayo de 2026, la tregua y el estado operativo de Ormuz siguen siendo fluidos, por lo que cualquier conclusión sobre la nueva arquitectura regional debe permanecer provisional. Estos límites no invalidan la tesis presentada; la vuelven más rigurosa, porque recuerdan que una filosofía política aplicada a la geopolítica debe ser conceptualmente firme y empíricamente sobria.

10.  Lo que podemos aprender de la circularidad de la historia

En última instancia, el recorrido nos devuelve al punto de partida: al problema del tiempo histórico. Habíamos comenzado preguntándonos si la historia avanza como una línea ascendente o si, más bien, retorna sobre sí misma bajo formas renovadas. Tras atravesar a Platón, Aristóteles, Tucídides, la teoría moderna del imperialismo y el caso estadounidense-iraní, la respuesta no puede ser ingenuamente progresiva. El mundo no parece haber superado las formas antiguas de dominación; las ha traducido. Ya no siempre conquista territorios, pero disciplina economías. Ya no siempre impone procónsules, pero condiciona soberanías. Ya no siempre declara imperios, pero distribuye jerarquías. Cambian los nombres, los instrumentos y los lenguajes; permanece, sin embargo, la vieja pregunta por quién manda, con qué fin manda y bajo qué medida puede llamarse justo ese mandato.

La filosofía clásica no nos ofrece una nostalgia arqueológica, sino una gramática de discernimiento. Su valor no reside en que Platón o Aristóteles hubieran previsto sanciones secundarias, corredores marítimos, arquitectura financiera global o programas nucleares, sino en que supieron formular una cuestión anterior a todas esas mediaciones: si el poder está ordenado al bien común o si convierte su propia ventaja en criterio de justicia. Ahí se juega todavía el núcleo de la dominación. Todo orden político, también el internacional, necesita alguna forma de dirección, de autoridad y de estabilidad; pero esa dirección degenera cuando deja de reconocer límites, cuando convierte al otro en objeto administrable y cuando se arroga para sí la excepción que niega a los demás.

Por eso el caso de Estados Unidos e Irán no debe leerse sólo como una secuencia diplomática, militar o energética. Es también una escena filosófica. En ella se ve cómo una potencia puede oscilar entre la función ordenadora y la tentación despótica; cómo un régimen subordinado o presionado puede responder mediante resistencia, cálculo y violencia indirecta; y cómo la ausencia de reciprocidad convierte la seguridad en círculo vicioso. La coerción produce amenaza, la amenaza justifica nueva coerción, y así el poder confirma el mismo peligro que pretendía neutralizar. La historia, entonces, no avanza hacia una reconciliación necesaria: gira alrededor de pasiones políticas persistentes: miedo, honor, interés, resentimiento, ambición, que los antiguos conocieron con una claridad difícil de mejorar.

Pero reconocer la circularidad no significa resignarse. La repetición no es destino mecánico; es advertencia. Precisamente porque ciertas dinámicas vuelven, pueden ser reconocidas, nombradas y moderadas. Ahí reside la enseñanza más prudente de este estudio: la política no se salva por grandes relatos de progreso inevitable, sino por instituciones capaces de contener la desmesura, por formas de deliberación que no sustituyan el conocimiento por propaganda, por una justicia que mida la fuerza y por una paz que no sea simple pausa táctica entre dos momentos de violencia.

Así, el final vuelve al inicio. Creímos durante mucho tiempo que el pasado quedaba atrás, que los imperios antiguos eran ruinas y que la modernidad había inventado una racionalidad superior. Sin embargo, bajo la superficie técnica del presente reaparecen estructuras muy viejas: mando y obediencia, centro y periferia, guerra y paz, ley y excepción, bien común y ventaja del más fuerte. La tarea filosófica consiste en mirar esas recurrencias sin cinismo y sin fe ciega. Ni todo está condenado a repetirse igual, ni todo progresa por el mero paso del tiempo. La historia es un movimiento circular abierto: vuelve, pero nunca exactamente del mismo modo; enseña, pero sólo a quien sabe leer sus retornos.

Por eso estudiar a Platón y Aristóteles ante el imperialismo contemporáneo no es un ejercicio erudito, sino una forma de vigilancia. Nos obliga a preguntar si el orden que se invoca es verdaderamente común o sólo la forma noble de una conveniencia particular; si la guerra se subordina a la paz o si la paz se convierte en justificación de la guerra; si la hegemonía contiene la desmesura o la organiza. Y, sobre todo, nos recuerda que ninguna potencia, ningún Estado y ningún régimen quedan absueltos por el simple hecho de narrarse a sí mismos como necesarios. Donde el poder pierde medida, la política se corrompe. Donde la justicia se confunde con la fuerza, la ciudad, o el mundo, empieza de nuevo su decadencia.

La historia, entonces, no termina: retorna como examen. Y cada generación debe decidir si repite ciegamente el ciclo de la dominación o si aprende, por fin, a gobernar la fuerza antes de ser gobernada por ella.

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Ximo Palau Marzá

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona con una estancia en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente está cursando el máster de Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional Española a Distancia. Colaborador en la página web de cultura catalana llegir.cat.

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