Historia de color
Empecé a ver el mundo de amarillo. No recuerdo cuándo comenzó; tengo memoria de despertar un día y notar que todo era monocromático. Traté de actuar con normalidad; pensé que no podía ser grave, que recién abría los ojos, y todas las bobadas consoladoras a las que uno recurre cuando está asustado y no tiene claro a qué le teme. ¿Estaba enfermo? No; me sentía normal. Me lavé la cara, intentando distraerme, mientras pensaba en una noticia que escuché el día anterior; algo sobre la Inteligencia Artificial y un consumo ingente de agua para refrigerar nosequé y crear imágenes de gente convertida en animaciones. Qué locura. Pero la indignación se fue apenas me sequé la cara y volvió el miedo. Al mirarme al espejo, amarillo. Como un bebé con ictericia. Caminé mecánicamente a la cocina, con la cabeza en una nube; me debatía entre el terror onírico de quien amanece en un mundo extraño y el escalofrío terrenal del que extraña el mundo normal. Desbloqueé la pantalla del teléfono para ver la hora pero me distraje deslizando y viendo notificaciones. No sé en qué momento hice café pero tenía una taza en la mano. Me obligué a tomarlo y, en la medida de lo posible, disfrutarlo. Había oído recientemente que el calentamiento global nos va a dejar sin café en unos años. Desde ese día tomo café cada mañana.
Tuve una jornada normal. Eso me inquietó y tranquilizó a partes iguales. Internet me informó de unos diez posibles trastornos, tanto físicos como mentales, que podrían ser la causa de mi problema. En la calle seguí a la multitud; esperaba a que otros empezaran a cruzar para hacerlo yo también. No quería mirar al semáforo; me ponía ansioso. ¿Qué vería?
En la oficina todo era como de costumbre. Pero amarillo. Un escritorio, cuatro computadoras con sus respectivas personas. Era mejor que recortaran en comodidades y no en personal. El aire acondicionado estaba muy frío. Eso me recordó a un artículo que leí sobre micromachismos, donde decían que las mujeres eran más friolentas que los hombres, y que el hecho de tener muy frío el ambiente en las oficinas era un micromachismo. Mis compañeros apenas notaron mi presencia; miraban una pantalla y después otra, del ordenador al teléfono, sin contacto visual. Mejor así; no quería verles los ojos. Eran caricaturas, horribles de ver; su color antinatural me desesperaba. Excepto por uno, que tenía un tono cobrizo que me llamó la atención. Recordé que había estado de viaje recientemente y seguro se había tostado un poco. Sí, era eso, seguro, porque en las fotos del viaje siempre estaba en la playa.
Tuve una idea. Con el teléfono en mano, recordé que por las noches uso el filtro nocturno; ese que deja la pantalla amarillenta y filtra algo llamado luz azul, creo. Lo leí en algún lado. El caso es que, ¿si ponía un filtro amarillento, qué pasaría? ¡Eureka! Se veía todo como de costumbre. Lo primero que busqué fueron fotos. ¡Las personas se veían saludables y agradables! Fue cambiar una pesadilla por un sueño placentero. Me costó sacar los ojos del móvil y mirar los rostros cetrinos que me rodeaban. Pero pude sobrellevar el turno gracias a miradas furtivas a la pantalla que tenía casi todo el tiempo en la mano.
El viaje a casa fue un delirio. La noche amarilla es vomitiva. No sé bien cómo explicarlo, pero todo sonaba amarillo en ese punto. Me di un par de porrazos por ir con los ojos fijos en el teléfono, pero llegué sin mayores inconvenientes. Me tapé los oídos, cerré los ojos y respiré hondo. Y seguí. Me bañé rápido, comí una carne descolorida con un arroz que parecía tener azafrán y, para terminar el día, después de mirar videos cortos y titulares en portales —donde caí en algún bait—, me apoltroné en el sillón arenoso, me froté los ojos y agarré el libro. Un terror súbito me aceleró el corazón. ¿Qué vería?
Miré la portada. Monocromática. El mito de Sísifo, leí. Lo abrí con los ojos cerrados. Pincé las páginas y fui hasta donde estaba el marcador. Miré. El equilibrio de evidencia y lirismo…, leí. Se me cayó una lágrima. Estaba escrito en blanco y negro.








