Metavillanos del cine contemporáneo: los woke y otras «amenazas»
Los buenos viejos tiempos
Sentado ante una mesa del café junto a la plaza, se le puede ver a don John Smith contemplando la cartelera que se eleva a unos metros de distancia. Recuerda aquella vez que llevó al cine a su primer y único gran amor: una joven y bella rubia de ojos azules que le hacía estremecer el corazón, pero a la que dejaría algún tiempo para irse a la marina. Habrían de ver Lo que el viento se llevó con la ya legendaria Vivien Leigh. “Entonces había buen cine”, musita John, “ya no se hacen películas como esas”, y deja caer una lágrima que, a pesar de sus esfuerzos, no logra contener, pues el recuerdo le conmueve hasta los huesos. También rememora al abuelo, quien le contaba historias sobre sus antepasados que tuvieron la fortuna de vivir “los heroicos tiempos texanos, ¡cuando Texas era grande!”. Pero la vida les arrebató aquello, como arrebata todo lo que es bueno. “Los buenos viejos tiempos”.
Allá dentro del cine, un joven de nombre Brandon que podría ser nieto de don John hace fila para ver el estreno de Scary Movie. Si el veterano le echa un vistazo a esta película ha de corroborar, para su infortunio, que el cine está en decadencia, pues “no puede ser que algunas cosas que antes eran cuestión de principios ahora sean objeto del llamado “humor negro”; ¿qué hicieron estos degenerados productores a Hollywood?.Las películas estrenadas unos veinte años antes”, se dice don John, “conservaban algunos buenos valores o, por lo menos, estaban lejos de los «vicios antiamericanos» de homosexualidad y comunismo[1] que ya empezaban a parasitar a la sociedad. En esos tiempos le eras infiel a tu mujer o, a lo mucho, le pegabas si se lo ganaba, pero eran cosas que se tenían que hacer, propias de la naturaleza del hombre, y, después de todo, ¿qué sería del hombre sin su naturaleza?”.
“¿Cómo olvidar a héroes de la talla de Wayne o, ya de perdida, Bruce Willis, Mel Gibson y Sylvester Stallone”?. Ellos, fieles a los principios de soberanía y libertad de don John, se enfrentaban a poderosos —mas no invencibles— súper villanos árabes, soviéticos y japoneses, o a la mafia de algún país latinoamericano cuyos miembros, por una razón que poco importa, hablaban un español que parecía recién aprendido. En ocasiones, dichos héroes eran acompañados por un fiel amigo afroamericano o enamoraban a una chica del “tercer mundo”. Pero para Brandon, en las postrimerías del siglo veinte, esos ya son tiempos remotos; en el umbral del tercer milenio ya se deja ver la valentía de Will Smith o Wesley Snipes en las respectivas Men In Black y Blade. Cómo cambiaron los tiempos; antes, un solitario Bruce Lee, un caso aislado, era quien rompía el estereotipo del héroe hollywoodense.
Desde luego que al joven Brandon no le escandaliza el cine dosmilero, y supongamos que a don John tampoco; pero si este par vive unos veinte años más, posteriores al estreno de Scary Movie, serían testigos de una gran “calamidad”: que los villanos ya no permanecen en la imagen; que trascienden la pantalla para importunar a los incautos espectadores, obligándolos a protagonizar una verdadera distopía audiovisual; que peligran los buenos viejos tiempos.
Choque de generaciones. El archienemigo toma ventaja
Con la popularización del internet comercial el debate público se hace global; tiene lugar una conversación que permite espectadores de cualquier parte del mundo con acceso a la red. Eventualmente, las comunidades marginalizadas que luchaban por sus derechos —mayoritariamente— en las calles, poco a poco adquieren protagonismo en el ciberespacio[2], donde una comunicación bidireccional permite intercambiarideas y crear un discurso colectivo[3]. La conversación deja la sombra para tornarse un evento masivamente observable.
Un Brandon, devenido en eufemista, ya en dos mil veintitantos afirma que el fenómeno mencionado alienta a las productoras a expandir su target; es decir, a decrementar protagónicos solo identificables con determinados públicos, para así darle mayor proyección a personajes que representen a grupos históricamente marginados; frente a su mirada, es desnormalizar la normalidad para normalizar la anormalidad.
El asunto ha sido objeto de conversación y debate en redes sociales; tiene tantos apoyadores como detractores. Y es aquí donde Z. entra en escena. Del mismo modo en que a Brandon no le incomodaron las películas de su época, a Z. no le causa la menor molestia el cine de sus días. La postura de Z. se torna problemática en el momento en que Brandon observa villanías nunca vistas o que, al menos, no eran tan notorias. Emerge, pues, el antagonista que pone a las viejas audiencias al borde del asiento y que provoca una conmoción no vista desde El Exorcista de Friedkin.
Ante los alarmados ojos de Brandon, Z. no actúa en solitario; cual thriller de zombis, lo acompaña una horda de similares portando un arma tan “perniciosa y despreciable” como la que evitó, cruel e injustamente,que personas “de bien” pudieran tomar tranquilamente una merecida copa de champaña viendo El discreto encanto de la burguesía de Buñuel, o como la que causó que esas mismas personas de bien tuvieran que tolerar el mal olor de “los otros” contemplando el Parasite de Bong Joon-ho: nada más y nada menos que ¡la ideología! Un disparate que, en la opinión de Brandon, los cineastas se sacaron del orto los últimos años y que, por Dios Santo, debería ser erradicado.
Observemos a Brandon —ahora de más o menos treinta años— sentado en una butaca a la mitad de la última fila de una sala de cine, esperando inocentemente a que inicie el live action de la caricatura que marcó su niñez. Inusitadamente, la pantalla muestra escenas donde personajes que no deberían ser verdes, son verdes, y donde personas que no deberían besarse, se besan. La perplejidad de Brandon ante dicho giro de tuerca se torna en cólera, y piensa que jamás había presenciado semejante villanía en una película; para él, no está nada bien sobrepasar los límites que estableció Thanos en The Avengers; no está bien tanto desequilibrio entre lo bueno y lo malo. Concluye que debe haber algún desquiciado por ahí saboteando el espectáculo, y como si de pronto hubiera sido inspirado por el espíritu de John Smith, se pone una capa imaginaria y sale del edificio en busca de justicia.
Brandon, el héroe, pone doble seguro a la puerta y baja los peldaños rumbo al sótano que acondicionó en casa de su madre. Tras una ardua investigación en internet descubre que sus sospechas eran más que ciertas, pues los supervillanos a los que está por enfrentarse no solo trascienden la pantalla, sino que tienen nombre: los woke, también conocidos como progres. Portadores de ideología, “enfermedad” del siglo XXI que vino a coartar las “libertades edificadas durante siglos”.
Para mucha gente, son una estafa los libros sobre lenguaje cinematográfico, pues mienten cuando dicen que la ideología forma parte de una película. Poco importan esos textos para Brandon; tal vez ni siquiera los conozca (y no tiene por qué); si acaso los conoce muy seguramente discrepa y, cual as bajo la manga, elabora una paráfrasis de Kapuściński donde asegura que el cine dejó de ser importante cuando se descubrió que la ideología era un negocio, o algo por el estilo. Una artimaña mercadotécnica de Netflix o de Zack Snyder. Para Brandon, no existieron El lugar sin límites, The Rocky Horror Picture Show ni The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert; tampoco Pink Flamingos o Boys don’t cry, y mucho menos aquella “blasfemia” a la que llaman The Last Temptation of Christ, donde Jesús de Nazaret es todo menos un hijo de Dios.
Difícil batalla la que Brandon libra en su cuartel secreto. Los woke son muchos, muchísimos, desde su perspectiva débiles como el cristal, aunque lo suficientemente fuertes para destruir las tradiciones y lograr que su eco llegue hasta oídos del ofendido: “¿Qué? ¿Dijeron ‘homofobia’? ¿‘Clasi-racismo’? ¿‘Resurgimiento del fascismo’? ¡De qué hablan! ¡Qué va! Cuentos del siglo pasado, hay que superar la historia. ¡El enemigo es la progresía!, *se pone derecho y saluda con reverencia a una bandera imaginaria*, que —claramente— no es de colores. Lastimosamente, los buenos viejos tiempos llegaron a su fin”.
Una amenaza mayor
Durante una reunión familiar, Brandon conversa con su primo más joven, quien tiene la edad de Z., o tal vez sea algo menor. Poco a poco, el fantasma del progresismo se deja ver en las palabras del muchacho, aunque esto no es lo que más llama la atención de Brandon, sino la angustia con la que su primo narra la experiencia infame que tuvo unos días atrás: el servicio de internet cayó y, con ello, la mejor escena en su serie favorita. Por un momento, Brandon piensa en molerlo a sapes; “¿cómo es posible que no pueda aguantar unos instantes sin internet?”. Pero algo lo detiene; es una pregunta que aparece de súbito: “¿qué pasaría si lo mismo le ocurre a él, no durante unos minutos, sino durante días, semanas o incluso meses?”. No podría trabajar; tampoco podría ver sus series o películas ni chatear en el whatsapp; se acabaría el porno y perdería acceso a las noticias del antes llamado twitter.
A unos kilómetros de la susodicha reunión, Z. padece la misma calamidad que padeció el primo de Brandon días atrás.¿Cómo ha de buscar la respuesta en el canal de su youtuber favorito si no hay conexión? Así que toma la mochila y sale a las calles, imaginándose como personaje que emprende su aventura en una historia de zombis. The Last Of Us o The Walking Dead. No ve muertos vivientes en el camino, pero en la plaza están Brandon y su joven primo, quienes llegaron justo antes que él. “¿Ustedes tampoco tienen internet?”, les pregunta. La respuesta es afirmativa e inician una tertulia respecto a las posibles causas del problema. Mientras Brandon divaga sobre cuestiones eléctricas, los dos muchachos alertan que ya viene el apocalipsis.
Como era de esperarse, una cosa lleva a otra y acaban enfrascándose en una discusión propia del choque generacional entre millennials, centennials, boomers y cuanta terminología se preste al manoseo. “¿De qué nos quejaremos de las próximas generaciones?”, se preguntan al unísono, como si de pronto hubieran encontrado un despropósito en su enfrentamiento. Y es que ya no alcanzaría el abecedario para denominar a los futuros subversivos; no valdría la pena inventar nuevos apelativos si cae la red mundial, pues ya no sería posible masificar ese nuevo conocimiento. Quedarían varados en un mundo más próximo al de Mad Max de Miller que a las distopías cyberpunk de Matrix o Blade Runner. En este sentido, lo que para van Dijk había sido, en un principio, “el triunfo de los usuarios sobre los medios de comunicación convencionales”[4], pasaría de una nueva forma de control hacia el colapso.
Tal punto de inflexión, por ahora existiendo solo en la mente de nuestros personajes, los insta a unir fuerzas y conformar su Tridente heroico, así oponiéndose a la gran amenaza bajo el convencimiento de que es preferible un Black Mirror que un Mad Max, siendo el primero un infierno menos abrasador que el segundo. También se dicen que lo único peor que ver series y películas ideológicamente opuestas a sus principios es no poder ver nada. “¿Dónde hemos de arrojar este odio que nos carcome?”.
La caída de las comunicaciones[5] —señalada por el Tridente como el súper villano de la película que protagonizan— resultaría más peligrosa que otra pandemia o guerra mundial; más letal que villanos menores como la desinformación o el control ejercido[6] por los medios. Representa un escenario hipotético en el que los tiempos (¿del ciberespacio?) llegan a su fin.
Referencias
Ávila, Raúl. Del bit a las redes sociales: seleccionario de voces de las tecnologías de la información y la comunicación. México: El Colegio de México, 2018.
Beck, Ulrich. La sociedad del riesgo global. España: Siglo XXI de España Editores, 2002.
Fernández, Carolina. “Prácticas transmedia en la era del prosumidor: Hacia una definición del Contenido Generado por el Usuario (CGU).” Cuadernos de Información y Comunicación 19, (2014) 53-67, doi: http://dx.doi.org/10.5209/rev_CIYC.2014.v19.43903
Preciado, Paul B. Pornotopia: Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la Guerra Fría. Barcelona: Anagrama, 2010.
van Dijk, T. La cultura de la conectividad: una historia crítica de las redes sociales. Argentina: siglo veintiuno, 2016. https://es.scribd.com/document/469871997/van-Dijk-La-cultura-de-la-conectividad-pdf.
Notas
[1] Paul B. Preciado, Pornotopia: Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la Guerra Fría, (Barcelona: Anagrama, 2010), 78.
[2] Raúl Ávila, Del bit a las redes sociales: seleccionario de voces de las tecnologías de la información y la comunicación, (México: El Colegio de México, 2016), 31. Ávila define al ciberespacio como el lugar en donde se aloja toda la información del internet.
[3] Carolina Fernández, “Prácticas transmedia en la era del prosumidor: Hacia una definición del Contenido Generado por el Usuario (CGU).” Cuadernos de Información y Comunicación 19, (2014) 53-67, doi:
http://dx.doi.org/10.5209/rev_CIYC.2014.v19.43903
[4] Teun van Dijk, La cultura de la conectividad: una historia crítica de las redes sociales, (Argentina: siglo veintiuno, 2016), 17, https://es.scribd.com/document/469871997/van-Dijk-La-cultura-de-la-conectividad-pdf.
[5] Ulrich Beck, La sociedad del riesgo global, (España: Siglo XXI de España Editores, 2002). ¿Podría una “caída de las comunicaciones” ser uno de los riesgos planteados por Beck?
[6] Mención honorífica a Foucault.









