Filosofía latinoamericana y crítica de la modernidad en Ernesto Sabato y Rodolfo Kusch: alma, suelo y resistencia
Resumen
El presente artículo propone una lectura filosófica de La resistencia (2000), de Ernesto Sabato, en diálogo con el pensamiento de Rodolfo Kusch. Lejos de abordar la obra desde una exégesis literaria estricta, el trabajo se sitúa en el territorio fronterizo entre la filosofía y la literatura, entendiendo la escritura sabatiana como una forma de resistencia espiritual frente a la deshumanización contemporánea. A partir de las cinco cartas que componen La resistencia, se analizan categorías centrales como la pérdida del diálogo, el vértigo de la técnica, la fragilidad de lo humano, la memoria y la esperanza. En ese recorrido, el pensamiento de Kusch adopta la noción de “estar” y de “arraigo al suelo” como claves para comprender una ética situada y comunitaria. El artículo sostiene que, tanto en Sabato como en Kusch, resistir no implica oponerse violentamente al mundo moderno, sino habitarlo con fidelidad a la vida, al cuidado del otro y a los gestos que aún preservan la dignidad humana.
La literatura provoca a la filosofía tanto como ésta puede convertirse en objeto de ficción y creación literaria. (…) Filosofía y literatura —también la ciencia— crean perspectivas que tratan de dar cuenta de la realidad sin tener la certeza de tocarla; la mayoría de las veces son intentos de representar lo irrepresentable a través de instrumentos que intentan ajustarse a tal faena. (Pérez y Bacarlett, 2019, pp. 12-13).
Este trabajo se inscribe en el territorio fronterizo entre filosofía y literatura, ese espacio donde el pensamiento se vuelve palabra encarnada y la palabra se abre a la reflexión sobre el ser. No se trata de “filosofar sobre” una obra literaria, sino de pensar filosóficamente desde ella, reconociendo que la literatura, en su capacidad de despertar lo indecible, puede revelar zonas de sentido que el discurso conceptual no alcanza. La literatura, como la filosofía, interroga el misterio de la existencia, pero lo hace desde la experiencia sensible, desde el temblor del lenguaje.
Ernesto Sabato, en La resistencia, escribe desde esa encrucijada; esto es, no como filósofo académico, sino como un pensador que hace de la escritura un ejercicio espiritual, una forma de resistencia ante la deshumanización contemporánea. Su voz, poética y profética, nace del desencanto con el progreso técnico y de la necesidad de redimir la vida a través del amor, la memoria y la fe en lo humano.
El abordaje de esta obra desde un análisis filosófico se justifica porque el texto, aunque literario en su forma, contiene una ética de la existencia desde la que se despliega su ontología. Sabato problematiza el sentido del ser, el valor de la comunidad, la presencia del otro, la pérdida de lo sagrado y la posibilidad de redención, temas que pertenecen al corazón mismo de la filosofía. Así, la escritura ensayística se vuelve pensamiento, y el pensamiento se hace carne en la palabra literaria.
Leer a Sabato filosóficamente implica escuchar la resonancia ontológica de sus metáforas, su ética del cuidado, su antropología del alma herida. Tanto es así que, al iniciar La resistencia, Ernesto Sabato elige como umbral una frase de Hölderlin que condensa, de modo poético y decisivo, el núcleo de su pensamiento: «El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura herida». No se trata de un mero epígrafe literario, sino de una clave ontológica y espiritual que orienta toda la obra. En ella, el “alma” aparece como el lugar donde el mundo aún puede ser acogido, comprendido y salvado del desgarramiento moderno. Para Sabato, el alma no remite a una entidad abstracta ni a una interioridad evasiva, sino al espacio vivo de la experiencia, del vínculo y del reconocimiento del otro.
Así, pues, encontrar el mundo en un alma significa resistir a la fragmentación, a la cosificación y al aislamiento, restituyendo la posibilidad del encuentro humano en un tiempo dominado por el vértigo y la técnica. Desde las primeras líneas, La resistencia se presenta como una defensa del alma herida del hombre contemporáneo, entendida como el último refugio de lo humano y como el lugar desde donde todavía es posible abrazar a la propia especie en la figura concreta del otro.
Al mismo tiempo, la lectura de La resistencia amerita situarla en diálogo con otros pensadores que, desde nuestra América, han intentado pensar la vida humana desde la experiencia concreta del suelo y la comunidad. Por eso, esta redacción pretende generar una articulación entre Sabato y Rodolfo Kusch, quien en América profunda y Geocultura del hombre americano invita a pensar al ser humano desde el “estar” latinoamericano, desde la contradicción, el miedo, el arraigo y la cultura popular. Ambos autores, desde caminos distintos pero convergentes, encarnan una misma tarea: repensar lo humano desde la interioridad y el arraigo, frente a una modernidad que ha perdido el alma.
Desde esta perspectiva, el presente trabajo se organiza en torno a las cinco cartas que componen La resistencia, de Ernesto Sabato. Cada una será leída como una meditación sobre la existencia, articulando su horizonte ético-espiritual con la filosofía del “estar” propuesta por Kusch.
Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días. (Sabato, 2000, p. 7).
Con estas líneas inicia Sabato su primera carta en La resistencia, carta que lleva por título “Lo pequeño y lo grande”. Desde el comienzo, el autor se sitúa en el territorio del asombro y la fe desesperada, expresando una esperanza que sobrevive en medio de la catástrofe. La palabra “demencial” es aquí, una paradoja llena de luz, pues nombra una esperanza que se sostiene contra toda evidencia, una locura necesaria frente a la cordura del desencanto. ¿No sería esa “demencia” precisamente la forma más lúcida de esperanza, aquella que desafía la racionalidad técnica que pretende domesticar los afectos y los sueños?
Sabato (2000) abre su reflexión con la imagen de un mundo en llamas y expresa que se ha “puesto a escribir casi a tientas en la madrugada, con urgencia, como quien saliera a la calle a pedir ayuda ante la amenaza de un incendio(…)” (p. 7). El gesto es ético y espiritual a la vez. No se trata de un llamado político, sino de una súplica por la salvación del alma humana, una resistencia contra la desintegración del espíritu moderno. Frente a la “amenaza de un incendio” que representa la tecnificación y la masificación del mundo contemporáneo, Sabato rescata lo íntimo, lo frágil y lo cotidiano como los únicos refugios posibles del ser.
El autor diagnostica una crisis radical del diálogo y de la presencia, y lo manifiesta diciendo: «Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida» (2000, p. 8). Este reconocimiento perdido —en la mirada que ya no ve, la palabra que ya no toca—, constituye el núcleo de su crítica al hombre moderno. Lo que se ha roto no es solo el vínculo social, sino la experiencia ontológica del encuentro. La vida humana, dice Sabato, se ha reducido a una existencia espectadora, anestesiada por “una constante intrusión sensorial”, que termina produciendo “una servidumbre mental” (p. 10). ¿Qué clase de humanidad queda cuando el encuentro se convierte en consumo? ¿No será que la pérdida del diálogo es también la pérdida del alma?
Esta crítica puede ponerse en diálogo directo con el pensamiento de Rodolfo Kusch, quien en América Profunda denuncia la imposición del “mito de la pulcritud” y la consiguiente pérdida de contacto con lo real. El sujeto moderno, según Kusch, busca “remediar la suciedad e implantar la pulcritud” (2000, p. 13), pretendiendo un mundo ordenado, sin contradicciones ni hedor; pero, al hacerlo, se aleja de la vida viva, de ese “estar” que se da en medio del caos, de la incertidumbre, del permanente devenir, del dinamismo de lo real y la incertidumbre. Lo que Sabato llama la pérdida del diálogo, Kusch lo llamará la negación del hedor; es decir, la negación del otro y del mundo sensible.
Cuando Sabato escribe que el hombre debe re-valorar el pequeño lugar y el poco tiempo en que vivimos (p. 10), está proponiendo una ética de la proximidad que coincide con la ontología del estar kuscheana. Para Kusch, la existencia americana no se define por el “ser” abstracto, sino por el estar enraizado, por un modo de habitar la tierra desde la experiencia concreta. Ambos autores reconocen en lo pequeño, en el tiempo vivido, en los gestos cotidianos, en la comunidad, la fuente profunda. Y realmente podríamos encontrar aquí la punta de una reflexión crucial en lo que puede llegar a comprenderse: ¿acaso no se vuelve urgente pensar una ética de lo pequeño, de los gestos mínimos, frente a una civilización que idolatra lo inmenso, lo veloz, lo cuantificable?
Sabato agrega: «No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante» (2000, p. 10); y en esta frase sintetiza una ontología del presente que se opone al tiempo lineal del progreso. Mientras la modernidad busca trascender el instante hacia un futuro prometido, tanto Sabato como Kusch coinciden en que la plenitud se encuentra en el aquí y ahora, en el gesto encarnado, en el vínculo sensible con lo inmediato. Pero, ¿será que podemos todavía “ahondar en el instante” cuando el tiempo ha sido capturado por la productividad? ¿Qué lugar queda para la contemplación en una sociedad que mide el valor en función del rendimiento? Kusch afirma que «el suelo simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe tener» (1976, p. 74); por tanto, ese suelo no es solo geográfico, sino existencial, y su pérdida equivale a la pérdida del alma.
Así pues, ambos autores piensan en la fragilidad de lo humano, pero también en su potencia creadora. Sabato (2000) lo expresa con ternura y esperanza cuando refiere que es urgente identificar ámbitos de encuentro que nos rescaten de ser una masa anónima, aislada, frente a la televisión (p. 8). El verbo “reconocer” aquí significa volver a conocer, volver a mirar, volver a sentir. Esta revalorización del encuentro es una forma de resistencia espiritual. Del mismo modo, para Kusch, en su lectura del “estar” americano, resistir es permanecer en medio del caos, convivir con la contradicción sin negarla, como pretende el “pensamiento culto” que —partiendo de una ontología y una lógica distintas a la del “pensamiento popular”—, bajo la racionalidad del concepto estático, obtura la experiencia de la fragilidad, del estar en el hedor de la intemperie. Reconocer… Permanecer… ¿No radicaría allí, en esa posibilidad de re-conocer y de permanecer, la verdadera fortaleza de lo humano?
Sabato, además, advierte que en esa pérdida de humanidad «El hombre se está acostumbrando a aceptar pasivamente una constante intrusión sensorial. Y esta actitud pasiva termina siendo una servidumbre mental, una verdadera esclavitud» (2000, p. 10). En esta denuncia resuena el eco de la crítica kuscheana al intelectual “pulcro”, que mira la miseria del pueblo con distancia moral. Ambos coinciden en que el mal contemporáneo no es solo estructural, sino afectivo, reflejado en la incapacidad de conmoverse. Entonces, ¿qué significa pensar si ya no somos capaces de conmovernos?
Hacia el final de la carta primera, Sabato retoma la esperanza como núcleo de su pensamiento y expresa: «Qué admirable es, a pesar de todo el ser humano (…) Sí, tengo una esperanza demencial, ligada, paradójicamente, a nuestra actual pobreza existencial (…)» (2000, pp. 20-21). La pobreza, lejos de ser un déficit, es aquí posibilidad; desde la carencia puede nacer lo auténtico. Kusch también encuentra en la precariedad americana una sabiduría del estar. En la contradicción, en el miedo y en el hedor, late una verdad que Occidente no comprende. ¿No será, entonces, que la salvación está precisamente en aquello que la cultura dominante desprecia? Ambos autores invierten el sentido de la debilidad: lo que parece miseria es semilla; lo que parece hedor es raíz. Así, podríamos ver que esa necesaria “salvación” del hombre se hallará en lo pobre, en lo débil, en lo marginal.
Sabato (2000) agrega que la vinculación del ser humano con lo sencillo y lo próximo se intensifica en la vejez, cuando comenzamos a despedirnos de los proyectos: y allí recaen los recuerdos de la infancia: un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento, la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito (p. 19). En esos pequeños recuerdos, con una imagen entrañable de lugares del alma, se preserva la continuidad de la existencia frente al olvido. «La memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción» (p. 20), nos dice Sabato (2000); y así, la resistencia, se revela como una ontología de la memoria y del cuidado, que sostiene lo pequeño para que lo humano no se extravíe. ¿Será entonces la memoria, una forma profunda de resistencia? Tal vez sea una forma silenciosa de mantener encendida la llama del sentido frente al tiempo que devora.
Por su parte, en Kusch, esta fidelidad a lo pequeño puede traducirse como una reintegración simbólica con el suelo. En Geocultura del hombre americano, Kusch afirma que «detrás de toda cultura está siempre el suelo»; un suelo que «no es ni cosa, ni se toca, pero pesa» (1976, p. 74). Ese peso es el del arraigo, el de la pertenencia que nos salva del vacío. La esperanza demencial de Sabato y el estar terrenal de Kusch se tocan en un mismo punto, pues ambos reclaman volver a habitar.
Pero, en ese instante de la reflexión, emerge la pregunta: ¿cómo volver a ser humanos en un mundo que ha olvidado el alma y el suelo? Sabato responde desde la interioridad, “ahondando en el instante” (2000, p. 10); mientras que Kusch lo hace desde el estar americano, asumiendo el miedo y el hedor como parte de la vida. Ambas respuestas, lejos de excluirse, se complementan, pues una ofrece profundidad espiritual y la otra, arraigo existencial y cultural.
Resistir, en ambos autores, es habitar conscientemente, permanecer, cuidar, mirar, sentir. No se trata de una resistencia estricta o necesariamente política, sino de una resistencia ontológica y cultural que busca restituir el sentido en el corazón de la vida cotidiana. En ese gesto, tan pequeño como enorme, reside la verdadera grandeza de lo humano. O, quizá, ese “resistir” no consista tanto en oponerse, sino simplemente en permanecer fieles a lo que aún nos hace humanos.
Las sociedades desarrolladas se han levantado sobre el desprecio a los valores trascendentes y comunitarios y sobre aquellos que no tienen valor en dinero sino en belleza (Sabato, 200, p. 25).
De este modo, Sabato, en su segunda carta, evoca la pérdida del sentido y del arraigo, y enuncia una declaración de ruina espiritual. Esta constatación nos lleva a preguntarnos: ¿cómo puede recuperarse el sentido de los valores en un mundo donde todo ha sido reducido a mercancía? Esta pregunta encierra uno de los dilemas más profundos de nuestra época, en el que el hombre moderno, al absolutizar la razón instrumental, ha vaciado su vida de misterio. Ya no busca comprender el mundo, sino dominarlo. Ya no contempla la belleza, sino que la calcula y la mide. Todo lo que no puede transformarse en utilidad o rendimiento se vuelve prescindible.
Ernesto Sabato no propone un regreso nostálgico a los antiguos códigos morales, sino una reconstrucción interior, una búsqueda de sentido más allá del consumo y de la eficacia. Pero esa búsqueda, como advierte, es parte del desierto, pues, el mundo se ha “resecado por la competencia y el individualismo, donde ya casi no queda lugar para los sentimientos ni el diálogo entre los hombres” (2000, p. 25). Podemos entender a ese desierto como un paisaje simbólico de nuestro tiempo, donde la eficacia ha desplazado a la ternura y el cálculo ha ocupado el lugar del alma. Esto nos lleva a cuestionarnos: ¿podrá brotar nuevamente lo humano en una tierra tan árida?
Aquí, el diálogo con Kusch se vuelve inevitable. El filósofo señala que el pensamiento moderno, al obsesionarse con el ser puro, ha negado el estar contradictorio y vital del hombre americano. En ese “desprecio de lo hediondo” reside la misma sequedad espiritual que denuncia Sabato. Ambos se preguntan, en última instancia, cómo volver a habitar el mundo sin dominarlo.
Sabato reconoce aún señales de humanidad en los gestos de los niños. Sobre ello nos dice: «En los juegos de los chicos percibo los resabios de rituales y valores que parecen perdidos para siempre» (2000, p. 25). Lo pequeño, lo ritual, lo cotidiano, es allí donde se preserva la raíz simbólica de lo humano. Para Kusch, estos restos del alma popular no son residuos del pasado, sino semillas del futuro. Su pensamiento invita a mirar en lo hediondo y contradictorio, en el lugar donde aún late la verdad.
Así pues, cuando Sabato (2000) afirma que la existencia de las personas se orientaba hacia los valores espirituales que hoy casi han caído en desuso —como la dignidad, el desprendimiento y la resiliencia del ser humano frente a la adversidad— (p. 28), podemos leerlo, con Kusch, como una reivindicación del estar frente al ser, del arraigo frente al desarraigo técnico. A partir de esto emerge una tensión fundamental: ¿qué significa creer hoy, cuando las viejas certezas han muerto?
Sabato observa que el hombre ha reemplazado la fe en el espíritu por la fe en la máquina. La técnica, símbolo del dominio, sustituye el misterio por el cálculo, el diálogo por la programación. Frente a eso, Kusch nos recuerda que el pensamiento americano surge “de abajo”, del suelo, no de los sistemas. La fe, entonces, no es creencia en una verdad abstracta, sino confianza en la vida. Por eso Sabato recupera la frase de los antiguos: «Dios proveerá», y explica que en ese modo de ser, lleno de desinterés y serenidad, «reposaba en la honda confianza que tenían en la vida» (2000, p. 28).
Esa confianza, frágil, humilde, pero viva, nos invita a repensar el vínculo entre espiritualidad y arraigo. ¿Podría el alma sabatiana encontrarse con el suelo kuscheano en una misma fe en la vida? Ambos autores coinciden en que solo lo que está enraizado puede sostener al hombre ante el vértigo.
Sabato advierte luego que, «cuando la cantidad de culturas relativiza los valores, y la “globalización” aplasta con su poder y les impone una uniformidad arrogante, el ser humano (…) ya no sabe en quién o en qué creer» (2000, p. 30). Esta crítica a la homogeneización cultural se refleja también en Kusch, para quien Occidente ha intentado “despegarse del suelo” y ha perdido su horizonte simbólico. En ese sentido, Sabato afirma: «Quien no ama su provincia, su paese, la aldea, el pequeño lugar, su propia casa por pobre que sea, mal puede respetar a los demás» (2000, p. 31). En esta frase vemos que solamente quien habita con profundidad su propio mundo puede abrirse verdaderamente al otro.
Surge aquí una problemática importante: ¿puede existir una ética universal que no anule lo particular? Tanto Sabato como Kusch responden que el universalismo sin suelo es vacío, y que solo lo situado puede ser verdaderamente humano.
En la tercera carta, “Entre el bien y el mal”, Sabato se adentra en el misterio de esa condición. Allí explicita que la bondad y la maldad se nos vuelven difíciles de comprender porque habitan en lo más íntimo de nuestro corazón y, sin duda, constituyen un profundo misterio (2000, p. 49). Estas afirmaciones generan la pregunta: ¿puede el ser humano afrontar el mal sin negarlo ni absolutizarlo, reconociéndolo como parte de su propia fragilidad? Sabato afirma que «los seres humanos oscilan entre la santidad y el pecado, entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal» (2000, p. 52). Con esto rompe con toda moral de pureza. La dualidad no puede eliminarse, pues «esas potencias son invencibles. Y cuando se las ha querido destruir se han agazapado y finalmente se han rebelado con mayor violencia y perversidad» (2000, p. 52).
También en ese aspecto se visualiza un diálogo con Kusch pues en América Profunda el autor advierte que «Todo lo que se da en estado puro es falso y debe ser contaminado por su opuesto» (2000, p. 19). El mal, la sombra y el caos, no son enemigos del bien, sino su condición de posibilidad. La vida, tanto para Sabato como para Kusch, solo es verdadera si contiene su contradicción. Y aquí cabe preguntar: ¿cómo habitar el mal sin ceder al cinismo ni a la desesperanza?
Sabato nos orienta hacia una actitud y nos dice que es necesario admitir su existencia, pero también empeñarse sin descanso en favor del bien, pues la vida implica un equilibrio intenso entre lo más noble y lo más oscuro del ser humano (2000 p. 53). Así, la bondad no consiste en eliminar la sombra, sino en resistir sin odio dentro de ella. «Me inclino con reverencia ante quienes se han dejado matar sin devolver el golpe (…) porque el amor, como el verdadero acto creador, es siempre la victoria sobre el mal» (2000, p. 53). La ética se vuelve espiritual, pues amar es resistir; y aunque en los seres humanos coexista la dualidad bien y mal, la afirmación de Sabato constituye una reivindicación espiritual de su profunda creencia en la prevalencia del amor.
Para Kusch, esa resistencia amorosa planteada por Sabato tiene forma de aguante: el pueblo soporta, sobrevive y crea a pesar del sufrimiento. En ambos casos, la salvación se da en una inmanencia con lo vital; no es trascendencia, sino permanencia, esto es, seguir estando, seguir amando, seguir creando.
Pero ¿cómo mantener la esperanza en medio del derrumbe moral? Entiendo que justamente a esa esperanza es a la que Sabato llama “una esperanza demencial”, una locura necesaria para no claudicar ante el nihilismo. Kusch la reconoce como la fuerza de lo popular, una sabiduría del estar que aguanta. Así pues, tanto para Sabato como para Kusch la resistencia no es sino fidelidad: fidelidad al alma y al suelo.
Ahora bien, la cuarta carta de Sabato, titulada “Los valores de la comunidad”, se abre con una constatación desgarradora: «Asistimos a una quiebra total de la cultura occidental. El mundo cruje y amenaza con derrumbarse, ese mundo que para mayor ironía es el resultado de la voluntad del hombre, de su prometeico intento de dominación» (2000, p. 56). Aquí Sabato desnuda el drama de la modernidad: la razón, que prometía emancipar, ha terminado por someter. Lo que debía humanizar el mundo se ha vuelto su amenaza. Frente a este diagnóstico, surge la pregunta: ¿puede el ser humano recuperar el sentido de comunidad luego de haber hecho del poder su religión?
Sabato amplía la mirada con el reconocimiento de que esta crisis no corresponde al colapso del sistema capitalista, como algunos suponen, sino a la quiebra de una visión integral del mundo y de la existencia, fundada en la idolatría de la técnica y en la explotación del ser humano (2000, p. 57). Este reconocimiento da cuenta de que no se trata solo de economía o política, sino de un colapso espiritual. En este punto, Rodolfo Kusch plantea que el hombre occidental se ha extraviado porque “ha confundido el ser con el tener” y ha perdido el estar, ese vínculo originario con el suelo y con los otros. En definitiva, la raíz del mal moderno no es la falta de progreso, sino la pérdida del sentido de pertenencia y de lo sagrado.
Pero la denuncia de Sabato también es una advertencia ética. Por ello expresa que «Como centinela, todo hombre ha de permanecer en vela (…) El ‘sálvese quien pueda’ no solo es inmoral, sino que tampoco alcanza» (2000, p. 58). Aquí vemos una filosofía de la responsabilidad compartida frente a la desintegración del tejido humano, en la que Sabato propone esa vigilia moral: el hombre debe velar por el otro. “La resistencia”, entonces, no consiste en una rebelión enfática y elocuente, sino en la fidelidad a lo humano, en el gesto que rehúsa abandonar al prójimo. Esta conciencia se profundiza cuando el autor afirma que nuestra cultura manifiesta señales claras e indiscutibles de estar acercándose a su ocaso (2000, p. 80).
Sin embargo, en medio de esta catástrofe, Sabato encuentra una posibilidad: que del derrumbe surja un nuevo modo de vida. Esa intuición lo acerca a Kusch, para quien el caos y la oscuridad no son el fin, sino el lugar donde el hombre americano puede reencontrar su sentido. Ambos proponen una resistencia que no es nostalgia, sino transformación, una vuelta al origen sin idealizar el pasado. En ese sentido, Sabato nos dice: «Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema» (2000, p. 71). Se trata de una resistencia encarnada en los gestos mínimos del amor y del cuidado, en los vínculos que aún pueden sostener el mundo.
Y ese mundo que se quiere sostener, según Sabato corre a un ritmo vertiginoso. En su quinta carta, “La resistencia”, el autor comienza con una advertencia que parece escrita para nuestro tiempo:
Lo peor es el vértigo. En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás (Sabato, 2000, p. 70).
El vértigo no es solo velocidad física; se trata de una aceleración del alma, una desconexión del tiempo humano. Sabato observa que el ser humano no puede conservar su humanidad a este ritmo; si vive de manera mecánica, como un “autómata”, terminará por destruirse (2000, p. 70). La técnica ha sustituido la lentitud de la existencia por la urgencia de la producción; el silencio, por el ruido; el diálogo, por la comunicación vacía.
Esta experiencia del vértigo es, para el autor, el signo de la deshumanización. Frente a ella propone una resistencia espiritual que no consiste en negar el mundo moderno, sino en habitarlo sin perder el alma. Al respecto, sostiene que la situación ha cambiado tanto que debemos revalorar detenidamente qué entendemos por “resistir”, y agrega que «La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización de sí mismo que siente el hombre, y que conforma el paso previo al sometimiento y a la masificación» (2000, p. 72).
Aquí la resistencia adquiere sentido, pues resistir es recordar que aún somos humanos, que aún podemos mirar al otro y sentir compasión. Estas líneas nos conducen a una pregunta radical: ¿cómo recuperar la dignidad cuando uno mismo ha dejado de reconocerse como sujeto?
Sabato: escribe con un tono casi de plegaria que, si aun frente al temor que nos inmoviliza recuperáramos la confianza en el ser humano, podríamos superar ese miedo que nos reduce a la cobardía (2000, p. 73). Agrega además que «El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer» (2000, p. 75). Aquí reaparece esa confianza “demencial” que no es ingenuidad, sino la fe de quien ha mirado el abismo y aún así elige seguir creyendo. En ese sentido, Kusch habló del aguante del pueblo, esa forma de esperanza que se aferra a la vida incluso en la pobreza y en la desolación.
En la conclusión de la quinta carta, Sabato presenta un acto que no redime el mundo, pero que lo mantiene abierto.
En este camino sin salida que enfrentamos hoy, la recreación del hombre y su mundo se nos aparece no como una elección entre otras, sino como un gesto tan impostergable como el nacimiento de la criatura cuando es llegada su hora. (…) El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria (Sabato, 2000, p. 75).
En tiempos de desesperanza, tanto Ernesto Sabato como Rodolfo Kusch coinciden en una misma filosofía del estar: resistir es permanecer fieles al alma y al suelo, es decir, a la interioridad herida que aún ama y al arraigo concreto que sostiene la vida. La resistencia se vuelve así amor encarnado y fidelidad a lo humano, incluso cuando todo parece perdido.
En definitiva, La resistencia no es solo una meditación sobre la crisis del mundo moderno, sino una plegaria por la recuperación del alma. Sabato, con su esperanza demencial, y Kusch, con su pensamiento del estar, nos recuerdan que la salvación no se encuentra en los sistemas ni en las certezas, sino en los gestos que todavía sostienen lo humano: el amor, la fe, la memoria, la pertenencia. Resistir es cuidar lo frágil, habitar el suelo cultural originario, permanecer en medio del vértigo sin renunciar al alma.
Quizás allí, en ese punto de confluencia entre la interioridad sabatiana y el suelo kuscheano, resida el sentido último de la filosofía: seguir creyendo en el hombre, incluso cuando el mundo parece haberlo olvidado.
Bibliografía
KUSCH, Rodolfo (1976). Geocultura del hombre americano. Cambeiro.
KUSCH, Rodolfo (2000). Obras completas, Tomo II. América Profunda. Fundación Ross. Argentina.
SABATO, Ernesto (2000). La resistencia. Planeta Argentina S.A.I.C. / Seix Barral. Bs.As.









