Llevar una vida natural: Henry David Thoreau frente a los males de la civilización
Introducción
En la civilización, vivimos en una realidad prefabricada; cada detalle de nuestra existencia es registrado permanentemente en forma de datos y, a cada momento, estamos siendo conducidos a una meta, a un estímulo, a una recompensa dentro de un laberinto de opciones. En la civilización, somos animales domesticados. Estamos a la espera de que se nos ofrezcan las comodidades, que se nos den las mejores condiciones, que todo esté a la mano. En la civilización, nuestros movimientos, el tiempo que permanecemos haciendo doom scrolling, la publicación a la que le damos “me gusta”, los videos y fotos que observamos con toda nuestra atención, nuestros clicks y pulsaciones, nuestros estados anímicos y corporales son datos útiles para saber cómo moldear y conducir nuestra conducta en un futuro próximo. Somos dependientes de inventos y productos. En la civilización, nuestra existencia se convierte en una tuerca dentro de un sistema mecánico. ¿Qué alternativas tenemos a nuestra vida automática y repetitiva?
Thoreau, a través de los ojos de Michel Onfray
En su ensayo titulado Vivre une vie philosophique. Thoreau, le sauvage, publicado en 2017 por la editorial Le passeur, Michel Onfray nos ofrece una alternativa a la vida mecánica, automática y controlada de nuestra civilización a partir de la reflexión de la vida filosófica y salvaje de Henry David Thoreau: pensador, conferenciante, agrimensor y fabricante de lápices norteamericano. [1] Thoreau ha sido notoriamente conocido por ser una figura contestataria del gobierno de los Estados Unidos de América a mediados del siglo XIX. “El mejor de los gobiernos es aquel que gobierna menos”, decía en su ensayo titulado Desobediencia Civil —reflexión libertaria sobre su encarcelamiento por dejar de pagar impuestos que financiaban una guerra contra México—. Según se cuenta, sus ideas inspiraron a Mahatma Gandhi para hacer resistencias pacíficas para oponerse a la racionalidad gubernamental en India. No obstante, su oposición a la civilización va más allá de una exposición de ideas y argumentos. Según Onfray, el modo filosófico de vivir de Thoreau nos enseña más que cualquier discurso argumentativo.
Pero, ¿Thoreau, filósofo? La filosofía no es del monopolio de una profesión dedicada a comprender teorías, glosar libros y criticar argumentos en abstracto que terminan por volverse palabras vacías cuando no son respaldadas por la práctica. Michel Onfray abre el mencionado ensayo con un exergo excepcional: “no considero a un filósofo más que en la medida que predica con el ejemplo”, frase de Friedrich Nietzsche en su tercer volumen de las Consideraciones Intempestivas que resume su visión filosófica: reflexionar, muy bien; actuar, mucho mejor. Sobre Thoreau, Onfray dice lo siguiente:
Imaginamos al filósofo como un Diógenes americano, viviendo en una choza, justo en medio del bosque, invierno y verano, comiendo bellotas, asando el pescado que pesca y la caza que obtiene al día. Lo imaginamos gruñón y misántropo, no recibiendo a nadie, prefiriendo la compañía de los animales a la de los hombres.
En más de un centenar de obras, el ensayista y filósofo francés Michel Onfray se ha dedicado a defender que la filosofía es una cuestión de gestos, acciones y comportamientos. En otras palabras, que la filosofía es una forma de vivir la vida y no solamente un modo de pensar. Por ejemplo, en su ensayo sobre el cinismo filosófico, vemos que Diógenes de Sínope, el perro, llevaba una una vida radicalmente libre, guiada por la frugalidad y justeza de la naturaleza (Cinismos, Ed. Paidós, 2002). La libertad es una forma de vida que se fundamenta en actos, no solamente un estatuto legal. O bien, en su ensayo sobre Albert Camus, famoso por su novela El extranjero [2] (1942), nos muestra la existencia del autor argelino-francés guiada por el placer mediterráneo, la oposición al mundo totalitario y nihilista europeo y la defensa de la vida (L’ordre libertaire, Ed. J’ai lu, 2013). Si bien Onfray ya le había dedicado un capítulo a H. D. Thoreau en su Contra-historia de la filosofía 6, Las Radicalidades existenciales, junto a los alemanes Arthur Schopenhauer y Max Stirner, en este nuevo ensayo nos presenta la vida que está en armonía con la naturaleza, en independencia de los inventos de la civilización, a favor de la defensa de una individualidad libre y en contra de la violencia.
Crítica de H. D. Thoreau a la civilización
Para Henry David Thoreau, la civilización plantea más problemas que soluciones a la vida humana: sus gobiernos y sus normas, sus ciudades pavimentadas y cuadriculadas, su tecnología y sus “comodidades”, sus trabajos y su control sobre las acciones y metas de los individuos, han generado una vida sedentaria, monótona y domesticada. En el mundo civilizado, trabajamos en un orden abstracto que se rige por resultados y eficiencia, competimos por hacernos de recursos y de un sitio en la escala social, atravesamos conflictos —incluso bélicos— por la existencia de puntos de vista variados que intentan imponerse, y prácticamente cada situación humana está regida o afectada por la tecnología, siendo producida de un modo antiecológico, contaminante, degradante y destructivo. Todo ello tiene efectos en lo más profundo de nuestra existencia.
Al civilizarse, el ser humano acepta una vida domesticada: debe encuadrarse en un espacio, permanecer en él sin moverse más allá de sus límites, quedarse sentado en una posición fija con el cuello y la espalda tiesas, y repetir esos mismos movimientos de forma automática y sin pensar. El cuerpo, las manos, la espalda, el cuello, las piernas… pierden su dinamismo natural. El dolor de permanecer estático aparece más allá de las horas de trabajo e incluso queda impreso para el resto de la vida. Para restaurarse, los individuos se ven obligados a comer los productos que estén a su disposición, que se hagan a toda velocidad y que desaparezcan la sensación de hambre. Y así, la nutrición no es lo primordial. La tecnología ha posibilitado que nos restauremos con alimentos altos en grasas, azúcares refinados y ricos en conservadores, lo que tiene por consecuencia enfermedades silenciosas. El estado de salud de nuestros cuerpos es un reflejo de la forma de vida civilizada, acelerada y vertiginosa. No obstante, la civilización no afecta solamente al cuerpo; también afecta nuestro fuero interno: nos sentimos aprisionados, limitados, obligados; nuestros instintos se someten a camisas de fuerza moral y social, y nos distanciamos de quienes podríamos ser fuera de estos esquemas. No tenemos sentimientos ni pensamientos naturales, sino moldeados y conducidos para ser funcionales en la vida civilizada.
¿Cómo vivir, entonces? La mejor crítica que se puede realizar a cualquier sistema o gobierno no debe consistir en sólo expresar opiniones, sino llevando una vida conforme a uno mismo o una misma. Para Thoreau, quienes se oponen con fuerza y violencia a la civilización se equivocan: a quienes debemos transformar es a nosotros.
En la actualidad es más cómodo adaptarse a las reglas y normas, a que lo externo nos tranquilice y nos calme, a que todo funcione sin que nos tengamos que preocupar cada día por lo que vamos a hacer. Y adicionalmente, no podemos sentirnos en tranquilidad si no tenemos algún tipo de estimulación. Hoy, estamos saturados de imágenes y sonidos digitales. Lo llamamos entretenimiento, pero es un consumo pasivo que se vive como un trabajo. ¿Por qué la gente se siente más cansada que nunca? Porque al estar viendo contenido digital, el cerebro se activa para procesar la información y termina agotado al final del día. Nos hemos acostumbrado a la luz eléctrica, en lugar de la luz solar, y, por lo tanto, nos hemos acostumbrado a estar activos permanentemente y hemos dejado de entender los ritmos naturales de nuestro cuerpo, que son los mismos de la naturaleza. Pero, en su momento, ¿qué hizo Thoreau?
Imaginemos a Thoreau, sentado frente al lago de Walden solo consigo mismo; es una experiencia intolerable para nuestra época ávida de hiperestimulación. En un bosque, junto a un lago, escuchando el trinar de las aves y el canto de los insectos, sintiendo el viento frío en el cuerpo, oliendo la madera, las flores y el sudor de los árboles, observando el armónico caos de la vida en movimiento que lucha por existir, viviendo en armonía con la naturaleza, que siempre ha sido el lugar del ser humano, lejos de la civilización, H. D. Thoreau nos ofrece una respuesta. Su vida en Walden (Concord, Massachusetts), fue un gesto de resistencia a la civilización, pero también se trató de un proyecto de vida sustentado en una filosofía naturalista y anti-industrialista.
A partir de su Diario y su texto titulado Walden, Onfray nos cuenta cómo el pensador norteamericano se reencontró consigo mismo, alcanzó una tranquilidad que es imposible en la urbe, vivió de forma sobria con los recursos necesarios, se curó de la pesadez generada por las relaciones sociales vacías y encontró que la naturaleza guarda sabiduría existencial para quien aprende a descifrar sus leyes. En la naturaleza encontró su medicina filosófica para los malestares de la civilización. La solución radical de Thoreau fue caminar a las riquezas estéticas del bosque que le llevaba hacia el lago de Walden. Y claro, si quisiéramos proceder como él, antes de partir tendríamos que dejar todo en orden: pagar deudas, terminar contratos, romper vínculos sociales y tener convencimiento de que la libertad radical existe. No obstante, las personas que habitamos las grandes urbes nos encontramos en una situación complicada: las calles y avenidas trazan nuestro destino, los automóviles se desplazan en lugar de nosotros, el entretenimiento permanente nos impide reconectarnos con nosotros, y, lo más preocupante: las áreas naturales se van reduciendo y alejando. Desde la época de Thoreau hasta nuestros días, la civilización influye profundamente en nuestras existencias.
¿Es posible aplicar la filosofía de Thoreau en el mundo contemporáneo?
Por tanto, considerando lo planteado, ¿qué opción tenemos los que no disponemos de un Walden? ¿Cómo dejar de estar fatigado, deprimido o abrumado por trabajar toda la semana en un espacio cerrado en donde el cuerpo permanece estático y rígido? ¿Cómo dejar de actuar en los roles que se nos imponen en sociedad? ¿De qué forma escapar de la tecno-vigilancia de nuestros celulares, computadoras y dispositivos digitales? ¿Cómo oponerse a la crisis climática que poco a poco aniquila el planeta a causa de la explotación de recursos naturales? Para Onfray, textos como el Diario y Walden de Thoreau son pepitas de oro existencial que pueden ser leídas como invitaciones a buscar soluciones a los problemas de nuestro modo civilizado de vivir.
Podríamos borrar toda huella de la civilización en nosotros; no obstante, lo significativo, según el ejemplo de Thoreau, es el modo en que nos relacionamos con esta civilización. Es decir, más que rechazar y expulsar de nosotros cualquier trazo de vida civilizada, no debemos olvidar que somos seres que tienen su ritmo, su tiempo y sus necesidades en sincronía con la naturaleza. Más que buscar la naturaleza en su pureza, la idea de Thoreau es no perder de vista la brújula que está marcada en nosotros.
Walden, además de ser un lago junto a un bello bosque, es una experiencia a construir. Más que llevar una vida renegada, la vida en Walden es una alegoría de libertad radical. Por ejemplo, en lugar de buscar forzosamente un bosque en medio de la jungla urbana, cada uno puede buscar su lugar para estar consigo, para hacer una pausa y tomar distancia de la vida ruidosa y abrumante de la civilización. Para Thoreau fue Walden, pero cada uno de nosotros puede encontrar un sitio que le permita reconectarse con quien es, quitarse las máscaras y simplemente ser. En lugar de dejarse arrastrar por el ritmo vertiginoso de la vida automática y mecánica de la civilización, cada uno puede apropiarse de su tiempo: podemos apagar la luz artificial y sincronizar nuestro reloj biológico con la luz solar y la oscuridad nocturna. Llevar una vida natural implica encontrar los ritmos y velocidades que le son propias al cuerpo. Los ritmos y tiempos artificiales inventados en la civilización nos desincronizan y desarmonizan. En lugar de ir a restaurantes y comer carne que lleva semanas congelada o verduras enlatadas, es posible hacerse de comer a la propia medida. Podemos hacer una búsqueda de los sabores, colores, olores y frescura que más le convengan al cuerpo. Si es con productos naturales y frescos provenientes de los mercados, mucho mejor. Los alimentos ultraprocesados y con gran cantidad de conservadores representan un gran avance tecnológico; no obstante, el cuerpo humano procesa y aprovecha mejor los ingredientes frescos y orgánicos. En lugar de buscar que los productos externos nos tranquilicen, es posible encontrar la tranquilidad en uno mismo. Las bebidas y alimentos azucarados o altos en grasa tienen un efecto tranquilizador. Nos calman la sed y nos quitan el hambre: dos necesidades importantes, además de complejas para satisfacer. Pero, más que buscar la satisfacción, es posible buscar la ligereza de las frutas, cereales y vegetales, junto con agua natural, para equilibrar la recuperación y las fuerzas. Tampoco el alcohol ni el cigarro, y mucho menos las sustancias hechas para “estimular” al cuerpo llevan a que experimente una verdadera armonía. La armonía se logra con el cuerpo y la mente en equilibrio. En lugar de imitar lo que todos hacen por moda o tendencia, es posible buscar la propia individualidad. Es verdad que el ser humano desea formar parte de algo más grande que sí mismo y se adapta e imita lo que se valora socialmente, pero es posible encontrar el punto medio para no perder la propia individualidad. Aceptarse tal cual se es permite a la mente estar tranquila, mientras que intentar ser algo que no se es produce malestar. Intentar ser del montón es buscar voluntariamente la esclavitud simbólica. Como planteó Spinoza, buscamos la esclavitud como si se tratara de nuestra libertad. En lugar de aumentar el conocimiento teórico y abstracto del mundo, es posible cultivar el conocimiento sensible de la realidad. La civilización nos hace olvidar que hay sabiduría en el olfato, en el gusto, en el tacto y en la vista. Es verdad que podemos conocer el mundo a partir de conceptos y teorías abstractas, pero también podemos conocer las cosas a través de nuestras sensaciones. En lugar de tener una relación distanciada con el mundo, podemos hacer una relación cercana y palpable con todo lo que nos rodea. Tengamos presente que antes de ser animales racionales, somos animales sensibles. Hoy que “conocemos” el mundo a través de imágenes y videos, hemos perdido la curiosidad de tocar, oler, ver, escuchar y probar sin mediadores ni filtros.
Si nos es posible, de vez en cuando, aprovechemos nuestro tiempo para ir a pasearnos en las montañas con neblina, bañarnos en los ríos con agua fría, oler los aromas penetrantes de las flores y el pasto, observar la vida natural y libre que experimentan los animales, escuchar el canto de los insectos, gozar de la lluvia y tomar el sol; hay que hacerlo con toda apertura y sensibilidad. Saber dirigir nuestra atención es crucial en un mundo en el que los algoritmos compiten por mantenernos ocupados viendo videos, fotos y mercancías que no representan plenitud existencial.
Conclusión
En resumen, si bien cada vez es más complicado independizarse de los productos, entretenimiento y comodidades que nos ofrece la vida civilizada, sí podemos tomar consciencia de que una vida que siga las reglas de la naturaleza es una vida de libertad radical. Pero, como bien lo dice Michel Onfray, no se trata de imitar al pie de la letra lo hecho por quienes llevan una vida filosófica, sino de que la vida filosófica se realiza de forma artística. Es decir, llevar una vida filosófica implica crearla para sí mismo; es una vida que hacemos a nuestra medida. Antes de ello, es importante evaluar la relación que tenemos con lo que la civilización nos dice que debemos ser, debemos consumir, debemos vestir, debemos hablar, debemos pensar y debemos sentir. Podemos poner en pausa cualquier identidad social predefinida, pensar si consumimos sin sentido algo que realmente no necesitamos, reducir el uso de tecnología que daña el medio ambiente y genera desechos. Sobre todo, es necesario hacer una tábula rasa de lo que se nos ha dicho que es verdadero para reencontrarnos sin prejuicios con nosotros mismos. Replicar lo hecho por H. D. Thoreau podría ser una empresa complicada, pero para quien esté en la búsqueda de un proyecto de vida en un mundo como el nuestro, el ejemplo de H. D. Thoreau no puede pasar desapercibido.
Notas
[1] La editorial bonaerense Godot ha hecho una traducción de este ensayo en 2019.
[2] François Ozon ha recientemente hecho una adaptación cinematográfica de esta novela que ha sido estrenada en noviembre de 2025.
Libros recomendados:
Desobediencia civil y otros escritos, de Henry D. Thoreau









