Quizá haya sido Parménides el primer pensador en cristalizar, mediante la escritura, un lugar común de la vida simbólica. Para él era claro que la perfección ontológica exige unidad, homogeneidad y, sobre todo, inmutabilidad; todas las características atribuidas al verdadero ser, necesariamente inafectable, perfilan una existencia paradójica, la fuga de un mundo sensorial en permanente cambio, un nicho salvífico erguido por la práctica especulativa. La actitud parmenídea no es excepcional, al contrario, es una muestra del más humano sentimiento, la fuga ante el horror sensorial rebosante en formas que se inmolan, una por una, al holocausto de la no permanencia.

Las ideas se han deseado eternas, universales, atemporales, pero luchan contra una carne que las sumerge en un río de cambio perpetuo. La condición humana, siempre expuesta al permanente cambio, genera, tarde o temprano, una conciencia mórbida que se aplica al horizonte del tiempo; el cese del placer, la mutación del buen ánimo, la interrupción de la salud, las experiencias traumáticas, la pérdida de lo entrañable… poseen el poder suficiente para reventar la confianza depositada en un ser de tipo parmenídeo. La fuga metafísica se mide con la vara de la angustia. La precariedad de la condición humana busca refugiarse en territorios estables, la humanidad ha dado muestras de su preferencia por la fuga, por la fantástica fabulación que adormece, a veces durante toda la vida, las zonas heridas por Cronos. ¿Cuál es el poder de las conductas rituales, por ejemplo, si no es su pretensión de estabilizar un mundo en permanente cambio?

Debe decirnos algo la preferencia histórica que ha mostrado el hombre por amparar, mediante acciones simbólicas, los puntos de inflexión existencial: el nacimiento, la adolescencia, el matrimonio y la muerte. Los ritos implicados, los ropajes semánticos, la neurosis estabilizadora, acompañan siempre a tales experiencias, y todo núcleo social lleva a cabo tales ropajes respondiendo a una compulsión que parece natural, necesidades del ánimo para evadir la contaminación del tiempo disolvente. Con tal ropaje la “realidad” vence, “lo otro” se domeña y se exorciza (del no ser no podrá resultar ser alguno). Tal es la pretensión ontológica en la que cruzan caminos las más importantes instituciones culturales, el mito se encarga de preñar con significados trascendentes cada experiencia de cambio, la norma demanda su gobernabilidad y la razón naturaliza el orden que se le impone.

Pareciera como si toda cultura no fuera más que pura protección ante el horror provocado por Cronos, y es que el cambio suele contaminar todo orden aquilatado en que se enquista la noción de “realidad”. Por esto, podemos decir que se ha privado de existencia al cambio; el parmenídeo deseo que la cultura escribe en nosotros embiste contra el ámbito teratológico de “lo irreal”, contra la conciencia mórbida que disuelve las formas y que desamarra el tenso hilvanado en el que se mece “el mundo”. Pero, en cierta forma, el triunfo que logra la “realidad” sobre ese mundo espectral es precario, no podrá ser nunca definitivo, se trata de un triunfo herido en varios flancos, la norma se revela contingente, la fabulación engañosa, y la “realidad” una impostura contra la angustia.

Aquí entra en escena el ámbito del horror (Kolakowski lo tipificaría como “horror metaphysicus”), sentimiento de orfandad absoluta, pánico superlativo ante el apocalipsis de los significados estables. La razón que contempla el limen vaporoso en que se proyecta lo real, trastoca su misión profana y viola el tabú del pensamiento conservador; esta razón contamina, desacraliza, y su difusión es una insana perversión. La vida humana que se quiere significativa, sin indefiniciones y sin novedades, es, paradójicamente, la fuga de sí misma, el artificio naturalizado incapaz de mantener la ecuanimidad tras la explosión de las sensaciones, sean éstas fruitivas o penosas.

Cronos contamina el blanco manto de la fabulación (parmenídea), inyecta a la realidad el virus de la mutación y arrodilla a la conciencia ante la contemplación del sol negro que ahora ilumina a todas las cosas con el rayo del cambio. Esta razón hiperlúcida se niega a darse ante cualquier tipo de vida colectiva, prefiere la intimidad atómica, el lecho individualísimo, y de esta manera gusta encriptarse en la forma más vil, la forma de pensamiento subjetivo y, lo sabemos y cargamos desde Hegel, lo que hay de más irreal y menos verdadero es la vida subjetiva incapaz de articulación con su entorno.

El sujeto que porte dicha conciencia no tardará en destruir los lazos que lo atan al “mundo”, está invitado a perder las palabras y, con ellas, los objetos. La razón en dicho “sujeto” ha descongelado la representación del mundo y ha abierto la caja de Pandora una vez más, las formas y modos explotan (implotan) a su alrededor de manera inusitada, pánica, pues el mundo ya no es. Rudolf Otto decía, respecto al sentimiento causado por lo numinoso, que éste podía llegar a un punto álgido tal que el sujeto que lo padeciera sería incapaz de identificar si es el horror o el asco el sentimiento que posee mayor fuerza. Esto se aplicaría muy bien en nuestro contexto, sólo que aquí no habría hierofanía, ni ontofanía, sino su contrario, “afanía”, “atopía”, disrupción y contracción, constancia de aquella “irrealidad” que el principio del placer (parmenídeo) intenta siempre socavar.

El hijo del sol negro, si opta por quedarse en “el mundo”, deberá jugar con las reglas de la comunidad, será un zombi que respeta semáforos, relojes y engranes, el horror ya no tiene cabida en él puesto que él ha devenido signo del horror mismo, es el código ambulante que invoca a la muerte, en cuyas órbitas vacías y panópticas se revela el fracaso del ánimo. La metonimia zombi es denotación cuando el ámbito colectivo es incapaz de arrancar de raíz ese formidable problema que es la nostalgia por la continuidad anónima de la vida, río que ama toda forma de fuga, aun de sí mismo.

El colectivo triunfa, es verdad, pero lleva tatuada en la frente la silueta de Cronos y en sus vértebras el vaho de lo incierto. El pensamiento zombi encarna esta paradoja, la vida en la muerte y la muerte en la vida, el horror que se ha superado a sí mismo mediante su propia inmolación (la incapacidad de experimentar el horror es el horror superlativo). Por tanto, es un misterio el derramamiento de lágrimas y la conmoción pánica, pero tales nacen en la persistencia del ensueño parmenídeo, ensueño ante el cual el despertar a los sentidos es simplemente una pesadilla cruel.

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