A partir de la revolución copernicana de Immanuel Kant (1724-1804), el conocimiento de “las cosas en sí” resulta velado para la razón humana, por lo que los filósofos inmediatos posteriores a Kant, es decir, los idealistas alemanes se sitúan en una posición problemática frente a la realidad. Si no podemos conocer qué son las cosas en sí, ¿cómo podemos dar cuenta de la realidad? De este modo, el problema central del idealismo se convierte en la búsqueda de lo real, que no es accesible más que a una intuición racional, o sea, a un entendimiento o razón infinitos.

Georg W. Hegel (1770-1831) intentó unificar o sintetizar lo finito, es decir, nosotros y nuestro intelecto, con lo infinito; para poder comprender el punto en que nos resulta posible entender lo real. En sus textos afirma que el movimiento de la vida se nos aparece como una multiplicidad infinita, organizada en individuos finitos, o sea, como naturaleza; mientras que el pensamiento es una forma de vida en “sí mismo”, que piensa la unidad entre las cosas como una vida infinita y creativa, libre de la mortalidad que afecta a los seres finitos. Esta vida creadora, que se concibe llevando en sí misma la multiplicidad y no una simple abstracción conceptual, recibe el nombre de Dios o Espíritu, pues no es un vínculo externo entre las cosas finitas ni un concepto puramente abstracto de la vida. La vida infinita une todas las cosas finitas desde dentro pero sin aniquilarlas como tales.

En este punto, su problema es, podemos unir finito e infinito a partir de ese Espíritu, de tal forma que ninguno se disuelva en el otro, mientras están al mismo tiempo unidos. La unificación de lo múltiple, sin la disolución del Uno, sólo puede alcanzarse viviéndolo, es decir, a través de la propia elevación del hombre finito a la vida infinita que no es más que la religión. De esto se deduce que la filosofía se detiene en la religión y es, de hecho, su subordinada. La filosofía es capaz de mostrar que es necesario superar la oposición entre lo finito y lo infinito pero no puede hacerlo por sí misma, para ello se ha de recurrir a la religión.

Así Hegel postula el Absoluto como medio de unificación y comprensión entre finito e infinito. Este Absoluto, a diferencia del Dios cristiano, no es una realidad impenetrable que existe por encima y detrás de sus manifestaciones concretas, sino que es la manifestación de sí mismo. El Absoluto es la totalidad, la realidad entera, el universo. Esta totalidad es la vida infinita, un proceso de autodesarrollo. El Absoluto es proceso de su propio devenir. No obstante, el Absoluto no debe ser confundido con una sustancia (al estilo spinozista), para Hegel es necesario que el Absoluto sea un sujeto, pues es preciso que sea capaz de reconocer la realidad. Pero, si es un sujeto, ¿cuál o qué es el objeto de su conocimiento? La única respuesta posible es que tiene que ser él mismo. Así, el Absoluto es pensamiento que se piensa a sí mismo, pensamiento autopensante, lo que según Hegel, equivale a decir que el pensamiento es Espíritu.

El Absoluto es un proceso de autorreflexión. La realidad llega a conocerse a sí misma, en y a través del espíritu humano. La labor de la filosofía es entonces, construir la vida del Absoluto, es decir, debe mostrar de una forma sistemática la estructura dinámica racional, el proceso teleológico o movimiento de la razón cósmica que termina con el conocimiento del Absoluto de sí mismo.

Hegel afirma: “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”; la realidad es el proceso necesario por el cual la razón infinita, o el pensamiento autopensante, se realiza a sí mismo. Se tiene entonces una manifestación del Logos (Espíritu Absoluto) representándose a sí mismo en la naturaleza y el Espíritu. En la naturaleza, el Absoluto se vuelca en la objetividad, o sea en el mundo material que es su antítesis. En el Espíritu, el Absoluto se vuelve a sí mismo como lo que es esencialmente.

De tal modo, gracias a la filosofía y a la religión podemos llegar gradualmente a una conciencia de la verdad absoluta o al Espíritu. No obstante, el conocimiento que tiene el hombre del Absoluto y el que tiene éste de sí mismo, son dos aspectos distintos de la misma realidad, pues no todo nivel de conciencia participa en la autoconciencia de lo divino; para ello hay que elevarse a lo que Hegel llama conocimiento absoluto, para lo cual estudiará los estadios sucesivos de la conciencia –a partir de su método dialéctico[1]– desde el más bajo, hasta el más elevado en su Fenomenología del Espíritu, que puede describirse como una historia de la conciencia.

Hegel, a través de su dialéctica, intenta decir una verdad superior, tal como en el modelo platónico, sólo que ahora dicha verdad será el Espíritu y no la Idea. Platón decía que la Verdad se encontraba en el Topus Uranus, del cual nosotros nos encontramos a una triple distancia y sólo percibimos la copia de la copia, mientras que Hegel considera que todas las cosas forman parte de un encadenamiento del Ser, dirigido teleológicamente en un mundo de medios encaminados a un fin (a nivel humano: la libertad y la exaltación de la patria, a nivel Absoluto: el Espíritu).

El fin hacia el que se encuentre dispuesto el espíritu humano ha de permitirnos concebir al hombre levantándose hacia la luz o descendiendo a la penumbra, mostrándose con toda la fuerza o desapareciendo en la ignominia de los tiempos que se olvidan, siempre en función de la cercanía o la distancia entre el Espíritu Absoluto y los individuos. De modo que la historia se desprende de estos nuevos orígenes de los que surgen héroes triunfantes, señalando así puntos luminosos en la historia que se suceden, instaurando el tiempo del Espíritu. Todo lo que existe es un momento del Absoluto, un estado de la evolución dialéctica que culmina en la filosofía, donde el Espíritu Absoluto se posee a sí mismo en el saber.

 Los tres momentos de la dialéctica corresponden a tres tipos de ser[2]. A la tesis corresponde el “ser en sí”: el objeto; a la antítesis el “ser para sí”: el sujeto; a la síntesis corresponde el “ser en sí y para sí” que se unifica después de haberse distinguido: el Espíritu.

Para el filósofo alemán, la dialéctica es el devenir mismo de la realidad, gracias a la cual lo finito pasa a lo infinito, es decir, al Absoluto. Cada momento de la dialéctica comprende al anterior y es fruto de su devenir. Hegel considera que si todo lo real se representa en el pensamiento, en la historia del hombre, en el desarrollo de los seres…, entonces a partir de la comprensión de nuestro propio pensamiento y del desarrollo de nuestra historia podemos comprender, a un nivel humano, el Absoluto, del cual somos partícipes, logrando así dar cuenta, al menos de una parte, de la realidad.

Principios de la filosofía hegeliana.

  1. Principio de Inmanencia del Absoluto. El Absoluto es para Hegel un “sujeto”, es decir, un movimiento que “no es” todavía, sino que será al termino de su evolución. Es el proceso de la generación del universo y del todo; constituye todo pensamiento y todo objeto. Un ser particular no es más que un momento, una fase de este movimiento, porque no es un movimiento en sí mismo.
  2. Principio de Identidad de lo real y lo racional. Todo lo real es racional y todo lo racional es real, con ello Hegel quiere decir que el proceso de generación del mundo no es absurdo ni contingente, sino necesario y lógico. La Razón es conciente en el hombre (pensamiento lógico), e inconciente en la naturaleza, en la que constituye la esencia de las cosas (evolución). También significa que basta pensar lógicamente para estar seguro de que el pensamiento es real y no sólo que corresponde a la realidad, sino, que coincide con ella. Que el pensamiento racional es la realidad.
  3. Principio de la Filosofía como sistema integral. La finalidad del conocimiento es captar el proceso de generación del universo, es decir, el saber absoluto.

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Notas

[1] La dialéctica es la marcha, el desarrollo del Absoluto, es decir, de la Razón. Es a la vez una marcha del pensamiento humano y un desarrollo de las cosas. El campo de la dialéctica es lo finito, porque el movimiento sólo es posible en los seres finitos, pero está supeditada entre dos infinitos que son su origen y su término. Su origen es el infinito abstracto, es decir, lo indeterminado que Hegel llama “el Ser”. El término de la dialéctica es el infinito concreto, determinado, lleno, “el Espíritu”; la dialéctica es el paso del uno al otro.

[2] La noción de Ser en general no se refiere a “nada en particular”, es decir, no es algo, sino una especie de vacío. En este sentido, la noción de ser se niega a sí misma y nos hace pensar en su opuesto, el “no ser”. O sea, la tesis=ser nos ha conducido a la antítesis=no ser. Pero dos términos contradictorios no pueden existir, ni ser pensados juntos, exigen por lo tanto un tercer término que los reconcilie, que los unifique, ese tercer término es la síntesis, o sea, el devenir. El devenir es el concepto de aquello que transita, pasa y se altera, por lo cual implica al ser y al no ser.

 

Bibliografía.

Hegel, W. Georg. La fenomenología del espíritu. México, FCE, 2010.

Copleston, Frederick. Historia de la Filosofía [Vol. 7]. Barcelona, Ariel, 2007.

Jolivet, Regis. Las fuentes del idealismo. México, Librería Parroquial, 1975.

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