Resumen: El siguiente texto tiene la pretensión de realizar un breve acercamiento a la teoría de la imaginación de Gastón Bachelard. No es un análisis formal de la creación artística, sino una invitación a dejarse llevar por el ensueño de la imaginación poética, que es, para el autor, el principio de todo acto creador. Por consiguiente, sólo hay una recomendación por hacer antes de leerlo: dejar que el mundo del ensueño nos arrebate.

La poética de Gastón Bachelard es una alquimia de las imágenes, una poética dedicada a la imaginación, ese “poro” que segrega imágenes infinitas, y a la ensoñación, ese estado que mengua entre el sueño y la vigilia. Su pensamiento es un homenaje a los lenguajes del mundo, a los signos de la naturaleza, y su obra es una prueba fehaciente de su genialidad. Para nuestro autor, un soñador empedernido, no hay mayor facultad que la de ensoñar. Ensoñamos mundos, imágenes, elementos. En efecto, Bachelard era un soñador de palabras:

“Soy un soñador de palabras, un soñador de palabras escritas. Creo leer. Una palabra me detiene. Dejo la página. Las sílabas de la palabra empiezan a agitarse. Los acentos tónicos se invierten. La palabra abandona su sentido como una sobrecarga demasiado pesada que impide soñar. Las palabras toman entonces otros significados como si tuviesen el derecho de ser jóvenes. Y las palabras van, entre la espesura del vocabulario, buscando nuevas, malas compañías. Muchos conflictos hay que resolver cuando, en la ensoñación vagabunda, se vuelve al vocabulario razonable.[1]

Gastón Bachelard

Gastón Bachelard

 

La ensoñación es un estado de reposo. El soñador deja de reflexionar cuando imagina. Tiene que haber una ruptura entre intelecto e imaginación si se quiere llegar a la verdadera ensoñación. En ella, el psiquismo es más libre que en el sueño, por eso, la ensoñación es otra forma de realidad. Al afirmar que la ensoñación es un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, Bachelard da un vuelco a la tradición racionalista y psicoanalista. Mientras Descartes propuso al hombre de la vigilia (racionalidad) y Freud al hombre del sueño (inconsciente), Bachelard propone al hombre de las 24 horas, el hombre que mengua entre la vigilia y el sueño, haciendo lo uno y lo otro al mismo tiempo: el hombre de la ensoñación.

La ensoñación está compuesta de imágenes. La imagen es instantánea, originaria, a diferencia de la metáfora, que es una transfiguración del sentido. Es en un instante que las imágenes nos arrebatan redireccionando nuestros conceptos, nuestra configuración del mundo, reestructurando nuestro lenguaje: lenguaje creando lenguaje. Las ensoñaciones poéticas nacen de las fuerzas vivas de la lengua, y si es de esta manera, es precisamente porque el lenguaje es la matriz, el útero del poeta. De tal modo, nuestro autor hace referencia al estado femenino del alma. Mientras que el sueño es masculino, la ensoñación es femenina. Tomando conceptos de Jung define al Ánima como el alma (estado femenino) y al Animus como el espíritu (estado masculino), siendo uno complemento del otro en lo que pareciera una gramática de géneros. Si bien el silencio es femenino, las palabras son andróginas, es decir, poseen Ánima y Animus, una muestra más de que en nuestro autor siempre está presente la ambivalencia. El soñador sueña las palabras entregándose al fuego volátil del ensueño, mientras los elementos confluyen apasionados, vivos, simultáneos.

Para el soñador de palabras todo está repleto de sinonimias. El soñador encuentra familiaridades en el lenguaje, lo pasado se vuelve presente, lo futuro se vuelve pasado, todo fluye de una misma manera en la ensoñación. Para alcanzar las verdaderas profundidades de lo onírico hay que dejar que las palabras sueñen por sí solas, darles tiempo para soñar y darnos tiempo para soñarlas. Se trata de, como diría Bachelard, “descansar en el corazón de las palabras”, de vivirlas cálidas y sencillas, tal como son.

La imaginación es una simiente que da bellos frutos y hermosas flores: palabras manzanas, letras peras, claveles y narcisos coloridos dispersos en el papel en blanco; soñamos mientras escribimos. En términos de Deleuze, la palabra es un rizoma, en términos de Bachelard es un brote:

La palabra es un brote que pretende dar una ramita. Cómo no soñar mientras se escribe. La pluma sueña. La página blanca da el derecho de soñar. Si tan sólo se pudiera escribir para uno mismo… ¡Qué duro es el destino del hacedor de libros! Hay que cortar y volver a coser para tener continuidad.[2]

La escritura nos reestructura, reafirma nuestra existencia. Escribir es descubrir sonoridades interiores, escuchar a la orquesta del sentido resonar en la pluma. La tinta es un espejo del mundo, la hoja en blanco es un imperio; el soñador de palabras conquista el imperio de la oquedad. La palabra es un brote, un retoño que emerge en el erial más precario, llenándolo de radiante vida, creando mundos entre mundos, realidades completas. Sí, las palabras se vuelven realidades, el mundo se ensueña antes de vivirlo, es por ello que el poeta está rodeado de palabras vivientes, porque contempla primero y después cobra vida en las palabras. Éstas dan forma al mundo, lo constituyen, en ellas se encuentran los vestigios del pasado y los albores del porvenir, las imágenes más ancestrales y las más pueriles. Es, precisamente, en esta diversidad de la poesía donde el poeta descubre las palabras. La creación no es más que el hallazgo de la imagen de la ensoñación. El poeta es un cazador de imágenes, un felino devorando palabras.

Bachelard era astuto. Si bien su poética está plagada de metáforas −pues se da el lujo de trasladar el significado de su propio discurso−, su mensaje es bastante claro, ahonda en los mares de la simplicidad. El método es sencillo: cuando se trata de encontrar imágenes no hay mejor método que imaginar. Las imágenes sólo pueden ser estudiadas mediante imágenes, es decir, ensoñando. ¿Y qué es la ensoñación? Ni más ni menos que la contemplación del mundo, el Thauma[3]: se debe contemplar la totalidad para poder comprenderla… ¡El mundo es bello antes de ser verdadero! La ensoñación precede a lo “real”.

No se trata de racionalizar el mundo, se trata de contemplarlo, contemplar con asombro su majestuosa e imponente belleza, pero no por medio de una contemplación pasiva. Se trata de una contemplación en la que el espectador no sólo es afectado por el entorno, sino en donde el espectador a su vez lo trasgrede al contemplarlo, una relación recíproca en donde desaparecen los dualismos y las dicotomías, una relación directa con lo cósmico. El soñador de palabras es el cosmos dentro del cosmos, contempla el mundo y lo transgrede desde adentro. Mientras las palabras lo arrebatan, él arrebata las palabras transfigurando su significado, y las palabras emprenden el vuelo, agitadas, entregándose a la fugacidad de la existencia, abriéndose paso en la espesura del vocablo; y entonces se vuelven ligeras, y flotan como plumas en el aire, en el éter de la ensoñación, haciéndonos hombres de paja, haciéndonos soñadores.


[1] Gastón Bachelard. La poética de la ensoñación, FCE, p. 34

[2] Ídem. FCE, p. 34-35

[3] Del griego τηαυμα, que significa “asombro”.

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