“El sueño de la razón produce monstruos”
Francisco de Goya.

Imaginemos un mundo en el que el ensueño no cabe, un mundo en donde aquel que se deja seducir por los arcanos del delirio, del placer dionisiaco, es excluido, expulsado y censurado. Ese mundo es nuestro mundo, en el que predomina el uso de la razón y casi todo está regido por ella.

El hombre tiene la ferviente necesidad de nombrar las cosas que lo rodean, los fenómenos que acontecen. Denota y delimita, crea conceptos a partir de ideas abstractas y determina la manera de nombrar a los individuos en función de sus características. Es así como decide llamar “loco” a aquel personaje peculiar que se caracteriza por ser irreverente, incoherente e irracional; un personaje satírico que sobrepasa los límites de la razón hasta llegar al mundo del ensueño, de la mera ilusión.

Comúnmente consideramos que, en la locura, la conducta se desplaza fuera de lo racional y las consecuencias de los propios actos no se tienen en cuenta. Estos últimos pueden ser objetivamente absurdos e inútiles, o completamente instintivos. La diferencia entre lo real y lo irreal puede desaparecer, viéndose perturbada la percepción de la realidad.

En el Renacimiento, la locura surge como una nueva encarnación del mal, sustituyendo el tema de la muerte. El interés por la locura en esta época suscita la denuncia de la misma por medio del ingenio plástico y literario del renacentista. Es entonces que ésta se vuelve un ente fascinante y fantástico que estimula las ideas y la imaginación del pensador: “Por todos lados, la locura fascina al hombre. Las imágenes fantásticas que hace nacer no son apariencias fugitivas que desaparecen rápidamente de la superficie de las cosas. Por una extraña paradoja, lo que nace en el más singular de los delirios, se hallaba ya escondido, como un secreto, como una verdad inaccesible, en las entrañas del mundo. Cuando el hombre despliega la arbitrariedad de su locura, encuentra la obscura necesidad del mundo”. [1]

Es en este momento de fascinación en el que la locura y el ingenio del artista encuentran un punto de asociación, abriendo brecha a la locura en el ámbito literario. En la obra de Shakespeare, por ejemplo, podemos ver la locura de la muerte y el homicidio, en la de Cervantes el juego de la locura imaginativa y en Erasmo la locura como aparato crítico del mundo.

A partir de Erasmo de Rotterdam y el Humanismo, la locura pasa a ser parte directa de la razón y una denuncia de la forma general de la crítica. Es la locura la que ahora analiza y juzga a la razón. Los papeles se invierten y dejan ver que una no podría sobrevivir sin la otra, pues ambas son una misma cosa que, en determinados momentos, se desdobla para revalidar su necesaria presencia en el mundo.

El Elogio de la locura fue escrito por Erasmo en los Alpes, camino a Inglaterra en 1509. La obra está dedicada a su amigo Tomas Moro e incluso fue terminada en la casa del mismo. Su primera edición se publicó en Paris, en 1511.

Existen dos formas de entender el texto, la locura como moria, que es la denuncia de que todo acto humano en el mundo está regido por la misma, y la locura como manía, es decir, como condición necesaria para realizar todo acto creativo. Erasmo utiliza ambas concepciones de la locura en el texto, por lo que es importante saber distinguir cuándo critica y cuándo valora, sea dicho, cuándo aparece cada una de las dos. De esta manera, podemos decir que a lo largo de toda la obra, son dos los grandes temas que se entrelazan: el de la saludable locura, que es la verdadera sabiduría, y el de la supuesta sabiduría, que es mera locura.

El texto es una sátira y una crítica más que un elogio. La intención de Erasmo es la de hacer pasar por elogio lo que es en realidad una burla, con la intensión de protegerse de las consecuencias que (como bien lo supuso) tendría el texto en los distintos ámbitos de poderío. El Elogio de la locura es tanto sátira como apología. La estrategia fue poner sus palabras en boca de la locura (Estulticia) para realizar una crítica a la sociedad del siglo XVI.

La estulticia –dice Erasmo–, procede de Plutón. Nació en las “islas afortunadas”, lugar donde todo crece espontáneo y sin cultivo, donde no hay trabajo, ni vejez, ni enfermedad. La amamantaron dos ninfas: la Embriaguez, hija de Baco y la Impericia, hija de Pano. El mundo es el teatro de la locura. La vida de los mortales es una comedia en la que todos salen cubiertos con mascaras a representar cada uno su papel. En este sentido, la vida humana no es absolutamente nada más que un juego de locos. La estulticia es el principio de todo, conoce toda clase de bienes. Es madre del deleite y predomina ante la razón. El estulto se lleva la mejor parte de la vida porque huye de la tristeza y del hastío; es por ello que es el estulto y no el sabio el que adquiere la prudencia verdadera. Mientras que el sabio, por vergüenza, no es capaz de realizar un hecho importante, al estulto ni la vergüenza, ni el miedo al peligro le hacen retroceder; estas dos son las principales dificultades del conocimiento.

Los filósofos –continúa Erasmo– nacieron de una broma de borracho de la estulticia, no son más que hombres que deliran forjando mundos a su antojo. Tienen la presunción de decir que saben cuando no saben una palabra. Por otro lado, el artista, con afán de buscar la fama, que no es más que algo hueco y burdo, se aprovecha de la locura de los demás. Los poetas son estultos que endulzan los oídos de otros estultos.

La verdad siempre es agradable cuando proviene de un estulto; los estultos son los únicos que pueden decir la verdad sin ofender. Es de estultos engañarse. El mirar sólo los conceptos de las cosas y su representación proporciona igual felicidad y satisfacción que mirar a las cosas mismas: para ser feliz basta creer que lo somos.

Los reyes y los príncipes deben de preocuparse más por los intereses del pueblo que por los suyos, ya que de ellos depende el bienestar o la decadencia del reino. Cargan con una gran responsabilidad, pero la estulticia les ayuda a aligerar el peso. Los teólogos, por otro lado, son estultos por su excesivo amor propio. Este tipo de hombres todo lo hacen acorde a preceptos determinados y pasan todo el tiempo tratando de no realizar lo indebido. Algunos llevan a cabo actos buscando el paraíso, cuando a Cristo no le interesaba más que la realización de su precepto: la caridad.

Es debido a todas estas tesis que las consecuencias del texto fueron de grandes magnitudes, sobre todo entre los cristianos devotos. Para Erasmo la locura por excelencia reside en la cruz, en el propio cristianismo, siendo ésta su crítica más fuerte. Sin embargo, bien podríamos decir que el Elogio de la locura es un panfleto religioso. Si Erasmo condena la guerra es porque ama la paz, si denuncia los vicios es para exaltar las virtudes, si critica la iglesia es porque ama la iglesia, porque está decepcionado de la misma. Su texto no es más que una manera de exaltar la decadencia del cristianismo, un cristianismo que ha olvidado el Evangelio.

Sin lugar a dudas, el Elogio de la locura es un texto que aún en nuestros días es tema de debate. Sus influencias en otros pensadores son evidentes. El haber ofrecido una profundidad original a la idea tradicional del loco, ha dado lugar a textos como el poematriunfos de locura de Hernán López de Yaguas, algunas obras de Shakespeare e indudablemente el Quijote del mismísimo Cervantes, pese a que existe un siglo de distancia entre ambas obras. [2] Por otra parte, la influencia más evidente del pensamiento erasmiano es la ejercida en Martín Lutero. Aunque el Elogio de la locurano es la autoridad principal en el reformista, es evidente que Lutero estudió de lleno el Elogio, de manera que podemos decir que es uno de los textos que dieron pie a la Reforma Protestante, prueba fehaciente de su relevancia.

Aunque el término “locura” ha tenido diversas connotaciones, si en algo coinciden todas es en que la locura siempre ha sido una pauta hacia lo inimaginable, un salto a lo incognoscible y una mirada hacia lo abismal. Pero ¿hasta dónde podemos decir que la locura es real? ¿Es un mito o una realidad? Para Thomas Szansz es un mito creado por el hombre que da la validación de soluciones cómodas para personas conflictivas; para Jerome Kroll, la enfermedad psiquiátrica es una entidad real; para Foucault, es un constructo social siempre relacionado con los conceptos de libertad, conocimiento y poder.

Los tratamientos de la locura establecidos por el cristianismo prevalecieron hasta el siglo XVIII. Hoy ya no perforan nuestros cráneos buscando que salgan de nuestro cuerpo los “malos humores”, ni tampoco nos realizan un exorcismo (en la mayoría de los casos) si padecemos de alguna enfermedad mental. No obstante, en pleno siglo XXI, el loco aún es un individuo estigmatizado. La estigmatización es la creación de una identidad desvirtuada; el truco es identificar una diferencia, volverla inferior y culpar a quienes sean “victimas” de ella.

El personaje del loco es, sin lugar a dudas, un personaje que desde tiempos inmemorables ha tenido un lastre, un flagelo en las espaldas. Hoy, a muchos años de las primeras interrogantes acerca de qué pueda ser la locura, no sabemos aún a ciencia cierta lo que ésta sea; lo único que es un hecho es que el loco, ese personaje extrovertido, irreverente y fuera de lo común que hace del mundo un sueño perpetuo, siempre ha sido presa de los peores ataques. ¿Por qué ocurre esto? ¿Será acaso que necesitamos apartar a aquellos que son diferentes para sentirnos iguales?, ¿será que necesitamos apartar a los “enfermos” para sentirnos íntegros? Sería buena idea preguntárselo a algún “loco”, es posible que esté más cuerdo que cualquiera de “nosotros”.

Bibliografía
De Rotterdam, Erasmo. Elogio de la locura. Océano, México, 2001.
Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. FCE, México, 1967.
Batallion, Marcel. Erasmo y el erasmismo. Grupo Grijalbo, Barcelona, 1977.
Halkin, León. Erasmo entre nosotros. Herder, Barcelona, 1995.

[1] Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. FCE, p. 41 Es evidente la marca de Erasmo en el texto. Don Quijote de la mancha no es más que un estulto que sueña despierto, un loco que lucha contra molinos de viento mientras su fiel escudero, Sancho, que no es más que otro estulto que se asume como cuerdo, niega la locura de su amo.

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