Jean-Paul Sartre publica El ser y la nada en 1943. Esta obra pretende ser un estudio sobre ontología fenomenológica y en ella se deja ver la fuerte influencia de Descartes, Hegel, Heidegger y Husserl. Para comprender la relevancia de este texto es necesario tener presente todo lo anterior, pues ello permitirá comprender la discusión que el filósofo francés sostiene con los cuatro pensadores.

Generalmente los estudios sobre este autor se limitan al tema de la libertad y pocos se dedican a la exposición y explicación de los conceptos que anteceden a este tema, a saber, los así llamados por Sartre tres modos ontológicos del ser: ser-en-sí, ser-para-sí, ser-para-otro. Estos modos posibilitan la plena comprensión del gran tratado que resulta ser El ser y la nada.

Debe tenerse presente que la producción sartreana es sumamente basta, pues abarca obras de teatro, novelas, textos filosóficos, estudios biográficos, crítica tanto literaria como política e incluso guiones cinematográficos. Al hablar del ser-para-otro, Sartre deja muy en claro lo importante que es leer en conjunto tanto sus escritos literarios como sus escritos filosóficos o estudios biográficos. Un excelente ejemplo de lo anterior se encuentra cuando se leen a la par El ser y la nada y La infancia de un jefe, historia que aparece en el libro El muro.

Retomar el problema de la existencia del prójimo y su importancia no significa únicamente recuperar a un autor que ha visto el abandono en el estudio de la filosofía, sino también recuperar el interés sobre nuestra subjetividad, es decir,  sobre la relación que mantenemos con todo lo que nos resulta externo, pero más importante, sobre cómo este mundo exterior, y todo lo que en él existe, es  condición de posibilidad para nuestra propia constitución como individuos. Se trata pues de estudiar una nueva perspectiva sobre el modo en que nos relacionamos con el mundo.

Sartre clasifica al primero de los tres modos ontológicos, ser-en-sí, como aquel que refiere a la realidad material: la silla, el escritorio, el árbol, la pluma, etc. Esto se debe a que a ninguno de estos objetos se le puede atribuir conciencia posicional de sí. Esto significa que la silla no tiene conciencia de que es silla, pues, de principio, ella no tiene la capacidad de percibir y mucho menos de percibirse a sí misma como objeto.

Contrario a lo anterior se encuentra el segundo modo, a saber, ser-para-sí. Éste refiere a la conciencia o específicamente al ser humano, ya que a diferencia de los objetos, el hombre sí cuenta con la capacidad de percibir y percibirse a sí mismo como lo que es. Sin embargo, el ser humano no puede decirse tajantemente que es, pues tal como lo indica la tesis principal del existencialismo la existencia precede a la esencia; por lo cual el ser humano siempre está siendo y es lo que no es y no es lo que es. Es inacabado y por lo tanto se encuentra en constante devenir. La relación que sostiene con la realidad material, o en-sí, es a través de la interrogación y negación. Esas dos acciones son propias únicamente del ser humano y significan la introducción de la nada en el mundo que a su vez significa la libertad del hombre.

Profundicemos más en lo anterior. Todo ser humano nace en un lugar donde predominan cierta religión, ciertos valores, costumbres e incluso un clima. Así se constituye la realidad material, y este humano recién traído al mundo no tiene absolutamente nada que ver en la constitución de las costumbres y valores de su familia y mucho menos en el tipo de clima del lugar en que habita. Sería fácil aceptar que ante semejantes determinaciones nada se puede hacer, y que uno vive condenado a la situación que le ha tocado vivir. Sartre se encuentra totalmente en contra de pensar que factores como los ya mencionados determinan a cualquier ser humano y por el contrario, piensa que son todos estos factores los que representan para el individuo aquello que deberá interrogar y negar para así alcanzar su propia constitución.

En El existencialismo es un humanismo, Sartre habla de el hombre que es un cobarde y del hombre que es un héroe y señala que para la mayoría de las personas es mucho más tranquilizador pensar en que uno nace con una esencia determinada que le obliga a ser toda su vida un cobarde o ser un héroe. Sin embargo, para el existencialismo no hay nada tal como una esencia anterior a la existencia. El hombre conforma su esencia a cada acción que realiza. Para esta filosofía, el héroe o el cobarde se hacen y no nacen. Pero el único modo en que pueden alcanzar a ser de una forma u otra es a través de la aceptación o rechazo de lo que el mundo exterior les representa. De igual modo que los objetos, la presencia del prójimo implica para el sujeto una barrera para su libertad, pero también la posibilidad de constituirse. El otro aparece para el sujeto como otro sujeto más, pero ello no es algo que logre identificar desde un principio. Además de ello, el otro es un ente totalmente distinto a los otros que se hallan en el mundo, pues no sólo es su mera presencia lo que presenta una limitante para la libertad del individuo, esto va más allá. El prójimo representa un proyecto que yo como ser humano, como persona, debo asumir o rechazar.

Incluso antes del nacimiento, una persona puede ser ya esperada y sometida al proyecto de aquellos que aguardan su llegada. La madre puede tener la esperanza de que tendrá un varón, que será un gran investigador, que se casará con una mujer que cumpla un cierto perfil. Lo cierto es que aún cuando estas sean las expectativas de la madre, ello no significa que determine de automático lo que este nuevo ser humano pueda o deba hacer. Este hombre bien puede decidir no estudiar, puede decidir viajar por el mundo y jamás comprometerse con ninguna mujer y el que su madre propicie todas las condiciones para que su propio proyecto con respecto a su hijo pueda realizarse, ello no le garantiza en lo absoluto ni a ella ni a él su realización. O bien, puede ser el caso contrario, puede que el hijo haga todo lo que la madre le pida y le conceda todo lo que le exige.

Ya sea que este hombre ceda ante el proyecto de su madre, y asuma así una posición, o por el contrario, rechace todo lo que ella le quiera imponer; en ambos casos este hombre elige lo que en el fondo desea llevar a cabo, y sólo él puede ser plenamente responsable sobre sus acciones y sobre sus consecuencias. No hay cabida aquí para responsabilizar a nadie más sobre lo que hace de su vida.

Así, se puede apreciar cómo es que cada uno de nosotros logra constituirse de forma libre. Pero sobre todo, cuando en A puerta cerrada, Garcin, quien es el personaje principal, concluye diciendo así que esto es el infierno: Nunca lo hubiera creído… ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla… ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los Demás. Esto debe ser por completo contextualizado al momento en que el personaje se manifiesta respecto a su situación. Sí, el infierno puede ser el prójimo quien con su mirada, con su proyecto, puede afectarte; pero también es gracias a él que se logra hablar de la constitución del individuo verdaderamente como tal.

La filosofía sartreana no es, pues, una filosofía del pesimismo, ni anticuada o de la cuál pocas respuestas pueden ser obtenidas. Esto es tan sólo una breve reflexión sobre cómo un mismo aspecto tiene dos caras y el saber apreciar ambas es lo que enriquece la discusión no sólo con el autor, sino con las propias ideas. Con todo lo anterior no me resta más que decir, siguiendo a Xavier Antich, “¿Qué queda de Sartre? Muchas cosas, sin duda, para quien se moleste en pensarlo.”

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