Antes del lenguaje articulado ocurrió el gruñido. El quejido y la risa debieron seguirle, y seguramente a todos les precedió el solitario ruido de la respiración. Quizá el suspiro es el primer sonido que emitimos implicando en ello algún sentido y, entonces, el ser humano estaría suspendido sobre el vacío silencio por una variación de su ritmo respiratorio.

El monosílabo, como referente de fenómenos, cosas o individuos especiales, debió surgir a la par de la onomatopeya, a la cual podemos imaginar inicialmente como algo brutal, más parecida al bramido del perro que al refinado “guau” que usamos hoy para imitar a dicho animal. Por esto, su devenir puede ser comparado con el proceso de una tosca roca extraída del negro fondo de una mina, que luego es lavada, tallada y transformada en joya (algo diferente). Lo mismo ocurrió al mimetizar el gran número de ruidos de la naturaleza; recibimos estímulos y los recreamos con nuestro burdo aparato fónico, aunque no hay que perder de vista que la imitación es, germinalmente, invención: la actividad creativa nacida del accidente que ocurre en la piel, cuando las vibraciones de la materia se encuentran con ella.

Inventar sonidos es un hecho que viene de la misma fuente que aullar o gritar, es decir, de la energía rebosada del hombre, que se transforma en vibraciones del aire lo mismo que en movimientos del cuerpo, mediante actos creativos que generan expresiones emitidas desde el interior del individuo, siendo el origen de tales expresiones, como se ha señalado, una potencia o energía indeterminada, sin forma alguna.

El hombre percibe al universo cuando las vibraciones de uno y otro se encuentran, desde direcciones opuestas. En tal enfrentamiento, individuo y caos desarrollan una superficie sensible, que es el campo primordial en el que nacen las formas lingüísticas. La realidad llena de información que conocemos toma lugar en medio de dos palpitantes oscuridades. El cuerpo y lo que no es el cuerpo se reúnen al ras de la piel, donde ganan sus formas.

Sobre la superficie del ojo, el tímpano, la lengua, los dedos y las fosas nasales, se informa la energía que ha de constituir al mundo y al mismo individuo. Esta manera de ordenar su propio sistema nervioso es un paso que el cuerpo ha adelantado para recibir a la materia, de manera que una fuente de energía interna puede generar datos externos y, más aún, información sumamente importante para la determinación de nuestro modo de ser, que siempre parece tener su origen afuera.

Aquél hipo, la tos, el balbuceo; la fiebre y el sueño donde se mezclaron sonido y sentir; error, confusión, olvido; cientos de generaciones desplazando rangos oscilantes de frecuencias vibratorias; individuos arrojando energía hacia el viento; este escape dado a la intensidad con que sentimos, una vez sujeto y afinado, produjo las primeras palabras del hombre, y de la multiplicación de aquéllas han resultado los diccionarios, la gramática y la realidad compleja, con sus simbolismos, contradicciones y paradojas, entre otras muchas condiciones contraídas por la asociación de nuestra percepción actual de las cosas, y los significados que les hemos dado en el pasado.

Pero las primeras palabras se perdieron en el aire, pues no dejaron su impronta más que en las mentes de los individuos que las pronunciaron y repitieron por un tiempo, hasta que ocurrieron la mutación y el olvido, y aquéllas se hundieron en lo más recóndito de la inconsciencia, dejando para la conciencia, a pesar de su pérdida, algo que habría que comparar con tecnología de otra dimensión: el signo.

¿Qué es, visto así, el lenguaje? La combustión del individuo tendría que ser su principio. La energía sin forma que corre en nuestro interior es el origen de las palabras, y ello también es la esencia del ser humano y del ser de las cosas para el hombre. Por un exceso de ella nace el habla, que antepone algo al silencio a través de la voz, la cual representa una profusión de energía informada. Inicialmente, sin embargo, la energía no tiene propósitos ni formas, pues sólo mengua o se expande.

Cuando la energía se expandió y generó una vibración, alcanzó una segunda esfera, dimensión o estrato, asociándose con elementos externos, como el aire. Al generar sólo vibraciones accidentales, la energía no podía mucho más que “asomarse” a la segunda esfera, pero cuando se vinculó con el intencionado sentido, logró resonar guiada por el signo, consiguiendo desplazarse entre los cuerpos de los individuos que se mandan vibraciones definidas unos a otros, como si fuera buscándose y diciendo, cada vez más capaz de ello, ¡estoy aquí!, ¡y aquí también!; la energía humana se ubica a sí misma cual red, por medio de las terminales nerviosas de los cuerpos que la distribuyen por el mundo, de manera que los cinco sentidos están en contacto directo con sus fuerzas.

Después de sólo respirar o jadear, pasados cientos de años de ronquidos y otros tantos accidentes que formaron el aparato fónico del hombre, un día el sonido se mezcló con el signo y entonces nació el sonido encriptado o lenguaje, desde luego, en su modo más rudimentario. Hubo un largo proceso entre el simple sonido y el sonido lingüístico, pero, una vez logrado este vínculo entre voluntad y vibración, fue generada una fuerza incontenible con la cual luchamos hasta ahora, de cierto modo, pues el torrente de signos y sentidos que aconteció resultó incontrolable, al punto que hoy el lenguaje ordena nuestras vidas y no ya nosotros a sus formas, aunque ello sea una potencia tan latente como al momento en que el trueno recibió su primer nombre.

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Referencias bibliográficas

 

Heidegger, Martin. Arte y poesía. México, FCE, 2006.

Bergson, Henri. Materia y memoria. Buenos Aires, Cactus, 2006.

Deleuze, Gilles. Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires, Cactus, 2010.

Bataille, Georges. La experiencia interior. Madrid, Taurus, 1973.

Nietzsche, Friedrich. Voluntad de poder. Madrid, Edaf, 2006.

Foucault, Michel. El orden del discurso. Buenos Aires, Tusquets, 2005.

Eco, Umberto. Signo. Colombia, Labor, 1994.

Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Barcelona, Akal, 2005.

Enríquez, David. “Sobre el origen del lenguaje”, consultado en: http://aion.mx/arte/sobre-el-origen-del-lenguaje (3/10/2016).

Una Respuesta

  1. GG

    ¡Felicidades por este excelente artículo! Es la prueba de que se puede ser literario sin dejar de ser científico y objetivo.

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