Existe un dicho acreditado según el cual la sabiduría se adquiere no ya leyendo en los libros sino en los hombres.

Leviatán, Thomas Hobbes.

 
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Thomas Hobbes

Thomas Hobbes es considerado por algunos historiadores de la teoría política, tal como George Sabine: “el más grande de los escritores de filosofía política que han producido los pueblos de habla inglesa”, por el impacto que dejaron sus trabajos en la posteridad. Es quizá, propiamente, el primer “ciencio politólogo” que hay.

Los escritos políticos de Thomas Hobbes tienen como antecedente las guerras civiles y surgen con la finalidad de apoyar la instauración del gobierno absoluto. La Europa de su tiempo, inmiscuida en un latente “estado de guerra”, se encontraba desconcertada. No había un orden a seguir; las leyes divinas habían sido puestas en duda por la Reforma y no se tenía un nuevo orden establecido. Los hombres no habían instituido una nueva moral y por lo tanto no tenían una idea clara de “justicia” que les permitiera continuar con sus sociedades.

Parecido a Maquiavelo, una de las mayores preocupaciones que señala Hobbes en su Leviatán, su texto político más emblemático, es la unidad de un Estado fuerte, capaz de mantener la paz y que permitiera el desarrollo del hombre; objetivos que no pueden lograrse sin un estereotipo de “vida buena”.

Hobbes plantea un Estado al cual llama Leviatán, que no es más que […] un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituído; y en la cual la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo entero [1]. Constituido por una multitud de hombres que a través de un contrato ceden, a un solo hombre –el soberano–, el poder absoluto a cambio de protección, paz y la posibilidad de una vida decorosa. Pues en “estado de naturaleza” sería imposible mantener una buena convivencia.

Antes de proponer una forma de gobierno, Hobbes estudiará la naturaleza humana, misma que le resulta desconfiada y competitiva. El hombre es, en general, igual en capacidades potenciales y, según este pensador, de la igualdad procede la desconfianza, ya que al ser iguales en capacidades, todos los hombres desean y “merecen” lo mismo; sin embargo, no todos podrán tener lo mismo. De esa desigualdad entre los “iguales” aparece la competencia y la enemistad, mismas de las que se deriva un “estado de guerra” y una constante lucha.

Dado que las diferencias entre hombre y hombre son mínimas, lo que es poseído por uno es deseado por el otro y sin existir ningún impedimento que prohíba al segundo intentar arrebatar al primero lo que es “suyo”, éste puede hacerlo, incluso a través del asesinato. Durante este período o “estado de naturaleza”, no existe la propiedad y las cosas sólo pertenecen a cada hombre según pueda conservarlas; por lo que hay constante desconfianza y miedo. Por estos motivos es preciso encontrar, o en su defecto construir, una fuerza común y mayor a todos los hombres, un poder que sea superior y bajo el cual se encuentren todos atenidos, con el fin de garantizar la integridad, orden y seguridad de los iguales.

En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia.[2]

Por lo tanto se necesita un poder común, que no es más que el gran Leviatán. Al ser respetado por todos los hombres, es capaz de instaurar el orden y la paz, siendo de este modo posible el desarrollo de una vida conveniente. Se plantea un Estado que provea las normas necesarias para vivir en armonía y que ésta no dependa de cada individuo, de su fuerza o de su ingenio.

El Leviatán se funda en el miedo y la supresión de los derechos individuales para entregárselos a un ser capaz de crear y hacer ejercer las leyes, es decir, aquellas reglas que ordena el Estado para que el súbdito pueda distinguir entre los justo y lo injusto, lo apegado a la ley y lo que le es contrario [3]. La cesión voluntaria de los derechos, la restricción hacia uno mismo resulta posible sólo bajo el instinto de conservación, pues todo hombre desea el poder, todo hombre quiere tener el dominio sobre los demás y de hecho, tanto es su deseo de dominio que Hobbes proclama un poder mayor a cualquier individuo para que ninguno le supere en fuerza.

La causa final, fin o designio de los hombres (que naturalmente aman la libertad y el dominio sobre los demás) al introducir esta restricción sobre sí mismos (en la que los vemos vivir formando Estados) es el cuidado de su propia conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica […] [4]

Al perderse la ley divina como lo más absoluto, ordenador de la vida humana y dador de paz, el hombre no tiene más opción que construir su propia seguridad y leyes: el Estado. Lo más importante, a este respecto, es para Hobbes, la unidad del poder representado por el gran soberano absoluto, en quien recae toda la soberanía, con el propósito de que otro poder no quiera igualarle y se caiga nuevamente en un estado de discordia. Por ello los súbditos están dispuestos a respetarle, por propia conveniencia, siempre y cuando sea capaz de protegerlos, pues esta sumisión sólo habrá de durar el tiempo que el Estado sea capaz de protegerles.[5]

Hoy en día los sistemas políticos ya no obedecen a un cierto tipo de hombre, ni de época, sino que han tendido a la democratización indiferenciada, es decir, a la supresión del carácter particular de los pueblos, dando pie a la masificación definida por intereses capitalistas. Sin embargo, éste sería un buen momento para plantear una nueva teoría política, que obedeciese a estos tiempos de cambio en las consciencias y en toda la naturaleza.


[1] Hobbes, Thomas. Leviatán, México, FCE, 2006. p. 3.

[2] Ibid. p. 104

[3] V. Ibid. p. 217

[4] Ibid. p. 137

[5] Cfr. Ibid. p.180

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