Resumen: La filosofía política de Nicolás Maquiavelo resultaba controversial y revolucionaria para su época, y aún para los tiempos posteriores, por lo que los sistemas tradicionales le rechazaron, censuraron y tergiversaron sus ideas.

 

“Todos ven lo que pareces pero pocos comprenden lo que eres…”

Nicolás Maquiavelo, El Príncipe.

Santi di Tito, Niccolò Machiavelli.

La maquiavélica frase: “El fin justifica los medios” es una sentencia dura, mal aplicada y poco comprendida. Literalmente, el florentino Nicolás Maquiavelo no la enunció, ésta es más bien la síntesis de una mala comprensión de su controversial filosofía política, duramente atacada por el cristianismo y la moral tradicional.

La política nació de la mano de la ética y todos los filósofos clásicos la habían contemplado de ese modo. Con el auge del catolicismo se le sumó a esta tendencia ética de la política una moral religiosa. La Iglesia misma se convirtió en un Estado y además conquistó el poder dentro de muchos otros; su consolidación como institución le permitió que el orden social creciera no sólo en el gobierno civil, sino también en ella. A finales del siglo V la Iglesia y el papa adquirieron un gran poder al unir el poder eclesiástico con el civil (conocido como las dos espadas).[1] Ambos monstruos poderosos se cuidaban y apoyaban mutuamente; sin embargo, el Estado religioso alcanzó a rebasar los límites con los que se encontraba el gobierno civil, al tener bajo su cargo el alma de todos los cristianos, su parte más importante y trascendental, por la cual harían cualquier cosa.

La Iglesia debió su incremento de fuerzas, principalmente, a la conquista espiritual. Durante muchos años los hombres se conformaron tan sólo con la obtención de un bien terrenal, pero las creencias religiosas sobre una vida futura les inculcaron la preocupación por su salvación. El poder eclesiástico se basa en este acto de fe para dominar al pueblo, al hacer que dependan de él. Estos motivos convirtieron a la Iglesia y al papa en figuras poderosísimas que comenzaron a realizar acciones abusivas, por lo que, desde finales de la edad media, se comenzaron a escribir críticas al respecto.

Los primeros en calificar al papado como una tiranía y plantear la separación de estos dos poderes son: Marsilio de Padua, que propuso la independencia de ambos poderes, situando al Estado por encima de la Iglesia sin cancelar por ello el poder de la ley divina sobre el hombre. El segundo es Guillermo de Occam, que igual que Marsilio de Pauda deseaba la separación de la Iglesia y el Estado pero de un modo diferente, ya que no pensaba buscar la separación individual del papado, sino una comunidad que representase indirectamente a éste, pero sin meterse en asuntos del Estado, pues se encontraba en contra del absolutismo papal.

Durante la época de Maquiavelo, Italia padeció constantes luchas y sucesivas dominaciones extranjeras. El territorio se dividió y se formaron múltiples ciudades-estado, gobernadas por diferentes familias (los Sforza, los Gonzaga y los Médici en Florencia, principalmente). Sumado a esta situación que debilitaba a toda Italia, el papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) logró convertir los Estados de la Iglesia en una verdadera potencia política.

Maquiavelo, un hombre interesado en la política y la filosofía, describió en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio su ideal político: la República; sin embargo, la situación inmediata de su país le hace confrontarse con sus propios ideales y le conduce a la creación de una propuesta útil y viable para resolver la desunificación italiana y devolverle el poder a su Nación, para lo cual redacta su obra más conocida: El Príncipe.

El Príncipe es un texto inspirado en Cesar Borgia, hijo del papa Alejandro VI y a quien Maquiavelo veía con admiración por haber sido un hombre con gran estrategia militar, con la cual logró convertir a la Iglesia en un Estado más fuerte y poderoso. En este texto, propone un poder totalmente terrenal, separado de la moral religiosa. El objetivo de su libro es propiciar la unificación del Estado Italiano a cualquier precio. Los medios para lograrlo no son necesariamente malos ni buenos, lo que importa es que sean efectivos. “Cesar Borgia era considerado cruel; no obstante, su crueldad había reparado los daños a la romana, extinguido sus diversiones, restableciendo en ella la paz […]”.[2]

La efectividad de sus medios precisaba de una política separada de la ética, es decir, amoral, en la que no se juzgara nada bueno ni malo esencialmente, como se había venido haciendo desde siempre en los ámbitos políticos. Hasta entonces, la tradición había promovido la creación de leyes que presuponían la maldad natural de todos los hombres, por lo cual debía aplicarse y enseñarse la ley, con el fin de promover las actitudes correctas (buenas) y mantener el orden social.

El pensamiento del filósofo florentino admite una filosofía que no será aceptada sino hasta los tiempos modernos: la filosofía de la pluralidad. Maquiavelo niega la existencia de un orden preestablecido por la divinidad que pueda servir de fundamento al valor o la ley humana. Al cancelar el valor trascendental, da al hombre la posibilidad de gobernarse a sí mismo de acuerdo a sus propias leyes y valores. Pues así como el mundo no puede detener su devenir, el hombre no puede dejar de moverse y por ello sus formas de gobierno no pueden mantenerse. “[…] las cosas de los seres humanos están siempre en movimiento, sin que puedan permanecer estables”.[3]De este modo, queda planteada la tesis de que el bien común no es algo que exista a priori, sino que es más bien algo que debe ser creado políticamente por los hombres en el ejercicio del poder.

Maquiavelo coincide con todos los politólogos anteriores en la necesidad de la construcción de un orden civil que otorgue las condiciones para el desarrollo de los hombres en comunidad. No obstante, su planteamiento se realiza de manera novedosa, pues este orden se debe de crear y no encontrarse a partir de leyes trasmundanas. “Al mismo tiempo Maquiavelo asume, de manera implícita, que ese bien común tiene sólo un carácter formal, en el sentido que no define un modelo universal de vida buena”.[4] La ley deberá estar conformada por principios que permitan la pluralidad de los individuos, pero que garanticen la unidad y el bienestar común, pues sólo mediante la unidad y el poder de un Estado sólido que permita el orden, los hombres pueden llegar a perseguir y alcanzar sus propios ideales.

Estas premisas amorales cancelan el orden divino preestablecido, por lo que el cristianismo se vuelve –después de su muerte– en contra del filósofo italiano y combaten su pensamiento afirmando que es un hereje promotor de ideas diabólicas. Maquiavelo es juzgado entonces como un malvado, cuando únicamente abrió las posibilidades dentro de la acción política, incluyendo aquellas que apelan al terror y la dominación, sin por ello considerarlas ideales, aunque sí necesarias en diferentes situaciones. Su pensamiento revolucionario le agencia el odio de múltiples sectores sociales, tal como afirma G. B Busini: Todo el mundo odia a Maquiavelo: “los ricos porque enseña al príncipe a despojarlos de sus riquezas, los pobres porque enseña a privarlos de su libertad; a los beatos por hereje, a los buenos por falta de honestidad, a los malvados porque es más valiente y malvado que ellos”.[5]

Considerando su situación apremiante y teniendo como fin la unificación del Estado Italiano, Maquiavelo desarrolla una estrategia a partir de la cual muestra que en ocasiones se precisa no ser bueno, sino actuar de forma políticamente correcta, o sea, dentro del mundo de las apariencias, para poder lograr determinados fines mayores, en este caso el bien común, a pesar de que para ello haya que pasar por encima de unos cuantos hombres. “[…] según la óptica de Maquiavelo, los seres humanos son inocentemente peligrosos para sus congéneres”.[6] Es decir, los hombres no somos ni buenos ni malos por naturaleza, pero sí somos egoístas y ambiciosos, características que nos obligan a desarrollar una política que nos permita mantener el bien común, ya que de otra manera el deseo del poder y la realización de los objetivos particulares puede conducir a los hombres a un estado de violencia general, en la que ya ninguno pueda conservar ni ejercer ningún tipo de poder –situación que empezaba a ser parte de la realidad dividida de Italia–. Así, tal como menciona Hannah Arendt, el Estado se ve obligado a hacer uso de la fuerza y otros métodos poco justos: “No es el Estado una institución que razona, son los hombres. Es la necesidad, y no la razón, la que obliga a los Estados a numerosas cosas a las cuales la razón no los empuja”.[7]

Sin embargo, el príncipe siempre debe cuidar de su pueblo y ver por el bien común, que es lo que hace grande a un Estado y no los bienes particulares, porque de este modo serán más aquellos que se verán beneficiados con los actos del soberano, que puede llevar a cabo sus planes sin detenerse con aquellos pocos que se oponen por resultar perjudicados. “Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga de enemigo”.[8]

“De aquí que sea muy difícil hallar un buen hombre dispuesto a utilizar malos métodos para hacerse príncipe, aunque con un objetivo bueno a la vista, o bien un mal hombre que, habiendo llegado a príncipe, esté dispuesto a obrar de modo correcto, y a quien se le ocurra emplear bien esa autoridad que ha adquirido por malos medios”.[9]

El pensador italiano considera que, a pesar de que somos seres sociales por naturaleza, no puede seguirse de ahí que también seamos seres civiles, pacíficos y ordenados. Así, debe haber un Estado o en su defecto un Príncipe que sea capaz de instaurar el orden –y después un Estado– para que los hombres no vivamos en un estado de lucha constante, sino en un medio social que permita desarrollarnos a todos individual y colectivamente. Por ello, Maquiavelo visualiza al hombre capaz de unificar Italia como un Príncipe que no debe temer al uso de su poder y de su fuerza, valiente, capaz de engañar, ser cruel y también de ser criticado; capaz de soportar la Fortuna y también de conducirla hacia el bien en aquellas ocasiones que sea posible: en una palabra, ser virtuoso.

Podemos decir, entonces, que en efecto: “El fin justifica los medios”, en aquellos casos que se entienda “fin” como la constitución de un orden civil que permita el desarrollo de todos sus miembros, es decir, el bien común.

Citas y bibliografía

[1] Cf. H. Savine, Jeorge. Historia de la Teoría Política. México, FCE, 1945. p. 151                                                                                                               [2] Maquiavelo, Nicolás. El Príncipe, Madrid, Sarpe, 1983. p.103

[3] Apud. Serrano, Enrique. “Maquiavelo más allá del maquiavelismo” en Maquiavelo nuestro contemporáneo, Metapolítica. No. 23, p.64 (mayo-junio 2002).

[4] Ibíd. p.72                                                                                                                                                                                                                                                                [5] Apud. Lefort, Claude. “Maquiavelismo, significado político de una representación” en Maquiavelo nuestro contemporáneo, Metapolítica. No. 23, p.53 (mayo-junio 2002).                                                                                                                                                                              [6] Serrano, Enrique. “Maquiavelo más allá del maquiavelismo” en Maquiavelo nuestro contemporáneo, Metapolítica. No. 23, p.72 (mayo-junio 2002).

[7] Arendt, Hannah. “Una bitácora para leer a Maquiavelo” en Maquiavelo nuestro contemporáneo, Metapolítica. No. 23, p. 39 (mayo-junio 2002).

[8] Maquiavelo, Nicolás. Op cit. p. 17

[9] Apud. Serrano, Enrique. “Maquiavelo más allá del maquiavelismo” en Maquiavelo nuestro contemporáneo, Metapolítica. No. 23, p. 69 (mayo-junio 2002).

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