La filosofía nietzscheana permite la aproximación a nuevas formas de sentir, pensar, valorar y crear, las cuales aún no han sido desarrolladas hasta su máxima potencia. Su filosofía vitalista presenta una realidad inacabada que va constituyéndose artísticamente y que restaura las potencialidades corporales, la multiplicidad de sentidos, la figuración y las digresiones retóricas. También muestra que todo es artificio; sin embargo, el artificio no es para Nietzsche contrario a la naturaleza, más bien es parte de ella y de sus procesos. Toda actividad humana es el desarrollo estético de las fuerzas corporales, ya sea en forma activa o negativa[1]. Friedrich Nietzsche destaca las formas vitales que permiten la glorificación de la vida a través del cuerpo y la justificación de la existencia por sí misma; por ello se interesó tanto en la cultura y el arte de la Grecia antigua, tema que abordaré en el presente texto.

El hombre griego, primitivo y fuerte, se creó las figuras divinas para poder vivir frente a la espantosa existencia. La creencia en las divinidades le permitió morar tranquilamente, gracias al hechizo y al ensueño al que le transportaban, ya que las imágenes olímpicas desvanecían la enorme desconfianza que sentía de la naturaleza y el destino. El hombre que sintió los horrores de la existencia y el espanto de la muerte se creó, para poder vivir, el mundo mítico. Sin embargo, con el tiempo el mito dejó de ser suficiente para la existencia y apareció una nueva clase de hombre, a la que le resultaba mejor –tal como decía el viejo Sileno[2]– no haber nacido nunca y, lo segundo mejor, morir pronto.

La creación de los dioses míticos se debió a una profunda necesidad humana: “[…] esto hemos de imaginarlo como un proceso en el que aquel instinto apolíneo[3] de belleza fue desarrollando en lentas transiciones, a partir de aquel originario orden divino titánico del horror, el orden divino de la alegría […]”.[4] El terror era el reflejo de la fealdad, causada por la falta de imágenes organizativas. Esta carencia propició la creación artística, a través de la que se generaron imágenes bellas y armoniosas que acrecentaban el sentimiento de poder sobre la naturaleza, debido a que el hombre se percató de su capacidad para transformar lo más horrible en algo bello.

A través de la configuración de ilusiones, la humanidad fue capaz de superar el peligro y afirmarse en tanto tal. El espíritu artístico, la capacidad creativa y la persuasión fueron las cualidades que dotaron de fuerza y valor a los presocráticos; características exaltadas por Nietzsche como símbolo de salud, pues si hubiesen permanecido bajo la sombra de la fugacidad, del sinsentido y de un destino inevitable, habrían tomado el camino más rápido al derrumbamiento y desgaste de la existencia que, sin embargo, bajo la luminosidad de los grandes dioses se sentía apetecible y agradable. La valentía de los griegos se tradujo en una inevitable producción de belleza, en la necesidad de crear formas que representaran su potencia, imágenes divinas que les llenaban de fuerza y placer. Dichos hombres no querían engañarse para liberarse de la angustia provocada por una vida efímera, más bien deseaban convencerse de que podían disfrutar de la misma. Los dioses no fueron un pretexto para alejarse de la vida y lograr morir pronto como señalaba Sileno, sino que, por el contrario, aparecieron como figuras exuberantes que acrecentaban el deseo de continuar en esta existencia y afirmar su destino incluso frente a la inevitable muerte. La sentencia del viejo de los bosques se transformó, resultando entonces como lo peor, morir pronto o llegar a morir alguna vez.[5]

Los dioses griegos, con la perfección con que se nos aparecen ya en Homero, no pueden ser concebidos como frutos de la indigencia y de la necesidad: tales seres nos los ideó el ánimo estremecido por la angustia: no para apartarse de la vida proyectó una fantasía genial sus imágenes en azul. En éstas habla una religión de la vida, no del deber, o de la ascética, o de la espiritualidad. Todas estas figuras respiran el triunfo de la existencia, un exuberante sentimiento de vida acompaña su culto.[6]

La religión griega fue la expresión afirmativa de la vida; el arte y la belleza creados a partir de ella, permitieron disipar lo terrible y hacer de lo incierto algo sencillo de entender. El griego superó el abismo mortal gracias a que su valor le ayudó a elevarse por encima de su terror e impregnar de encanto el mundo que le rodeaba. “[…] no le ha sido regalada la belleza, como tampoco la lógica, ni la naturalidad de las costumbres; ha sido conquistada, querida, ganada en la lucha, es su victoria…”.[7] El triunfo griego consistió en que se hicieron dueños de su propio movimiento y de su acción; crearon y ordenaron su universo sin dejarse arrastrar por la corriente del destino inevitable y cruel. Estos hombres –convertidos en artistas de la palabra y del lenguaje, en maestros de la persuasión– se convencieron a sí mismos de su valor y lo expresaron a través de una cultura de pensamiento fuerte, hermoso, sublime y sobre todo vital.

Las divinidades griegas, propiciaban el disfrute de la existencia, aumentaban el poder y la fuerza, celebraban y afirmaban al hombre en la tierra. Su presencia enmascaraba la horrorosa naturaleza, no negándola pero sí embelleciéndola, potencializando toda su fuerza a través de sus figuras; convirtiendo el gran peso de la realidad mortal en una figura ligera y soportable. La religión griega enalteció los impulsos y las pasiones humanas, al grado de divinizarlas y con ellas, al cuerpo y la vida misma. Gracias a la belleza, al arte, al mito y la tragedia, el hombre griego se rescata de la miseria, del absurdo y de la muerte. Del mito surgen posibilidades de ser, respuestas verosímiles que bastan al hombre para poder vivir ya que, en el fondo, él  no quiere la realidad, no quiere la verdad, lo que más desea es ser persuadido a vivir y no instruido en la vida. Su valor supremo no era entonces vivir por vivir, ni conservarse a cualquier costo –ya que sus experiencias le habían mostrado que la muerte llega sin remedio–, sino disfrutar la vida a la que otorgaban sentido y valor viviéndola.

Los griegos no iban tras la Verdad, más bien querían belleza que les permitiera gozar la existencia. Por lo tanto, enmascararon la realidad no sólo para hacerla soportable, sino para gozarla a través de formas que les permitieran la acción y les alejarán de realidades que sofocaban y destruían la vida. La fuerza y valentía de los griegos se vio reflejada en su arte, enfocado en la creación de imágenes bellas a través de las cuales se alcanzó una sensación de placer por la vida. La belleza fue apoderándose –a través del arte– de los órdenes de los discursos, de las funciones y propósitos humanos, y del caos de la existencia, al que fue transformando en orden, al dotarlo de formas lógicas y geométricas. El griego conquistó y ganó el poder sobre sí mismo y su poder se incrementó junto a la dicha de la existencia.  

¿Qué es la belleza? Una sensación de placer que nos oculta las auténticas intenciones de la voluntad en un fenómeno […] Objetivamente, la belleza es una sonrisa de la naturaleza, una sobreabundancia de fuerza y de sentimiento de placer de la existencia […]. La meta de la belleza es la seducción a existir. […] Negativamente: la ocultación de la miseria […].[8]

El triunfo griego sobre lo terrible se expresa en la tragedia, narración que usa elementos míticos y metafóricos, en la que se dice con ímpetu a la vida. La tragedia descubre en sus narraciones un espectáculo vigoroso y lleno de valor. El artista trágico se muestra a sí mismo en acción frente a lo problemático; lo terrible no le produce miedo ni le detiene, más bien le permite afirmarse dentro de la existencia. La tragedia consiste en la afirmación de la multiplicidad y la alegría por lo múltiple, es de carácter dionisíaco-afirmativo. Es alegre porque no apela a la moral –al bien o al mal, al miedo o a la culpa–, es la pura afirmación de lo que aparece, alegría por lo que llega, porque la vida es tal como resulta ser: sin juicio, sin queja, a pesar del dolor y del sufrimiento, a pesar de su aspecto duro y cruel.

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La religión griega surge como un arte vivificador, como una habilidad artística que cubre el destino mortal, la vida cruel y terrible; funciona como inversión, como tropo, como máscara, pero nunca como negación. La tragedia retoma las historias y personajes míticos, sus episodios crueles y fatídicos desde una perspectiva jubilosa, causada por el poder de dotar de belleza incluso al destino más irremediable. Proporcionar imágenes bellas a las cosas más terribles únicamente puede ser producto de una sobreabundancia de fuerzas, de una salud y una plenitud desbordante. Lo trágico sólo pudo ser resultado de un pueblo fuerte, reflejo de personalidades regias y afirmativas; por lo que su fin designa el debilitamiento y ablandamiento del carácter, un advenimiento de fatiga y practicidad. Nietzsche menciona en el Crepúsculo de los ídolos que los instintos rebasaron a los sujetos –situación observada y aprovechada por Sócrates–, ya nadie era dueño de sí mismo y sólo el instinto gobernaba, al grado de tiranizar a los hombres que intentaban luchar contra ellos.

La razón, la moral y la dialéctica ofrecieron la posibilidad de liberarse de los instintos tiranos. Sócrates, junto a su dialéctica[9], logró conquistar a la juventud y pronto los efectos de dicho cambio se hicieron notar en la cultura griega. Se incluyeron elementos morales, racionales y educativos a la tragedia, componentes que la transformaron en drama y poesía racionalista. En El Nacimiento de la tragedia se señala a Sócrates y a Eurípides como los asesinos de esta forma literaria; a éste último porque cambia su estructura y la convierte en un discurso lógico. “Eurípides llegó poco a poco a una forma poética cuya ley capital decía: «todo tiene que ser comprensible, para que todo pueda ser comprendido»”.[10] Las nuevas formas euripídeas introducen en su composición a la crítica, a la verdad y a la bondad, elementos que contradicen la jovialidad e instinto alegre de la afirmación trágica, ya que, al introducirse el bien y el mal en el discurso, éstos atraviesan y destruyen la capacidad de afirmar la vida. La trama es el resultado de un plan consciente y no el flujo de la fuerza creativa.

La excesiva moral socrática transformó a la cultura griega al punto que la persuasión y el instinto dejaron de bastar y fue necesario encontrar argumentos, razones y verdades que justificaran la vida. La moralización de la tragedia y del discurso, condujeron a la crítica de los fundamentos y motivos de las acciones. Sócrates logró que los hombres se liberaran de los instintos haciendo que dejaran de creer y de crear, incitándolos a que exigiesen pruebas tanto a los otros como a sí mismos; a que fueran capaces de argumentar sus acciones y sobre todo de demostrar y comprobar sus conocimientos. Ya no se podía sólo actuar, había que hacerlo correctamente, lo que implicaba –según las nuevas formas–, conciencia y razonamiento.

A partir de Sócrates el instinto se aletarga y en su lugar aparecen la crítica y la reflexión; el arte pierde valor y la creación necesita el respaldo de la conciencia para justificarse. Junto al instinto se desprecia al cuerpo y al arte, al mismo tiempo que se enaltece el pensamiento y la razón. Desde entonces se pretende alcanzar el ‘verdadero conocimiento’ a través de la conciencia y la causalidad. La nueva pretensión es descubrir el origen de las cosas y del ser; conocer al mundo y al hombre de tal manera que no sólo se les pueda explicar sino también controlar, modificar y corregir. El socratismo invierte lentamente todos los valores y la vida deja de importar por sí misma, pues no encuentra razón que la enaltezca. El arte es cambiado por la ciencia, la fe por la razón, el instinto por la mente, el cuerpo por el pensamiento y la alegría trágica por la preocupación moral del drama.

[…] se hace manifiesto que Sócrates pertenece en realidad a un mundo al revés y puesto de cabeza abajo. En todas las naturalezas productivas lo inconsciente produce cabalmente un efecto creador y afirmativo, mientras que la consciencia se comporta de un modo crítico y disuasivo. En él, el instinto se convierte en un crítico, la consciencia, en un creador.[11]

Tras la inversión socrática de los valores, la vida sufrió un profundo cambio y una tremenda depreciación. Sócrates –tal como señala Platón en sus diálogos Critón y Fedón– enseñó a sus amigos que el conocimiento, la verdad y el respeto son lo más importante, y que ninguna vida que se viva sin seguir estos principios es valiosa ni digna. Por primera vez en la historia del hombre, el conocimiento se antepone a la vida, se vive para saber. “Sócrates es el primer genio de la decadencia: opone la idea a la vida, juzga la idea por la vida, presenta la vida como si debiera ser juzgada, justificada, redimida por la idea.”[12]

Durante ese despliegue de razones y búsquedas de la Verdad, los griegos se alejaron no sólo de la tragedia, sino también de todo arte antiguo, de toda energía creadora y de todo instinto corporal[13]. La ciencia y el arte se excluyen, por lo que, en un mundo juicioso, el arte no tuvo más remedio que desaparecer de la manera en que se le conoció y transformarse en un monstruo que partía de la conciencia para la realización de toda obra. En su lugar florecieron ciencias lógicas que formaron nuevos discursos y desplazaron las antiguas formas retóricas, debido a  que la persuasión se convirtió en un elemento peligroso para el hombre deseoso de verdad y no de verosimilitud. El hombre debilitado necesitó de una nueva mentira para vivir, su fragilidad le condujo al intelecto como un nuevo medio de conservación, uno a través del cual fuera posible la sobrevivencia del hombre enfermo sin medios naturales de defensa, carente de valentía y rudeza; al que no le queda más remedio que pensar para defenderse de la crueldad, de las inclemencias y de las bestias. El hombre racional necesita justificaciones porque su ser no le basta para afirmarse, porque su fuerza es incapaz de gobernar su instinto.

Cuando se tiene necesidad de hacer de la razón un tirano, como hizo Sócrates, por fuerza se da un peligro no pequeño de que otra cosa distinta haga de tirano. Entonces se adivinó que la racionalidad era la salvadora, ni Sócrates ni sus «enfermos» eran libres de ser racionales; era de rigueur [de rigor], era su último remedio. El fanatismo con que la reflexión griega entera se lanza a la racionalidad delata una situación apurada: se estaba en peligro, se tenía una sola elección: o bien perecer, o bien  ser absurdamente racionales.[14]

Tras el declive del arte y la tragedia, todos los elementos de la existencia quedaron subordinados al pensamiento y la razón, incluso la sensación de felicidad quedó condicionada al intelecto –ya que, según sus partidarios, sólo eran felices aquellos hombres que, gracias al desarrollo del pensamiento, se habían liberado de la tristeza y el dolor que provoca el cuerpo, y todo lo mutable y falso que hay en la tierra–. Tanto la felicidad como el respeto debían ser ganados a través de la virtud. Sócrates creó una nueva premisa que señalaba que la razón era igual que la virtud y que la virtud es la que trae la felicidad porque nos conduce hacia lo más alto, bueno y verdadero; y por lo tanto, todo vicio, exceso e instinto conduce hacia el mal, hacia lo más vil y falso.

“Razón = virtud = felicidad significa simplemente: hay que imitar a Sócrates e implantar de manera permanente, contra los apetitos oscuros, una luz diurna –la luz diurna de la razón. Hay que ser inteligentes, claros, lúcidos a cualquier precio: toda concesión a los instintos, a lo inconsciente, conduce hacia abajo […]”[15]

A pesar de la nueva significación que adquiere la vida, el desarrollo del pensamiento lógico y la transformación de las personalidades ocurren de manera lenta y gradual. El hombre robusto no entiende de argumentos y mucho menos los necesita, es el hombre débil el que anda buscando siempre razones para poder conservarse, ya que por sí mismo no es nada. ¿Por qué tender hacia la razón, si refleja debilidad? La única respuesta que encuentra Nietzsche es que el hombre se convirtió en una raza enferma y endeble, una especie contaminada y mermada en su poder, hastiada, conquistada por sus elementos más bajos, que sólo lograron superar cubriéndolos con los velos de la razón y con argumentos que les ayudaron a disimular su sufrimiento con la justificación, pues sólo quien sufre necesita saber por qué. “[…] el dolor siempre pregunta por la causa, mientras que el placer se inclina a reposar en sí mismo y a no mirar hacia atrás.”[16]

El resultado del socratismo fue la concientización del arte y del mundo; el hombre se transformó en un ser lógico y moral que tenía como aspiración general la exhaustiva búsqueda por el ‘verdadero’ origen de sí mismo, de la vida, de todo lo existente y su correspondiente justificación para existir. El instinto fue reprimido por la razón. El valor y la jovialidad dejaron de pertenecer a los hombres y se situaron fuera de la vida, lejos de este mundo instintivo y corporal.

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Citas.

[1] Lo activo es pura afirmación potencial, voluntad de arte; lo pasivo indica la concentración de las fuerzas en la conservación de formas débiles y destructivas que se manifiestan en odio, enfermedad y resentimiento.

[2] Cf. Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia, pp. 54-55.

[3] Apolo y Dioniso son las dos divinidades elegidas por Nietzsche como doble fuente del arte. Apolo representa el principio de individuación y es el responsable del arte figurativo, poético y conceptual. Su fuerza es onírica, ya que en el sueño es donde el hombre se convierte en un artista completo, todo lo que sueña es una creación suya, por lo que todas las figuras le dicen algo. Apolo es el resplandeciente, el que hace visible formas e imágenes; es creador de ficciones, el dios de la verdad: una verdad que parte de una realidad imperfecta, pues el mundo sólo es una imagen, una apariencia… sólo existe en el sueño. Dionisio, por su parte, refleja lo instintivo, el retorno a la unidad, lo múltiple. Es una divinidad jovial y pulsionante que juega con la embriaguez, la inconsciencia y el olvido. Dioniso desaparece todos los límites. Bajo su fuerza el hombre se convierte en arte y artista al mismo tiempo; el impulso y el cuerpo se ven exaltados y acrecentados; la vida se expresa desde su forma más primordial. Es un dios creador y destructor, cruel y sublime, todo a la vez.

[4] Ibid., p. 55.

[5] Cf. Ibidem.

[6] Nietzsche, Friedrich. La visión dionisíaca del mundo, en El nacimiento de la tragedia, p. 251.

[7] Nietzsche, Friedrich. Estética y teoría de las artes, p. 114 .

[8] Ibid, p. 54.

[9] Comúnmente el método socrático es conocido como mayéutica, método basado en el diálogo entre maestro y alumno, que funcionaba a partir de una serie de preguntas que realizaba el maestro a su discípulo con la intención de que éste último descubriera el conocimiento. Sin embargo, Nietzsche señala a Sócrates como dialéctico porque considera que su interrogación es la proyección de un discurso que se mueve a partir de dos grandes rubros: la causa y el efecto, de los que surgen una serie de dualismos morales a través de los cuales logra la unificación de un concepto, dando paso a una posible conclusión –deseada y prediseñada por el dialéctico– que nos transporta hacia un nuevo estado de “claridad” y “conocimiento” del que se vuelve a partir.

[10] Nietzsche, F. Sócrates y la tragedia, en El nacimiento de la tragedia, p. 230.

[11] Nietzsche, Friedrich. Estética y teoría de las artes, p. 235.

[12] Deleuze, Gilles. Nietzsche y la filosofía., p. 24.

[13] Nietzsche no se concentra en la historia de Grecia; sin embargo, basta con revisarla para observar que las múltiples guerras y conquistas que se dieron en este territorio son también fuertes motivos, que obligan a los griegos a cambiar sus formas de vida. El arte no cabe en la mente de un pueblo en crisis, en el cual el espíritu disminuye su potencia.

[14] Nietzsche, Friedrich. Crepúsculo de los ídolos, p. 48.

[15] Ibid., p. 49.

[16] Nietzsche, Friedrich. La ciencia jovial, p. 104.

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