ResumenEn el siguiente artículo se describe la relación entre la literatura y la filosofía, a partir de la perspectiva expuesta en los escritos sobre retórica de un joven Friedrich Nietzsche, interesado principalmente en el estudio del tropo y la condición literaria de todo desarrollo lingüístico.

 

¡Sea yo desterrado

de toda verdad!

F. Nietzsche. ¡Sólo loco! ¡Sólo poeta!

Entre la filosofía y la literatura sin duda se han generado vínculos en todo tiempo y todo lugar. Muchos filósofos han llegado a desplegar sus reflexiones en verso, en forma de alegoría, en caracterizaciones dramatúrgicas y demás, mientras que escritores como Jorge Luis Borges han desarrollado relatos con un estilo filosófico, histórico, y aún teológico.

Sin embargo, los cauces de una y otra se cruzan de muchas maneras, incluso más allá del quehacer de quienes se ubican en el discurso de “filósofo” o “literato”. Se puede decir que todo el que despliega el lenguaje genera figuras literarias, por ser creaciones siempre vinculadas con la emoción y aprehensión de un individuo sensitivo, que realiza una composición lingüística singular siempre que hilvana una serie de signos verbales para expresarse.

Friedrich Nietzsche afirmó que el lenguaje es doxa y no episteme, exponiendo así una perspectiva que hace énfasis en la cuestión figurativa del mismo. Para este autor, la retórica no sólo ocupa un rol primordial para el análisis lingüístico; de acuerdo con Nietzsche, el lenguaje es retórica:

 “No hay ninguna ‘naturalidad’ no retórica del lenguaje a la que se pueda apelar: el lenguaje mismo es el resultado de artes puramente retóricas (…) el lenguaje es retórica, pues sólo pretende transmitir una doxa, y no una episteme.”[1]

La literariedad o retoricidad del lenguaje, así vista, radica en la emoción o aprehensión de los individuos, que subyace a sus construcciones intelectuales. La invención que exige el instante y las figuras que se suceden para decir algo, representan la constante arbitrariedad lingüística que permite vincular cada expresión nueva con algún significado, en un eterno retorno del mundo puesto en marcha por la diferencia crónica que el sentir confiere a lo sentido anteriormente.

“La forma de la repetición en el eterno retorno es la forma brutal de lo inmediato, la de lo universal y lo singular reunidos, que destrona toda ley general, funde las mediaciones y hace perecer a los particulares sometidos a la ley. Hay un más allá de la ley y un más acá de la ley, que se unen en el eterno retorno como la ironía y el humor negro de Zaratustra.”[2]

A lo largo de las notas para el curso que imparte en la Universidad de Basilea durante el invierno de 1872, Nietzsche plantea que en su naturaleza más íntima el lenguaje es un arte inconsciente, esencialmente metafórico, que se origina como una imagen que es y será a su vez el efecto de otras imágenes, sin estar sujeta a nada más que a la emoción y a la pulsión de los seres humanos, de modo que finalmente es imposible que se pueda describir una realidad “objetiva”, externa al hombre, siendo cada palabra desde el comienzo un tropo: una figura retórica.[3]

Por otra parte, una visión con la que se encuentra el alemán y que contrasta marcadamente con su pensamiento, respecto a estos temas, es la del empirista inglés John Locke, quien, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, comenta:

“(…) si queremos hablar de las cosas como son, debemos admitir que todo el arte de la retórica, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas equivocadas, mover las pasiones y para seducir el juicio, de manera que no es sino superchería.”[4]

A partir de un análisis de las notas para el curso de 1872, de Nietzsche, es posible afirmar sobre lo retórico y lo “natural” en el lenguaje, que lo “natural” para sus contemporáneos sería lo “no artificioso”, lo contrario a lo que aparece “demasiado metafórico” (del modo en que se presenta la literatura); siendo un autor, un discurso, un estilo… considerados retóricos cuando se observaba en ellos un uso constante de figuras literarias o “artificios del lenguaje”.

La “naturalidad” responde a la tradición filosófica en la que Nietzsche se descubre inmerso, como un modelo institucionalizado para hacer las veces de garante de “objetividad” entre las palabras y sus referentes metalingüísticos.

Para los discursos “naturales”, las figuras retóricas o literarias representan formas falsas o falaces del lenguaje, que fuerzan a las palabras a hacer curvaturas poéticas, antes que a dirigirse directamente a su “objeto”. Nietzsche, por su parte, rechaza la llamada “naturalidad”; el modelo referencial que autores como John Locke anunciaron entre las palabras y las cosas.

Habría que observar a aquél que emite juicios sobre la naturaleza de un discurso o un estilo, pues ha de notarse el juicio de gusto de un individuo inserto en una tradición determinada, como el filósofo de la modernidad, o como el rétor de la antigüedad clásica –afirma Nietzsche–.

“En general toda la literatura antigua, y sobre todo la literatura romana, nos parece a nosotros, que manejamos la lengua de una manera groseramente empírica, como un discurso artificial y retórico.”[5]

En este punto Nietzsche enfoca su crítica en la filosofía de John Locke: el modelo que busca descartar la aplicación de las figuras retóricas o literarias en el discurso, por no “hablar de las cosas como son”.

Nosotros los más abstractos y menos brillantes –apunta Nietzsche–, que acusamos al discurso romano por artificioso y enlazamos nuestra producción groseramente a “métodos empíricos”, no somos sino individuos que han olvidado que toda palabra es una figura arbitraria en primera instancia, y que los discursos antiguos ciertamente no manejaban a la lengua de una forma veritativa u objetiva, como lo hacemos, sino más bien persuasiva y por lo tanto más próxima a una experiencia retórica del lenguaje.

“(…) no es difícil probar con la luz clara del entendimiento, que lo que se llama ‘retórico’ como medio de un arte consciente, había sido activo como medio de un arte inconsciente en el lenguaje y en su desarrollo, e incluso que la retórica es un perfeccionamiento de los artificios presentes ya en el lenguaje.”[6]

Un aspecto importante de la literatura antigua es que su principal medio de desarrollo era la oralidad, antes que la escritura. Las lógicas gramaticales que ha fijado para sí el discurso escrito, con el paso de los siglos han acabado por olvidar que su origen una vez fueron las formas no escritas de tradiciones orales como la romana o la griega, cuya prosa era explicada cual “eco” generado por la oralidad de los individuos.

El objetivo principal de la palabra hablada era seducir al oído, y por lo tanto se volvió poco comprensible para la gramática escrita, que sólo se interesa en encontrar a los ojos mediante la lectura, en el silencio y la sobriedad, lejos del tumulto y las pericias interpretativas que requerirían un auditorio o un teatro para desplegar el discurso.

“Esto se explica, en última instancia, por el hecho de que en la Antigüedad la prosa propiamente dicha era en parte un eco del discurso oral y se formaba según sus propias leyes; mientras que nuestra prosa se ha de explicar más a menudo a partir de la escritura, y nuestro estilo se presenta como algo que ha de ser percibido a través de la lectura.[7]

Para Nietzsche, la situación en que se encuentra la filosofía es la misma en que se encuentra la poesía, pues cuando ambas resonaban en la plaza pública un día, hilvanadas por un sofista o un poeta en medio de una audiencia, en los tiempos modernos no se les encuentra más que mediante el discurso escrito:

“(…) nosotros conocemos poetas literarios, los griegos conocían una verdadera poesía sin la mediación del libro.”[8]

Una vez descartada la naturalidad discursiva, lo retórico pasa a ser considerado la esencia inconsciente y artificiosa de todo desplante lingüístico, y la retórica el perfeccionamiento de los artificios que ha desarrollado desde el inicio la lengua.

“El poder de descubrir y hacer valer para cada cosa lo que actúa e impresiona, esa fuerza que Aristóteles llama «retórica», es al mismo tiempo la esencia del lenguaje: éste, lo mismo que la retórica, tiene una relación mínima con lo verdadero (…) el lenguaje no quiere instruir sino transmitir a otro una emoción y una aprehensión subjetivas.”[9]

Quien pretende instruir atiende eminentemente a algo que busca como veracidad objetiva en el discurso. Quien pretende transmitir, por otra parte, da seguimiento a un uso del lenguaje que ubica su fuerza en el cuerpo y juega con las imágenes para persuadir, apelando no sólo al raciocinio, sino también a las emociones. El orador antiguo sería una refinada expresión de un arte de este tipo, pues buscaba los impulsos del cuerpo de una manera que la tradición escrita no comprende porque sólo actúa en la lógica del discurso escrito.

“El hombre que configura el lenguaje no percibe cosas o eventos, sino impulsos (Reize): él no transmite sensaciones, sino sólo copias de sensaciones. La sensación, suscitada a través de una excitación nerviosa, no capta la cosa misma: esta sensación es representada externamente a través de una imagen.”[10]

La imagen es señalada como una copia o figuración que surge de las sensaciones, y entre las sensaciones se difumina. He aquí algo que ha sido referido como una inversión del platonismo en Nietzsche. El lenguaje para este autor no tiene su origen en la idea, sino en el cuerpo; antes que la luz apolínea, es la oscuridad dionisíaca (pulsión, sentir) la que le sostiene en la superficie, en un escenario en que luces y máscaras dan forma, valor, sentido… pero en el cual es el cuerpo el que impulsa la fuerza de una y otra figura.

El momento socrático del que parte la tradición filosófica occidental instaura una depreciación generalizada del cuerpo y la vida en favor de una razón superior asequible al alma sólo a través de la intelección y los conceptos puros, después de la muerte. Una vez desprendida de este ámbito de formas contingentes, del alma se dice que asciende al lugar en que se encuentran las formas eternas e inamovibles que lo originan todo (topos uranos: ideal de la verdad y el conocimiento).

El modelo filosófico de Sócrates y Platón se refiere a la vida corpórea con aversión, y prefiere alejarse hacia arriba, hacia la nítida luz que mana del Sol tirado por Apolo, como buscando acercarse lo más posible a una virtualidad absoluta del ser humano.

Nietzsche revoluciona la polaridad metafísica del modelo platónico al decir que los significados lingüísticos desarrollados por el hombre provienen, ya no de una razón pura y eterna, sino de las fuerzas que excitan los impulsos nerviosos del cuerpo: engendrador de la idea, del lenguaje y el mundo, al paso de la contingencia; desde el sentir previo a todo sentido.

La diferencia inherente a la imagen sonora consiste en que se encuentra sujeta al cuerpo, en primera instancia, además de que éste se encuentra sujeto a las fuerzas que le rodean. Aún la imagen más alejada del cuerpo (la más endurecida, la más silente, la más canónica…) ha de necesitar a alguien que le despliegue interpretativamente, concentrando en esta actividad a sus propios recursos: la memoria del individuo retornando al instante presente para informar con sentido y valor al desplazamiento de una figura y de otra.

“Nuestras expresiones verbales nunca esperan a que nuestra percepción y nuestra experiencia nos hayan procurado un conocimiento exhaustivo, y de cualquier modo respetable, sobre la cosa. Se producen inmediatamente cuando la excitación es recibida. En vez de la cosa, la sensación sólo capta una señal.[11]

De acuerdo con Nietzsche, la imagen ha nacido para transmitir algo muy distinto a lo que la tradición metafísica de occidente considera como “objetividad” o “verdad”, a través del uso de la palabra.

Trasladar el origen y desarrollo del movimiento lingüístico humano hacia el cuerpo, representa otros órdenes discursivos; nuevos valores y nuevos sentidos. El giro que plantea Nietzsche consiste en ubicar al sentido, al valor y al entendimiento mismo, al nivel del cuerpo. Este último, como creador del lenguaje, no representa la idea a ningún nivel diferente al suyo y más bien le vive a cada momento, confluyendo con ella e interpretando así el devenir de una individualidad que transforma su propio sufrimiento en imágenes que caen en el ámbito de la belleza. La vida ocurre como siempre lo ha hecho.

La individualidad se redime de todo el sufrimiento posible, del horror y lo terrible de la existencia, en la apariencia.

El nacimiento de la mentira o apariencia, y la belleza, es uno mismo:

“Pero Apolo nos sale de nuevo al encuentro como la divinización del principium individuationis, sólo en el cual se hace posible la meta eternamente alcanzada de lo Uno primordial, su redención mediante la apariencia: él nos muestra con gestos sublimes cómo es necesario el mundo entero del tormento, para que ese mundo empuje al individuo a engendrar la visión redentora, y cómo luego el individuo, inmerso en la contemplación de ésta, se halla sentado tranquilamente, en medio del mar, en su barca oscilante.”[12]

Ubicar al origen del lenguaje en el cuerpo genera un desarrollo del sentido que obedece primordialmente a las pulsiones de los individuos, de modo que el discurso no representa una adecuación a la cosa externa, sino un desplante vital.

La imagen sonora no representa el nacimiento del concepto, sino del tropo.

“Los artificios más importantes del lenguaje son tropos, las designaciones impropias. Pero todas las palabras son en sí y desde el principio, en cuanto a su significación, tropos. En vez de aquello que tiene lugar verdaderamente, presentan una imagen sonora que se evanesce con el tiempo (…)”.[13]

Desde esta perspectiva, la filosofía y la literatura convergen en el punto de su figuralidad original. Entre otros factores, la conciencia de la figuralidad de la lengua da a Nietzsche la libertad para hacer filosofía con poemas y aforismos, al igual que con conceptos y otras figuras. El lenguaje y el cuerpo, para este autor, confluyen en un mismo estrato volitivo y se pueden manifestar de infinitas formas.

La filosofía nietzscheana no busca volcarse definitivamente a la poesía, ni a una ciencia dura, ni a un estilo único y particular; lo que quiere es retornar al movimiento y la diferencia a través del discurso: crear formas para satisfacer una necesidad fisiológica de afirmación de lo que se siente (implicando necesariamente la transgresión de lo sentido y establecido anteriormente), por lo cual busca a los que crean y se afirman siempre de manera artística, diferente; individuos que ni siquiera le presten toda su atención y después olviden lo que Nietzsche ha aseverado, para crear así sus propias formas y valores.

“El secreto de la palabra no está del lado del que escucha, como tampoco el secreto de la voluntad está del lado del que obedece o el secreto de la fuerza del lado del que reacciona. La filología activa de Nietzsche tiene tan sólo un principio: una palabra únicamente quiere decir algo en la medida en que quien la dice quiere algo al decirla. Y una regla tan sólo: tratar la palabra como una actividad real, situarse en el punto de vista del que habla (…) ¿Quién utiliza tal palabra, a quién la aplica en primer lugar, a sí mismo, a algún otro que escucha, a alguna otra cosa, y con qué intensión? ¿Qué quiere al decir tal palabra? La transformación del sentido de una palabra significa que algún otro (otra fuerza u otra voluntad) se ha apoderado de ella, la aplica a otra cosa porque quiere algo distinto. Toda la concepción nietzscheana de la etimología y la filología, a menudo mal entendida, depende de este principio y de esta regla.”[14]

Escuchar sin decir nada, tener las orejas grades y solamente asentir, para Nietzsche es un símbolo de pasividad, lingüística y vital. Por eso en Lamento de Ariadna [15], al rescatarla del dios martirizador, Dionisos le recuerda que ella tiene orejas pequeñas, como las suyas; orejas de laberinto que bifurcan y multiplican el sentido; que permiten el retorno de la diferencia.

Friedrich Nietzsche, por Edvard Munch

Friedrich Nietzsche, por Edvard Munch.


[1] Nietzsche, Friedrich. Escritos sobre retórica. pp. 92-93.

[2] Foucault, Michel y Deleuze, Gilles. Theatrum philosophicum. Repetición y diferencia. p. 62.

[3] Entre las figuras literarias o figuras retóricas, la semiología señala a la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, la ironía, la alegoría y la catacresis, como algunas de las más recurrentes en nuestro uso cotidiano del lenguaje.

[4] Locke, John. Ensayo sobre el entendimiento humano. p. 758.

[5] Nietzsche, Friedrich. Escritos sobre retórica. pp. 90-91.

[6] Ibid. p. 91.

[7] Ibidem.

[8] Ibidem.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem.

[11] Ibid. pp. 91-92.

[12] Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. p. 60.

[13] Nietzsche, Friedrich. Escritos sobre retórica. p. 92.

[14] Deleuze, Gilles. Nietzsche y la filosofía. p. 107.

[15] Cfr. Nietzsche, Friedrich. Poesía completa. pp. 74-78.

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