Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, quien ocupa el lugar más destacado, en el campo de la lírica, de finales del Barroco.

 

Laberinto endecasílabo

[47]

Para dar los años la excelentísima señora condesa de Galve al excelentísimo señor conde, su esposo.

 

Amante, —caro—,dulce esposo mío,

festivo y—pronto—tus felices años

alegre—canta—sólo mi cariño,

dichoso—porque—puede celebrarlos.

Ofrendas—finas—a tu obsequio sean

amantes—señas—de fino holocausto,

al pecho—rica—mi corazón, joya,

al cuello—dulces—cadenas mis brazos.

Te enlacen—firmes, —pues mi amor no ignora,

ufano—siempre,—que son a tu agrado

voluntad—y ojos—las mejores joyas,

aceptas—solas,—las de mis halagos.

No altivas—sirvan,—no, en demostraciones

de ilustres—fiestas,—de altos aparatos,

lucidas—danzas,—célebres festines,

costosas—galas—de regios saraos.

Las cortas—muestras de—el cariño acepta,

víctimas—puras de—el afecto casto

de mi amor,—puesto—que te ofrezco, esposa

dichosa,—la que,—dueño, te consagro.

Y suple,—porque—si mi obsequio humilde

para ti,—visto,—pareciere acaso,

pido que,—cuerdo,—no aprecies la ofrenda

escasa y—corta,—sino mi cuidado.

Ansioso—quiere—con mi propia vida

fino mi—amor—acrecentar tus años

felices,—y yo—quiero; pero es una,

unida,—sola,—la que anima a entrambos.

Eterno—vive:—vive, y yo en ti viva

eterna,—para que—identificados,

parados—calmen—el amor y el tiempo

suspensos—de que—nos miren milagros.

Imagen 7

Redondillas

[56]

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan.

 

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión,

de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien,

si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia,

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro

que el que falto de consejo,

él mismo empaña el espejo,

y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel,

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?

Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere,

y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas,

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada,

la que cae de rogada,

o el que riega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga,

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis,

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia,

juntáis diablo, carne y mundo.

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