“Por naturaleza existen sólo átomos y vacío”.

Demócrito.[1]

 

Introducción  

Durante los siglos VII, VI y V a. C., aparecieron en varias ciudades griegas, algunos pensadores que posteriormente fueron conocidos como filósofos presocráticos; sin embargo, esta denominación no es precisamente cronológica, ya que algunos de ellos fueron contemporáneos e incluso más jóvenes que Sócrates. Se les denominó de esa manera porque su filosofía tiene como interés principal el conocimiento de la naturaleza de las cosas y no al hombre, como ocurrió con Sócrates, los sofistas y otros pensadores posteriores.

Leucipo y Demócrito, considerados fundadores del atomismo, fueron los últimos grandes pensadores naturalistas, preocupados por descubrir el arché o principio de todas las cosas. Su filosofía concentró varios de los principios y postulados de quienes fueron sus antecesores[2], al mismo tiempo que trató de resolver y conciliar algunos de los problemas que las anteriores teorías no habían podido solucionar; además, se convirtió en fundamento de otras corrientes y escuelas filosóficas del helenismo, tales como el epicureísmo.

De Leucipo se sabe muy poco; hay quienes señalan que nació en Elea, otros que fue de Abdera, e incluso se cree que pudo haber sido de Mileto; también se comenta que fue discípulo de Zenón y que fue, propiamente, el creador de la teoría atomista.

 

“Sostenía éste [Leucipo] que las cosas en su totalidad son infinitas y que cambian unas en otras, y la totalidad se compone de lleno y vacío. […]. Fue el primero que estableció como principios los átomos”.[3]

 

En cambio, de Demócrito se conocen varios datos; se dice que fue muy longevo, pues nació hacia el 460 a.C., y se estima que murió en el 357 a.C.; además, se sabe que viajó mucho y que fue un erudito que escribió al menos 52 obras de diversos temas, como: ética, física, matemáticas, música, literatura, temas técnicos y otras no clasificadas.

Debido a la antigüedad de la teoría atomista y a que no existe una clara diferenciación entre el pensamiento de Leucipo y el de Demócrito, los estudiosos del tema les atribuyen a ambos pensadores la creación de la misma, sin distinguir hasta dónde llegaron las aportaciones de cada uno. Esto se debe a que se conservan apenas un par de fragmentos de su teoría y sólo se conoce de ella lo que ha quedado conservado a través de noticias llegadas a nosotros desde textos de otros pensadores y estudiosos como: Aristóteles, Diógenes Laercio, Simplicio y Teofrasto, entre algunos más.

 

La teoría atomista 

A través de la teoría atomista, Leucipo y Demócrito afirmaron que el universo está compuesto en su totalidad sólo de átomos y vacío, siendo el átomo el ser y el vacío el no ser. Sin embargo, ser y no ser tienen para ellos la misma realidad, ya que ambos son, por igual, causa de todas las cosas que llegan a ser.[4] También identificaron al ser con la corporalidad, pues de acuerdo a su pensamiento todo lo que es, es corpóreo o material.

 

“Sus [refiriéndose a Demócrito] opiniones son éstas: que los principios del conjunto de cosas son los átomos y el vacío, y todo lo demás es convencional. Los mundos son infinitos, engendrados y perecederos. Nada nace de lo no ente ni se destruye en el no ser. Y los átomos son infinitos en cuanto a su tamaño y número, y se mueven arrastrados en torbellino en el conjunto general. Y así engendran los compuestos: el fuego, el agua, el aire y la tierra. Pues éstos existen como sistemas de átomos de cierto modo. Los átomos son insensibles e inalterables por su dureza”.[5]

 

Esta teoría se fundamenta, en gran medida, en los principios del ser expuestos por el eleata, Parménides[6], pero aplicados, con algunas diferencias, a una unidad más pequeña y simple: el átomo. Leucipo y Demócrito señalaron que el ser es múltiple y no unitario como afirmaba el filósofo de Elea; sin embargo, las cualidades que le atribuyeron al átomo son las mismas que Parménides dio al ser. Los átomos son los elementos positivos del ser, innumerables, ingénitos, de múltiples formas, pequeñísimos, eternos y en perpetuo movimiento[7]; estos elementos admiten, a la vez, a un elemento negativo (el no ser), pues gracias a él existen el movimiento y el cambio. El no ser, o vacío, desempeña la función de disgregación, separando los átomos entre sí.

 

“[…] no existe movimiento sin vacío, afirma [Leucipo] que el vacío no es, y que nada hay en el ser que no sea, dado que lo que es, en sentido propio es completamente pleno. Ahora bien, tal ser, según él, no es uno, sino múltiple en cantidad, mas son seres invisibles por la pequeñez de su masa. Se desplazan en el vacío –pues hay vacío (pero fuera del ser, que son los átomos)– y su combinación produce la generación y su disolución, la corrupción”.[8]

 

De acuerdo a su doctrina, la mezcla de vacío y átomos –en mayor o menor proporción–, es la causa de las diversas cualidades y todos los cuerpos se componen de los mismos elementos. El movimiento natural de los átomos es rectilíneo, pero al moverse en el espacio vacío chocan entre sí formando remolinos y de esa forma van adoptando diversas formas, de acuerdo a su semejanza. Así, se unen por un tiempo creando cuerpos visibles y después se disuelven. Los cuerpos se construyen por agregación de los átomos y se destruyen por su disgregación; pero, los átomos mismos son indestructibles e inalterables.

 

“[Demócrito] Cree que son [los átomos] seres tan pequeños que escapan a nuestros sentidos, pero se dan en ellos formas de todas clases figuras de todas clases y diferencias de tamaño- Así, pues, partir de éstos, como a partir de elementos, genera y agrega volúmenes visibles y perceptibles. Colisionan y se desplazan en el vacío de acuerdo con su desigualdad y las demás diferencias señaladas, y en su desplazamiento, bien chocan, bien se entrelazan con una trabazón tal que tocan uno con otro y producen una estrecha vecindad entre ellos […]”.[9]

 

El movimiento, los choques, las agrupaciones y separaciones de los átomos están regidos por una ley fatal o necesidad, inmanente a la misma materia, que obra ciegamente sin finalidad alguna. Los átomos están agitados por un violento torbellino, dentro del cual se forman los astros, el sol, la luna, y los planetas, los cuales giran en torno a la tierra, esférica e inmóvil en el centro del universo. La vía láctea es una agrupación de astros, iluminados por un reflejo del sol; mientras que los relámpagos se forman al chocar las nubes entre sí.

 

“Afirma [Leucipo] que todo es infinito […]. De éste una parte es lo lleno y otra lo vacío, lo que llama «elementos». De éstos se forman muchos mundos infinitos y en ellos se disuelven. Los mundos surgen del siguiente modo. Se desplazan por segregación del infinito muchos cuerpos variados con todo tipo de formas y caen en el gran vacío, y reuniéndose forman un vasto torbellino, en el que se entrechocan unos con otros y volteando de múltiples maneras se separan uniéndose lo semejante con lo semejante”.[10]

 

Conclusión

La teoría atomista, propuesta por Leucipo y Demócrito, representa la síntesis y culminación del pensamiento naturalista presocrático. A partir de ella trataron de resolver el problema del movimiento, el origen de todas las cosas, su generación y muerte; y aunque sus planteamientos se fundamentan en una postura metafísica y no propiamente científica, su teoría abrió paso a la nueva teoría atómica fundamentada por la química y la física modernas, mismas que se basaron en los principios elementales de la antigua propuesta presocrática, tales como la cohesión y repulsión de los átomos para la configuración de elementos. Debido a ello, su impacto en el mundo contemporáneo es de gran relevancia, ya que el atomismo se convirtió en modelo y referente para el estudio de la naturaleza en casi todos los pensadores posteriores, como Aristóteles, Epicuro, Lucrecio, Giordano Bruno y John Dalton, entre otros, por lo que sus postulados, propuestos hace más de 2500 años, son dignos de estudio y admiración.

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Notas

[1] Demócrito según Diógenes Laercio, en Vidas de los filósofos ilustres, 9,45.

[2] La filosofía atomista tiene fundamento en el pensamiento de varios filósofos anteriores y tomó cosas, sobre todo, de la filosofía de Parménides de Elea, Zenón de Elea y Meliso de Samos.

[3] Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, 9,30.

[4] Bernabé, Alberto. “Simplicio”, en Vidas de los filósofos ilustres, p329.

[5] Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, 9,44.

[6] Parménides consideraba que el ser es uno, imperecedero, ingénito, inmóvil, eterno, imperturbable, infinito, continúo y homogéneo.

[7] Esta cualidad es una diferencia con el ser parmenídeo, ya que él consideraba al ser como inmóvil.

[8] Bernabé, Alberto. “Aristóteles”, en Vidas de los filósofos ilustres, p328.

[9] Bernabé, Alberto. “Aristóteles”, en Vidas de los filósofos ilustres, p.330.

[10] Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, 9,31.

Bibliografía

Bernabé, Alberto. De Tales a Demócirto. Fragmentos presocráticos. Madrid, Alianza, 1988.

García-Bacca, Juan David. Los presocráticos, México, FCE, 2009.

Laercio, Diógenes. Vidas de los filósofos ilustres,

 

 

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