Durante el helenismo predominaron dos corrientes filosóficas: la primera con la escuela estoica y la segunda con la epicúrea. Las diferencias entre una y otra son muy variadas, sin embargo, se pueden resumir todas en una sola. Mientras una escuela concibe la naturaleza como dualista entre materia y espíritu, la otra la considera como la unión entre materia y vacío.

La doctrina de Epicuro, expuesta en las tres únicas cartas que de este filósofo quedan, es una exposición de la física de Demócrito. En ellas se conviene que la materia es eterna, aunque no lo sean los cuerpos con ella formados, y que la muerte o término de todos los seres, incluso el humano, no es más que una transformación, una disgregación de los átomos que los forman; átomos imperecederos cuyas repulsiones y afinidades son origen de todos los seres. La base de la física de Epicuro consiste en que el universo es eterno y la materia de que está formado se transforma por virtud de combinaciones de átomos y conforme a leyes naturales preexistentes.

Por su parte, Tito Lucrecio tratará de demostrar que la única manera de saber los verdaderos procesos de la naturaleza es observándola, no achacándole todos los acontecimientos a los dioses, seres que, si bien existen, no tienen ningún interés en los procesos de la vida humana.

Los materialistas consideran que la Naturaleza está compuesta de pequeños principios, tan pequeños que no pueden ser vistos. Principios eternos e indestructibles que poseen un movimiento continuo, por lo que necesitan del vacío infinito para desplazarse y en conjunto forman todas las cosas que existen.

Lucrecio y Epicuro no admiten la existencia de ideas que se encuentran fuera de este mundo, ni de esencias en la naturaleza, separándose así ambos de la tradición filosófica de su tiempo y la que aconteció en el futuro.

Según Lucrecio, la Naturaleza sólo se explica por el movimiento de los principios que también son llamados átomos. Y así como los átomos se juntan para formar las cosas, también se disocian para corromperlas; es decir, todo lo que existe tiene que perecer. Los cuerpos se disocian, pero los átomos siempre permanecen.

Los átomos forman las cosas, pero no por necesidad sino por simple casualidad. Las formaciones de los átomos perecen para volver a ser átomos, por lo que es inmediato pensar en uno de los postulados de la ciencia moderna: la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Los epicúreos niegan el dualismo entre cuerpo y espíritu expuesto por los estoicos y los postulados metafísicos de Platón. Aceptan la existencia del alma; sin embargo, ésta no está contrapuesta al cuerpo sino que es parte de él, es materia y se compone de átomos.

Lucrecio critica fuertemente la creencia del alma inmortal que tanto defendió Platón. Niega su eternidad argumentando que no se recuerdan vidas pasadas y diciendo que sería ridículo pensar que las almas inmortales quisieran entrar en un cuerpo perecedero para sufrir dolores y necesidades; ¿por qué las almas renunciarían a su vida de completa relajación para entrar en un cuerpo con sufrimientos? “Ridículo es, en fin, imaginarse estar prontas al coito las almas, y a partos de animales, como enjambres de inmortales sustancias esperando mortales miembros, y entre sí luchando por entrar en el cuerpo”.[1]

De rerum natura 

Lucrecio será el máximo representante de la escuela de Epicuro durante la época de La República romana. De rerum natura es un poema que consta de seis libros donde explica ámbitos de la filosofía epicúrea. En él expone un pensamiento materialista y muestra su gran capacidad de observación. Unifica todo lo que es en la materia; lo que no es, será vacío.

 El poema está dividido en seis libros, de los cuales podrían extraerse los siguientes principios:

  1. De la nada, nada viene.
  2. Sólo los átomos y el vacío existen en realidad.
  3. La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
  4. Todo se mueve y el movimiento es eterno.

 

¿Cómo podría surgir algo de la nada? Tan sólo lo semejante surge de lo semejante. Las cosas engendran otras parecidas. En esta observación se basa gran parte de la filosofía lucreciana. A partir de esta afirmación puede también sostenerse que el alma es material, pues sería absurdo e imposible juntar cosas tan opuestas por sus naturalezas, tal como ocurre con el agua y el aceite.

De la misma forma quedan excluidos los poderes divinos o sobrenaturales como responsables del acaecer en el mundo; a ellos, si es que existen, deben sólo interesarles, y pertenecer, mundos y situaciones igual de divinas.

“[…] de la nada, nada puede hacerse,

entonces quedaremos convencidos

del origen que tiene cada cosa;

y sin la ayuda de los inmortales

de qué modo los seres son formados”.[2]

 A su vez, existen principios que son inmutables y de ellos surgen todos los cuerpos que son compuestos; los átomos se unen de acuerdo a sus gustos. Los principios nunca se destruyen, pero los cuerpos que de ellos se forman se desgastan y perecen.

Así que la muerte y las creaciones no son absolutas, son uniones y desuniones de los mismos principios eternos, formas de ser del todo. Como en el sadismo, toda destrucción implica a su vez una construcción; la muerte, la desintegración de los cuerpos, lleva con ella nuevas formas, nuevos compuestos.

Decir sí es excluir todas las demás posibilidades a las que se ha dicho no, y decir no, nos deja abiertos para un sí. Uno es siendo y ese ser es el despliegue, el movimiento, las formas de ser de él mismo.

“Estas transformaciones nunca cesan,

[…] Es preciso que sean inmutables,

porque no se aniquile el universo;

no puede cuerpo alguno de su esencia

los límites pasar sin que al momento

deje de ser lo que era […]”.[3]

 Todo se mueve y este continuo movimiento, este choque de átomos que entonces se unen o alejan, es la vida. Lo inmóvil, lo estático, no puede ser más que un monumento inútil, insensible, inexistente, siendo sin ser nada. Y de los principios nace el movimiento, de ellos se forman todos los cuerpos.

 El tiempo es una medida del movimiento, son las cicatrices de esos choques de los cuerpos, es la manera a la que se ha llamado ese “ver moverse” de los átomos.

 “Se conserva sin pérdidas la suma:

Empobreciendo un cuerpo, los principios

van a enriquecer otro, y envejecen

los unos para que otros reflorezcan;

ni en un sitio se paran; de este modo.

El universo se renueva siempre […]”.[4]

La concepción del universo material cambia por completo la perspectiva de la vida, de la muerte y de todo lo que por tradición había venido siendo dual y opuesto. Cambia la visión del hombre, de los que pueden entender y se cuestionan.

Para el mundo humano, civilizado, las proposiciones materialistas cambian por completo la visión ética y moral del mundo social. Si el hombre y todo cuanto existe es finito, ¿qué sentido tienen las condenas perpetuas? Aún el ser en existencia transitoria merece respeto porque es parte del todo. Es el todo en un ser, expresándose sólo por momentos en algo.

¿Qué tanto miedo pueden causar al hombre los postulados de Lucrecio? ¿Por qué huir de la naturaleza? ¿Por qué darle mayor cabida al temor y a la ignorancia en nuestras mentes que a nuestra propia vida?

Usualmente cuando se conoce, pero se conoce de verdad, se busca sin prejuicios y se mira sin pretextos, se encuentran realidades que sin ser buenas ni malas, son sólo eso: realidades, aunque en casi todas las ocasiones se presentan como indeseables.

Y nosotros, en nuestra desnudes nos horrorizamos, nos avergonzamos llenos de “pecados”, de deformidad, de temores. Pero estos miedos insensatos, burlones, se jactan de la naturaleza, de nosotros, y nos roban maravillas.

Como se lee en el texto de Lucrecio, hay que vivir sin miedo, con libertad. La imperfección es natural, igual que la muerte y la destrucción. Temerosos vivimos casi todos los hombres, pero más que temerosos de la muerte tenemos miedo de vivir sin ataduras, de exponernos al sol desnudos y tranquilamente, de revelarnos ante nuestros ojos y aceptar nuestra naturaleza.

Así la vida es el infierno de los necios, el castigo de los que se rehúsan a vivir. El infierno es la vida para el que no quiere vivir.

“Así en vano se afana el hombre siempre

y de continuo se atormenta en vano,

y en cuidados superfluos gasta el tiempo,

porque no pone límite al deseo,

y porque no conoce hasta qué punto

el placer verdadero va creciendo […]

El tiempo de este modo poco a poco

trae los descubrimientos de la cosas […]”.[5]

 

 

 

Notas al pie:

[1] Lucrecio. De rerum natura III, 1068-1064

[2] Ibid I, 219-223

[3] Ibidem Cfr. 1, 986-994

[4] Lucrecio. De rerum natura II,94-99

[5] Ibid. V, 2070-2077

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