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Resumen: En el siguiente artículo es realizada una lectura atenta de los capítulos uno y dos, del libro tercero del tratado Sobre el alma, de Aristóteles.

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Advertencia: Este es un contenido interpretativo en el cual no se pretende abordar temas generales de la obra de Aristóteles, sino realizar una lectura cercana y expositiva –en los términos más ordenados y simples– de los importantísimos puntos que el filósofo de Estagira toca en su tratado Sobre el alma, específicamente en el libro tercero, capítulos uno y dos.

La lectura atenta, como se verá aquí, es del todo personal y pone en práctica el ejercicio de la interpretación apegada al texto, por lo cual el lector del presente argumento no hallará referencias a otros comentaristas ni a otros pasajes de la obra de Aristóteles, pero sí una perspectiva enfocada en los principios que vinculan a la sensibilidad y el intelecto, localizable en el libro tercero de su estudio acerca del alma.

En cuanto al estilo del comentario, dada la naturaleza no editorial de los apuntes mediante los cuales conocemos las reflexiones del filósofo sobre el alma, he decidido presentar el argumento aristotélico en 15 puntos que, a mi parecer, exponen con claridad la lógica del mismo, sin forzarlo a entrar en la hilaridad ensayística.

Finalmente, no está de más obviar otro tanto que la argumentación de Aristóteles acerca de las cualidades sensibles, las facultades sensitivas y el intelecto, es mucho más amplia que lo aquí expuesto (lo cual es básicamente una invitación a investigar más el tema), aunque, sin lugar a dudas, los elementos aquí tratados son fundamentales en la concepción aristotélica de las facultades perceptivas e intelectuales del ser humano.

 

Introducción

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“En muchos sentidos, la doctrina aristotélica de la psyche es la piedra angular de su filosofía, y con certeza, la clave de la filosofía de la naturaleza que ofrece un importante eslabón entre la física, la ética y su teología”. Geoffrey Lloyd.

“Por tanto, si cabe enunciar algo en general acerca de toda clase de alma, habría que decir que es la entelequia primera de un cuerpo natural organizado. De ahí además que no quepa preguntarse si el alma y el cuerpo son una única realidad, como no cabe hacer tal pregunta acerca de la cera y la figura y, en general, acerca de la materia de cada cosa y aquello de que es materia”. Aristóteles.

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Se estima que el tratado de Aristóteles acerca del alma, mundialmente conocido como De Anima, fue redactado entre los años 335 y 322 a.C., durante la etapa de madurez del pensamiento aristotélico[1]. Su propósito central consiste en discernir la naturaleza del principio vital, motriz, imaginativo e intelectual que anima al cuerpo, y detallar cuáles son las relaciones entre ese principio activo, las facultades sensitivas del ser humano, y las cualidades sensibles de los objetos.

Considerando tales características, la investigación de Aristóteles sobre el alma es señalada por muchos como el primer estudio bio-psicológico del que se tiene registro, aunque también ha representado una gran influencia para el desarrollo de la antropología filosófica y la teoría del conocimiento, lo mismo que para la escolástica medieval, el humanismo renacentista, e incluso para la mística y el vitalismo pos-helénicos.

La obra en cuestión se divide en tres libros, y el primero de ellos se divide, a su vez, en cinco capítulos, en los cuales Aristóteles comienza por plantear el objeto a tratar, así como ciertas dificultades y cuestiones metodológicas en torno al tema del alma. Sin embargo, su ocupación principal a lo largo del primer libro será realizar –muy aristotélicamente– un análisis minucioso y crítico de las teorías acerca del alma precedentes a la suya.

El segundo libro se divide en doce capítulos, en los que la tarea central ha de consistir en ofrecer una definición de lo que es el alma, una vez rechazadas las teorías precedentes y siguiendo una línea de argumentación propia. Aquí formula su famosa definición del alma como «acto primero del cuerpo», luego teniendo que describir cuál pueda ser su potencia correspondiente. Es así como aborda el tema de las potencias o facultades del alma, iniciando con las del alma vegetativa, pasando luego a las del alma sensitiva y concluyendo –en el tercer y más prolongado libro, dividido en trece capítulos– con las del alma intelectiva.

Pero al comienzo del tercer libro (capítulos uno y dos) Aristóteles retoma cuestiones sobre las facultades sensitivas del cuerpo, que constituyen la base de su argumentación en cuanto al modo en que desarrollamos imaginación y pensamiento, a partir de las cualidades sensibles de lo real. Tal es, pues, la parte del tratado aristotélico sobre el alma, en la cual se enfocan los siguientes 15 puntos.

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1. No existe ningún otro sentido aparte de los cinco que todos conocemos: oído, vista, olfato, gusto y tacto[2].

2. ¿Es posible que carezcamos de algún órgano sensorial, de manera que existen sensaciones que no percibimos? De ningún modo, según Aristóteles, y la primer prueba que da de esto es la confirmación del tacto, pues de haber en el universo un cuerpo completamente ajeno, extraño o desconocido a nosotros, tendría que podérsele tocar, y esta facultad sí la poseemos[3].

3. Aquello que no podemos tocar de manera directa pero que sí podemos percibir de manera indirecta, como las imágenes o los sonidos, lo percibimos a través de lo que Aristóteles llama “cuerpos simples”[4]: el viento y el agua. Y si consideramos que viento y agua son simples o elementales porque toman parte, junto con la tierra y el fuego, en la constitución de todo lo que nos rodea, entonces podemos concluir, primero, que los seres humanos debemos tener aire y agua en nosotros y, en segundo lugar, que esto nos faculta para percibir las “cualidades sensibles heterogéneas”[5] que viajan a través de tales elementos, como los diversos colores y sonidos que de hecho captamos. Porque para Aristóteles, tener en el órgano sensitivo algo de lo que constituye el medio por el cual ocurre la percepción (a la manera del ojo, que percibe colores gracias a que aquéllos viajan en el aire y en el agua, siendo él mismo de naturaleza acuosa), implica, pues, que el órgano debe poder percibir todo lo que ocurra en el medio que lo envuelve, dado que medio y órgano comparten elementos simples. En este punto, Aristóteles echa mano del principio materialista que afirma que lo semejante atrae lo semejante, ya que ello le permite considerar que existe un vínculo elemental entre las facultades sensitivas del hombre, y el mundo.

En conclusión, para el estagirita es imposible que haya un cuerpo sólido que no podamos percibir, pues poseemos la terrena facultad del tacto, así como tampoco puede haber colores o sonidos que se nos escapen, dado que poseemos vista y oído, siendo estas últimas facultades, acuosa y aérea, respectivamente. Por otra parte, según Aristóteles, en el olfato conjuntamos ambos, agua y aire, por lo cual sólo basta especular un poco más para suponer que el gusto constituye, a su vez, una facultad terrena, acuosa y aérea. Y en cuanto a nuestra relación o vínculo con el fuego, ¿no podría afirmarse que el poseer en nosotros este elemento es lo que faculta al tacto para sentir frío y calor? De tal manera, tenemos los órganos sensitivos adecuados y suficientes para percibir todo lo que esté constituido por los mencionados elementos, pues nosotros mismos estamos conformados por agua, aire, tierra y fuego, y debido a esto se puede asegurar que, a menos que haya un elemento simple que no poseamos, estamos facultados para percibir todo lo que hay a nuestro alrededor.[6]

4. No es posible que exista un órgano especial para los “sensibles comunes”[7]; término usado por Aristóteles para referirse a datos elementales derivados de la sensibilidad, que podemos categorizar como: reposo, movimiento, figura, magnitud, número y unidad. El problema que puede haber respecto a los sensibles comunes, es, precisamente, que debido a que son casi igual de básicos que los cinco sentidos, erróneamente se piense que algún órgano sensitivo está dispuesto especialmente para ellos. Pero el estagirita plantea muy claramente que ninguno de nuestros sentidos tiene por objeto primario la percepción de datos como el movimiento, argumentando que esto sólo ocurre accidental o secundariamente; la vista, por ejemplo, inicialmente percibe la luz y, a partir de las variaciones de aquélla, genera en quien mira la idea de desplazamiento, cambio o movimiento, que de hecho es, de acuerdo con Aristóteles, el «sensible común» que los engloba a todos.

De no haber movimiento no apreciaríamos ninguna magnitud ni a individuo alguno, porque la realidad parecería plana y sin márgenes, igual a un sonido extendido sin variación, una forma inconmensurable o un instante interminable y visto siempre desde el mismo ángulo, de modo que finalmente sería indistinguible una cosa de la otra. Afortunadamente, en el mundo en que vivimos corren juntos ritmos, tonos, sabores, perfumes y texturas, y es el movimiento el que hace todo ello posible. Sin embargo, como ha sido señalado, nos formamos secundariamente la idea de movimiento, al ver variar los tonos del ocaso, al escuchar los compases de una melodía, al sentir que en el aire se suceden el aroma del mar y el perfume de las flores, o cuando por nuestra lengua pasan el vino y el pan, uno después del otro. Sentimos el misterioso discurrir de lo real al sostener una manzana que se oxida, pero también cuando pasamos a tocar una hoja de papel, después de la mesa de madera. En conclusión, no hace falta que tengamos un sexto sentido enfocado en captar el movimiento de las cosas, dado que nuestros cinco sentidos actuales lo captan plenamente, aún sin estar especializados o dispuestos particularmente para ello.

Y si el movimiento nos da a conocer los números, cuando vemos al cielo pasar del azul (1) al naranja (2) y al negro (3), también los sentidos hacen esto, al momento en que recibimos cinco datos distintos observando un objeto particular.

Así, la inexistencia de una facultad especializada en la percepción de los «sensibles comunes», queda apuntalada en su falta de necesidad pero también en su completa ineficiencia, pues Aristóteles agrega[8] que, aún si admitimos que la tarea primaria del ojo es captar datos categóricos como la figura o la cantidad, por ejemplo, al imaginar su funcionamiento con tal programación resulta evidente que el órgano sería incapaz de darnos información ordenada ni coherente, pues al contemplar en el camino a alguien como el hijo de Cleón, tendríamos que decir: «hombre», «uno», «en movimiento», y demás cosas por el estilo, en lugar de simplemente expresar: «se aproxima el hijo de Cleón».

Por lo tanto, lo que habría que admitir respecto a los sensibles comunes, es lo que ya ha sido señalado, a saber: que los captamos secundariamente (después de simplemente ver, oír, probar, oler y tocar), que tenemos información plena y suficiente de ellos captándolos secundariamente, y que, si acaso alguna de nuestras facultades estuviera enfocada primariamente en captarlos a ellos, eso traería una total desorganización y confusión al momento de la percepción.

5. Los “sentidos particulares”[9], para Aristóteles, representan la percepción accidental (también secundaria o, en todo caso, terciaria, si vale usar el término), de las cualidades sensibles de los objetos. En otras palabras, son conjunciones de distintos sentidos que llegan a conformar uno solo, como el sentido «bilis», que está compuesto por los sentidos «amargura» y «amarillo». De este modo, los sentidos particulares conjuntan diferentes sensaciones en la percepción de un mismo objeto, permitiéndonos captar conceptos como «lago» (cuerpo extenso de agua sin movimiento), «bosque» (espacio con árboles y animales), «montaña» (formación alta y rocosa), etc.

6. ¿Por qué poseemos cinco sentidos y no sólo uno? Porque con uno quizá no alcanzaríamos a percibir todos los sensibles comunes y sentidos particulares que efectivamente conocemos, como los colores, los sonidos y los sabores, que nos permiten distinguir diferentes tipos de formas (cuerpos, tonadas, platillos…), y no sólo una idea parcial de lo que la forma es. Además, si poseyéramos únicamente la facultad de percibir colores, por ejemplo, podríamos pensar que todo en la realidad consiste en el color, pero –teniendo más que eso– sabemos que no es así, porque también podemos distinguir otras cosas[10].

7. Dado que sabemos que vemos, es decir, que somos conscientes poseedores de la facultad de la vista, cabe preguntar si el ojo es el órgano que nos informa esto (lo cual implicaría que «vemos que vemos»), o si acaso es alguno de los otros sentidos el que capta –y nos da conciencia de– nuestra mirada. Sin embargo, ¿cómo podría el olfato informarnos que vemos?, ¿cómo podrían el oído o el gusto? Tal vez mediante el tacto logramos constatar la presencia de párpados y globos oculares en la cara, pero al final del día, las manos, al igual que la nariz, la lengua o los tímpanos, son incapaces de decirnos nada acerca del color en el propio iris, ni de los colores del mundo. Y si esto no fuera cierto, y el olfato pudiera percibir colores, al ver el color de los ojos se podría «mirar» con ellos, por decirlo así, de modo que nuestro intelecto obtendría información reflejada, como cuando dos espejos son ubicados frente a frente. Pero dado que en la percepción no ocurre que experimentemos paradojas sensitivas relacionadas con diferentes órganos reflejando la misma información, se puede concluir que ningún otro sentido además de la vista nos provee dato alguno sobre el color y, asimismo, ninguno además del olfato puede decirnos del olor, ninguno además del oído puede escuchar, ninguno además del tacto puede tocar, y ninguno además del gusto puede probar. Esta conclusión, sin embargo, únicamente implica que cada facultad se atiene a su objeto, pero de ella no se sigue necesariamente que «veamos que vemos», es decir, que una facultad sensorial se pueda tener por objeto a sí misma. Entonces, ¿cuál es la facultad en el ser humano que sí tiene por objeto a otras facultades? Por tratar con información proveniente de los sentidos –y por lo tanto de lo sensible– también debe consistir en un sentido, plantea Aristóteles, pero uno de naturaleza distinta, capaz de discernir las causas más allá de los efectos de lo perceptible, y de la percepción.

8. Debido a que distinguimos colores y somos capaces de discernir su origen, sabemos que vemos. Por lo tanto, es válido afirmar que lo que ve puede ser, a su vez, «visto». Y si antes concedemos que lo que puede ser visto es aquello que posee color, entonces tenemos que concluir que el ojo, como las cosas, a su modo contiene al color, y esto lo confirma la capacidad del órgano de desarrollar una memoria de imágenes conocidas, familiares. Así, “percibir con la vista”[11] significa: distinguir y reconocer colores mediante los ojos, porque los ojos están facultados para verlos, dado que este órgano lleva los colores internamente o, usando el término aristotélico, está “coloreado”[12] él mismo. “Percibir con la vista”, por otra parte, también significa distinguir la intensidad de la luz, aún con los ojos cerrados, cuando no hay colores que nos den mayor información, desarrollando así una función que quizá es la generadora del dato más elemental que necesita el pensamiento cuando intelige sobre la mirada: distinguir la luminosidad de la penumbra.

Pero ahora quiero hacer énfasis en la tercera significación que Aristóteles da a la expresión “percibir con la vista”, que ya no versa sobre la asimilación de la luz o el color, ni en su reconocimiento, sino sobre la manera en que ocurre la conservación de una imagen de lo sensible y cómo llegamos a evocarla. El estagirita señala que la percepción visual, lo mismo que la percepción del oído, el olfato, el tacto y el gusto, es capaz de recibir improntas que se quedan con nosotros más allá de lo inmediato, aún después de que los objetos que provocaron la impronta ya no se encuentran dentro del dominio de nuestros sentidos. En el caso de la vista, desarrollamos memoria visual; podemos percibir la luz de la luna y darnos cuenta de su resplandor azulino, y también podemos evocar esa misma imagen como si hubiéramos conservado una copia para nosotros, una vez que estamos en el comedor y lejos de la ventana. Así es como recordamos gestos, fragancias, caricias, palabras y sabores pasados, pues los sentidos generan una experiencia interior amplia y rica en matices.

9. “El acto de lo sensible y el del sentido son uno y el mismo, si bien su esencia no es la misma”[13], afirma Aristóteles, dejando ver claramente su teoría acerca de la sensación, que dice que cuando una cualidad sensible se encuentra en acto, como una campana sonando, al momento en que una facultad sensitiva se encuentra en acto, como los oídos atentos de las campanadas del mediodía, entonces ocurren el sonido en acto o “soñación”, y el oído en acto o “audición”[14].

Un sonido en potencia puede ser el de un violonchelo que no es tocado por nadie. Un oído en potencia, el de un melómano que lee silenciosamente, mientras se toma un descanso. Pero al buscar y escuchar una tonada ponemos en acción nuestros oídos, y esto sucede exactamente mientras se encuentra en acción el sonido, es decir, mientras dura la música.

El acto de lo sensible, sea una canción sonando, una vela brillando o una aromática brisa pasando, al ser percibido por una persona, comparte con ella una escena momentánea, de la cual esa persona obtiene una impronta multisensorial –una imagen compuesta por sus cinco facultades perceptivas– que representa lo que Aristóteles llama el “acto de sentido”[15], ya señalado como el complemento humano de los actos de la materia, cuando ocurre la percepción. Concluyamos así, que, al encontrarse en acto simultáneamente lo sensible y los sentidos, conforman juntos una imagen del mundo, y en ese instante son indistintos el uno de los otros; sin embargo, las esencias de lo sensible y el sentido no son las mismas, pues la esencia de lo sensible es un acto de la materia, mientras que la esencia del sentido es un acto del ser humano.

10. Aristóteles señala que si bien existen varias palabras para los actos del sentido (audición, visión, gustación, etc.), no existen muchas que den cuenta de los actos complementarios de la materia, que de hecho son los estimulantes de nuestros actos de sentido. Entre las pocas palabras que señalan a los actos sensibles o actos de la materia, el filósofo sólo menciona la “soñación” (sonido actuante dentro del rango de audición de un individuo atento), mientras que, quienes estudiamos el tema, nos sentimos tentados a agregar (con el afán de enriquecer el pobre vocabulario de los actos de la materia): «coloración», «saboración», «corporización», «odoración», y otras semejantes.

11. ¿En dónde se conjuntan o encuentran los actos sensibles de la materia y los actos de sentido que realiza el hombre? ¿En qué punto se cruzan o, usando la expresión de Aristóteles, se vuelven uno y el mismo, el actuar de la naturaleza y el actuar del ser humano? Para responder a esto, el estagirita recurre al principio del agente y el paciente, que dicta que el acto del agente tiene lugar en el paciente, lo que le permite afirmar que los actos de la materia que afectan la percepción ocurren en el sujeto perceptivo o paciente, al igual que los actos de sus órganos sensoriales, que simultáneamente generan una imagen interna. Esto significa que, al escuchar el disparo de un arma, por ejemplo, captamos su resonancia específica en nuestros oídos, y ahí nos generamos una impresión sonora del mismo. El acto del sonido que suena y el del oído que escucha se dan simultánea y unitariamente en el órgano, que es capaz de conservar la impronta de su percepción, aún después de que cambia o deja de ser lo que ha percibido. Los actos de la materia y los actos del sentido se conjuntan en los oídos, los ojos, la nariz, la boca y sobre la piel, y tal es el escenario donde pueden desplegar un mismo acto, hombre y naturaleza.

12. Aristóteles confiere distintos sentidos a lo que llama «acto de lo sensible» y también al «acto del sentido», y reprocha a los fisiólogos de su época no percibir estas variaciones y sólo hablar lo que fuera asentado en el origen de la fisiología, a saber: que no existe ningún color independientemente de la vista, así como ningún sabor más allá del gusto y ningún sonido fuera de los oídos. Pero para Aristóteles esto representa sólo una verdad a medias, pues al afirmar tal perspectiva, aquéllos estarían considerando únicamente los actos, mas no las potencias de lo sensible. Para ejemplificar lo último, imaginemos al típico árbol que cae en el bosque, sin que nadie lo escuche. ¿Puede decirse que genera algún sonido, si no se encuentra presente ningún ser con la capacidad de oírlo? De acuerdo con los primeros fisiólogos, ciertamente, no habría sonido mientras no hubiera la condición necesaria de la facultad del oído (a la cual incluso se le puede señalar como generadora de lo que tomamos por «sonido»), aunque para Aristóteles pensar así omite el sentido de la potencia, pues, como ha sido indicado, existe el sonido actual, pero también el sonido potencial, que es el de la radio apagada, el instrumento musical guardado o el árbol que no cae; de este modo, admitir la potencia del sonido es igual a admitir su existencia mientras no estamos escuchándolo, y por eso ha de admitirse también que el árbol que cae en el bosque sí genera sonidos, aunque nadie esté ahí para oírlos. Asimismo, los primeros fisiólogos se habrían enfocado únicamente en los actos del sentido, pero habrían omitido su potencia, que es el estado del órgano sensorial en los momentos en que no se escucha, no se mira, no se huele, no se prueba o no se toca nada.

13. “El sentido”, señala Aristóteles, “es la proporción”[16]. Si la voz consiste en una cierta armonía y la armonía consiste en una cierta proporción, entonces la voz también consiste en una cierta proporción. Y dado que voz y oído son semejantes, se concluye además que el oído también consiste en una proporción. Por otra parte, si analizamos nuestros cinco sentidos en conjunto, resulta notorio que todas estas facultades encuentran placer en la proporción, pues el exceso puede llegar a provocarle dolor e incluso la destrucción, al órgano sensitivo. Tal es el caso de los ruidos estruendosos, los resplandores solares, los olores tóxicos, los sabores intoxicantes y los objetos quemantes. Estos ejemplos representan “excesos en lo sensible”[17] que usualmente resultan agresivos para los sentidos. Una voz inaudible, oscuridad absoluta, el viento helado, la comida insípida y un café sin aroma, por su parte, pueden ser imágenes que representen el polo opuesto de las sensaciones excesivas, y usualmente tampoco son consideradas como lo más placentero para la percepción. Dado que el exceso llegaría a destruirlos y la falta les desagrada, es válido afirmar, por lo tanto, que nuestros cinco sentidos prefieren la proporción o justa medida.

14. Ya ha sido mencionado que los órganos sensoriales perciben los actos de la materia y que al mismo tiempo generan imágenes que pueden ser conservadas en la memoria del órgano. Pero, además de sentir afecciones y poderlas reconocer, ¿cabe asumir que tales órganos también generan pensamientos o ideas, a partir de lo sensible? Respecto a esto, Aristóteles comienza por asentar que cada uno de los cinco sentidos, ubicado en su correspondiente órgano, siempre tendrá por objeto algo distinto de aquello en lo que se enfoquen los otros cuatro. La vista, por ejemplo, tiene por objeto el color, y sólo distingue sus diferencias: rojo, verde, azul, etc. El oído tiene por objeto al sonido, y sólo distingue diferencias sonoras: grave, agudo, alto, bajo… Y así los cinco sentidos.

Es aquí donde surge la cuestión de la intelección vinculada a las funciones de los órganos sensoriales, porque cotidianamente recibimos múltiples afecciones a la vez, generando así imágenes complejas que conjuntan actos de nuestras facultades con actos de la materia, como cuando vemos una lima y sabemos a una vez que es ácida, amarilla y rugosa, siendo el origen de estos tres datos, tres facultades diferentes. Pero, ¿cuál es la facultad que nos permite distinguir, contrastar y saber, analizando la impronta de lo sensible, qué datos nos ha dado cada órgano? Pues, si el sentido de la vista tiene por objeto la actualización de colores y nada más, y lo mismo los otros respecto a sus propios objetos, entonces ¿qué facultad humana tiene por objeto a la vista, al tacto, al gusto, al olfato y al oído, siendo capaz de discernir qué datos nos han sido provistos por cada órgano sensorial y, además, capaz de comparar y analizar esa diversa información? Para Aristóteles, esta facultad es el inteligir, que acontece con el sentir “cuando el alma discierne y reconoce alguna realidad”[18], por lo cual queda descartado que sean los sentidos los que desarrollen pensamientos, ideas o conceptos, y admitido el hecho de que “la carne no constituye el órgano sensorial último”[19], dado que el inteligir es una facultad del alma.

15. Aunque entra en escena simultáneamente con ellas, la facultad intelectiva tiene por objeto las imágenes o improntas que le proveen los sentidos, mientras que los sentidos, como ya ha sido expuesto, tienen por objeto los actos de la materia, de modo que, al encontrarse un acto de lo sensible con un acto de nuestros sentidos, es cuando ocurren simultáneamente la generación de una imagen sensible y el correspondiente discernimiento intelectual de sus elementos. Y el discernimiento es posible porque la imagen está compuesta por elementos heterogéneos, entreverados juntos al momento en que los analiza el pensamiento. Por este motivo, Aristóteles asegura que es imposible captar cualidades sensibles por separado, como si primero viéramos el color amarillo, luego el blanco y el azul, después un cuerpo circular, algunas otras agrupaciones difusas y un plano extendido hasta el horizonte, y finalmente captáramos que estamos observando al sol y las nubes en el cielo. En la realidad, sin embargo, llevar a cabo cualquier desplante, como simplemente mirar al firmamento, implica percibir múltiples cualidades sensibles juntas que actualizamos a la vez mediante nuestros sentidos, generando una imagen que puede incluir simultáneamente la temperatura del ambiente, el canto de las aves y el olor de la grama silvestre, entre muchísimos otros elementos posibles. Es, pues, cuando generamos la imagen sensible, cuando la facultad intelectiva es provista con una especie de collage de información a partir del cual distingue las formas que proyectan las cualidades sensibles de la materia, lo mismo que cuáles puedan ser los datos que le ha dado cada uno de los órganos sensoriales del cuerpo.

Y si es válido afirmar que es imposible percibir cualidades sensibles por separado, entonces es igual de válido afirmar que es imposible percibirlas en tiempos separados, como si inicialmente captara el color, y posteriormente la textura del cuaderno que ahora tengo en las manos. Pero ya ha sido expuesto con suficiencia de qué manera las cualidades sensoriales se dan todas juntas, en un mismo momento. Y Aristóteles reafirma esto haciendo una analogía entre la percepción de imágenes y el discernimiento de conceptos: Así como en la percepción de una imagen son reunidas diversas cualidades sensibles y diversas facultades sensoriales (formando una unidad indivisible que ocurre en un tiempo indivisible), así el intelecto reúne diversas percepciones, también formando una unidad indivisible que ocurre en un tiempo indivisible: el concepto. Este último, al igual que una imagen provista por los sentidos, nace de la percepción, y por ello forma una unidad indivisible compuesta por un acto del sentido y un acto de lo sensible, en un tiempo indivisible. De tal modo, el concepto aristotélico, a diferencia de la idea platónica, proviene de lo inmanente y no de lo trascendente, pues de hecho su fuente de información son las imágenes que generan los sentidos, mediante las cuales lo genera, por su parte, el intelecto.

Para seguir aristotélicamente el proceso intelectual que pudiera provocar una de las primeras conceptualizaciones del «bien», por ejemplo, imaginemos a un primitivo hombre nómada, quien encuentra el alimento que le ofrece un extraño árbol cargado de frutos rojos. Al no conocer aquella fruta, todo el hecho debía provocar en él que reforzara su concepto de cautela antes que generarle el concepto de bonanza, pues aquélla aún podía ser una fruta venenosa o muy desagradable. Ahora imaginemos al mismo individuo en un segundo momento, hambriento y exhausto, encontrándose de nuevo con aquel árbol (cuyos frutos ya le son familiares y acerca de los cuales sabe que son ricos y energéticos), que sin embargo en esta ocasión se encuentra seco y, sin siquiera una hoja entre sus ramas. En tales circunstancias, un sentimiento de frustración, impotencia y, en general, de que aquello era algo muy malo, debía apoderarse de nuestro sujeto ficticio, pues ahora recordaría la experiencia de su primer encuentro con el árbol, cuando descubrió que ese fruto era comestible y sano. Finalmente, imaginemos a aquel nómada encontrándose una vez más con el ya bastante conocido árbol de los frutos rojos, después de un largo y extenuante viaje, para descubrir que en ese momento se encuentra completamente cargado, como si lo estuviera esperando. En esta climática escena, nuestro inquieto personaje tendría que sentir una gran felicidad, y ese árbol con sus rojos frutos tendría que parecerle algo muy bueno, pues entonces conocería la sensación generada al encontrarlo lleno de sabrosos alimentos y también la sensación de encontrarlo privado de ellos. De tal modo, el concepto de «lo bueno» se daría en él al contemplar el árbol por tercera vez, aunque aquél luciera idéntico la primera y la última ocasión que estuvo en su presencia. Esto sería así porque, para percibir una fruta no hace falta más que estar en contacto con ella, mientras que para percibir el concepto “bien” es necesario contar con otras percepciones previas. Y si se observa que este ejemplo no tiene un carácter universal, ello es debido a que Aristóteles describe la conceptualización como algo que ocurre en un momento y un lugar definidos, de manera que otro individuo puede encontrar al bien en el hecho de tener un refugio, en lugar de no tenerlo, o en el hecho de formar una sociedad, en lugar de estar solo, o en el hecho de moverse y andar, en lugar de no contar con tales facultades. Aristóteles no define a los conceptos o ideas como entes trascendentes, más allá de lo que se percibe; él describió cómo la intelección acontece a partir de las percepciones del cuerpo, en momentos definidos.

En conclusión, la sensación es semejante a la intelección porque ambas reúnen lo diverso y forman una unidad indivisible que ocurre en un tiempo indivisible, pero difieren en que la sensación reúne o conjunta diversas cualidades sensibles en imágenes, mientras que la intelección conjunta diversas sensaciones para formar conceptos. Por su parte, respecto a lo recién planteado, lo más importante para Aristóteles (dado que su objetivo siempre es averiguar cómo sentimos, cómo imaginamos, cómo reflexionamos y, en general, cómo se relacionan nuestras facultades físicas y psíquicas) es el hecho de que la “facultad intelectiva es indivisible y discierne en un tiempo indivisible”[20].

A Aristóteles le interesa explicar que la intelección actúa siempre toda ella, para que no se asuma que el pensamiento es divisible, por decirlo así, de modo que erróneamente se considere que, en un momento dado, una mitad de él discierne sobre los sabores dulces y, al momento siguiente, la otra mitad discierne sobre los sabores salados.

El hecho de que las imágenes o improntas que generamos de lo sensible conjunten los datos provistos por las cinco facultades sensitivas que poseemos, le ayuda a Aristóteles a decir que –al trabajar con imágenes– la actividad conceptualizadora del pensamiento también acontece en momentos y lugares específicos, únicos e indivisibles, cuando ocurre la intelección sobre lo percibido.

  

Conclusión

De acuerdo con la teoría aristotélica sobre el alma: en su encuentro con los actos de la materia, nuestras facultades sensitivas generan percepciones empíricas a las cuales podemos denominar imágenes sensibles o actos del sentido, que de tal modo son el producto de una actividad imaginativa que ocurre en el cuerpo. Esta actividad, a pesar de estar vinculada a la materia y tomar lugar en los órganos sensoriales, de acuerdo con Aristóteles es causada por el alma, a la cual considera como el principio de todo acto vital, motriz e intelectual en el hombre. De tal manera, la imaginación así descrita genera el desarrollo de una memoria perceptiva que, por su parte, posibilita al alma humana llevar a cabo su actividad más elevada, consistente en el discernimiento prudente, científico y lógico, de las verdades conceptuales que se pueden inducir en la experiencia. 

 

Notas

[1] Aunque algunos especialistas como Werner Jaeger consideran que hay partes del De Anima que pertenecen al periodo de juventud de Aristóteles, dada su cercanía a un platonismo que eventualmente llegaría a ser abandonado e incluso rechazado por el estagirita, otros han tomado una postura crítica ante la idea de una filosofía aristotélica que se aleja gradual y definitivamente de la filosofía platónica, basándose en elementos que el mismo Aristóteles dejó en el De Anima, como el intelecto activo o nous poietikós, que es la parte del alma admitidamente inmortal en su estudio. Así, considerando el argumento mencionado y otros establecidos en las revisiones más recientes del De Anima, actualmente es opinión de muchos expertos que el tratado aristotélico sobre el alma en su integridad –y no sólo el libro tercero, como era la idea común– fue elaborado en la etapa de madurez del pensamiento de Aristóteles, durante su segunda estadía en Atenas, cuando era director del Liceo.

[2] Cfr. Aristóteles. Acerca el alma. III 1, 424b 22.

[3] Cfr. Ibid. III 1, 424b 25.

[4] Ibid. III 1, 425a.

[5] Ibid. III 1, 424b 30.

[6] Cfr. Ibid. III 1, 425a 10.

[7] Ibid. III 1, 425a 15.

[8] Cfr. Ibid. III 1, 425a 25.

[9] Ibid. III 1, 425a 30.

[10] Cfr. Ibid. III 1, 425b 5.

[11] Ibid. III 2, 425b 20.

[12] Ibid. III 2, 425b 25.

[13] Ibid. III 2, 425b 27.

[14] Ibid. III 2, 426a 7.

[15] Ibid. III 2, 426a 16.

[16] Ibid. III 2, 426b 8.

[17] Ibid. III 2, 426a 30.

[18] Ibid. III 3, 427a 20.

[19] Ibid. III 2, 426b 16.

[20] Ibid. III 2, 426b 28.

 

Bibliografía

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